La sociedad de las almas malditas 30 #2
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Ninguno de los dos intentó distanciarse.

Esta vez, se sentían cómodos así: mirándose a los ojos con las pupilas prendidas fuego.

Sentían el aliento del otro en la cara. Era lo más viva que se había sentido nunca.

Evangeline se había roto hacía treinta años y nadie se había preocupado por ella hasta ese momento.

—Las sombras me acogieron y me hicieron parte de su mundo.

Al igual que ellas, quedé atrapada entre dos realidades.

Ojalá supiera decirte si estoy viva o muerta.

Ni yo misma lo sé. Solo sé que existo en esta capa que parece haberse formado entre ambos mundos, a la espera de que uno de los límites se rompa…

Los ojos de Frederick se empañaron. El pulso le tembló tanto que se obligó a soltar a Evangeline para que ella no se diera cuenta. Sin embargo, fue ella la que se aferró a él, a su cintura, para no perder el vínculo que habían establecido.

—¿Tú las controlas? —No sabía si quería conocer la respuesta porque eso supondría que sus sospechas eran ciertas, que ella había sido la causante de todo su dolor.

—Sí y no. Formamos una sinergia confusa. Ellas entienden mi dolor, escuchan lo que quiero y me obedecen… Pero yo también sucumbo a sus deseos. Somos…

—Una sociedad… —concluyó Frederick—. Una sociedad de almas malditas.

Ella asintió.

No supo si alegrarse, pues eso implicaría que Evangeline no tenía por qué ser la causante de todo su dolor.

Quizás ella no lo había contaminado, quizá todo ese tiempo solo había actuado a merced de las sombras.

Pero también le entristecía. ¿Cómo se suponía que iba a liberar a una persona que vivía presa de sus mayores miedos?

Dejarla marchar equivaldría a perderla, pero sacarla de ahí podría acarrear su muerte.

¿Hasta qué punto su existencia relativa dependía de las sombras que la mantenían anclada a esa realidad entre dos mundos?

—Evangeline… ¿Puedes comunicarte con las sombras? —Acarició su rostro con los pulgares. La piel era tan fría que Frederick creía que traspasaba esquirlas de hielo con los dedos.

Dudó.

—Algo así.

Pensó en cómo formular la siguiente pregunta.

—¿Por qué han perseguido a mi familia todos estos años?

Evangeline se encogió entre sus brazos. Hubiera deseado hacerse diminuta y desaparecer.

Como tantas veces había hecho, podría haber recurrido a las sombras para escapar de allí y que todo pareciera un sueño.

Sin embargo, esta vez necesitaba quedarse.

Porque ella también se había mentido a sí misma al decirle a Frederick que no lo necesitaba.

Un poco más.

Tragó saliva. Se mordió la lengua. Los ojos de Frederick se volvieron más oscuros. Intentaron leer sus intenciones, pero ella estaba tan cerrada que sería imposible que le permitiera ver más allá de su piel. De lo que quedaba de ella .

Se aventuró a decírselo, pese a saber que no le gustaría lo que iba a oír.

—Frederick… Rembrandt Bellavere fue quien puso fin a mi vida.

Él fue el elegido para llevar a cabo el ritual.

Y les falló a la Sociedad y a las sombras.

Ellas juraron venganza y lo maldijeron, como al resto de los miembros…

Juraron atormentarlo de por vida, a él y a toda su familia, hasta cobrarse la vida de todos.

El mundo de Frederick se tambaleó. Tuvo que hacer un esfuerzo para mantenerse en pie y que no le flaquearan las rodillas.

Su padre había sido el causante de todo.

De todas las atrocidades que había cometido a lo largo de su vida. Había sido un asesino, había acabado con la vida de Evangeline y había sido un traidor al no finalizar el ritual. Su padre, Rembrandt Bellavere, había desatado una maldición y puesto en riesgo a la Academia y a su familia.

Y en vez de enfrentar los problemas, huyó.

Sin importarle las consecuencias.

¿Y por qué estaban ellos allí? ¿Acaso Rembrandt los había entregado como si fueran una disculpa? ¿Era una forma de decirles a las sombras «aquí tenéis vuestro pago por lo que os debía»?

La cabeza de Frederick dio vueltas y divagó en todas las direcciones posibles.

—Lo siento. —Fue lo único que pudo decir, mientras las lágrimas le brotaban de los ojos y le impedían respirar—. Lo siento, de verdad. Siento que mi padre te haya hecho esto.

Abrazó a Evangeline, rogándole una disculpa que ya no serviría de nada.

Ella estaba muerta. Llevaba treinta años en ese estado.

Derramar lágrimas no la devolvería a la vida, no le restituiría los momentos, los recuerdos y todo lo que había perdido ese día.

Por triste que fuera, Evangeline nunca volvería a respirar.

Su pecho no volvería a latir. Solo existía dentro de ese espacio en el que las sombras le permitían ser un ente más entre los que habitaban la Academia.

—Frederick… —Ella le acarició el pelo. El llanto de él no cesó.

—Lo siento. Lo siento muchísimo.

Ella le acompañó en su dolor. Le abrazó hasta que se calmó y se mantuvo a su lado hasta que las lágrimas se acabaron y tan solo quedó el bello recuerdo de sus ojos rojizos lastimados por el llanto.

Poco a poco, recuperó la respiración y dejó de ahogarse al hablar.

Evangeline le acomodó la cara entre las manos y le besó.

Fue un beso sincero, sin intereses. Tal vez no supieran como los de Lukas, que eran pasión, fuego y entrega.

Estos eran de bondad. Los saboreó como una culpa responsable, una que se había tejido tras muchos años de obedecer a un padre que le había hecho sentir un estúpido.

Le habían arrebatado el valor y las ganas, pese a su esfuerzo.

Frederick nunca había sido un hombre de verdad ante los ojos de nadie, pero él tampoco había querido serlo si eso significaba ser como su padre.

El beso se convirtió en la mayor muestra de perdón que Evangeline le pudo entregar. Para él, supuso la calma después de una guerra. Para ella, la demostración de que, pese a todo, alguien podía quererla de verdad, más allá de la obsesión y los límites de la vida.

Bajo su tacto, a Frederick le ardió la piel más que nunca.

Las sombras que permanecían ancladas a su ser se descontrolaron.

Se agitaron dentro de él como si quisieran liberarse, aunque las retuvo.

Gimoteó de dolor y tuvo que apartarse. Ella también sintió el mismo dolor en su cabeza. Las sombras estaban desenfrenadas.

—¿Qué les sucede? —preguntó Frederick, que se agarraba la piel como si así pudiera tenerlas.

—Algo las ha alterado —respondió ella, con las manos en los oídos para no escucharlas—. Puede ser que el ritual esté a punto de empezar…

Frederick tragó saliva al ser consciente de lo que significaba.

Si el ritual las había traído al mundo, solo el ritual acabaría con ellas.

Si las sombras se marchaban, Evangeline lo haría también.

—Pienso detenerlo, cueste lo que cueste —aseguró Frederick; la rabia implantada en sus ojos le entregó la certeza que siempre le había arrebatado la duda.

Evangeline asintió.

Tal vez, después de todo, haberle provocado tanto daño sí le había servido para algo.

—Están en la biblioteca antigua.

Frederick tomó su mano y la besó una última vez.

—Te prometo que no voy a volver a perderte.

Evangeline ya había escuchado esa promesa antes y sabía que no la podría cumplir.