30
veinticinco años, se ha creído que la hermandad había quedado extinta,
el proyecto en secreto junto a otros alumnos de la escuela.
S i todo lo que sentía por Evangeline era odio, ¿por qué le ardía la garganta al pensar en ella?
Por mucho que intentara ocultarlo al resto, conocía lo suficiente la forma de actuar de Evangeline.
Sus impulsos, su manera de aparecerse ante los demás y arrastrarlos hasta donde ella quería.
Si había una posibilidad de que Lukas encontrara a Lucius, pasaba por Evangeline.
Y a Frederick le calcinaba el corazón pensar que ella, después de todo, se había decantado por su hermano antes que por él.
Lo sabía.
En el fondo, lo sabía.
No le sorprendía porque siempre había sido así.
Lukas era el ligón, el atractivo, el que se llevaba a las chicas y a los chicos de cada ciudad en la que vivían.
Cada vez que Frederick conocía a una persona y se ilusionaba, se veía obligado a comprobar cómo todas se volvían locas delante de su hermano.
Nunca fallaba.
Estaba cansado de escuchar «cuánto lo siento, Fred, de verdad… Ella quería conmigo y no sabía que tú…». O el típico: «Fred, no conocía la existencia de tu hermano… de haber sabido que Lukas…».
No importaba.
Estaba acostumbrado.
Había aprendido a vivir con ello.
No podía pedirle fuego a un río ni agua a las estrellas. El viento no arrastraba montañas y del bosque no nacían dragones. Todo lo que fuera pensar en eso sería creer en cualquiera de estas fantasías que les contaban a los niños de Eileanor.
—Vuelvo en un momento. —Frederick se levantó del asiento; todas lo miraron, pero ni Rowina ni Marinea ni, mucho menos, Amanda le dijeron nada.
Su hermana amagó con seguirle fuera, aunque se detuvo cuando él negó con la cabeza. Quería estar solo, y así se lo hacía saber. Amanda podía ser terca en muchas ocasiones, pero respetaba el espacio de sus hermanos.
En apenas unos minutos, Frederick recorrió los pasillos que separaban el despacho de la directora de la biblioteca.
Los pulmones le dolían y la quemazón se extendía por su piel.
En la oscuridad, ese dolor parecía crecer, como si la propia noche lo alimentara.
No le importó la falta de aire ni el sudor que le recorrió la espalda.
Sí, estaba enfermo, y no sabía cuándo ni cómo se curaría de aquello que se le había metido en la sangre como un parásito y se alimentaba de él y de sus pesadillas.
Tal vez, nunca pudiera hacerlo.
Tal vez, fuera parte de su maldición.
Entró en la biblioteca como fiel creyente de que entre los libros podría hallar refugio. El olor de las hojas le inundó las fosas nasales, se mezclaba con el incienso que siempre dejaban prendido sobre el escritorio principal.
Durante unos minutos se deslizó a través de los pasillos, de los libros que habían marcado su vida.
Obras de Ronald Torkin, Úrsula Nurmann, Patrice Keller o Hillman Bakery, tan conocidas como trascendentes.
Autores de la generación pasada y de las anteriores, grandes nombres de la literatura de Westgard.
Muchos se habían formado en la Academia.
Hasta ese momento, Frederick no le había dado importancia a cuántos de ellos la Sociedad de las Artes les había ofrecido poder y cobijo durante su estancia allí.
¿Su éxito habría sido real? ¿O sería una parte de los rituales y tratos que se llevaban a cabo en secreto?
No le importaba.
Eran sus autores favoritos. Y de una forma u otra, los había conocido. Sus historias lo habían cautivado. Y eso era lo que importaba: aquello que había trascendido en su persona, más allá de sus vidas o su forma de lograrlo.
Tras repasar varios ejemplares, se detuvo frente a la mesa principal de la biblioteca.
Fue allí donde conoció a Evangeline y tuvieron sus primeros encuentros.
Aunque para ella nunca fuera relevante, para él esa sala supuso un antes y un después en su vida.
Aún recordaba las noches leyendo los libros que ella le recomendaba para comentarlos al día siguiente.
Ya nada tenía sentido, pero recordaba con cariño las mañanas en las que, con la lectura terminada entre sus manos, regresaba a la biblioteca para intercambiar opiniones.
Pensar en lo que pudo haber sido era una condena casi tan parecida a los sueños en los que conseguía alcanzarla.
Torturarse con una ilusión así era un castigo para el alma, una rotura para el corazón.
No podía seguir idealizando a alguien que lo había destrozado en todos los sentidos posibles. Y sin embargo, lo hacía.
Quizá porque su forma de querer le había enseñado a valorar a las personas al margen de cuánto lo dañasen. Quizá porque Evangeline se le había metido tan dentro de la cabeza que se había convertido en una obsesión de la que nunca lograría desprenderse.
—No deberías estar aquí.
Frederick tuvo que parpadear un par de veces, incrédulo. Al alzar la cabeza, vio a Evangeline al otro lado de la mesa. Vestía con la misma ropa negra de siempre, y tenía los ojos hinchados como si hubiera llorado, y la piel gélida. Por algún motivo, pese a su apariencia rota, lucía feliz.
—Hace tiempo que no importa dónde esté —replicó Frederick, que arrastró la mano por la mesa y caminó hacia ella.
—Tu hermano te espera en la biblioteca antigua… —masculló Evangeline—. Deberías dirigirte hacia allí con el resto.
Él se mordió el labio y agitó la cabeza, contrariado.
—Ya… mi hermano. —Aguantó un suspiro. Se negaba a regalarle los fragmentos de su tristeza—. Imagino que has estado haciéndole compañía.
Las palabras se cargaban de veneno con tanta facilidad que a veces dispararlas a quemarropa contra otra persona suponía un daño propio. Frederick sintió cómo la lengua le ardía.
Temió la respuesta. Evangeline asintió.
—No te ofendas, Fred . Lukas siempre está más predispuesto a hablar con la gente…
—Ambos rodeaban la mesa a la vez, en un juego de buscarse y no encontrarse, de perseguirse y mantenerse siempre distantes.
Así como había sido su vida: una constante entre el seguir los pasos del otro y nunca llegar a unirse.
—No te preocupes. Estoy acostumbrado a que mi hermano sea así de sociable.
Y así de traidor , pensó, dándose cuenta de las veces que Lukas había actuado sin preocuparse por sus sentimientos.
—Me apena haber llegado a este punto —reconoció ella—. Al principio, pensaba que tú podrías ser igual de útil que tu hermano. Luego me di cuenta de que estaba perdiendo el tiempo.
Frederick carraspeó.
—Si tan claro lo tenías, no entiendo por qué te esforzaste en hacerme esto.
—Se señaló con la mirada de arriba abajo.
Repasó cada una de las marcas que se extendían por su cuerpo—.
Me consumiste, Evangeline. Me consumiste hasta que no quedó nada de mí.
Te apoderaste de mi realidad hasta convertirlo todo en un infierno.
¿Por qué te esforzaste tanto en destruirme si tenías tan claro que no te servía?
Lo peor de manifestar un pensamiento en voz alta era que muchas veces no necesitaba respuestas. Ellas mismas acudieron a la cabeza de Frederick. La bombardearon a diestro y siniestro, sin preocupación ni cuidado.
Destruir era más fácil que cuidar.
Romper era más fácil que arreglar.
Un corazón roto era más manipulable.
Una persona herida necesitaba de alguien que la salvara.
Frederick había sido un títere, un peón al que mover en un tablero en el que Evangeline había construido a base de sombras y dolor.
Había caído en su red desde el momento en que sus caminos se habían cruzado y se había dejado engatusar a través de un amor a cuentagotas que tan solo le generaba la necesidad de más y más cuanto menos le daba.
Se odiaba a sí mismo.
Se odiaba sobre todo porque sabía que, por mucho daño que le hubiera hecho, siempre volvería a ella. Lo volvería a hacer. Volvería a caer en sus trampas, en su juego. Una y otra vez, hasta que tuviera los motivos suficientes para que Evangeline lo escogiera.
Porque la destrucción de Frederick no había sido producto de las sombras, sino de haberse dejado de elegir a sí mismo para complacer a una persona a quien no le importaba lo más mínimo su bienestar.
—Me importas —susurró Evangeline. Por primera vez, detuvo sus pasos y permitió que él se acercara—. Nunca he querido hacerte daño… Todo lo que he hecho ha sido pensando en ti.
Mentía.
Y pese a saberlo, a Frederick le gustaba el sabor que tenían sus mentiras. Porque, por una vez, le permitía creer que Evangeline sí lo quería.
—Repítelo. —Frederick acortó la distancia entre ambos. Agarró su cara con una mano y le apretó las mejillas—. Repíteme que te importo.
Ella negó con la cabeza.
No le daría esa satisfacción.
—Entonces contéstame una pregunta.
—Las que quieras. —Siempre había sido sincera, pero el brillo de su mirada se apagó.
—Fuiste tú, ¿verdad? Fuiste tú la chica a la que la Sociedad sacrificó para su ritual…
Aunque las lágrimas brotaron de los ojos de Evangeline, en su cara se dibujó una sonrisa, como si estuviera satisfecha por que alguien hubiera descubierto su verdad.
—No sé qué te hace pensar eso… —Usó un tono divertido. Quería seguir jugando a aquello, ver hasta dónde había sido capaz de indagar.
Frederick, que seguía agarrándole la cara, la acercó más a él. Apenas había distancia entre ambos. Ella tuvo que apoyar las manos sobre su pecho para no chocarse.
Tu expediente era ejemplar, Evangeline… Te sacrificaron…
por eso no había registro en el historial de la Academia.
Querían borrar los motivos, que nunca se conociera la verdad.
Las fechas de tu muerte coinciden con las del ritual…
por eso tu mundo está lleno de sombras. Porque cuando ellas intentaron tomar nuestra realidad, tú fuiste lo primero que encontraron.