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Rembrandt Bellavere frustró su carrera artística tras ser acusado por
contrabando de arte con los países del este. Su reputación se vino abajo y
nadie en Eileanor volvió a comprar sus obras. A pesar de todo, fue el único
superviviente de su generación junto con Rowina Arch y Marinea Imperial.
R owina Arch había accedido a atender a los hermanos Bellavere, pese a que la hora no fuera la apropiada. Era noche de luna llena rosa, y aunque ya existían muy pocos supersticiosos que continuaran creyendo en las leyendas de Westgard, ella sabía que ese estado lunar solo atraía problemas.
La habían ido a buscar a su cuartillo de las llaves antes de que el sol cayera, justo después de que Amanda anunciara la desaparición de Miry.
Frederick les había acompañado, pese a su debilidad.
Tardaría días en recuperarse, pero no podía quedarse de brazos cruzados en la cama mientras la integridad de sus hermanos se ponía en riesgo.
El ama de llaves les había insistido en no hablar dentro de la Academia.
No se fiaba de las sombras ni de las paredes.
En esa escuela había más curiosos que artistas, y le aterraba pensar que algún alumno entrometido pudiera escucharles hablar de un tema tan delicado como el que estaba sacudiendo los cimientos de la institución.
Con cierto resquemor, les invitó a entrar en el cuarto de las llaves: un cubículo tan enano que el aire amenazaba con agotarse con los cuatro allí metidos. De las paredes colgaban llaveros y cerraduras, algunas oxidadas, otras completamente nuevas.
—Os daría unas sillas, pero no caben —advirtió Rowina, que se apoyó contra una de las paredes—. Espero que sea importante.
—Lo es —sentenció Lukas, que frunció el ceño y se cruzó de brazos—. Espero que entienda que necesitamos respuestas.
—Hemos alcanzado el límite —añadió Amanda, tan enfadada que no había dudado en intervenir—. Se han llevado a Miry.
Rowina abrió la boca, sorprendida. Aun así, se esperaba que esto pasara más pronto que tarde.
—¿Han sido las sombras? —preguntó, aunque ya conocía la respuesta.
—Me temo que no parece que las sombras tengan nada que ver. —Amanda, cabizbaja, rememoró cómo había encontrado su cuarto—. Tiene que haber sido una persona.
Rowina agachó la cabeza. Taconeó con el pie varias veces sobre la madera.
Se mordió una uña y miró a los hermanos.
Le hubiera encantado darles una respuesta certera de lo que estaba sucediendo, pero eso supondría admitir que estaba volviendo a pasar.
Si su intuición no fallaba, un gran problema se cernía sobre ellos, incontenible.
—¿Y bien? —presionó Lukas.
Frederick permanecía detrás de ellos. Las fuerzas apenas le daban para mantenerse en pie, así que se apoyaba en un pequeño escritorio. Asentía a cada comentario de sus hermanos, como si así pudiera ser partícipe de sus reclamaciones.
—Me encantaría responderos a vuestras dudas… Pero no puedo. No soy yo la que debe hacerlo.
La puerta del cuartillo se abrió de golpe. La directora Marinea Imperial se encontraba al otro lado, agarrada al manillar. Su gesto de pocos amigos denotaba que había escuchado parte de la conversación que habían tenido.
—Yo os responderé a todo. Pero no aquí. —Un movimiento de cabeza fue suficiente para que la siguieran hasta su despacho.
Todos tomaron asiento alrededor del escritorio de la directora.
La luna se veía a través del ventanal del fondo, reinaba en el cielo con la osadía del sol y la delicadeza de las estrellas.
Durante el trayecto, ninguno de los hermanos se había atrevido a decir nada.
Rowina Arch los había acompañado hasta allí.
Aunque había insistido en marcharse, Marinea le había rogado que se quedara a su lado.
Así que allí estaba ella, de pie junto al escritorio, a la espera de que las preguntas se sucedieran por parte de los Bellavere.
Dudaba de hasta qué punto la directora les contaría la verdad.
Marinea tomó aire. Apartó un par de papeles que había sobre la mesa. Miró a cada uno de los hermanos y, por último, posó su mirada en Rowina. El ama de llaves asintió.
—Conozco vuestra situación, familia Bellavere. He seguido de cerca vuestros pasos desde que ingresasteis en la Academia. Con vuestra llegada, el rumbo que llevaba este centro cambió por completo. No os digo que seáis los culpables, pero sí una de las causas principales de lo que estamos padeciendo.
Lukas vaciló con levantarse para protestar. Frederick, que estaba tirado hacia atrás en su silla, le colocó una mano en la pierna para calmarlo. Le hizo una negativa con la cabeza para que entendiera que no merecía la pena y la dejara continuar.
—Hace medio siglo, la Sociedad de las Artes prosperó en esta Academia.
Creo que ya conocéis todos los logros que consiguieron y la fama que ganaron los artistas de la hermandad.
Sin embargo, debo deciros que todo este éxito no fue fortuito.
Me gustaría deciros que fue culpa del trabajo desmedido, del esfuerzo al que se sometían los integrantes de este selecto grupo.
Pero sería mentiros. La Sociedad descubrió viejas tradiciones que se vinculaban con la magia negra y las leyendas de nuestra región.
Pese a conocer sus riesgos, no dudaron en usarlas para obtener sus fines.
Hasta que cruzaron un límite que no debían traspasar.
—El gran ritual —masculló Rowina.
Marinea afirmó.
—Este ritual consistía en un conjunto de sacrificios y entregas a una deidad del Más Allá.
A cambio, les concedería unos dones sobrenaturales, así como el control y la percepción de los sentidos, de la mente, del espacio y del tiempo…
Tendrían al alcance de sus manos unas cualidades que los harían no tener rival.
Los artistas de la Sociedad no solo serían grandes exponentes del arte en Eileanor, sino que serían los más grandes del mundo —continuó explicando—.
Sin embargo, no salió como ellos esperaban.
Lukas intercambió una mirada con sus hermanos. A Frederick le palpitaban las marcas sombrías que le recorrían aún la piel y el sudor le manchaba la camisa. Amanda temblaba en su asiento; cada parte de su cuerpo permanecía rígida, atenta a los hechos.
—El ritual requería una serie de sacrificios… Un objeto valioso de la familia rectora, los Imperial; una reliquia vinculada al arte y con un gran valor emocional; un cuerpo recipiente con las cualidades necesarias para absorber el poder y, por supuesto, un sacrificio —añadió Rowina Arch.
—Cuando llegó el momento de la verdad, ningún miembro fue capaz de sacrificarse y el ritual falló, condenando a la hermandad completa.
Todos quedaron vinculados al ritual y, con un portal abierto entre dos mundos, los entes intentaron escapar y tomar control de este.
—Marinea Imperial recordaba el suceso como si hubiera sido ayer.
Ella había estado presente allí, demasiado tarde para intervenir—.
Las sombras tal y como las conocemos son ese rastro que quedó del otro lado en nuestra realidad.
Residen en la Academia y, cada noche, tratan de alimentarse de la energía de los alumnos.
Las familias de los participantes fueron maldecidas y perseguidas por estas sombras.
Se colaban en sus sueños y los convertían en pesadillas.
Cuanto más miedo generaban, más crecían, más poder obtenían.
Querían romper la barrera entre los mundos.
Algunas piezas comenzaban a encajar en el puzle mental de los hermanos Bellavere, que poco a poco relacionaban los hechos con sus propias vidas.
Las sombras, las pesadillas, las maldiciones…
Ellos habían huido toda una vida de sus miedos por culpa de su padre.
Y aunque Marinea no lo hubiera dicho, los tres eran conscientes de que Rembrandt Bellavere había sido uno de los partícipes del ritual.
—La Sociedad quiere poner fin a ese ritual…
repetirlo siguiendo los pasos y reparando los errores que cometieron para devolver a las sombras a su realidad y conseguir el poder que tanto ansiaban…
Tienen el brazalete de mi familia —reconoció Marinea Imperial—.
Y por lo que comentáis, también han encontrado un cuerpo para sacrificar.
—Miry… —Amanda apretó los puños.
Los ánimos decayeron entre los presentes.
—También tienen la Estrella de las Artes —reconoció Frederick. Todos se giraron hacia él—. Lucius se la llevó…
El silencio que se extendió presagiaba malas noticias. El ambiente se volvió más cargado. El conocimiento muchas veces suponía un alivio, pero en este caso los hermanos Bellavere se habían topado con un muro gigante que no podían atravesar.
—De todos modos… Si el propósito de la Sociedad es encerrar a las sombras con este ritual, todos saldremos beneficiados, ¿no? —preguntó Lukas, que intentaba encontrar una razón para seguir adelante.
Amanda le miró con el ceño fruncido y resopló.
—Si la Sociedad se sale con la suya, Miry… —Fue incapaz de terminar de hablar.
—Morirá, es cierto —concluyó Marinea—. Mas no será la única.
Os recuerdo que se necesita un cuerpo receptor.
¿Sabéis por qué hace treinta años ningún miembro dio el paso?
El riesgo de muerte es casi tan alto como un sacrificio.
—Los presentes se miraron entre sí. Marinea se guardó las palabras en la punta de la lengua para no dispararlas a bocajarro sobre ellos.
Sin embargo, cuanto antes lo asumieran, sería mejor—.
No quiero aventurarme a nada, pero Lucius tiene bastantes probabilidades de ser el elegido.
Frederick tragó saliva.
Amanda intentó tomar aire.
Lukas se llevó las manos a la cabeza.
¿En qué momento habían descuidado tanto a su hermano como para llegar a algo así?
Frederick asumió que no existía otra opción. Se puso en pie con determinación, dispuesto a encontrar a su hermano pequeño. La simple idea de pensar en la muerte de Lucius le estremecía por dentro.
—No sabemos dónde se esconden —añadió Amanda.
Lukas sintió que la temperatura descendía varios grados. Al fondo de la sala, junto a la ventana, intuyó la silueta de Evangeline. La chica le mostró muí amplia sonrisa y le indico con el gesto que la siguiera.
—Conozco a alguien que sí puede saberlo…
¿Estás seguro de lo que vas a hacer?
La voz de Evangeline resonó en su cabeza.
—Sí —contestó en voz alta.
—Sí, ¿qué? —preguntó Amanda, enfadada con la actitud tan extraña de su hermano.
El cuerpo de Evangeline se desvaneció y una sombra atravesó el techo. Se esfumó al otro lado de la puerta, dejando un humo negro que solo él parecía ver.
Se levantó de la silla, estuvo a punto de tropezarse y tirarla al suelo, pero la sostuvo. Enrojeció al comprobar que todos lo miraban.
—Confiad en mí, por favor. No tardaré en volver con las respuestas que necesitamos.
Lukas siguió a Evangeline por los pasillos de la Academia.
Giró en mil ocasiones y torció su rumbo persiguiendo el rastro de una sombra que volvía a alejarse de él igual que en sus sueños.
Ya estaba acostumbrado a jugar al ratón y al gato, a correr detrás de un objetivo que cada vez parecía más lejano.
No era nuevo. Evangeline siempre había sido así: tan escurridiza que atraparla entre los dedos de las manos sonaba más a súplica que a deseo.
No cesó de correr ni desistió en su marcha tras ella.
Sabía que podía darle las respuestas que necesitaba.
El rastro de humo se perdía justo en la puerta de la antigua biblioteca. Lukas se quedó allí, parado frente a la puerta sellada que impedía el acceso. Llevaba clausurada tres décadas. Sin duda, era el lugar perfecto para pasar inadvertidos.
El humo se condensó frente a él y formó una figura corpórea de ojos afilados y mirada furtiva, labios silenciosos y mordedura adictiva. Evangeline sonrió al comprobar que Lukas había seguido su rastro.
—Debo advertirte —reconoció Evangeline, acercándose a él.
—Solo dime: ¿volveremos con vida?
Evangeline negó con la cabeza.
—Yo no lo hice.
Lukas no necesitó ninguna aclaración para entender a lo que se refería.
—Entonces, no digas nada más.
Buscó su rostro en la penumbra y lo acomodó entre sus manos para atraerla hacia él. La devoró sin miedo, con pausa, disfrutando de cada segundo que sus labios permanecían en contacto por si acaso no existía otra vez.
Sabía que se había dicho a sí mismo que no volvería a suceder.
Que Evangeline y él nunca más compartirían un encuentro íntimo.
Se lo debía a él. A Frederick. Pero no podía negar que la atracción que sentía por ella lo impulsaba a contradecirse y equivocarse; tropezar con la misma piedra se había convertido en un hábito demasiado dulce.
Evangeline apartó su cara a un lado, clavándole las uñas en las mejillas, y lamió su cuello. La piel de Lukas se erizó bajo su tacto. Volvió a besarla con más fuerza, más ganas. No quería separarse de ella, quería respirar el oxígeno a través de sus pulmones hasta que compartieran una misma alma.
La empujó contra la pared, Evangeline gimió. Lukas también buscó su cuello y se perdió explorando con la lengua cada rincón de su piel.
Se consumieron como si fueran pasto de las llamas.
Se convirtieron en cenizas en aquel pasillo, frente a la entrada de la antigua biblioteca.
Ni la luna ni las estrellas pudieron alumbrar la que sería su última noche, pues las nubes se pusieron de acuerdo para ocultarlas.
Por primera vez en mucho tiempo, Lukas se sintió cómodo bailando entre las sombras.
—Nunca te olvides de esto, Lukas Bellavere —le susurró Evangeline al oído—. Nunca te olvides de mí.