La sociedad de las almas malditas 28 #2
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No era prescindible.

Le hacían sentir importante y había encontrado su lugar.

Un propósito al que aferrarse cuando todo perdiera sentido.

—Padre… —Miró a las estrellas como si las constelaciones recrearan su rostro—. Haré que estés orgulloso de mí, allá donde estés.

Unos pasos lo alertaron.

No se giró, pues sabía que nadie que no estuviera igual de perdido que él estaría deambulando a esas horas por la Academia.

—¿Puedo acompañarte? —La pregunta escapó de los labios de Aetheriel como una súplica.

Lucius se fijó en que la luna brillaba más que nunca, con un tamaño que doblaba el habitual.

—Por favor, no podría disfrutar de esta luna en soledad.

Aetheriel se puso a su altura y apoyó los brazos en la balaustrada, fría, agrietada y mohosa por el paso del tiempo.

—Una noche preciosa —comentó sin apartar la mirada de Lucius. Él no se atrevió a devolverle el contacto visual.

—Hacía mucho que no hacía esto.

Recibió una risa por respuesta.

—¿Tomar el aire? Entiendo que en el subterráneo es complicado disfrutar de estos privilegios —bromeó. La sonrisa que se le dibujaba en la cara resplandecía aún más bajo el brillo de la luna.

Negó con la cabeza.

—Me refería a tener un momento de calma. —Alzó el mentón y cerró los ojos. Tomó aire y lo soltó poco a poco—. He pasado tanto tiempo con la cabeza llena de ruido y preocupaciones que se me había olvidado lo que era no hacer nada. Necesitaba esto… pensar, sí, pero pensar en mí y en lo que necesito.

Aetheriel se incorporó y le puso una mano en el hombro.

—Sé que no es fácil… Pero todo va a salir bien.

Él también comprendía los miedos, el riesgo, la posible pérdida. Lucius tenía un futuro brillante por delante, era consciente. Estaba sacrificando mucho por ayudar a la Sociedad, tanto como él o su hermano. Sin embargo, era por un bien mayor.

—El sacrificio es una parte importante del camino. No hay ganadores sin dolor. Cuando lo tengamos todo, verás que el riesgo de quedarnos sin nada fue insignificante.

Aunque Lucius sabía que las palabras de Aetheriel iban cargadas de ánimo, no podía evitar pensar en todas las cosas que podían salir mal. Lucius enfrentó su mirada, no le importó tener los ojos chispeantes ni el aliento exaltado.

—El riesgo al que nos exponemos… —masculló, sus músculos estaban en tensión, podía sentir cómo el cuerpo le pedía un patón—. Nadie nos asegura que esto no vaya a acabar igual que hace treinta años.

A Lucius le habría gustado que alguien le otorgara la certeza de que todo saldría bien, de que la apuesta no era tan grande como pensaba, que las pérdidas se verían recompensadas y que, en el peor de los casos, encontrarían una solución.

Sin embargo, conocía la historia. Sabía lo que habían padecido los anteriores miembros de la Sociedad, lo que habían dejado como herencia al mundo, el sufrimiento de los artistas atormentados que habían formado parte de su generación.

Lucius sabía que si perdían, supondría todo, sin retorno, sin salvavidas.

Su misión era un mar embravecido a punto de ahogar al pescador que lo navegaba.

—Hemos aprendido de los errores… No los volveremos a cometer, te lo prometo.

—La mirada de Aetheriel era sincera, cargada de luz y esperanza—.

Crearemos un mundo nuevo para los dos… Haremos del arte nuestra magia; de nuestro talento nacerán los dones de una generación virtuosa.

Las sombras no volverán a atormentarnos…

Solo seremos nosotros con nuestro arte y nuestras ideas, los principales exponentes de un mundo lleno de miseria.

Aetheriel suponía un castigo para el bienestar de Lucius porque le hacía plantearse hasta qué punto estaba dispuesto a llegar para obtener la gloria y el reconocimiento que siempre había deseado.

Imaginaba su nombre escrito junto a los grandes escritores de la historia, junto a esos que él admiraba y con los que soñaba con compartir ideas algún día.

Aetheriel y la Sociedad le ofrecían eso: ser uno más, obtener todo cuanto había deseado desde niño.

Nunca más volvería a estar solo.

Nunca más volverían a juzgarlo.

Y sin embargo, pese a soñar con todo, seguía pensando en qué sería de sus hermanos.

—Me preocupa mi familia. —Los ojos se le humedecieron al pronunciar esas palabras—. Temo que salgan heridos… Temo que se hayan involucrado demasiado…

Aetheriel lo abrazó antes de que Lucius rompiera a llorar.

Agradeció tenerlo cerca, el calor de su cuerpo lo reconfortaba.

Había pasado tanto tiempo sin tocarlo que ya no recordaba la comodidad de apoyarse en su hombro o la electricidad que le transmitían sus brazos al rodearlo.

Por algún motivo, no quería volver a desprenderse de esa sensación.

Era adictivo tener a Aetheriel piel con piel.

Nunca lo sentía suficientemente cerca. Quería más.

Sabía que podía estar así más. Y, sin embargo, debía conformarse con esa proximidad en la que sus cuerpos chocaban y los latidos de ambos se acompasaban al retumbar el uno contra el otro.

—Ahora, nosotros somos tu familia.

Pese a que sentía que llevaba toda una eternidad esperando ese mensaje, no le llenó en absoluto. Una lágrima corrió por su mejilla. Entonces, lo abrazó con más fuerza.

Si algo salía mal, si el mundo iba a terminar, que terminase con ellos así.

Lucius lo habría dado todo por congelar ese instante y ponerle fin.

Habría dejado que las sombras se comieran el resto de sus sueños y lo atraparan con tal de permanecer el resto de su existencia en aquel recuerdo que no sabía cuándo se repetiría.