La sociedad de las almas malditas 28
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El artista más prestigioso de la Sociedad de las Artes fue Halbert Mouss,

quien, después de una exitosa trayectoria como pintor, se quitó la vida

lanzándose al mar. En su diario, las autoridades encontraron indicios

de una grave esquizofrenia y del consumo excesivo de drogas y alcohol.

E l comedor de la Sociedad de las Artes se componía de una mesa central, iluminada por una lámpara de araña que colgaba del centro de la estancia, y cuatro candelabros situados en las esquinas.

El ambiente era frío, silencioso y furtivo.

Nada perturbaba la paz de los presentes.

En una de las paredes laterales, una chimenea esperaba el momento de ser encendida.

Los platos estaban servidos: raciones de fruta como entrantes, uvas y mucho vino.

El primer plato era una sopa de algas; el principal, una carne madurada de ciervo.

La inquietud se respiraba entre los comensales.

Caras largas, miradas que viajaban de unos a otros y labios sellados.

Nada parecía indicar que fuera a ser un encuentro acogedor.

Cuando Lucius llegó al comedor, todos se giraron hacia él.

Lo analizaron con la mirada, a la espera de que dijera algo.

El chico creyó conveniente callarse. Sus actos habían hablado por sí solos.

Movió la silla más cercana a él, la única que estaba vacía y presidía la mesa.

A su izquierda, Aetheriel y Saúl Sullivan.

A su derecha, Caelus y Luz Vionni. Enfrente, Morgana Shaven, la última integrante de la Sociedad de las Artes, y una de las profesoras más brillantes de la Academia.

—Perdonad la tardanza —se disculpó, tomando asiento—. Tenía que esperar al momento adecuado. No quería precipitarme con el plan.

Morgana se apartó un mechón de cabello negro de la cara. Las puntas estaban teñidas de morado y los ojos le irradiaban un tono rojizo casi enfermizo.

—Nos alegra saber que estás de vuelta —aseguró la profesora—. Si os parece bien, podemos empezar a comer.

Caelus sirvió vino a todos los presentes. Arrastró la silla hacia atrás, lo que provocó un quejido espantoso. Se puso en pie y alzó su copa.

—Queridos hermanos de la Sociedad, creo que hoy es buen momento para felicitar nuestro trabajo y, sobre todo, el de nuestra última incorporación.

—Apuntó con la copa a Lucius y le gratificó acompañando el gesto con un asentimiento—.

Lucius Bellavere, hace poco que eres parte de nuestra hermandad, pero ya te sentimos como uno más de los nuestros.

Has demostrado que eres digno. Has cumplido con tus deberes a rajatabla y has conseguido logros que otros, en mucho más tiempo, no pudieron obtener. Te felicito, hermano .

Saúl Sullivan y Luz Vionni aplaudieron el discurso.

Lucius asintió, agradecido. No sabía si era porque por primera vez en su vida lo elogiaban por algo o porque realmente se sentía satisfecho con lo que había progresado, pero se enorgulleció de haber cumplido con los objetivos que le habían marcado.

Había recuperado la Estrella de las Artes, el brazalete de los Imperial y, por si fuera poco, había arrastrado a Miry Amber hasta la biblioteca antigua sin llamar la atención. Aunque el forcejeo había sido intenso, no levantaron las alertas de nadie.

—¿Cómo lo hiciste? —preguntó Aetheriel, que había ignorado el primer plato para pasar directamente al segundo—. En esas habitaciones se escucha todo.

Lucius se encogió de hombros.

No fue difícil acceder a la habitación de Miry como si fuera en nombre de su hermana, hablar con ella durante unos minutos hasta que bajara la guardia y, cuando menos lo esperase, corromper su mente como le habían enseñado en los entrenamientos.

Había pensado en acudir por la noche, acceder a sus sueños y convertirlos en pesadillas.

Sin embargo, le aterraba que, como la noche anterior, compartiera cama con Amanda y fuera imposible llevársela.

Sin saberlo, su hermana había frustrado sus planes.

—He sido entrenado por los mejores. —Lucius le guiñó un ojo a Caelus—. No podía fallar.

Había aprendido a complacer a las personas, a darles lo que querían escuchar.

No había nada como contentar el ego ajeno para tener control sobre ellos.

Si se sentían gratificados, halagados, importantes…

lo tendría todo. Sonrió satisfecho cuando a Caelus se le elevaron las comisuras. Había causado el efecto adecuado.

—No era fácil, lo reconozco. —Caelus sorbía la sopa del plato haciendo un ruido espantoso—.

Quisimos ponerte a prueba y nos diste más de lo que esperábamos.

Nos has traído el brazalete, el colgante y al sujeto que necesitábamos para llevar a cabo el ritual.

Gracias a ti, estamos muy cerca de conseguir lo que los mejores miembros de la Sociedad no pudieron.

Durante su entrenamiento, Caelus y Aetheriel le habían hablado del ritual. La Sociedad de las Artes había sido un grupo selecto y fallido, un intento de desarrollar a los mejores artistas de la historia, y así fue durante varios siglos. Sin embargo, los métodos no eran los que se creían…

Entrar en ese círculo suponía un desgaste mental y físico sin precedentes.

Desde hacía décadas, sus miembros llevaban al límite al cuerpo humano.

Aprendieron a desarrollar las capacidades cognitivas a un punto casi místico.

«Cuestión de magia», le había dicho Aetheriel.

Nunca lo creyó, hasta que empezó a experimentar en su propio cuerpo cómo sus sentidos cambiaban.

Su mente era capaz de volar más allá del pensamiento, sus sentidos habían empezado a percibir el tiempo y el espacio de otra forma, como si pudiera viajar a través de ellos.

Todo, absolutamente todo , era un constructo de su mente.

Si controlaba su mente, podía controlarlo todo.

Cuando alguien ingresaba en la Academia de las Artes Oscuras, la Sociedad lo seguía y examinaba, evaluaba sus habilidades para ver si era digno.

Entonces, lo reclutaba para su causa. Los mejores artistas del mundo fueron parte de la hermandad.

Los que lograron aguantar las pruebas, los entrenamientos y los rituales lo consiguieron todo, aunque cargaron durante toda una vida con una maldición a sus espaldas: su propia mente nunca los abandonaba.

Los ruidos, las voces, las sombras… eran demasiados.

Había quienes no podían lidiar con ello, quienes acababan quitándose la vida por no soportar el exceso de ruido.

Y luego estaba el gran ritual.

—Intentaron hacer algo mucho más grande de lo que podían manejar —le había explicado Aetheriel un día mientras entrenaban juntos—. Para llevarlo a cabo, se necesitan elementos muy concretos y, sobre todo, un recipiente poderoso y un sacrificio.

—¿Con recipiente te refieres a…?

—Un cuerpo. Una persona viva que pueda contener la invocación. Evaluamos mucho a los alumnos de la escuela en busca del que nos pueda servir.

—En nuestro caso, creemos que eres el correcto.

Aetheriel, en aquella ocasión, apartó la mirada como si no quisiera saber del tema.

—Es el mejor sujeto al que podemos optar, no tenemos demasiado tiempo… —Aseguró Caelus.

—¿Qué pasará si mi cuerpo no soporta el ritual?

—Morirás… y no sabemos qué más podría suceder…

En el último ritual, hecho hace treinta años, nada salió como se esperaba y las sombras quedaron atrapadas en un limbo entre la vida y la muerte.

Se asentaron en la Academia para alimentarse de los alumnos y seguir ganando poder, al mismo tiempo que se anclaron a los presentes y los atormentaron de por vida para cobrarse la deuda que el ritual había suscrito con ellas. Las sombras no iban a perdonarlos.

—El objetivo del ritual era crear a un artista completo, capaz de transportar la magia arcana a través de sus obras y…

ser el mayor talento del mundo —le explicó Caelus—.

Si hubiera salido bien, la sociedad no habría vuelto a tener competencia en Westgard ni en Eileanor ni en ningún rincón del mundo.

—Ahora el objetivo es distinto —añadió Aetheriel—. Queremos contenerlas de nuevo. Debemos librarnos de ellas y de… la maldición.

Contener a las sombras sonaba tan optimista como ilusorio.

¿Se acabarían por fin las pesadillas de su familia?

Era prometedor. Sin embargo, Lucius no había podido evitar pensar qué pasaría si el ritual volviera a salir mal.

¿Las sombras tomarían el control de todo?

¿Se rompería la escasa línea que separaba el mundo de unos y otros?

Quizás fuera mejor convivir con lo malo antes de despertar algo peor.

Esa noche, cuando terminó la cena, Lucius acudió a uno de los miradores traseros de la Academia. La luna brillaba en el cielo de un color rosado, hipnótico. El viento le mecía el cabello rizado que le caía sobre la frente y la falda de la túnica con la que ocultaba su identidad.

Pensar en cómo había cambiado su vida le atemorizaba.

El miedo se le concentraba en el estómago, lo desgarraba por dentro y le provocaba un vértigo atroz.

Por fin había conseguido sentirse importante, parte de algo, gratificado con sus actos…

y, sin embargo, a su cabeza solo acudían los recuerdos de sus hermanos.

Amanda, Frederick, Lukas… ¿qué pensarían ellos de él?

Se lamentaba por preocuparse tanto por ellos.

¿Por qué le importaba lo que opinaran? Había pasado toda su vida sintiéndose juzgado por ser diferente, por no querer estar con los demás, por seguir su propio camino marcado por la literatura y el arte.

Había abrazado el conocimiento antes que la popularidad.

Odiaba a la gente. Le habían hecho odiar a la gente.

Los niños que le llamaban «huérfano»… Los que le miraban con repulsión por ser distinto.

Él había aprendido desde pequeño que la humanidad era su enemiga y que, irónicamente, lo que menos quedaba en el mundo era humanidad.

En la Sociedad de las Artes no era diferente.