La sociedad de las almas malditas 27 #2
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Intentó ir tras él, pero cuando quiso atravesar la puerta, chocó contra el cuerpo de otra persona. Estuvo a punto de caer al suelo. Lukas la agarró de la mano y la sostuvo en el aire.

—¿Lukas? Perdón, no miré por dónde iba —se disculpó Amanda, avergonzada. Si hubiera sido otra persona, podría haber acabado muy mal el asunto.

—No importa. Venía a buscarte porque ha pasado algo…

—Permaneció impasible a la espera de que Lukas le diera más información.

¿Qué hacía su hermano allí, si hasta el momento nunca había acudido a buscarla?

¿Rowina Arch necesitaría algo más de ellos?

¿Habría descubierto algo acerca de las sombras?

Lukas tragó saliva antes de decirle—: Frederick ha despertado.

La habitación estaba sumida en la penumbra porque Frederick aún no se había acostumbrado a la luminosidad del ambiente.

Lukas y Amanda estaban sentados en la cama contigua, con la espalda recta y las manos entrelazadas, a la espera de que él se recuperara del todo.

Desde que había abierto los ojos, le había costado enderezarse y asumir lo que sucedía.

Sentado en la cama, Frederick parpadeaba en un intento de reconocer la realidad.

¿Seguía sumergido en una pesadilla constante?

Le costaba creer que en cualquier momento no fuera a aparecer una sombra para devorarlo todo de nuevo.

Tenía la piel corroída por las sombras, que se extendían como venas moradas y negras a través de sus brazos, su cuello y parte de su cara.

—No sé cómo explicaros… todo. —Casi había perdido la capacidad de hablar. Le dolía la garganta como si tuviera una lija rasgándole las cuerdas vocales—. Ha sido muy raro… Ha sido una pesadilla sin final que parecía tan real…

Amanda asintió y apretó la pierna de Lukas, a su lado.

—No te fuerces a recordar —dijo—. No te lastimes más de lo que te han lastimado.

Frederick negó.

—No sé qué parte creer… Ha sido como viajar a través de toda una vida… He visto a padre en sus facetas… Y no paraba de repetir lo mismo.

—¿Qué quería padre de nosotros? —preguntó Lukas, que se incorporó para acercarse a su hermano y brindarle su apoyo.

Las imágenes se repetían en la cabeza de Frederick. Los viajes, las palabras, los insultos, el cofre, el colgante…

—El legado familiar. —Se incorporó de la cama como un resorte. Las piernas le fallaron y estuvo a punto de tropezar, pero se apoyó en Lukas para mantenerse en pie—. El cofre. Tengo que encontrarlo en el cofre.

Frederick se arrastró hasta el baúl con las pertenencias que habían traído.

Era todo cuanto les quedaba de su pasado, las pertenencias que su padre le había pedido que guardara y siempre llevara consigo.

Acertó a introducir el código numérico en uno de los laterales y abrió la tapa como si pesara como una losa.

Una nube de polvo se levantó, y Frederick tosió.

Removió el interior del cofre en busca del colgante. Del legado familiar. De la Estrella de las Artes .

Los recuerdos de Evangeline le atormentaron. Un pinchazo le sacudió la cabeza y se dejó caer sobre el baúl. Se revolvió, creyendo que la voz de aquella chica le atravesaría la cabeza.

—¡Fred! ¿Qué te pasa? —Lukas se arrodilló a su lado y lo arropó entre sus brazos.

Solo podía gemir de dolor. Evangeline le recordaba todo lo que había perdido, todo lo que le quedaba por perder, lo que había arriesgado y lo que nunca recuperaría.

Las sombras palpitaron bajo su piel. Cada una de las venas sombrías que se extendía por su cuerpo vibró, quemándole los músculos.

Sintió que el cuerpo entero se le desgarraría.

Aun así, siguió buscando. Con espasmos y dolor, con las imágenes de las pesadillas sucediéndose en su cabeza.

—Fred, tienes que parar —suplicó Lukas, que intentó alejarlo del cofre a tirones.

—Hay que acostarlo —propuso Amanda. También se acercó para ayudar a Lukas a tumbarlo. Sin embargo, Frederick no cedió.

Continuó rebuscando y sacando objetos del baúl hasta que quedó completamente vacío. El medallón no estaba por ninguna parte.

—Lo he perdido… —Sollozó, los ojos se le inundaron de lágrimas. Las mejillas le ardían como si llorase fuego—. He perdido el legado familiar.

Su fuerza cedió y, solo entonces, Lukas y Amanda pudieron llevarlo de vuelta a la cama.

Frederick no tenía fuerzas para seguir luchando.

Estaba cansado. Cansado de haber soportado el peso de la familia, de no haber podido ayudar a nadie, cansado de que Evangeline lo hubiera utilizado para encontrar su legado familiar y querer arrebatárselo.

Si no hubiera sido por Lucius…

Lucius…

Lucius.

—Lucius le arrebató el colgante —aseguró, los ojos se le abrieron al recordar.

Amanda y Lukas fruncieron el ceño.

—¿A qué te refieres? —preguntó Lukas, que le colocó la mano en la frente para asegurarse de que no tuviera fiebre.

Frederick intentó incorporarse de nuevo, pero Amanda se lo impidió. Suspiró, cansado.

—En mis sueños… Evangeline me utilizó para rememorar cada momento del pasado hasta encontrar el legado familiar…

Intentó robármelo. Decía que era la Estrella de las Artes.

No sé por qué, pero tenía un valor muy importante para ella.

Iba a llevársela. Pero Lucius intervino.

Apareció y le quitó el colgante. Él debe tenerlo…

Los hermanos intercambiaron miradas, confusos.

Todo parecía estar estrechamente relacionado; sin embargo, ¿qué sentido tenía?

¿Cómo iba Lucius a conseguir colarse en una pesadilla de Frederick y plantarle cara a Evangeline y las sombras?

Lukas también se había enfrentado a ella y sabía lo poderosa que podía llegar a ser, el control que poseía sobre los sueños de los demás.

Lo había manejado a su antojo una y otra vez.

Se sentía culpable por haber permitido que ella lo manipulara en tantas ocasiones sin darse cuenta de que, de algún modo, era la principal responsable del mal de Frederick.

—Las sombras, la Academia, el legado familiar, Lucius… —masculló Amanda—. Son piezas de un puzle que parecen querer encajar… pero ¿cómo?

Lukas tomó las riendas de la situación y propuso:

—Creo que esta noche deberíamos reunirnos con Rowina Arch y aclarar lo que está pasando. Si le contamos lo que hemos descubierto, tal vez ella pueda guiarnos. Tenemos las piezas y ella el conocimiento. Puede que por fin demos con la clave del problema.

Esa misma noche, antes de acudir al encuentro con Rowina Arch, Amanda quiso visitar a Miry.

No sabía qué podía suceder. Algo en su interior le decía que las cosas no iban a ir bien.

Todo podía torcerse y, si ella tenía que despedirse, prefería hacerlo en condiciones.

Habían dejado demasiadas puertas abiertas, demasiadas cuentas pendientes.

Toda una vida arrepintiéndose le había servido para darse cuenta de que no quería volver a lamentarse por haber desaprovechado una oportunidad.

No quería volver a quedarse con las ganas del qué hubiera pasado.

Cuando llamó a la puerta, no recibió respuesta.

Le resultó extraño. Miry era una chica responsable, pero nunca se dormía temprano.

Aprovechaba las madrugadas para avanzar con sus proyectos.

Volvió a llamar a la puerta y, esta vez, se abrió sola.

Se deslizó sobre la madera y emitió un quejido propio del llanto humano. Todo estaba a oscuras.

—¿Miry?

Amanda pasó al interior, entrecerrando los ojos para intentar enfocar algo en esa oscuridad que lo devoraba todo.

La habitación estaba vacía. Lo suficientemente calmada como para que pareciera que no había pasado nada. Lo suficientemente intranquila como para saber que las cosas no marchaban bien.

En la mesa encontró una carta a medio escribir que llevaba el nombre de Amanda. Las primeras frases hablaban de cómo se habían conocido y de lo bien que habían conectado, de lo segura que se sentía a su lado y como nadie antes había sido capaz de explorar sus inquietudes de la misma forma que ella.

El mensaje se transformaba en una carta de amor que, con una cadencia pausada pero entusiasta, se sinceraba sobre lo que Miry había empezado a sentir por Amanda y el miedo que tenía de que no fuera recíproco.

La carta no tenía fin. Se cortaba bruscamente en una frase, la tinta se había derramado sobre la hoja.

Amanda gritó, desesperada, y cayó de rodillas.

En ese momento lo supo: se la habían llevado.