La sociedad de las almas malditas 27
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Durante su etapa como alumno, Marinea Imperial demostró grandes dotes

en las artes escénicas, aunque nunca llegaron a brillar bajo su mandato

debido a la falta de alumnado predispuesto a apuntarse.

H abría pasado el resto de su vida entre los brazos de Miry.

Esa mañana despertó con su pelo por la cara y las manos rodeándole la cintura. No había pasado nada entre ellas la noche anterior, más allá de unas conversaciones profundas que terminaron con las dos tumbadas en la cama compartiendo historias de la adolescencia.

Miry le había hablado de su primer novio, el cual resultó ser un estúpido —como casi todos—, y de su segunda novia, la cual sí había marcado un antes y un después.

Le contó que, pese a no tener problemas familiares como otras personas, sentía que la relación con sus padres se deterioraba con el paso de los años y no sabía cómo recuperarla.

Huir a esa Academia había sido el principio de una nueva etapa.

Nunca hablaban, porque ellos nunca la visitaban y ella nunca les escribía una carta.

El problema no solo era la falta de contacto, sino que Miry había aprendido a vivir sin ellos y ni siquiera notaba su ausencia en el día a día.

Por su parte, Amanda le había hablado de su situación familiar.

No podía contarle nada acerca de amores, pues nunca había conocido uno.

Le explicó que Frederick siempre se había responsabilizado de todos y que Lukas empezó a muy temprana edad a descubrir la sexualidad y los vicios, lo que supuso un quebradero de cabeza para todos.

También le detalló las múltiples mudanzas de un lugar a otro de Eileanor y la llegada de Lucius a la familia como uno más.

Prefirió no hablar de su padre ni de los problemas que tenía con los negocios.

Bueno, en general, prefirió no mencionar ningún tipo de conflicto con su padre.

No eran pocos: la bebida, el juego, el pasado familiar, el tráfico de arte, las sombras que lo perseguían.

Frederick siempre les decía que lo habían heredado todo de él, lo bueno y lo malo.

Cuando pensaban en lo bueno, siempre rectificaban: sobre todo lo malo .

Los primeros rayos del sol impactaron sobre la cara de Miry, creándole reflejos en el pelo que lo convertían en un fuego mucho más candente, cobraba vida propia. Las pestañas se le aclaraban por culpa del sol y su tez, pálida como la nieve del invierno, resplandecía bajo el tacto del astro rey.

Le apartó un mechón de pelo de la cara. Miry pestañeó un par de veces y entreabrió los ojos. Tardó unos segundos en enfocar a Amanda y reconocer su rostro. Ambas estaban tan cerca que apenas unos centímetros separaban las puntas de sus narices.

—¿Has dormido bien? —preguntó Amanda, que por una vez no rehuyó el contacto visual. Los hoyuelos se le marcaban al sonreír, extrañaba esa sensación.

—Mejor que nunca. —Se estiró en la cama y buscó apoyar su cabeza lo más cerca de Amanda posible.

Ninguna añadió nada más, pero ambas pensaron durante cuánto tiempo podrían disfrutar de aquel momento.

No se había acabado y Amanda ya pensaba en repetirlo.

La comodidad al lado de Miry, las charlas, que surgían sin necesidad de forzarlas y hablaban de temas que a las dos las apasionaban, y sobre todo la felicidad que se instauraba dentro de ellas cada vez que se veían hacía que aquellos encuentros se hubieran convertido en una especie de refugio para ambas.

A veces una no necesitaba más que la seguridad de otra persona para sentir que ya lo tenía todo.

Amanda siempre había soñado con que la prometieran el cielo y las estrellas, con viajes lejos de Eileanor, riquezas que solo había alcanzado a soñar gracias a las historias que había leído durante toda su vida.

Y en ese instante, cuando Miry la observaba como si fuera lo único que le quedaba en el mundo, Amanda se dio cuenta de que todo cuanto necesitaba era eso: un hombro en el que apoyarse y una mirada cómplice que no la abandonara nunca.

Pasaron la mañana entre conversaciones sobre su pasado y miedos que nunca llegaron a superar. Retomaron algunos de los temas que el día anterior habían quedado suspendidos en el aire por culpa de las altas horas de la noche y, sobre todo, no se separaron ni un centímetro.

Amanda empezaba a sentir que el espacio entre ellas se reducía, que el aire se acababa y que a ninguna de las dos parecía importarle en absoluto. Ella no sería la que diera el primer paso, y quería pensar que, si todo continuaba así, Miry tampoco se iría.

Sin embargo, los miedos acudían a su cabeza a cada segundo. Cuando le miraba la boca y se olvidaba de prestar atención a lo que contaba. O cuando se perdía en esos ojos tan claros que casi podían ver a través de su alma.

Le posó una mano en la mejilla sin darse cuenta. Fue un acto involuntario. Su propio cuerpo lo deseaba, pero ella ni siquiera se hubiera atrevido. Acarició con sus dedos la piel de Miry. Ella permaneció en silencio, analizándola, a la espera de que diera el siguiente paso.

Se acercaron lo suficiente como para que sus respiraciones parecieran una sola. Amanda se perdía en el brillo de los ojos de Miry, que, con anhelo, le pedía que no se detuviera cuando faltaba tan poco.

—Miry… yo… —masculló, con un nudo en la garganta.

Entonces, alguien llamó a la puerta.

Miry y Amanda se apartaron la una de la otra como si hubieran sido repelidas por una fuerza de atracción mayor. Se miraron, avergonzadas. Amanda resopló al levantarse y caminó hasta la puerta.

—No debería estar aquí —aseguró Miry en un susurro—. Si alguien se entera…

—No pasa nada —intentó tranquilizarla antes de abrir—. Diremos que estamos haciendo un trabajo para clase.

Aunque no parecía convencida, Miry aceptó. A Amanda le tembló el pulso por un instante. Por suerte, al otro lado se encontraba Lucius.

Sin embargo, no parecía el mismo Lucius de siempre.

—Hola, hermanita .

No sabía si se debía al cambio en su tono de voz, como si hubiera madurado antes de lo debido, o a las ojeras que se marcaban en su piel, mucho más demacrada.

El pelo le había crecido un poco y sus facciones parecían más adultas.

Lucius había dejado atrás al niño que era y había entrado en una etapa más avanzada de su vida.

—Lucius, ¿estás bien? —preguntó, sorprendida por el cambio en su aspecto.

—Perfectamente. ¿Puedo pasar? —Intentó ver por encima de su cuerpo quién más estaba en la habitación, ya que Amanda había ocupado casi todo el espacio delante de la puerta—. Creí escuchar voces. No estás sola, ¿verdad?

Se apartó por fin. Miry saludó a Lucius desde el escritorio. Simulaba escribir en un folio.

—Hola.

Lucius sonrió.

—Disculpadme, no quería interrumpir… nada . Venía a ver cómo se encontraba mi hermana favorita. —Su tono sonaba falso, rudo y distante.

Antes de que dijera nada más, Miry se levantó del asiento. Las piernas le flaqueaban.

—No te preocupes. Estábamos haciendo un trabajo para clase, pero ya me iba. Os dejo a solas, que tendréis mucho de lo que hablar.

Amanda frunció el ceño.

—No hace falta que te…

—Nos veremos luego, ¿vale? Podemos comer juntas, si quieres. —Le dio un beso en la mejilla y, con el folio en la mano, se marchó por la puerta antes de que la vergüenza acabara con ella.

Cuando se quedaron a solas, Lucius se rio. No era como si algo en él hubiera cambiado, como el que se corta el pelo o se pone otra ropa, más bien Amanda sentía que habían sustituido a su hermano por otro.

—Una chica curiosa, la verdad —dijo, rascándose la cabeza—. Supongo que no te aburres con ella.

Amanda le miró de reojo. Decidió no establecer contacto visual con él y se dispuso a ordenar la habitación. Las sábanas estaban hechas un bollo, y el dormitorio, tan alborotado como los recuerdos de la noche anterior.

—No nos da tiempo —se limitó a responder mientras recogía los folios que Miry había esparcido por la mesa—. ¿Tú cómo te encuentras? Te veo… diferente .

No sabía si «diferente» era la palabra adecuada.

Lucius no era diferente. Era el mismo, solo que había cambiado su forma de brillar, como si a la luz que hasta ahora había desprendido se la hubieran comido las sombras y al fulgor de su mirada lo hubieran cambiado por un fuego que ardía con la malicia de consumirlo todo.

—Estoy mejor que nunca. Gracias por preocuparte. —Sus palabras eran de tranquilidad; el tono que empleaba, de preocupación.

Amanda intentó acercarse, pero él retrocedió un paso en cuanto advirtió el posible contacto con su hermana.

—Sabes que nos tienes aquí, ¿verdad? —Un nudo se le formó en la garganta—. Recuerda que siempre vas a tener una familia a la que acudir cuando lo necesites.

Lucius no respondió. Mantuvo la mirada clavada en un punto indeterminado. Si no fuera porque ya estaba hecho añicos por dentro, se habría roto en ese momento. Las lágrimas no le nacían porque hacía demasiado que había dejado de llorar. Cuando uno ya no tiene nada dentro, es imposible provocarlo.

O eso creía.

Con el consuelo que da una conversación fallida, Lucius asintió y le colocó a Amanda la mano en el hombro.

—La familia es el verdadero legado. Nos veremos pronto.

Se marchó dejando a Amanda con la palabra plantada en la boca y el corazón encogido en un puño.

Lucius siempre había sido solitario, pero nunca se había distanciado tanto de ellos como en aquel momento.

Desde su llegada a la Academia, había cambiado lo suficiente como para considerarlo una sombra de lo que fue en su pasado.

Amanda temía por él. Temía por ese niño inocente que había crecido desprotegido.

Temía por su salud mental y su integridad.

Porque no podía creer que el único de sus hermanos que había escogido el camino del conocimiento y la tranquilidad estuviera en un punto tan crítico, alejado de su familia, merodeando por los pasillos con el rostro de un fantasma.