26 #2
Por mucho que intentara pasar más tiempo con él, Lucius prefería encerrarse con un buen libro y hacer caso omiso del resto.
Frederick no le culpaba. Él no había perdido a su padre, pero toda su vida había crecido sin un referente que le enseñara lo que era formar y cuidar a una familia.
Él había aprendido por las malas, a base de ensayo y error, de ver cómo sus hermanos lo pasaban mal a su costa y lo culpaban de una educación que él no sabía cómo mejorar.
Si tan solo pudiera bajaros las estrellas, lo haría , pensó una vez cuando Lukas, en una de sus pataletas, le recriminó lo descuidado que era como hermano por haberse olvidado de su cumpleaños.
Si tan solo pudiera cubrir todas vuestras necesidades, lo liaría , pensó cuando Lucius se echó a llorar porque llevaban cinco días sin comer algo sólido.
Si tan solo pudiera entenderos, juro que lo haría , pensó después de que Amanda se marchara, cabizbaja, a su cuarto tras una discusión que había comenzado por culpa de Frederick.
Nunca había sido un hermano perfecto, pero había intentado ser el mejor posible. Uno que supliera la falta de un padre ausente y una madre muerta.
Sin embargo, por mucho que lo intentara, nunca era suficiente.
Ni en los estudios ni en el trabajo ni en el cuidado de la casa.
En la escuela sacaba malas notas por no poder preparar los exámenes. En el trabajo no rendía por quedarse hasta tarde estudiando. En casa no daba más de sí porque tenía que lidiar con todo lo anterior más la crianza de tres hermanos que no se lo ponían nada fácil.
Si tan solo alguien pudiera hacer algo por mí…
—Lucius… —El niño continuaba gimoteando frente al acantilado. Por un momento, Frederick creyó que se lanzaría—. Lucius, escúchame. Todo va a estar bien… Tu padre, aunque no esté aquí presente, siempre va a acompañarte. Va a darte fuerza, va a estar para ti…
Frederick se acercó poco a poco, pisadas cortas y seguras, procurando no alertar a su hermano.
—Te aseguro que a veces es mejor así… Es mejor el recuerdo de algo que fue bueno mientras duró, al dolor del paso del tiempo en una relación que se marchita.
—Extendió su mano hacia él con la intención de agarrarle del hombro.
Estaba cerca, muy cerca. Casi podía sentir el tacto de su ropa bajo su piel—.
Mi padre también se fue hace mucho tiempo.
Y aunque a veces vuelve, no siento que siga presente de ninguna manera.
Sé que nos dejó… Sé que jamás podría volver a confiar en él.
Pero por eso nos tienes a nosotros. Somos tus hermanos. Siempre estaremos contigo.
Cuando posó la mano en su hombro, el que se giró no fue Lucius, sino una versión deteriorada de Rembrandt Bellavere. Tenía la tez pálida y el paso del tiempo había podrido sus facciones. Había perdido tanto peso que parte de la piel le colgaba y le hacía parecer una sombra muy lejana de lo que fue.
—Así que jamás volverás a confiar en mí…
La piel se le abría a la altura de las mejillas, dejando que sus dientes putrefactos se vieran. Algunos gusanos asomaban a través de los poros de su piel. El poco pelo que tenía sobre la cabeza se volvía cada segundo más fino, más blanco, y se desprendía como si fueran hojas de un árbol en otoño.
—Padre, yo…
Rembrandt le acercó la mano. En ella, un colgante con forma de estrella de cinco puntas lo esperaba.
—El legado familiar. Cuando no te quede nada, piensa en el legado familiar —repitió al mismo tiempo que la piel de las manos se le caía y el colgante quedaba pendiente de los músculos y los huesos.
—Padre…
Se desvaneció como si fuera polvo con una brisa de viento. El colgante cayó al suelo. Frederick lo sostuvo entre sus manos y lo miró con sumo cuidado. En un idioma desconocido, habían inscrito varios mensajes en los lados de la estrella. Aunque parecía de cobre, resplandecía con la luz del sol.
El legado familiar…
Frederick había escuchado tantas veces a lo largo de su vida esas palabras que ya ni siquiera sabía asociarlas a un momento concreto.
Durante su infancia, pensaba que el legado tenía que ver con la sangre, con lo que llevaban por dentro por el simple hecho de ser parte de los Bellavere; en la adolescencia creyó que tenía que ver con la herencia, las riquezas y los bienes que los acompañaran a lo largo de su vida.
En su juventud, después de hacerse cargo de sus hermanos y ver cómo su padre se consumía delante de sus ojos por un objetivo que tal vez nunca alcanzaría, Frederick se había decepcionado al comprobar que Rembrandt siempre había sido un objeto concreto como legado familiar.
Y ese era el colgante de estrella que pendía entre sus manos.
No parecía valioso ni caro, casi estaba desgastado pese a su brillo. ¿Cuánto valor tendría en un mercado corriente? Dudaba, incluso, que algún comerciante se lo tasara.
Y, sin embargo, había obsesionado a su padre durante décadas. Lo había protegido y llevado encima. Siempre en el cofre familiar. Siempre guardado bajo llave.
Hasta ese instante.
Dos tentáculos sombríos emergieron del suelo y apresaron a Frederick por las muñecas.
El chico chilló, pero no pudo hacer nada para evitar que el colgante se le cayera.
Empujó con todas sus fuerzas hacia delante.
Las sombras devolvieron el empuje hacia atrás.
Le agarraron también de los tobillos y una de ellas lo inmovilizó por la cintura.
Por más que gritase, nadie lo escucharía. El acantilado se encontraba tan lejos del pueblo que ni los animales con el oído más desarrollado lo habrían escuchado. Peleó hasta quedarse sin fuerzas, cuando sus brazos decayeron y se rindió a ser presa de las sombras, una vez más.
Se arrodilló, exhausto. Exhalaba el aire por la boca y los pulmones le dolían de pelear.
Las extremidades le quemaban por culpa de la presión que ejercían las sombras.
Tenía la vista clavada en la hierba que, gracias a la brisa, se mecía tranquila como cualquier mañana.
El sol salía en el horizonte. Era una escena bella de contemplar, pese a la dureza del castigo.
Unas botas negras entraron en su campo de visión. Frederick las reconoció enseguida, mas no se atrevió a levantar la cabeza para no tener que comprobar que sus temores se habían vuelto ciertos.
—La Estrella de las Artes… así es como se llama, ¿lo sabías?
—Evangeline agarró el colgante entre sus dedos como si fuera una pieza insignificante—.
La arquitectura, la escultura, la pintura, la música y la poesía…
Cada una de las puntas de esta estrella hace honor a una de las cinco grandes artes que se estudiaban en la Academia cuando se fundó.
Al contraluz del amanecer, Evangeline había perdido sus rasgos sombríos. Volvía a ser ese ángel que Frederick había conocido en la biblioteca y con el que podía intercambiar opiniones sobre libros. Su piel brillaba y, por un momento, creyó que también sus intenciones.
—Para muchos, es insignificante. Pero, Frederick… —Se agachó de cuclillas para mirarle a los ojos y colocarle el colgante delante de su cara—. No sabes lo importante que era esto para mí y cuánto tiempo llevo buscándolo.
Él tosió antes de poder responder. Los pulmones cada vez le dolían más. El corazón le latía tan deprisa que podría estallarle en cualquier momento.
—No sé de qué me hablas, Evangeline…
—Esto… El famoso legado familiar de los Bellavere…
Tus sueños me han traído hasta él. No sabes cuántas noches hemos dedicado a recorrer estos recuerdos, a despertar tantos traumas de tu pasado…
Pero al final se ha manifestado. —Le agarró la cara entre las manos y le besó—.
Sabía que podía confiar en ti. Sabía que tú me llevarías hasta esto mucho antes que tu hermano.
Que Evangeline mencionara a Lukas no le agradó.
Quería que se lo sacara de los labios y de la memoria, que ni siquiera tuviera que pensar en necesitarlo nunca más.
Estaba cansado de que se le apareciera, de que se encontraran, de que mantuvieran acercamientos por los pasillos de la Academia y se visitaran en sueños.
Pero ¿qué estaba pensando?
Su mente se estaba nublando con ideas que él no quería. ¿Por qué se enfadaba con Lukas? Él no era el culpable de la situación. Él no había provocado nada de eso.
Era ella. Evangeline.
—¿Qué me estás haciendo? —Quiso enfrentarla, pero el recuerdo de su último beso le dejó un regusto a desorden y caos en la lengua. Quería volver a probarlo, costara lo que costase—. Puedes hacer lo que quieras —rectificó al momento.
Una de las comisuras de Evangeline se curvó, satisfecha. Lo tenía justo donde lo quería. Esta vez, le apretó la mandíbula con una sola mano hasta clavar las uñas en sus mejillas. La sangre brotó de su piel.
—Haré contigo lo que me plazca cuando me apetezca…
A Frederick le habría parecido bien que ella terminase con él en ese mismo instante si eso le daba la oportunidad de reencontrarse en otra vida.
Una voz reverberó entonces en la cabeza de Frederick.
No dejes que se lleve el colgante.
—¿Quién ha dicho eso? —preguntó Frederick.
Evangeline miró a todos lados.
—¿Quién ha dicho qué?
El colgante es el legado familiar. Es todo cuanto tenemos… todo cuanto nos queda.
Los ojos de Frederick se abrieron de par en par. Se concentró en la forma del colgante, en las puntas que, como flechas, señalaban hacia cinco direcciones distintas.
Hazlo por nuestra familia, Frederick.
Hazlo por nosotros.
De un tirón, Frederick consiguió zafarse de una de las sombras. El tentáculo que lo tenía amarrado se desvaneció y él pudo alcanzar el colgante y arrebatárselo a Evangeline. Con toda su fuerza, se deshizo también del otro agarre. Él mismo parecía sorprendido por lo que acababa de hacer.
Aunque el gesto de Evangeline se torció, no pudo evitar sonreír ante el giro de los acontecimientos.
—Al final, va a ser divertido jugar en tus sueños. Pero te recuerdo que puedo ser tu peor pesadilla.
Al igual que en sus anteriores encuentros, partes del cuerpo de Evangeline mutaron hasta transformarse en una masa gigantesca de sombras.
Su cabeza permanecía allí, rodeada por tinieblas que y chillaban de dolor, como si guardasen las almas les y miles de personas atormentadas en sus sueños.
Lanzó un puñetazo a Frederick, pero él logró esquivarlo por los pelos.
Las sombras se separaban de su piel y se lanzaban como pinchos a por él.
Se extendían como ramificaciones que contaban con vida propia.
Frederick se colgó el legado familiar al cuello para no perderlo y huyó de ella.
—Por más que lo intentes… aquí no puedes escapar de nosotros.
No sabía cuánta razón tenía con esas palabras.
El terreno giró sobre su propio eje, atrapando a Frederick en una espiral en la que corría como si fuera una rueda para ratones.
El cielo se oscureció. Apenas unos segundos después, no quedaba rastro del sol ni del amanecer.
No era como si se hubiera hecho de noche, era más bien como si el cielo se hubiera consumido y solo quedara un vacío negro sobre sus cabezas.
Evangeline debía de estar poniendo al límite su sueño, convirtiéndolo en la peor pesadilla que pudiera imaginar.
Por mucho que intentara correr, sus pies no avanzaban.
Evangeline siempre volvía a atraparlo. En ocasiones, sus pisadas ni siquiera se levantaban un palmo del suelo. Lo había bloqueado por completo.
Las sombras se lanzaron sobre Frederick.
De pronto, todo eran voces en su mente. Le recordaban las cosas malas que había hecho, sus peores momentos, sus mayores miedos…
Se repetían como un eco incesante mientras le trataban de taladrar la cabeza con comentarios imitando las voces de sus seres queridos.
«No eres un buen hermano», decía Lukas.
«Jamás podría estar orgulloso de un hijo así», su padre.
«¿Por qué no pruebas a dejarme en paz?», Amanda.
«Nunca volveré a encontrar una familia», Lucius.
«¿Otra vez jodiéndolo todo?», Lukas.
«No eres digno de preservar el legado familiar», Rembrandt.
«¿Sientes celos de Lukas o es cosa mía?», Amanda.
«A veces me gustaría tener un hermano de verdad», Lucius.
—¡Para! ¡Para! ¡ PARA ! —gritó, llevándose las manos a la cabeza. Si los comentarios no cesaban, acabaría por estallar en mil pedazos.
Evangeline se relamía observando la escena.
—Entrégame el colgante, Frederick. ¿No ves que a ellos no les importas? —Intentó persuadirlo—. ¿Qué más te da perder el legado familiar? Ni siquiera cuentas con su apoyo.
«¿Cómo vas a liderar a una familia si no puedes ni gestionarte a ti mismo?».
«Tus hermanos te necesitan y nunca estás para ellos».
«Las notas han bajado durante el último semestre… Si la cosa sigue así, nos veremos obligados a echarle de la escuela».
«Está despedido, señor Bellavere. El rendimiento que nos aporta no es el esperado…».
«¿Lukas ha vuelto a quitarte a otro de tus ligues?».
«¿Por qué eres tan rarito, Fred?».
Frederick se arrancó el colgante. Lo miró, las lágrimas en los ojos le impedían enfocar correctamente. El pulso le bailaba, pero poco a poco fue extendiendo el brazo hacia Evangeline. Quería librarse de él. Quería que las voces cesaran. Quería parar.
—Muy bien, Frederick. Eres muy obediente. —Evangeline se sentía satisfecha por su obra, por lo bien que había coaccionado a Frederick en todo momento y, sobre todo, por el éxito de su trabajo. Pronto, podría poner fin al mal que llevaba tantos años arrastrando.
Disculpad las molestias… Pero el legado familiar me pertenece.
Cuando Evangeline quiso asimilar esa voz que acababa de sonar en su cabeza, ya era demasiado tarde.
Lucius atravesó el campo como un rayo, le arrebató el colgante de las manos a Frederick y se lo guardó en el bolsillo de la túnica. Algo en su semblante le hacía parecer mayor. No sabía si era el paso del tiempo, el brillo en la mirada o la seguridad que acababa de demostrar con su gesto.
—¡Devuélvemelo! —clamó Evangeline.
Intentó lanzar sus sombras contra Lucius, pero él fue capaz de disiparlas con un solo chasquido de sus dedos. Arrodillado en el suelo por el dolor de las voces, Frederick no sabía si lo que estaba viendo era real o un producto más de su sueño.
—Lo siento, Evangeline. Te aseguro que la Sociedad lo necesita mucho más —se disculpó Lucius, con una sonrisa socarrona—. Estoy seguro de que nos encontraremos muy pronto.
—¡No! ¡No! ¡Espera!
El sueño se rompió en dos. No fue como una explosión o un desvanecimiento como otras veces. Tampoco como si las sombras se hubieran comido al sueño. Más bien, fue como presenciar un papel partido a la mitad. Alguien se había encargado de hacerlo añicos.
Después de varios días, Frederick despertó.