La sociedad de las almas malditas 26
77%

26

Elya Wholfgampton adoptó seudónimos como Katrina Peregrim, Alexander

Wolf, P. Award o Quart Finn. Algunos de ellos tuvieron un exitoso camino,

aunque nunca prosperó tanto como se esperaba.

La autora falleció en Aheros por causas desconocidas.

M adurar demasiado joven le había hecho cargar con una responsabilidad familiar que no merecía.

Mientras el resto de adolescentes de Salmarina jugaban en la calle, corrían por los lodazales y pasaban las tardes en el mar, Frederick ejercía con sus hermanos las labores que descuidaba su padre.

No lo culpaba, sabía que no tenía motivos, o al menos quería creer que era así para no asumir que estaba destinando los mejores años de su vida a unos niños que, aunque crecerían sanos gracias a él, jamás le devolverían la juventud que le habían robado.

—¡Vamos, Fred! ¡Vamos a jugar al balón prisionero!

—Lukas era el más parecido a él, tan solo le sacaba dos años.

Sin embargo, la inocencia que derrochaba le hacía verse más pequeño.

No estaba preparado para asumir responsabilidades.

Se pasaba el día jugando en la calle. Frederick admiraba su vitalidad.

Y, aunque deseaba que nunca tuviera que renunciar a ella, envidiaba no poder ser como su hermano.

—Iré luego, Lukas… Tengo que terminar unos recados.

Lukas era un terremoto, un torbellino de emociones que arrasaba por donde pasaba.

Cuando se agarraba una pataleta, no había quién consiguiera calmarlo.

Cuando se enfadaba, era con todo; cuando se alegraba, también.

Siempre estaba lleno de energía, como si las estrellas lo hubieran proveído de una fuente inagotable que lo mantenía activo durante las veinticuatro horas del día.

Nunca quería marcharse a dormir, nunca quería parar de jugar.

Aunque a priori fuese algo positivo, porque Frederick no tenía que preocuparse por él más que cuando caía la noche y aún no había regresado a casa, con el paso de los años se volvió conflictivo.

Cuando Lukas pasó los primeros años de su adolescencia y entró en una prejuventud problemática, comenzó a meterse en líos que Frederick tenía que resolver.

Era de noche, la claridad en el pueblo era escasa, ya que los caminos se iluminaban a partir de los focos que provenían del interior de las casas y de algunas antorchas que pendían de postes situados cada varios metros.

Frederick había preparado la cena para los cuatro.

Su padre tampoco acudiría esa noche a cenar, llevaba al menos una semana fuera.

—¿Podemos empezar? Me muero de hambre —protestó Lucius, que daba vueltas con el tenedor sobre el plato.

—Espera un poco… Falta Lukas.

Miró por la ventana. La noche no tardaría en ser tan profunda que los caminos se llenarían de peligros.

¿ Dónde se habrá metido este idiota ?, pensó.

Se levantó de la mesa y agarró un abrigo largo que pertenecía a su padre y le quedaba tan grande que los puños no le asomaban por las mangas.

—Esperad aquí, por favor. Volveré enseguida con Lukas. —Amanda y Lucius asintieron. Los dos estaban temblando y hacía rato que sus ojos permanecían clavados en puntos vacíos en el horizonte—. Amanda, si tardo más de veinte minutos, cenad sin nosotros y acostaos. Lukas y yo cenaremos más tarde.

Amanda cabeceó de nuevo.

En el exterior, las ráfagas de viento llegaban frías del norte y helaban la piel en apenas unos segundos.

El sonido de las olas del mar al chocar contra los acantilados producía una melodía pacificadora que no podía estar más alejada de la realidad.

Frederick se cerró el abrigo y apretó para que el viento no le calara los huesos.

Llamó puerta por puerta a cada casa de Salmarina. Algunos vecinos lo atendieron con discreción; otros directamente le cerraron la puerta por ser hijo de Rembrandt Bellavere.

—No sabemos nada de tu hermano. Lárgate.

Un portazo más no rompería su orgullo.

Así había sido toda su vida: una mirada inoportuna, un saludo negado, unas palabras necias… ¿Qué importaba? Al fin y al cabo, siempre tendría a sus hermanos.

Si es que conseguía dar con Lukas.

Después de una hora buscando, se rindió.

Lukas no aparecería. Ya encontraría el modo de contárselo a su padre.

Le preocupaba más cómo darles la noticia a sus hermanos.

¿Qué se dice cuando una persona tan cercana se marcha para no volver?

¿Qué seguridad tendría de que algún día volvería?

Tal vez, lo hallasen sin vida en los caminos más allá de Salmarina.

O quizá, con lo torpe y curioso que era, se había ahogado en el mar y los pescadores recuperarían su cuerpo al cabo de unos días.

De una forma u otra, Frederick asumió que había perdido a su hermano y que la culpa era suya por no estar lo suficientemente pendiente.

Una vez de regreso a casa, escuchó unos ruidos que provenían de uno de los graneros del pueblo. A esas horas, casi nadie permanecía despierto y era raro que los animales no durmieran. Se acercó por si acaso a comprobar qué sucedía.

Conforme sus pasos lo guiaban al granero, distinguía dos voces que se alternaban. Chillaban… no. Lloraban. No, tampoco lloraban.

Gemían.

El ritmo era frenético, cada vez aumentaba más. Frederick se asomó al granero, antorcha en mano. Entonces, al moverla de lado a lado, divisó entre el heno a Lukas con un chico y una chica. Los tres estaban desnudos, Lukas debajo de ella mientras el otro le besaba.

—¿Lukas? —La voz se le fundió antes de terminar de pronunciar su nombre.

Los acompañantes de Lukas, dos jóvenes del pueblo, se giraron asustados y, tras soltar unos improperios, agarraron su ropa y se marcharon corriendo.

—¿Qué haces aquí, Fred? —protestó, no se había preocupado ni por vestirse. Tumbado sobre el heno, ni siquiera se le había bajado la erección—. Vamos, no me…

Frederick le agarró del brazo y lo levantó. Frunció el ceño y se contuvo para no propinarle una colleja.

—¿Sabes el susto que me has dado? Pensaba que te había perdido.

—Y ojalá hubiera sido así. ¿Sabes lo que acabas de interrumpir?

Frederick lo fulminó con la mirada.

—¿Quieres explicármelo acaso?

Lukas no se lo pensó dos veces. Señaló con ambas manos el camino por el que se marchaban sus dos amigos.

—¡Eran Ben Clarke y Emily Swin! Sus familias tienen negocios importantes en los grandes poblados de Eileanor. ¡Estaba a punto de recuperar el estatus familiar que nunca tuvimos!

Frederick tuvo que morderse el labio para no responderle algo que no quería.

—Sí, follándote a la mitad de la villa seguro que consigues que las familias nos rediman. ¿Qué pretendías? ¿Obtener un permiso de paternidad compartido y que los Swin te acogieran en su seno? ¿O preferías pescarte una enfermedad haciéndolo aquí a la intemperie entre heces de animales e insectos?

Lukas abrió la boca, pero Frederick le cortó al momento.

—No me respondas, era una pregunta retórica.

Las sombras consumieron la escena.

Cuando la luz volvió, Frederick ya no arrastraba a Lukas del brazo, sino que era Amanda la que ocupaba ese lugar. El sol brillaba en lo alto del cielo y tenían un par de años menos.

—Vamos, Amanda… Tienes que hacer amigos —insistió él, tirando de ella para que se acercara a los niños que jugaban a las afueras del colegio.

Ella negó con la cabeza. Hacía mucho tiempo que había dejado a su grupo de amigas atrás.

En alguna de las muchas mudanzas que los Bellavere habían hecho, Amanda no solo había perdido sus muñecas de trapo o alguno de sus vestidos, sino también a esas personas a las que consideraba de confianza y con las que, después de un largo período, había sido capaz de abrirse.

—No importa… de verdad. Ellos no van a querer jugar conmigo.

El tono de voz que empleó hundió un poco más a Frederick. ¿Cómo iba a hacer feliz a una niña que solo disfrutaba al estar encerrada en su cuarto? ¿Qué futuro le esperaba si no aprendía a relacionarse con los demás?

Salmarina había sido su perdición. Les había dado a un nuevo hermano, del que tampoco sabía cómo cuidar, y les había arrebatado a su padre, que cada vez pasaba más tiempo fuera de casa.

Frederick no recordaba el último mes que había compartido con ellos sin marcharse.

Cada semana, casi cada día, era un viaje nuevo…

una promesa incumplida que siempre empezaba con un te prometo que volveré antes de lo que piensas y terminaba con un tengo que volver a marcharme…

han surgido unos asuntos y esta vez son de vital importancia. Será la última .

La casa de los Bellavere se había llenado de promesas vacías y sombras que los amenazaban por las noches. Las pesadillas cada vez eran más recurrentes. Su padre se había marchado, alejándose de ellas, pero Lukas y Frederick cada día las padecían más en su nombre.

Las sombras se comieron el paisaje y devoraron a Amanda.

Frederick intentó agarrarla, pero cayó a un vacío infinito.

Su cuerpo caía y caía sin fin. Daba igual a dónde dirigiera la vista: todo era negro.

Como si alguien lo dibujara con pincel, el mundo volvió a tomar color.

Él volvía a encontrarse de pie, situado frente a uno de los grandes acantilados de Salmarina, el dedicado a los pescadores fallecidos en el mar.

Las sombras dieron forma a un Lucius pequeño que lloraba a su padre mientras miraba al horizonte.

Frederick empezó a recordar lo duros que habían sido los dos primeros años de Lucius en la familia.

Desde la muerte de su padre, el pequeño había pasado de ser uno de los chicos más extrovertidos de la aldea a un trasluz de lo que un día fue.

Siempre permanecía callado y al margen, con un libro debajo del brazo.

Cuando se le preguntaba por un tema , nunca tenía opinión.

Cuando alguien intentaba sacarle una sonrisa, se marchaba a su cuarto.