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La Sociedad de las Artes de Westgard desarrolló poderes inimaginables para la
población. Su control del espacio y el tiempo casi parecía un don entregado por
los dioses. Aunque, como todo poder, también tenía sus consecuencias vitales.
L ucius se había acostumbrado a que el tiempo careciera de sentido.
Ya no luchaba por dormir ni tampoco por adivinar si era de día o de noche. No le importaba si habían pasado dos semanas o tres meses. ¿Qué importaba? Había comprobado que en el exterior nada sufría cambios.
Se sentía en una burbuja, atrapado. Lidiaba con sus pensamientos y con el silencio.
A veces, la obsesión le consumía tanto que cualquier ruido se volvía un pasatiempo.
Una gotera que mojaba el suelo. Clac, clac, clac .
Su resonar constante, con ese ritmo acompasado, que cada vez profundizaba más en sus oídos.
Clac, clac, clac . A veces le relajaba; otras, lo volvía loco.
Se había cortado el pelo en dos ocasiones.
No le gustaba peinarse e intentaba siempre llevarlo rapado.
Sin embargo, tras la última había desistido.
Demasiada pérdida de tiempo. Había dejado que los rizos se le volvieran a formar como cuando era solo un crío y su padre le revolvía el pelo para felicitarlo.
Su padre…
Cuando acudía a su memoria le reconfortaba.
Le hacía sentir más grande, como si no estuviera solo allí.
¿Volvería a verle algún día? Hacía tiempo que había descartado esa idea.
Sin embargo, desde su ingreso en la Sociedad, creía que era posible.
Si esta gente puede controlar el tiempo y espacio a su antojo, ¿por qué yo no podría ser capaz de reunirme con mi padre?
Creo que nuestro mundo está plagado de limitaciones que nosotros mismos hemos creado , reflexionaba día tras día.
Al final, era lo único que siempre podía hacer.
Reflexionar.
Cuestionar.
Entender.
Todo era parte de un proceso. La Sociedad lo sabía, y se esforzaba por que él también lo entendiera.
¿Cuántos días pasó así?
¿Cuántos meses?
Por la forma en la que ganó altura y la ropa dejó de valerle, creyó que, dentro de esa burbuja, habían pasado años…
La gotera caía sobre su frente.
Lucius no sabía cuántas noches había pasado en aquella habitación así: con la mirada clavada en el techo y el gotear del agua sobre su cabeza.
Me ayuda a pensar ; se había asegurado a sí mismo el primer día que dejó de lado su cama y se tumbó en el frío suelo.
Quizá la falta de sensaciones le había provocado una ausencia del dolor. No le molestaba, le enriquecía. Sus pensamientos afloraban mejor al ritmo de las gotas. Clac, clac, clac, clac . Como si fuera un metrónomo que sus ideas aprovechaban para bailar.
Cerró los ojos y volvió a soñar.
Esta vez no fue con su padre.
Ni tampoco con sus hermanos.
Esta vez soñó con él mismo. Era un artista consagrado. Había cumplido su sueño.
Había merecido la pena.
Sonrió antes de dormirse.
Clac,
Clac,
Clac.
La puerta de su habitación se abrió sola.
Un chirrido metálico espeluznante acompañó el movimiento. Lucius abrió los ojos, desesperado. Habían perturbado su reflexión, justo cuando creía estar a punto de entender por qué el tiempo carecía de sentido y solo se trataba de un constructo social más.
Pero el tiempo es innegable, es superior a nosotros , decía una voz dentro de su cabeza.
¿Entonces por qué lo medimos como si pudiéramos controlarlo? , se respondía a sí mismo.
Al incorporarse, todo le dio vueltas. Le sucedía cuando pasaba tantas horas tumbado debajo de la gotera. En el centro de la frente sentía una molestia aguda, como si el cráneo se le estuviera hundiendo por culpa del agua. Se sentía como una roca erosionada por las olas, solo que a menor escala.
Su habitación, tan vacía como siempre, solo contaba con una pila de libros que ya había leído y hojas esparcidas con ideas de poemas y escritos. Siempre se prometía recogerlo. Y, pese a tener todo el tiempo del mundo, nunca encontraba el momento para hacerlo.
En la entrada de su cuarto, no lo esperaba nadie.
Lucius se asomó. Una parte de él deseaba que Aetheriel estuviera fuera, sujetando la puerta, invitándolo a pasar un rato juntos.
Sin embargo, el silencio y el vacío fueron, de nuevo, sus únicos acompañantes.
Allí había aprendido que las casualidades no existían, así que salió de la habitación y caminó por el pasillo que, como siempre, se convirtió en un laberinto.
A veces se sentía un ratón encerrado en una trampa.
Daba vueltas y vueltas, pasaba por delante de su habitación al menos una docena de veces antes de que el camino cambiara.
Las paredes eran lisas, el suelo era liso, de un color amarillento que le dañaba los ojos. Aun así, seguía caminando. Había aprendido a no detenerse.
Al cabo de un rato, llegó ante una elegante puerta de madera oscura. El pomo dorado tenía el símbolo de una estrella. Lo giró con cautela y abrió. Del interior emanó un fuerte olor a madera quemada, a libro antiguo y alcohol.
Una alfombra de terciopelo morada con grabados dorados lo recibió.
Se sintió mal al pisarla con sus zapatos viejos, pero igualmente lo hizo.
La sala se distribuía en dos pisos abiertos con las paredes cubiertas por estanterías.
En uno de los laterales, una chimenea prendida daba calor a la estancia.
En el centro, una mesa alargada de pino.
Al menos doce sillas se repartían a su alrededor, aunque en ese momento solo estaban ocupadas dos de ellas.
Conocía al chico y a la chica que, sentados de mala manera, tomaban una copa de vino mientras intercambiaban opiniones sobre las clases de literatura del profesor Redcoon. Luz Vionni y Saúl Sullivan.
No vestían los uniformes de la Academia, sino los de la Sociedad.
Más distinguidos, más elegantes. Se ajustaban al cuerpo como si estuvieran hechos a medida para ellos.
Las líneas rojas del uniforme oficial se habían sustituido por rayas blancas.
A la altura del pecho, donde iría bordado el escudo de la Academia, había una estrella de cinco puntas.
Saúl se percató de la presencia de Lucius y le animó a que se acercara. Apartó una silla junto a él y le dio unos golpecitos para que tomara asiento.
Se sentó allí en silencio, nervioso. No comprendía por qué estaba en ese sitio. No comprendía qué hacían ellos allí.
—Lucius Bellavere, ¿verdad? —preguntó Saúl, tendiéndole la mano—. Venga, no seas tímido. Caelus nos ha hablado mucho de ti. Eres la última gran incorporación. La pieza que nos faltaba.
Finalmente, Lucius le estrechó la mano. Recibió un par de palmadas en la espalda. Saúl tenía mucha fuerza, y gracia. Y el alcohol había provocado sus efectos en él.
—Soy Saúl Sullivan, comparto clase con tu hermano mayor. —Hizo una breve pausa para beber. Tras darle un trago, le apuntó con la copa—. Tranquilo, por mucho que Frederick se metiera con uno de mis amigos, no voy a pagarlo contigo. Te aseguro que Peter me importa una mierda.
Lucius buscó refugio en Luz. Ella sonrió. También parecía nerviosa. Tenía las uñas pintadas con diferentes tonos de morado.
—Yo soy Luz Vionni. Hemos coincidido en alguna ocasión. Espero que te sientas a gusto en la Sociedad. —Agarró la botella de vino y se la tendió—. ¿Quieres?
Lucius lo rechazó con un movimiento vigoroso de cabeza.
—No, gracias. No bebo.
Saúl se rio.
—No sabes lo que te pierdes. —De su túnica, extrajo una bolsa con unas pastillas y se las metió en la boca—. ¿De esto tampoco quieres? Vienen de Aheros. Dicen que no hay una droga tan dura en todo el continente.
Lucius frunció los labios.
—No, no es necesario… gracias.
Por un momento, Saúl estuvo a punto de insistir. Luz se entrometió:
—Déjalo, aún es pronto. —Con una dulce sonrisa, calmó los ánimos—. Ya se acostumbrará cuando sea la única forma de lidiar con las voces.
Si no hubiera sido por el ambiente cálido que se respiraba en la estancia y porque el corazón le seguía latiendo, Lucius habría creído que se encontraba en una pesadilla. Quiso levantarse, marcharse de allí y no regresar. En la habitación no estaba tan mal. Él con sus escritos y su gotera. Solos.
¿Ya estás pensando en marcharte, Bellavere?
La voz estalló en su cabeza como un chirrido agudo y molesto. Se tapó los oídos como si así fuera a dejar de escucharla.
Unas manos se apoyaron sobre sus hombros. Lucius se giró. Caelus.
—Perdona por entrometerme así. ¿Cómo te sientes? —preguntó. Era la misma voz que había resonado en su cabeza, pero sonaba normal, no le dañaba los tímpanos.
—Bien, creo que bien —respondió sin convicción.
—Tranquilo, es tu primer día en el salón de la Sociedad. Te acostumbrarás.
Como si de un mal sueño se tratase, la puerta de Lucius volvió a abrirse durante varios días.
Al principio, sucedía con poca frecuencia.
Cada vez que acudía, encontraba a Saúl y a Luz en sus múltiples disputas sobre literatura, o a Caelus leyendo en completo silencio.
A veces, celebraban algo, aunque Lucius no sabía el qué.
Pero las botellas de alcohol llenaban la mesa y las bebidas derramadas manchaban la alfombra de terciopelo.
Un tocadiscos reproducía música animada, mientras que Saúl ofrecía nuevas drogas a todos.
Lucius siempre regresaba a su habitación asustado. Temía que la puerta volviera a abrirse.
Y cada vez lo hacía con mayor frecuencia.
Conoció en profundidad a Morgana Shaven, una de las profesoras de la escuela que también era parte de la Sociedad. Y coincidió con ella en más de una ocasión, aunque nunca parecía caerle del todo en gracia.
Por más que el tiempo pasaba, ellos no cambiaban físicamente.
Lucius sí. Notaba su pelo más largo y sus músculos desarrollados.
Las ojeras se le marcaban en la cara, parecía mayor.
Era como si la burbuja temporal solo existiera en su cuarto.
Como si estuviera avanzando a un ritmo diferente al del resto.
Sin embargo, ya no se cuestionaba. No se preguntaba. Solo obedecía.
Empezó a acostumbrarse a beber cuando le ofrecían una copa y a aceptar las sustancias de Saúl Sullivan.
Si ellos lo sobrellevan mejor así… tal vez me ayude , comenzó a pensar Lucius.
Lo que al principio era un mero entretenimiento para dormir mejor y apartar el ruido que vivía en su cabeza se convirtió en una adicción.
Lucius perdía los nervios cuando no salía del cuarto porque necesitaba más.
Sin esas sustancias, el silencio se volvía atroz. Las voces en su cabeza cobraban más fuerza. Reventaban sus sentidos. Pasaba horas debajo de la gotera, pero ni siquiera eso le aliviaba. Y cuando por fin la puerta se volvía a abrir, acudía de inmediato a Saúl.
Cambió su humor, cambió todo de él, en general.
Necesitaba más.
Y lo que antes veía como un castigo, ahora lo deseaba.
Una mañana, la puerta de Lucius se abrió. Acudió con el nerviosismo y la normalidad de cualquier otro día al salón de la Sociedad. Sin embargo, no había nadie. Se sintió un extraño entrando allí solo. Ni rastro de Saúl ni de Luz. Tampoco de Morgana o de Caelus… Ni mucho menos…
—Aetheriel. —El nombre escapó de sus labios al darse cuenta de que se encontraba allí, con un libro entre las manos, apoyado en la balaustrada del piso superior.
Con el mismo brillo que sus ojos desprendían cuando solo eran compañeros de clase y compartían pupitre, Aetheriel lo miró. Él seguía igual. No había cambiado. Y sin embargo, Lucius sentía que llevaban años sin verse.
—¿Eres tú? —preguntó, como si estuviera delante de un espejismo provocado por la falta de sueño.
Aetheriel, de pronto, ya no estaba en el piso superior. Apareció de un momento a otro a su espalda.
—¿Qué crees que soy? ¿Parte de tu realidad o de tu imaginario ?
A Lucius no pareció preocuparle.
—Nada de eso me importa mientras pueda verte —respondió, con la desesperación anudada en la garganta, a punto de suplicarle atención.
Aetheriel esbozó una sonrisa y le colocó la mano en el pecho.
El corazón le latía.
—Ha llegado el momento de que conozcas la verdad sobre la Sociedad.
Ese día lo compartió de principio a fin con Aetheriel.
Comieron y cenaron juntos, tuvieron tiempo para charlar sobre sus últimas lecturas (las cuales, en el caso de Lucius, habían sido tantas que apenas las recordaba todas).
Lucius volvió a sentirse pleno a su lado.
Recordó por qué le gustaba tanto compartir momentos con él, por qué le había seguido ciegamente a la biblioteca antigua y por qué no le había importado tomar todas las decisiones que lo habían llevado allí.
Porque creía en él.
Aetheriel le habló de la Sociedad de las Artes.
De los miembros que la integraban y de su propósito: acabar con un mal que llevaba décadas anclado a la Academia.
Le habló de las sombras, de cómo el ritual de treinta años atrás les había concedido poderes inimaginables: los dones.
Su arte podía llegar más allá del imaginario.
La capacidad para dominar el tiempo, el espacio, los sueños o entrar en la mente de las personas.
Todo eso era posible gracias al aprendizaje.
Gracias a haber superado los límites autoimpuestos de la mente humana.
Él también podría hacerlo.
Él sería una pieza clave.
Pero necesitaban que siguiera un poco más. Entrenando, meditando, aprendiendo, dejándose llevar por la Sociedad.
«No es un mero trámite, Lucius. Es una forma de vivir», le había dicho. «Deja que la Sociedad sea parte de ti. Siéntete uno. Hasta que no estés en completa armonía, no funcionará».
Y así, Lucius hizo caso a las palabras de Aetheriel.
Volvió a confiar en él.
Pasó noches enteras sin dormir, deseando que la puerta volviera a abrirse con la ilusión de reencontrarse. Entrenó sin descanso, ayudado por Caelus, que no cesó en su empeño de que Lucius dejara de ser un diamante en bruto. «Dominarás el tiempo, dominarás el mundo», le decía.
Aprendió a vivir la Sociedad.
Con sus lujos y singularidades, con sus fiestas y reuniones. El alcohol y las drogas le ayudaban a despejar su cabeza, a potenciarla de alguna manera para abrirla a nuevos estímulos. Poco a poco trascendió de plano. La realidad cobró otro tipo de sentido.
No había nada concreto.
Empezó a abrazar lo abstracto.
Y en ese mundo de luces y sombras, de almas malditas y excesos que acabarían por matarlo, Lucius entendió que tenía un propósito.
—Ahora estás preparado. —Las palabras de Caelus lo reconfortaron—. Es hora de completar nuestro propósito.