La sociedad de las almas malditas 24 #2
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Sin embargo, el tiempo allí no parecía haber avanzado del mismo modo.

¿Cuánto podía llevar fuera? En ese habitáculo había pasado, por lo menos, un par de semanas.

¿Se estaría volviendo loco? Incluso en el caso de que las horas que había pasado durmiendo fueran muchas menos de las que él creía, resultaba prácticamente imposible que solo llevara dos días fuera.

—Tengo que irme. —Se levantó de repente de la mesa y se llevó la bandeja consigo.

Amanda se quedó mirándolo, sorprendida. Se le torció el labio y negó la cabeza mientras en su rostro se dibujaba una mueca de asco.

—Está bien, cabezón. Pero luego no pretendas que te escuche cuando te rompan el corazón…

Lucius no atendió en ninguna de sus clases.

De poco le sirvió que el profesor Redcoon tratara la literatura bélica del siglo pasado o que los alumnos de la primera fila iniciaran un debate sobre el poder de las palabras en conflictos de esta escala.

Su mente se había perdido en un espacio muy lejos de allí.

De hecho, en su siguiente clase, sobre Historia de Westgard, se sentó en la última fila para pasar desapercibido y poder anotar ideas sueltas en un cuaderno.

Cuando acabaron las clases, no acudió al comedor. Se fue a su habitación y se encerró. Perdió toda la tarde intentando comprender por qué el tiempo no había pasado desde que se había ido.

Tras comprobar los diferentes calendarios que se repartían por la escuela, había corroborado que sus sospechas eran ciertas. Daba igual los días que hubiera estado fuera, nada había cambiado.

¿Un par de días? ¿Cómo es posible? ¿A qué velocidad transcurre el tiempo? ¿También pueden controlarlo como a mi mente? , se preguntaba mientras ciaba vueltas por el cuarto esperando a que la noche cayera.

Como pensando no hallaría respuestas a una incógnita que cada vez le sembraba más dudas, decidió que dejaría el tema de lado y le preguntaría a Cé cuando volviera a tenerlo delante —si es que eso llegaba a pasar y el plan salía tal y como lo había previsto.

Abandonó su habitación con el crepúsculo.

Miró a ambos lados del pasillo para comprobar que no quedara nadie fuera y caminó, portando un candelabro, hacia el despacho de Marinea Imperial.

Solo había tenido la ocasión de pisarlo una vez, el día de su llegada, cuando sus hermanos y él se encontraban tan perdidos que aún no imaginaban lo que les depararía el ingreso en la Academia de las Artes Oscuras de Westgard.

Desde entonces, todo parecía haber avanzado a otra velocidad.

¿Qué había sido de sus relaciones? Lucius no recordaba haber pasado tiempo con ellos, como si la propia escuela los hubiera separado a propósito y hubiera quebrado cada lazo que los unía como familia.

Le parecía hecho por arte de magia. La vida había ido cruzando a personas en su camino con las que se habían hecho más afines hasta tal punto que apenas sabía nada del paso de sus hermanos por la Academia.

Ellos, que siempre lo habían acompañado, apenas ocupaban un mínimo porcentaje de su vida, de su día a día.

Y con todo lo que fuimos, nunca más seremos.

Era una frase que había leído una vez en un libro. En ese momento, no la había entendido demasiado bien. Sin embargo, ahora cobraba significado. Nada resultaba más evidente ante la conciencia que vivir experiencias para poder reflejarlas en textos ajenos.

Entre cavilaciones, llegó al pasillo donde se encontraban los departamentos y oficinas de los profesores de la Academia. Al fondo, una bifurcación llevaba a los dormitorios de estos, a la izquierda; y al despacho de la directora, a la derecha.

Se detuvo delante de la puerta de la directora. A través de una rendija, comprobó que no hubiera ningún foco de luz en el interior. Con el mayor cuidado, colocó la mano en el pomo y lo giró para abrir.

Tal y como lo suponía: cerrado.

Marinea Imperial habría abandonado el despacho después de la cena y debía estar en sus aposentos, al igual que el resto de profesores.

Tan solo Rowina Arch frecuentaba los pasillos por las noches y, por suerte para él, tal y como Aetheriel le había explicado en su día, la ruta que seguía era siempre la misma.

Tardaría al menos una hora en recorrer esa zona.

Lucius echó mano a la libreta que guardaba en el interior de la túnica.

Las letras doradas aparecieron en la tapa, cosidas por una mano invisible que volvió a escribir La Sociedad de las Artes de Westgard .

Su plan daba lugar a muchos fallos, imprevistos y, sobre todo, locuras que no sabía si funcionarían.

Sin embargo, estaba convencido de que había conocido lo suficiente de la Sociedad como para dar aquel paso.

Escogió una de las hojas vacías y, con un lápiz, dibujó la misma puerta que tenía delante con un agujero en el centro.

Tal y como le había visto hacer a Aetheriel en la biblioteca antigua, arrancó la hoja y la estrujó entre sus manos.

Cerró los ojos y se concentró. Dejó que el silencio se apoderara de su mente, que el vacío fuera lo único existente.

Se mentalizó en recrear esa misma imagen a la perfección: una puerta con un agujero en su centro.

Extendió el brazo y lanzó el papel con rabia contra la puerta.

La hoja se consumió en cuestión de segundos, como si fuera calcinada por el aire, y al entrar en contacto con la madera, esta emitió un destello.

Lucius entrecerró los ojos. Una sonrisa se dibujó en sus labios cuando, satisfecho, comprobó que la puerta tenía la misma apertura que él había detallado en su cuaderno.

El hueco era tan grande que pudo pasar una pierna al otro lado y luego introducir el resto de su cuerpo. La puerta volvió a su estado original en cuanto él estuvo dentro.

Había funcionado. Todo cuanto él creía era real. La Sociedad no solo jugaba con su mente o con el tiempo, sino que detentaba verdaderos dones. Aunque aún le quedaba mucho por descubrir sobre ellos, se enorgullecía de haber confiado en su instinto.

La realidad es el imaginario más grande que existe.

La suciedad y el desorden contrastaban con la organización que la directora solía guardar en su despacho.

Los libros se esparcían por encima de los diferentes escritorios, al igual que los documentos y las carpetas que contenían información sobre el alumnado, los profesores y las materias que se impartían.

Al fondo de la sala, una ventana que ocupaba todo el largo de la pared filtraba la luz de luna del exterior.

El escritorio principal de la directora quedaba bañado por el brillo lunar.

Lucius curioseó algunos documentos que hablaban sobre mejoras en la infraestructura de la escuela y préstamos de libros para la biblioteca.

Sin duda, la directora trabajaba a diario por hacer de la Academia un sitio mejor.

Rebuscó en los cajones y en las estanterías hasta que encontró un doble fondo escondido tras unas enciclopedias.

Volvió a utilizar su libreta para dibujar un agujero en la madera y poder acceder con facilidad a su interior.

Esta vez, como el espacio era tan reducido, solo pudo meter la mano.

Palpó diferentes metales y joyas, monedas que, a juzgar por su rareza, debían de ser reliquias que valdrían una fortuna.

Y, entre tantas pertenencias, localizó el brazalete de la familia Imperial.

A primera vista, no parecía nada especial. Era dorado, sí, pero apenas tenía alguna inscripción o un relieve que lo hiciera diferente a cualquier otro accesorio. De todas maneras, se lo guardó en la túnica y se marchó del despacho, no sin antes dejar todo tal y como lo había encontrado.

Por miedo a que Rowina Arch lo atrapara en los pasillos, regresó a su cuarto para descansar. Al día siguiente, tendría tiempo de buscar la forma de contactar con la Sociedad.

Confiaba en que ellos ya supieran que había cumplido con su cometido.

— Buen trabajo, Lucius . —La voz sonaba distante, resonaba en su cabeza, rebotaba en el vacío que lo rodeaba. La oscuridad volvía a consumirlo todo y, en ese espacio negro, Lucius permanecía a la espera de que alguien apareciera.

—Ce, ¿eres tú? —preguntó. Sus palabras también rebotaron hasta convertirse en un eco cada vez más agudo y desaparecer como una frecuencia imperceptible para su oído—. He completado la misión. He recuperado el brazalete.

Cuando se echó la mano al bolsillo de la túnica, ya no estaba allí. Palpó por toda su ropa, incómodo. No aparecía por ninguna parte. La respiración se le aceleró y las manos le transpiraban. ¿Dónde lo había metido?

—Juro que lo tenía. —Volvió a revisar el mismo bolsillo una y otra vez—. Juro que estaba aquí.

Un destello disipó la oscuridad y todo se esclareció. El vacío se transformó en una vieja sala de la biblioteca donde varias estanterías rodeaban a una mesa central de madera. Cé se encontraba al otro lado con el brazalete entre las manos. Lo miraba con un brillo inusual en sus ojos.

—No te preocupes. Está justo aquí. —Se lo mostró como el que le roba un caramelo a un niño y se lo hace saber colocándoselo en la cara—.

Has sido rápido, eficaz y sigiloso… Aún te queda mucho por aprender, pero posees las cualidades que necesitamos en un miembro de la Sociedad.

—Dejó el brazalete sobre la mesa y dio una vuelta alrededor de ella para situarse frente a Lucius—.

Mi hermano tenía razón: eres justo lo que buscábamos.

Cé le tendió la mano. Lucius dudó antes de estrechársela.

—¿Tu hermano? —Le tembló la voz.

—Mi verdadero nombre es Caelus Skyheart. —Lucius reconoció en él los rasgos de la persona con la que más tiempo había compartido. Por eso se le hacía tan familiar—. Aetheriel nos habló de ti. Insistió mucho para que estuvieras aquí, así que deberías agradecérselo cuando le veas…

—¿Voy a poder verle?

Caelus tomó aire. Volvió a tenderle la mano, esta vez con más ahínco.

—Únete a la Sociedad de las Artes de Westgard. Acepta nuestro dogma, abraza nuestro credo. Entonces, podréis compartir una eternidad juntos, si así lo deseáis.

Una propuesta tan peligrosa como atrayente.

¿Cómo iba a rechazarla cuando cada paso que había dado lo había conducido hasta allí?

La cabeza le daba vueltas porque sabía que su decisión sería irreversible.

Aetheriel, la Sociedad, formar parte de algo más grande… Se convertiría en un artista perfecto.

Lucius tomó su mano y ambos asintieron. Acababan de sellar un pacto inquebrantable. Pronto, volvería a reunirse con Aetheriel, esta vez como iguales.

—Esto no ha hecho más que empezar —aseguró Caelus, que mantuvo el gesto firme—.

Hemos comprobado tus habilidades y te hemos estado observando.

Sabemos que has averiguado mucho sobre la Sociedad en tu estancia aquí.

Has aprendido a usar el cuaderno… pero eso solo es una pequeña parte de todo lo que aprenderás.

—Caelus le mostró una libreta igual a la suya.

También la guardaba en la túnica y le acompañaba a todos lados—.

Aún tienes que pasar muchas fases del entrenamiento para despertar tu potencial.

Te llevará algo de tiempo, pero sabes que eso es algo que no supone un problema para nosotros.

Lucius lo había constatado de primera mano. En la antigua biblioteca, los días se sucedían con una lentitud parsimoniosa en comparación al exterior. Si eso continuaba siendo así, podría adquirir el conocimiento de mil vidas en apenas unas semanas.

—Te enseñaremos a trabajar tu mente y la de los demás, a controlar tu don. Cuando lo domines, estarás preparado para cumplir con los siguientes objetivos que aparecerán en tu libreta.

Esa noche, Lucius volvió a pasarla en el habitáculo carente de vida del sótano de la biblioteca. Acompañado por sus pensamientos, fue incapaz de priorizar el silencio. Las dudas lo carcomían por dentro. ¿Qué esperaba la Sociedad de él? Y lo más importante, ¿hasta dónde estaba dispuesto a llegar?

Alcanzó su libreta y la abrió por las primeras páginas. La misión de obtener el brazalete de la familia Imperial estaba tachada, aunque él no había sido el que lo había hecho. Pasó a la siguiente hoja y encontró sus próximos objetivos.

RECUPERAR EL LEGADO FAMILIAR DE LOS BELLAVERE .

MIRY AMBER .