24
Krystan Coolman tuvo aventuras amorosas con al menos diez integrantes
de su círculo cercano de artistas durante sus estudios en la Academia. Lo
apodaban «el rompecorazones», y no precisamente por sus escritos
sobre el amor y la soledad.
C aminó durante tanto tiempo rodeado por una oscuridad infinita que nunca supo dónde terminaba el mundo o cuándo llegaría a su destino.
Aquella escalera de caracol parecía no tener fin.
Le dolían las piernas de tanto ascender.
Pero era curioso cómo el mundo se había reducido a eso: a un pasamanos oxidado y a unos escalones que no llevaban a ninguna parte.
¿Acaso no se asemejaba a la vida? ¿Un recorrido interminable sin sentido que uno seguía convencido de que encontraría algo? Tal vez una luz que le indicara por dónde seguir, un desvío a tanta monotonía…
Y entre tanto vacío, pensamientos que intentaba rechazar. Algunos le hablaban sobre la sociedad. Preguntas que revoloteaban a su alrededor como si tomaran forma corpórea y le gritaran: ¿Vas a unirte a ellos? ¿No les tienes miedo? ¿Qué es lo que quieren de ti?
Otros, en cambio, eran ruegos. Se dibujaban en el aire como pequeñas nubes que se disipaban, pero que arrastraban consigo un mensaje: Por fin dejaremos de estar solos. Reconocerán nuestro potencial .
Lucius intentó apartar todo eso de su mente. Silencio . Tenía que prevalecer el silencio, o acabaría cayendo en la locura. A eso se refería Cé. Por eso debía ser más fuerte e imponer barreras mentales, porque sus propios pensamientos acabarían por destruirlo.
Continuó ascendiendo en silencio por aquella escalera, con la certeza de que, cuando fuera el momento, llegaría.
Una sola idea se repetía en su cabeza: no podía fallarle a la Sociedad.
Porque, por primera vez, podía ser partícipe de algo, pertenecer a algo más grande; a un lugar donde la sangre no marcase sus lazos, sino el conocimiento y el arte.
Despertó en su cama con los ojos doloridos y la garganta seca. Un pinchazo agudo se había instalado en su frente y sentía los músculos tan agarrotados que creyó que se rompería si trataba de levantarse.
A través de la ventana se colaba la luminosidad del exterior, aunque le bastó un vistazo para comprobar que las nubes ocultaban el sol como de costumbre. Se incorporó y se sentó en el borde de la cama. Se miró las manos como si en ellas fuera a encontrar respuesta a las preguntas que lo asolaban.
¿Dónde había estado?
¿Qué había pasado?
Y la más importante de todas: ¿aquello era real?
El recuerdo de las palabras de Cé volvió a su mente: La realidad es el imaginario más grande que existe .
Lucius era capaz de recrear a la perfección las imágenes de la biblioteca antigua, del subterráneo donde había estado encerrado durante semanas y el habitáculo en el que lo habían retenido.
Recordaba cada una de las sesiones con Cé, las clases destinadas al arte y, también, aquellas que ponían a prueba su entereza.
Aetheriel se lo advirtió una vez: tenía que ser fuerte de mente para progresar.
No podía rendirse si quería entrar en la Sociedad de las Artes de Westgard.
Ahora, después de varias semanas luchando contra el silencio, los miedos y las malas pasadas de su propia cabeza, se preguntaba si podía considerarse totalmente apto para el cometido de la Sociedad.
Una última prueba , pensó, apretando el puño.
Si completaba la misión que Cé le había confiado, quizá podría volver a juntarse con Aetheriel. Volverían a compartir lecturas y tiempo, quién sabe si noches y días. Extrañaba el pasar de las horas a su lado mientras, desvelados, compartían citas de diferentes lecturas.
—Atento a esta, dime qué te parece —le dijo una noche cuando Lucius empezaba a quedarse dormido y los ojos se le cerraban solos—: Nos corrompen más nuestros pensamientos que los actos ajenos, pues en ellos solo reflejamos lo que guardamos dentro .
—No es tan buena —se quejó Lucius, rebuscando entre las páginas dobladas del libro.
—Venga, hombre. Habla a la perfección de cómo el ser humano manifiesta sus inseguridades y sus problemas en las acciones de otro —intentó explicarle.
—Demasiado típica.
—Oh, venga, señor erudito. Ilumínanos con una de tus citas.
En aquel momento, Lucius carraspeó antes de recitar en voz alta la indicada:
— Ni seremos lo que fuimos ni fuimos lo que seremos. Tan solo somos, y ser ya es bastante .
Aetheriel bufó.
—¿Qué clase de acomplejado escribió eso?
—Yo —reconoció. El silencio se instauró entre ellos—. Es algo antiguo, un pensamiento estúpido que se me cruzó por la cabeza en uno de los primeros días de clase.
Aetheriel se frotó la nuca. El arrepentimiento se hizo visible en su gesto. Por cómo curvó los labios, Lucius comprendió que se había sentido mal por la impertinencia.
—No está tan mal, en realidad. Explica muy bien lo que suponen las expectativas y la visión que tenemos de nosotros mismos.
Al menos lo entendió.
Lucius nunca llegó a explicarle por qué lo había escrito y cambió de tema. Ahora, se arrepentía de no haberlo hecho. Tal vez, si volvían a cruzarse, tendría ocasión de volver a comentarlo con él.
Se levantó y vistió, dispuesto a poner rumbo un día más a su rutina.
En su maletín de la Academia, encontró una libreta particular.
Con la tapa negra y las letras doradas en su cubierta, reconocía a la perfección la agenda que le había dado Cé antes de que se marchara del subterráneo.
La abrió por las primeras páginas y allí estaba su cometido: RECUPERAR EL brAZALETE DE LOS IMPERIAL .
Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Por presente que tuviera lo sucedido, una parte de él quería pensar que todo había sido un mal sueño.
Por una vez, deseó que las pesadillas que habían perseguido a Lukas y Frederick durante años lo persiguieran a él también.
¿Por qué aquello tenía que ser real? ¿Por qué no podía tratarse de un delirio?
Lo que no alcanzaba a comprender era por qué se había levantado en su cama si su último recuerdo era en esas malditas escaleras sin fin.
No se había dormido… o, de ser así, no lo recordaba.
En algún momento del tránsito, había despertado allí.
¿Acaso había dormido todo el tiempo? A Lucius le provocaba dolores de cabeza jugar a diferenciar lo real de lo irreal.
¿Acaso alguien lo había trasladado hasta allí?
Salió del cuarto con el estómago hambriento.
Su primera parada serían las duchas. También pensó en acercarse al comedor a buscar algo para desayunar antes de empezar el día.
Luego podría acudir a las clases de Literatura del profesor Redcoon y, durante el almuerzo, planificar cómo se iba a colar en el despacho de la directora para robar el artilugio del que Cé quería apoderarse.
En el comedor se topó con el alboroto habitual. Por lo general, las mañanas se tornaban más tranquilas que las comidas o las cenas. Los alumnos, cansados, apenas tenían ganas de conversar. Y sin embargo, a Lucius le parecía que el estruendo era horroroso.
¿Sería que se había acostumbrado al silencio?
Agarró una bandeja en la que colocó un bol con fruta y algo de pan. Buscó una mesa entre la multitud. Casi todas estaban ocupadas, abarrotadas de grupos que compartían en silencio aquel momento antes de comenzar las clases. Por suerte, reconoció a Amanda y se acercó a ella.
Durante el trayecto, pensó en volver por donde había venido.
Las piernas le temblaban y la bandeja se tambaleaba entre sus manos.
¿Qué le diría su hermana después de tanto tiempo sin aparecer por la Academia?
Le extrañaba que nadie hubiera puesto el grito en el cielo tras tantas semanas desaparecido.
—Hola —saludó con discreción. Esperaba que la tormenta llegara en cualquier momento. Sin embargo, ni siquiera descargó una ligera llovizna.
—Buenos días, cabezón —dijo Amanda, que le dio más importancia al zumo que tenía entre las manos que a su hermano.
—¿Puedo sentarme?
Amanda dio un vistazo a su alrededor.
—No. ¿No ves que está ocupado por toda esta gente? —Por supuesto, no había nadie más en torno al banco—. Claro, idiota. Qué preguntas haces.
Lucius apoyó la bandeja y pasó las piernas por encima del banco para situarse adecuadamente. Amanda continuó desayunando como si nada. Lucius frunció el ceño y dio un primer bocado a uno de los panes. Arrastró el resto de la rebanada por la bandeja, a la espera de una conversación que nunca llegó.
—¿No vas a preguntarme nada?
Amanda alzó los hombros.
—¿Debería? —cuestionó con la boca llena.
Lucius quedó ojiplático.
—No sé… Pensé que querrías saber qué ha sido de mí durante estos días y esas cosas…
Amanda movió el tenedor en el aire.
—Es cierto. ¿Cómo avanzó tu situación? Cuando hace un par de noches te fuiste de mi habitación tan de repente, no supe si salir a correr detrás de ti y dejar que cometieras una locura…
Como hermana mayor, debo asegurarme de que no hagas ninguna estupidez.
Quiero decir, Lukas y Frederick ya han cometido muchas y nunca he podido cuestionarles porque siempre me venían con eso de «eres la pequeña, tú no puedes enseñarme nada».
En este caso, es bastante distinto porque…
Aunque Amanda continuaba con su retahíla, Lucius hacía un rato que había dejado de prestar atención. Específicamente en el momento en el que ella había mencionado que la última vez que se habían visto fue un par de noches atrás .
En el sótano de la biblioteca, apenas había tenido oportunidad de medir el tiempo.
¿Cómo contar el paso de los días cuando no tienes al sol ni estrellas que te guíen?
Para él las horas habían carecido de sentido y tan solo el cansancio de su propio cuerpo determinaba cuándo era adecuado dormir para cambiar de día .