23 #2
—No me gusta este juego.
—No te hagas el duro. —Golpeó un par de veces la cama con la palma de la mano para invitarle a que se sentara—. Sé que visitaste mi casa.
Lukas comprobó el estado de Frederick, como si este pudiera levantarse en cualquier momento, antes de tomar ninguna decisión.
Recordó la casa en la que había pasado las últimas horas, acompañado de Rowina y su hermana.
Sí, no estaba equivocado: era la misma en la que él y Evangeline habían compartido más que palabras, en la que sus pieles habían entrado en contacto, aniquilando toda la distancia posible entre sus cuerpos.
Nunca parecía suficiente, seguía sobrando espacio.
Querían estar más cerca. Más cerca. Mucho más cerca.
Una gota de sudor le recorrió la nuca. El recuerdo de esa noche le erizó el vello. ¿Cómo podía borrar un contacto que lo había significado todo?
Accedió a sentarse, aunque tener a Evangeline tan cerca aún le provocaba escalofríos.
Una parte de él quería conservar las distancias, mientras que otra anhelaba volver a rozar su piel y comprobar que era real, que estaba allí, que esta vez no se marcharía y le dejaría con la sensación de que todo había sido un sueño.
Porque Evangeline tenía razón en una cosa: sus encuentros nunca habían sido una pesadilla, pero el malestar del día siguiente sí se había quedado dentro de Lukas como si hubiera vivido una.
¿De qué le serviría compartir esa pasión si por la mañana todo volvería a ser irreal? No quería volver a desayunar dudas y a acostarse con el miedo de que Evangeline no regresaría. Se merecía saber que su vínculo era real, que ella también lo era.
Sin embargo, sabía que nunca podría darle lo que él quería. Porque para eso tendría que permanecer con vida. Para eso, su relación debería basarse en el amor y, por desgracia para ambos, todo el interés residía en una obsesión oscura.
—Esa casa no es tuya. Rowina Arch tenía las llaves.
—Lo fue en su día. Hace mucho tiempo…
Lukas asintió. Tal vez era la primera vez que Evangeline se atrevía a hablar del pasado y de fechas concretas sin miedo a que la juzgara. Lo apenó ver cómo ella misma se rendía ante la evidencia de la muerte.
—¿Cuándo aún estabas viva?
La pregunta fue atrevida: un jarro de agua fría incluso para Evangeline.
Permaneció en silencio con la vista clavada en el cuerpo de Frederick.
Quizás había llegado demasiado lejos estableciendo un contacto con quien no debía.
Todo hubiera sido más sencillo de otra manera, de una que no la involucrase tanto.
—¿Consideras que estoy muerta? —La inocencia de la pregunta tomó por sorpresa a Lukas. ¿Acaso no lo estaba?
—Es lo que intento saber.
Evangeline se miró las manos y las rotó. ¿Podría ver a través de sus palmas como si fuera un fantasma? Parecía tan corpórea como el propio Lukas, incluso más viva que Frederick. ¿Entonces por qué siempre todos dudaban de su existencia?
—Tienes una forma de comprobarlo.
Durante un instante, a Lukas se le paró el corazón.
Evangeline volvió a mirarlo y el tiempo careció de sentido.
¿Cuánto tiempo había pasado volviendo a anhelar un momento así con ella?
Daba igual lo mucho que hubiera sufrido o que todo el dolor fuera su culpa.
Había soñado noche tras noche con estar así: ambos en una cama, sentados, abriéndose el corazón como si aún le quedaran motivos para latir.
Si el amor se vestía de sombras se convertía en obsesión, y el suyo estaba contaminado desde el primer día que pisó la Academia.
—Prométeme que esta vez no te marcharás. Que no dejarás que esto vuelva a parecer una pesadilla.
Le colocó una mano a la altura de la rodilla, la piel le ardió ante su tacto y Evangeline se mordió el labio.
—No puedo prometerte eso —dijo, colocando su mano por encima y entrelazando los dedos.
—Entonces prométeme que no tienes nada que ver con lo que le está sucediendo. —Miró a Frederick y de nuevo a ella. Apretó los dedos de Evangeline por debajo de su agarre. Con la voz quebrada, añadió—: Promételo, por favor.
Ella negó con la cabeza. Una lágrima corrió por su mejilla y se desvaneció antes de abandonar su rostro.
—Te prometo que no me marcharé.
Para Lukas no fue un consuelo, sino una muestra de sus miedos.
Evangeline sí estaba relacionada con las sombras.
Evangeline sí estaba relacionada con el estado de su hermano.
Evangeline no le prometería un imposible.
Entonces la besó como si esa fuera la última noche que ambos iban a compartir.
Sus labios se encontraron con rabia y deseo; cada caricia le supo a venganza y cada suspiro sonó como cada una de las verdades que habían quedado por contarse.
Lukas sabía que estaba tomando una mala decisión, pero no le importaba.
No volvería a suceder, no volvería a saber de ella, al menos como quería.
Lo había decidido.
A partir de esa noche borraría a Evangeline Fray de su vida, tal y como había hecho con el resto, tal y como ella había propuesto hacer con Frederick.
Pero antes, ambos guardarían un recuerdo que les visitaría en cada pesadilla a partir de ese día.
Las manos le temblaron al recorrer el torso de Evangeline.
Se detuvieron en su cintura y, con torpeza, intentaron introducirse a través de los pliegues de su falda.
Ella fue mucho más concreta, atrevida y precisa.
Le hundió la mano en el pelo a la altura de la nuca mientras deslizaba la otra por su mejilla.
Recorrió con besos el camino marcado desde su oreja hasta su cuello, sentía sus latidos y la presión de sus músculos al estremecerse bajo su tacto.
Se desnudaron con prisa y ansia, con la misma impaciencia con la que un sediento hubiera buscado agua en un oasis.
Conocieron el cuerpo del otro a través de sus labios, pero también de sus manos.
Durante un instante, fueron solo dos almas, sin importar su estado.
A Lukas no le importó si Evangeline era un producto de sus sueños o de sus pesadillas, si estaba muerta o era tan real como lo que él estaba sintiendo.
Porque, por un momento, se sentían tan unidos como el cielo y las estrellas que brillaban en el firmamento.
Evangeline hizo el amago de colocarse a horcajadas sobre él, pero Lukas no se lo permitió.
La agarró del cuello y la volteó sobre la cama.
Cuando cayó con la espalda sobre el colchón, gimió.
Una sonrisa perfecta enmarcó el deseo que guardaba.
Nunca había contemplado a un ángel quemarse en el infierno, pero estaba convencido de que esa escena era lo más parecido que viviría jamás.
Sus entrepiernas se rozaron y ambos ahogaron un gemido. Lukas buscó su cuello como un depredador, ella le marcó la espalda con las uñas.
—Hazlo ya, joder —suspiró Evangeline en su oído.
Lukas quiso resistirse, hacerla padecer un poco más el sufrimiento que él había sentido durante tantas noches de espera. Quería hacerse el duro, aguantar todo lo que pudiera y que ella rogara antes de que entrara en su cuerpo y se convirtieran en uno solo.
Sin embargo, él tampoco podía resistirse.
Se deslizó entre sus piernas con suavidad y acompañando el gesto con movimientos lentos.
Aumentó al ritmo de sus jadeos. Las manos de Evangeline buscaban sus brazos y se clavaban en sus bíceps procurando un refugio, una fuerza a la que sostenerse cuando las acometidas se volvieron más violentas, como si ambos estuvieran descargando el dolor que habían sentido.
No tuvieron en cuenta las sombras ni los miedos, ni la venganza ni el amor. Esa noche, era una cuenta pendiente entre ambos. Solo ellos dos, sin importar nada más del mundo que los rodeaba.
Lukas se deshizo entre gemidos dentro de ella y Evangeline aulló a la luna pocos segundos más tarde, cuando, con ayuda de la lengua de él, terminó. Se tumbaron el uno al lado del otro empapados en sudor y con el aliento a punto de salirse de su pecho.
—¿Vas a quedarte? —preguntó Lukas, incapaz de apartar la vista del techo. No se atrevía a enfrentar esa mirada de nuevo.
Evangeline le tomó la mano. Nunca había sentido un contacto tan real.
—Te prometí que lo haría.
Esa noche durmieron juntos. Fue la única que Evangeline permaneció a su lado. Lukas pasó la noche en vela, pensando en si lo que estaba haciendo era lo correcto. Se sintió un traidor. Por su hermano, su familia y todo lo que había pasado.
Había descubierto que Evangeline guardaba algún tipo de relación con lo que le sucedía a Frederick. Y, pese a saber los sentimientos de su hermano y el sufrimiento que padecía, había actuado así.
Se prometió no volver a besar a Evangeline, aunque sabía que jamás volvería a apartarla de sus pensamientos.
No eres real, joder. No eres real. ¿Por qué te siento tanto? , sus pensamientos lo consumían.
La voz de Evangeline sonó como un eco lejano dentro de su cabeza.
La realidad es el imaginario más grande que existe.