La sociedad de las almas malditas 23
70%

23

Phill Sullivan cautivó a toda una generación gracias a su prodigioso canto,

aunque durante sus últimos diez años de vida decidió centrar su carrera

en la pintura y dejar de lado la música.

A ntes de marcharse de la casa, Rowina le dio un frasco de medicina para Frederick. «No va a curarlo, pero paliará el daño que las sombras quieran hacerle». Lukas lo guardó en su mano derecha y volvió por los oscuros senderos con un pensamiento entre ceja y ceja: debía encontrar una solución.

Al regresar a la Academia, dejó a Amanda en su habitación y visitó la biblioteca.

Durante al menos un par de horas, rebuscó en las diferentes secciones para conseguir datos sobre la Sociedad de las Artes de Westgard.

Daba igual el año, el tiempo o la temática.

Ningún libro recogía información acerca de ellos, pese a que su importancia en el mundo del arte, como bien les había dicho Rowina Arch, era excepcional.

De alguna forma, parecía que alguien se hubiera encargado de borrar su rastro.

Tiene que haber una pista, un resquicio de algo… No puede ser que hayan borrado todo.

En algunos libros, que documentaban la historia más reciente de Westgard, se mencionaban miembros de élite de una academia.

Lukas creyó que había dado con la clave, pero nunca llegaba a profundizar en el asunto.

A estos se les consideraba privilegiados, virtuosos y artistas de los que solo pasan una vez cada mil años.

La mayoría había fallecido en extrañas circunstancias.

¿Acaso las sombras dieron con vosotros y rompieron la barrera que separa nuestros mundos? , se preguntó mientras terminaba de hojear el libro. ¿O fue vuestra propia cabeza la que acabó con vosotros?

Visitó el archivo de la escuela para buscar documentos que pudieran serle de utilidad.

Tal vez, del mismo modo que encontró a Evangeline, podría dar con un antiguo alumno que supiera explicarle qué había sucedido hacía treinta años.

Como de costumbre, al guardia de los ficheros no le importó que revisara lo que quisiera.

Entre nombres y fechas, Lukas se sintió un intruso.

La idea de descubrir el secreto de la Academia le erizaba la piel.

Era un sentimiento contradictorio porque, al mismo tiempo que deseaba desentrañar la verdad, le aterraba descubrir que Evangeline había estado vinculada a lo ocurrido. ¿Y si todo era culpa suya?

Los expedientes fueron poco reveladores.

En ellos tampoco aparecía ningún dato acerca del futuro de los chicos una vez habían terminado su formación y no se les vinculaba a ningún tipo de sociedad ni grupo dentro de la Academia.

En el caso de Evangeline, además, no había ni un solo rastro de sus calificaciones ni de su historial. Era como si todo hubiera desaparecido.

Un reloj de cuco anunció la medianoche.

Lukas decidió regresar a su habitación antes de que se hiciera más tarde.

Había aprendido a frecuentar los pasillos una vez pasado el toque de queda, siempre acompañado de la luz de una vela.

Sin embargo, desde el accidente con Frederick le atemorizaba más que nunca permanecer a esas horas por allí.

Si las sombras conseguían atraparlo, sufriría el mismo destino que su hermano.

En el camino olía a humedad y se escuchaban los pensamientos que abarrotaban su cabeza.

El silencio era desgarrador y los miedos cobraban más fuerza.

Aunque mantenía el paso raudo, centrado en llegar cuanto antes, no podía evitar detenerse a contemplar cómo la luz de la luna atravesaba las nubes y se filtraba a través de los ventanales creando unas sombras que, por una vez, parecían amigas.

—No toda muestra de oscuridad tiene que ser un peligro —reconoció en voz baja tras observar cómo la silueta de dos árboles formaba en la pared un entramado de ramas que simulaba a una pareja agarrándose de las manos.

Cuando llegó a la habitación, el olor a cerrado inundó sus fosas nasales.

Una vela sobre el escritorio era todo cuanto proporcionaba algo de luz a la estancia.

Estaba casi consumida y apenas quedaba tiempo para que se apagara.

Lukas cerró con cuidado. Frederick, tendido en la cama, jadeaba en sueños.

Tenía la frente empapada por el sudor. Las marcas de las sombras continuaban en su piel, pero al menos no se habían extendido.

Sustituyó la vela por una nueva y encendió otro par cerca del cabecero de Frederick. Algo le hacía creer que rodearlo de luz alejaría a las sombras.

—Fred, mira lo que te he traído —susurró, agarrando con la punta de los dedos el frasco con la medicina. Lo destapó y le vertió el contenido dentro de la boca—. Esto te aliviará un poco, te lo prometo.

Frederick saboreó la medicina y se revolvió ligeramente en la cama. Las marcas se hicieron más pequeñas, aunque permanecían por toda su piel.

—Vas a ponerte bien… —Le agarró la mano y la apretó con fuerza contra su pecho—. Vas a curarte…

Un viento gélido llenó la estancia.

—¿Por qué no lo dejas marchar? —La voz provenía de su espalda. Apoyada en la puerta, Evangeline lo miraba con los brazos cruzados. La oscuridad de sus ojos era tan profunda que, contradictoriamente, brillaban.

Lukas no soltó a Frederick en ningún momento. Quiso frotarse los ojos para despertar, gritar para intentar escapar de ese sueño. Sin embargo, no podía sentirse más real.

—Dime que no tienes nada que ver con esto.

Evangeline se despegó de la pared y caminó con pasos firmes alrededor de los chicos. La sonrisa de niña buena que se dibujó en su rostro evidenciaba una seguridad que la hacía parecer culpable. ¿Por qué parecía orgullosa de lo que le estaba sucediendo a Frederick?

—Yo no he sido —aseguró, levantando las manos—. Si las sombras lo han encontrado es porque él ha acudido a ellas primero. Nadie encuentra algo que no busca.

Mentía. Él la había encontrado a ella cuando no buscaba a nadie. Había sido un acto fortuito y casual, tejido por el destino para que uno apareciera en la vida del otro. Aunque desde hacía tiempo, Lukas no sabía hasta qué punto podía considerarla viva .

Se frotó el puente de la nariz y la miró, cabizbajo. El pecho le ardía y tuvo que reprimir el llanto para no romperse.

—Necesito salvarlo. —La voz se le quebró—. Necesito que vuelva y nos ayude. Sin él, nuestra familia…

Aunque intentaba contener el llanto, notaba el ardor en los ojos. La visión se le nublaba por culpa de las lágrimas que amenazaban con salir y se quedaban a medio camino, igual que las sombras, igual que él.

—No va a volver. —Se sentó en la cama y agarró la mano de Frederick. Allí donde tocó, las ramificaciones se oscurecieron—. Cuanto antes asumas que no puedes hacer nada por él, antes remitirá el dolor.

Se llevó la mano a la cara y ejerció presión sobre los ojos para no derramar una sola lágrima.

—Sé que te sientes responsable de lo que le está sucediendo, pero él se ha metido en esto. —Le concedió unos segundos que Lukas aprovechó para secarse los ojos—. Piénsalo: podrás ocupar su puesto, ser el cabeza de familia… Guiarlos a un futuro mejor.

—¿Qué futuro puede existir viviendo en estas condiciones? Las pesadillas nos han perseguido siempre. A mi padre, a Frederick, a mí… No va a ser distinto si él se va.

—Puede que necesiten cobrarse una vida —sugirió con cierta gracia. Se incorporó y rodeó la cama. Se acercó al rostro de Frederick para contemplarlo de cerca y volvió a alejarse.

Aunque el comentario fue inocente, a Lukas lo alertó lo suficiente como para aumentar la guardia.

—¿Por qué sabes tanto sobre ellas?

—No sé a qué te refieres —negó Evangeline. Esta vez, se sentó en la cama de Lukas y cruzó una pierna sobre la otra.

—A las sombras. Hablas como si las conocieras… como si…

—Formara parte de ellas —sentenció.

Lukas asintió. Soltó el frasco de medicina y se giró para encarar a Evangeline.

Por un instante, se sintió estúpido. ¿Acaso acababa de confesarle la verdad?

¿O volvía a jugar con él como tantas veces había hecho?

Su cabeza era un caos a punto de estallar.

Nada tenía sentido. Cuando algo lograba cobrarlo, volvía a difuminarse entre sombras y dudas, entre miedos y preguntas que nunca hallaban una respuesta.

—¿Es así? —Solo le respondió con un alzamiento de cabeza—. ¿Eres parte de las sombras? ¿Habitas en nuestras pesadillas como ellas?

Evangeline reprimió una carcajada. Se llevó la mano a los labios para evitar reírse.

—¿Esto te parece una pesadilla? —dijo, cruzando la otra pierna—. ¿Alguno de los encuentros que hemos tenido te lo ha parecido?

Recuerdos de noches eternas asolaron su mente.

Ellos habían compartido una intimidad que le avergonzaba solo de pensarlo.

Las poses, los gritos, el contacto entre ellos…

Todo había sido en busca del placer, nunca del amor…

Y, sin embargo, a través de la fricción de sus cuerpos había nacido una relación dependiente.

Porque por más que quisiera negarlo y criticara a Frederick, Lukas también se había obsesionado con Evangeline.

Con ella y con su forma de aparecer y desaparecer, con sus gemidos y sus caricias, con el sabor de sus labios y el olor de su pelo.

Lukas había aprendido a convivir con la idea de que nunca sería del todo suya, y aun así deseaba poseerla.

De alguna manera, quería que permaneciera a su lado.

Pero no en esas condiciones.

No cuando su hermano se había envenenado por las sombras.

No cuando les había causado tanto daño.

No cuando aún no sabía la verdad sobre ella.

—Nuestros encuentros no importan, Evangeline. La vida de mi hermano, sí. —Una vena marcada en el cuello indicaba que Lukas estaba a punto de explotar. No le gustaba el juego al que le sometía, por mucho que una parte de él estuviera disfrutando de sus provocaciones.

—Me partes el corazón, Lukas. Yo pensaba que lo nuestro sí tenía futuro.

¿Futuro? ¿Qué futuro podría tener una relación con una persona que llevaba más de treinta años muerta?