La sociedad de las almas malditas 22 #2
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—Cuando juegas con la magia, suceden cosas inimaginables. Ellos despertaron la maldición que se cierne sobre la Academia de las Artes Oscuras y sobre todos los miembros que participaron y sus familias. Ellos invocaron a las sombras…

—¿Y hay algo que pueda destruirlas? Lukas creía que en sus sueños había encontrado la manera de huir de ellas, de esquivarlas, o, al menos, de sobrevivirías.

Sin embargo, seguía sintiéndose un juguete utilizado por ellas.

¿Hasta qué punto eran las sombras las que lo dejaban escapar para seguir jugando al ratón y al gato y tener un entretenimiento?

—Hasta ahora las hemos mantenido al margen, controladas.

El ritual no llegó a completarse porque alguien lo abandonó…

Eso produjo el desajuste. Las sombras quedaron atrapadas entre dos mundos.

Una fina línea las separa del nuestro y no las deja regresar al suyo.

La Academia es su fuente de energía, de algún modo…

, y su alimento son los miedos de aquellos que las despertaron.

—Rowina hizo una pausa para tomar té y humedecerse los labios—.

Mantener esta institución en pie era solo una forma de proteger al mundo de ellas…

Mientras estuvieran encerradas en la Academia, no escaparían, no buscarían refugio en otra parte.

Pero algo las ha alterado… desde vuestra llegada .

A Amanda le dolía la cabeza. Las frases de Rowina rebotaban dentro de su cráneo, un eco maldito y desgarrador.

Sombras, maldiciones, sociedad, Westgard…

Todo por culpa de un desencadenante de hace más de treinta años, cuando la Academia se convirtió en un sitio hostil y la ambición pudo con la humanidad de los artistas.

—¿Cree que somos los responsables de lo que está sucediendo? —Amanda se incorporó en el asiento y frunció el ceño.

—Vuestro pasado está más ligado a la maldición de lo que creéis… El descontrol de las sombras, el estado de vuestro hermano mayor… Los Bellavere estáis vinculados a las sombras por culpa de vuestro padre. Ese viejo entrometido… Creyó que podría desafiar a las artes oscuras y salir ileso.

Amanda estuvo a punto de intervenir, pero Lukas se adelantó:

—¿Qué tiene que ver nuestro padre con todo esto?

Rowina ahogó una risa. Conocía a Rembrandt desde que eran unos adolescentes que compartían pupitre en la Academia. Habían crecido rodeados de arte, buenos momentos y admiración, hasta que todo se torció por culpa de la ambición desmesurada.

—Vuestro padre es el motivo por el que estáis aquí, pero también el causante de todo lo que está sucediendo…

Las sombras tienen una cuenta pendiente con él y llevan persiguiéndolo décadas.

Si no pueden encontrarlo, acudirán a vosotros porque sois su descendencia directa.

Por eso llevan tanto tiempo tras vosotros…

Por eso se han alborotado con vuestra llegada.

Lukas había crecido conociendo de sobra los intereses oscuros de su padre.

Nunca había sido trigo limpio: siempre con sus retorcidos negocios, vagando de un lugar a otro.

Creer en la palabra de Rowina no se le hacía complicado.

Desde que había llegado a la Academia, era, con total seguridad, la persona que había sido más sincera con él.

Sin embargo, asumir esa verdad suponía evidenciar que su padre los había mandado a una trampa para ratones.

Los hechos que se vincularon a la Academia hace treinta años y de los que tanto había oído hablar tenían que ver con esto.

Con ellos. Las desapariciones, los asesinatos…

Todos los rumores que circulaban acerca de los hechos de la institución no solo se debían a esta sociedad, sino que su padre había sido el principal culpable de todo.

Pero ¿cómo? ¿Qué había llevado a un hombre como Rembrandt Bellavere a enfadar a las sombras?

¿Por qué había tomado una decisión así en su pasado?

Y la pregunta que no paraba de bombardear las cabezas de los hermanos: ¿por qué les había abandonado a su suerte en un sitio que sería su muerte?

Por supervivencia , se recordó Lukas, que había oído a su padre pronunciar aquella misma palabra en cientos de ocasiones.

Al matar a un compañero de negocios que podría saber más de la cuenta.

Al dejar atrás una casa donde las sombras podrían encontrarlos.

Al abandonar a sus hijos en una Academia maldita.

Siempre todo se trataba de sobrevivir .

—De ser esto cierto… ¿qué destino nos espera? —preguntó Amanda, que, sobrecogida sobre sí misma, se abrazaba para evitar que los temblores de su cuerpo fueran tan evidentes.

Rowina se tomó unos segundos para responder.

—Si suponéis un peligro para ellas y no han acabado aún con vosotros, es porque no pueden hacerlo. Sin embargo, si han logrado someter a Frederick, nada nos asegura que no estén cada vez más cerca de lograr su objetivo…

Sin darse cuenta, Amanda ejercía excesiva fuerza sobre la palma de Lukas.

Le clavó las uñas hasta hacerle sangre, pero él no se inmutó.

Su mente viajaba entre las palabras de Rowina en busca de una explicación.

Intentaba unir todas las piezas del puzle.

Jugar con la valiosa información que les había proporcionado no era una tarea sencilla: demasiadas partes, demasiadas incógnitas.

¿Qué había hecho su padre para enfadar tanto a las sombras?

¿Hasta qué punto su cercanía las irritaba?

¿De qué forma se vinculaban estos hechos con el mal que padecían sus hermanos?

—Queremos salvar a Frederick —aseguró Lukas. Su tono de voz era bajo, el rostro lo tenía ensombrecido—. Solo díganos qué tenemos que hacer para ponerle fin a esto.

—Ni siquiera yo lo sé con seguridad… Tan solo tengo la certeza de que el tiempo se acaba y la brecha que separa a las sombras de nosotros cada vez es más pequeña, más frágil… más inestable.

Cuando las sombras abandonaran los sueños, todos estarían perdidos.

La lluvia ahogaba las plantas y dibujaba en el horizonte una cortina grisácea que unía el cielo con la tierra.

Hacía horas que la tormenta eléctrica había estallado.

El firmamento se partía en dos con cada rayo que se precipitaba sobre su mundo.

Luces, luces, estallidos. Silencio. A Amanda le parecía increíble cómo el sonido de la lluvia podía apaciguar tan bien a sus demonios, pese a temerlos más que nunca.

Llevaba una hora apoyada en el escritorio de su habitación.

Se había llevado una lectura de clase, pero apenas le había hecho caso.

El libro seguía apoyado a su lado, abierto por la misma página por la que había empezado.

Acarició su vieja flauta de pan, colocada siempre con mimo a su lado. Ni siquiera le apetecía tocarla.

Odiaba la sensación de sentirse inútil. Y todo lo que estaba sucediendo en la Academia tan solo acrecentaba este sentimiento.

¿Cuánta responsabilidad recaía sobre sus acciones?

¿Acaso había algo más que pudiera hacer para ayudar a Frederick o combatir a las sombras?

Ni siquiera Rowina Arch tenía claro qué pasos debían de seguir.

Lukas continuaba enfrascado en su lucha personal.

Al regresar, había insistido en que se encerraría en la biblioteca para buscar toda la información posible acerca de lo sucedido en la Academia treinta años atrás.

Por su parte, no sabía nada más de Frederick.

Lukas quería dejarlo descansar antes de forzarlo a despertarse.

Incluso Lucius sabría qué hacer en esta situación , pensó. Se apenó por no saber nada de su hermano pequeño. ¿Cómo le habría ido con aquello que tanto le preocupaba? Esperaba que el reunir valor para enfrentar sus miedos le hubiera senado para lograr su propósito.

Alguien llamó a la puerta.

Amanda, que pocas veces cerraba con llave, avisó de que pasara.

Era Miry la que estaba al otro lado, con el pelo recién lavado y una sonrisa que le cruzaba la cara.

No llegaba a ser consciente de en qué momento había abandonado la vergüenza que le daba encontrarse con ella y había forjado este vínculo en el que podían cruzarse con estas pintas.

Ella, al borde del colapso; Miry, tan radiante como siempre, incluso con el pijama y el pelo mojado.

—Podrías alegrarte —le dijo, mostrándole los dientes—, parece que no te apetezca verme.

Amanda se rio. Agradeció que Miry siempre tuviera tan buen humor, porque lo que más necesitaba en ese momento era que alguien le sacara una sonrisa.

—Perdón. El día de hoy ha sido agotador. —Abrió los brazos como ofrenda y Miry no tardó en acomodarse en el hueco que le había dejado—. ¿Cómo ha ido tu tarde?

Suspiró. Amanda sintió cómo los pulmones se le hundían.

—He intentado avanzar en el trabajo de Literatura, pero creo que estoy perdida —aseguró Miry, que se dejó caer un poco más entre los brazos de Amanda.

—¿El de los autores nacionales de Westgard?

—Ese mismo. No encuentro ninguno que me llame la atención y, si sigo así, el señor Redcoon me suspenderá catastróficamente.

— Catastróficamente es una forma muy catastrófica de definir un suspenso.

—Imagínate cómo será padecerlo…

Ambas volvieron a reír.

—Estoy convencida de que darás con un autor que te motive y, entonces, le presentarás al profesor el mejor trabajo que nunca haya visto. —Amanda le acarició el pelo, la zona detrás de la nuca, y trató de darle ánimo con sus gestos afectuosos.

Miry se llevó las manos a la cara y negó.

—No creo que ese hombre vaya a contentarse con nada que le entregue.

—Bueno, de ser así, ¿qué es lo peor que puede pasar? Un suspenso no es para tanto. El año que viene lo tendrás más claro y aprobarás. Te recuerdo que quieres ser artista. Una nota no va a definir tu carrera.

A Miry se le abrieron tanto los ojos que Amanda creyó que se le saldrían de las cuencas.

—No me preocupa el suspenso en sí. Es solo una nota, no tengo diez años como para angustiarme por ellas… Es más la inquietud por cómo afectará a la percepción que la gente tiene de mí. Si no soy capaz de aprobar un trabajo de Literatura, ¿cómo voy a ser una artista sobresaliente?

—Da igual lo que piense el resto —le recordó—. Importa lo que pienses tú. El mundo seguirá girando por mucho que suspendas una asignatura o treinta. Eso no va a definirte como artista ni como persona. Intenta no frustrarte tanto con ello.

—Para ti es fácil decirlo porque…

—¿Porque no soy popular y no tengo un estatus que mantener?

—Se adelantó—. Puede ser. Eres muy exigente contigo misma, y lo entiendo.

Desde pequeñas nos enseñan a ser perfectas, y eso no es siempre posible.

Intenta bajar el listón, no tener tantas expectativas. No tienes que demostrarle nada a nadie.

Los dedos de Amanda y Miry se entrelazaron. Amanda creyó que le nacería fuego de la piel, Miry perdió su mirada en la lluvia que había al otro lado de la ventana.

—No todo tiene que ser perfecto. A veces, solo tiene que ser. —Amanda le apretó con más fuerza la mano. Tiró levemente de ella, pero Miry no reaccionó.

Ante su silencio, Amanda hubiera deseado decirle que ella también se sentía insuficiente, que depender de sus méritos le había hecho pasar una adolescencia a merced de los resultados y de una perfección que tan solo había desembocado en noches de insomnio, ansiedad y depresión.

Hubiera deseado decirle que a ella le valía con momentos así: donde las dos pudieran compartir unos minutos a solas, aunque fuera en silencio.

Con la compañía correcta, el vacío podía tener significado y las palabras carecían de sentido.

Se entendían a través de gestos, de miradas cómplices y de respiraciones.

Se entendían como si la naturaleza hubiera conectado sus mentes desde el día que nacieron y estuvieran destinadas a compartir una misma idea.

Amanda recordó todo lo que les había contado Rowina Arch unas horas antes. Tal vez, si la magia existía, fuera palpable en vínculos como el suyo, en los que dos almas podían conectar sin tocarse siquiera.

—¿Sabes? Tienes razón —aseguró Miry, que volvió a establecer el contacto visual. Sus ojos brillaban pese a la oscuridad que las rodeaba—. Intentaré tomármelo con más calma. Tenemos todo el tiempo del mundo.

Miry se apoyó en su pecho y Amanda la recibió con gusto. Posó la barbilla en su cabeza y acarició su pelo durante un tiempo en el que todo dejó de tener sentido.

Las palabras de Rowina Arch se repitieron como una pesadilla en su interior:

«Tan solo tengo la certeza de que el tiempo se acaba y la brecha que separa a las sombras de nosotros cada vez es más pequeña, más frágil… más inestable».