La sociedad de las almas malditas 22
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de la Sociedad de las Artes. De muchos, nunca se supo nada.

De otros, se certificó una muerte sospechosa.

R owina Arch no hablaba desde hacía diez minutos.

Tenía una tetera entre las manos y servía en un par de vasos algo de té para que Lukas y Amanda entraran en calor.

El gesto de Rowina era tan serio que hubiera congelado el contenido de la tetera con una sola mirada.

Los pómulos se le marcaban como si llevara días sin comer, y Amanda se preguntó si estaría pasando por unos días malos o si su cara siempre había tenido esas facciones tan definidas.

Lukas y ella estaban sentados en un sofá frente a una mesa circular. Rowina, al otro lacio. En el centro, junto a la tetera, había colocado una vela que otorgaba algo de luz a la estancia.

El ruido del viento se colaba por una chimenea situada en la esquina y les recordaba a las propias sombras que tanto habían temido. Ese ulular era como un aviso de que algo más grande y peligroso se acercaba.

Amanda también se fijó en que, desde su llegada, a Lukas no le habían parado de temblar las manos.

A menudo, desviaba la mirada hacia ella, como si en sus ojos pudiera encontrar una respuesta que el entorno no le estaba devolviendo.

Se ajustaba el pantalón a cada rato y se pellizcaba para intentar escapar de una posible pesadilla.

—¿Estás bien? —le preguntó en un susurro, acercándose a su oído para no perturbar la paz que Rowina Arch había instaurado con su silencio.

Lukas asintió y amagó con apartarse a un lado. Se tomó el pulso. Su corazón latía, lo que significaba que no estaba soñando. «El corazón no late cuando tienes una pesadilla», le había explicado su padre de pequeño, cuando había empezado a sufrir los mismos tormentos que él.

Rowina le dio un profundo trago a su taza de té.

Apoyó la vasija en la mesa y suspiró. Amanda, por un momento, temió que la porcelana se rompiera por la fuerza del impacto.

Los hermanos bebieron también, imitando su gesto.

El trago fue tan largo que se terminaron el té.

La garganta les ardía en contacto con el líquido, que hizo en apenas unos segundos el recorrido hasta su estómago, donde se asentó esa sensación de calor.

Rowina no tardó ni un par de segundos en llenar de nuevo las tazas de sus acompañantes. La de Amanda quedó a la mitad.

—No contaba con compañía ni con una sed tan voraz, señorita Bellavere. Discúlpeme por no haber podido preparar más té para la ocasión.

—No se preocupe, señora Arch. Está perfecto. —Agarró la taza entre las manos y dio un sorbo—. Tampoco soy una gran fanática del té.

La respuesta pareció ofender al ama de llaves, que chistó y se rio por lo bajo.

—¿Cómo puede no gustarle el té a alguien? Es como si no te gustara el sol, el bosque o la primavera.

Amanda decidió callarse que prefería los días nublados a los soleados, el mar a los bosques o que la primavera le provocaba unos estornudos feroces de los que no lograba desprenderse hasta bien entrado el verano.

—En mi familia somos particulares —respondió en cambio.

—No hace falta que lo jure. —Se recolocó la falda del vestido y se acomodó en la silla—. Bueno, vayamos a lo importante. ¿Están seguros de que ambos quieren saber lo que tengo que contarles?

Lukas y Amanda intercambiaron miradas cómplices.

Amanda quería decirle que adelante, que no lo dejaría solo y que podía contar con ella para todo lo que se viniera por delante.

Quería ayudar a su hermano, quería descubrir qué secretos escondía la Academia y por qué habla lanía preocupación por parte de la directora respecto de lo que estaba sucediendo.

Lukas, en cambio, deseaba pedirle que se marchara y huyera lejos.

Ella no tenía por qué cargar con los mismos males que sus hermanos.

Amanda era libre, o eso pensaba él. No había tenido contacto con Evangeline y, con un poco de suerte, estaba a tiempo de no tener que enfrentarse a las sombras como Frederick.

El vello se le erizó con tan solo pensar en el rostro de su hermano consumido por las sombras, con esas ramificaciones extendiéndose a lo largo de su cuerpo y arrebatándole la luz, el color y la vida.

Imaginaba cómo se consumía, poco a poco, mientras ellos se reunían allí, en mitad de ninguna parte. Las sombras se acercaban cada vez más. Seguramente, le susurrarían al oído: Bellavere, Bellavere, Bellavere . A Lukas se le estremecía el cuerpo solo de pensarlo.

Ambos devolvieron su mirada al frente y asintieron.

—Adelante, señora Arch —respondieron al unísono.

Rowina Arch se acomodó en la silla, carraspeó y se alisó cada arruga de su indumentaria.

—Las sombras de la Academia se han descontrolado.

Amanda conocía a las sombras gracias a sus hermanos y a su padre.

Habían estado ligadas a los Bellavere desde que tenía conciencia.

Les perseguían allá donde fueran, y habían sido el motivo de sus múltiples desplazamientos a lo largo de Eileanor.

«Por mucho que escapemos, siempre nos alcanzan».

Habían sido palabras de su propio padre.

En más de una ocasión, Amanda se había quedado con las ganas de responderle que jamás escaparían de ellas, que las sombras no eran un ente corpóreo del que poder huir, sino algo que permanecía ligado a ellos, como un mal espíritu.

De alguna manera, su llegada a la Academia no había supuesto un cese de estos ataques.

Las pesadillas de sus hermanos se habían incrementado.

Más brutales, más siniestras, más reales.

La Academia nunca había sido una salvación para huir de las sombras, había sido una encerrona para mantenerlas aisladas con ellos.

—Estas sombras nacieron por culpa de un maleficio hace unas décadas…

—continuó explicando. La vela amenazaba con apagarse y los hermanos empezaron a atemorizarse por las sombras que se proyectaban en las paredes—.

Un grupo de alumnos de nuestra institución fue el responsable.

Se reunían en la biblioteca antigua, la cual hubo que sellar para evitar que cualquier cosa escapara de allí.

Se hacían llamar la Sociedad de las Artes de Westgard.

Lukas había visitado en sueños algunos de los rincones más recónditos de la escuela gracias a Evangeline.

La biblioteca antigua era uno de esos lugares que hubieran sorprendido incluso al mejor de los aventureros.

Albergaba una energía inusual, como si la magia creciera en sus entrañas y cada mota de polvo acumulada almacenara un sinfín de recuerdos.

—Al principio, se trataba de un club con fines artísticos.

Charlaban sobre literatura, pintura, música, escultura…

Organizaban actividades para el resto de los alumnos: talleres en los que podían potenciar su creatividad y llevarla a otro nivel.

La Academia se volvió un lugar prestigioso gracias a ellos.

Los mejores artistas de los últimos siglos salieron de aquí gracias a este club clandestino.

El número de matrículas aumentó y todos querían formar parte de esta sociedad a la que solo accedían los mejores…

Un ruido seco cortó la explicación de Rowina. Los músculos de Lukas se tensaron. Se acercó más a su hermana y la rodeó con el brazo. Amanda no se apartó. Aprovechó para hacerse más pequeña junto al cuerpo de su hermano.

—Habrá sido el viento —añadió Rowina para restarle importancia.

—Una peculiar forma de advertirnos —sugirió Lukas.

—¿Podemos acabar con la historia? —Amanda apretó la pierna de Lukas para que se callara y dejara que el ama de llaves continuara.

Cuando el silencio volvió a instalarse, Rowina prosiguió:

—Las pruebas de acceso a la Sociedad se volvieron más duras.

Los alumnos competían por acceder a ella, y en algunos casos, se dejaban la vida.

Hacían cualquier cosa con tal de entrar porque pertenecer a esta institución señera de Westgard significaba poder, prestigio y futuro…

Incluso, la avaricia y la envidia los llevaba a matarse los unos a los otros.

—Nada mata más que la ambición… —masculló Amanda.

El cielo rugió. ¿Un trueno? Las nubes no anunciaban tormenta antes de llegar a Westgard.

—Como os decía, las prácticas de esta sociedad empezaron a alejarse del arte. Había quienes aseguraban que todo era una tapadera… que sus miembros hacía tiempo que habían dejado el arte de lado para dedicarse a las artes oscuras.

—¿Magia? —inquirió Amanda, a punto de soltar un sollozo.

—Eso es imposible. La magia solo es parte de…

Lukas cayó al recordar que Westgard era la tierra de las leyendas, de los conjuros y de los rituales.

Si algún rincón de Eileanor podía albergar un solo ápice de magia, ese era Westgard.

No había motivos para creer en ella, pero tampoco los había para pensar que Evangeline podía ser real pese a llevar más de treinta años muerta.

—¿Qué les impulsó a buscar la magia oscura? —Amanda quería conocer más acerca del caso, desentrañar los misterios que habían asolado durante décadas a la Academia y que habían estallado en el peor momento.

—De nuevo, el poder, la ambición… la creencia de que controlar una fuerza tan sobrenatural como la magia oscura les otorgaría un futuro brillante, unas ventajas académicas que los convertirían en los artistas más prestigiosos del mundo.

—Pero se equivocaban… —masculló Lukas.

—Como bien sabéis, aunque sea solo por las leyendas, toda magia tiene un precio a pagar. Y el precio que pagaron los integrantes de este grupo fue demasiado alto.

En el aire flotaba el olor a lluvia, miedo y resignación.

La luz de la vela se atenuó y amenazó con apagarse.

El baile de sombras en la pared estremeció a los hermanos que, sentados en el sofá, presenciaban cómo cada vez se volvían más reales, más visibles, más corpóreas…

Rowina Arch las ahuyentó con la mano y todas volvieron a su sitio: translúcidas, inamovibles, sin vida…