21 #2
—Me alegra volver a verte. Significa que has sobrevivido —aseguró. Dio un par de palmadas en el banco para que Lucius se sentara junto a él.
Tomó el ofrecimiento de buena mano y no tardó en tomar asiento, aunque lo hizo enfrente de él y no al lado. Aetheriel no le dio importancia al gesto, solo torció los labios en una mueca que Lucius no fue capaz de interpretar y siguió comiendo una manzana del bol.
—¿Cómo está yendo tu estancia? ¿Te están tratando bien?
Aetheriel no parecía el mismo que el de la última vez.
Lucius recordaba cómo se había arrodillado a su lado y le había hablado con solemnidad y preocupación.
Le había aconsejado y mimado, se había desvivido por él.
Sin embargo, ahora parecía que interpretara un papel que no le permitía salirse del guion.
Lucius se encogió de hombros y le quitó un plátano del bol de fruta. Lo peló delante de sus narices y le pegó un bocado.
—¿Qué tienes que ver con todo esto? —preguntó.
—Soy parte de esto, igual que tú también lo serás si sigues así —aseguró—. Si permiten que nos veamos, es porque estás haciendo las cosas bien.
—No sé lo que estoy haciendo, Aetheriel. —La voz se le quebró al pronunciar su nombre.
—¿Y qué más da? ¿Acaso antes de entrar aquí lo sabías?
No, por supuesto que no lo sabía. Había vivido toda su vida siguiendo lo que los demás le decían.
¿Qué control había tenido sobre sus decisiones?
Nunca le había importado lo que estaba haciendo porque siempre se había dejado guiar por el instinto, por la vida, por la sucesión de hechos que el destino hubiera preparado para él.
Entonces, ¿por qué ahora le daba importancia?
—¿Qué diferencia hay entre estar aquí dentro o ahí fuera?
—preguntó Aetheriel, señalando con el dedo índice hacia arriba—.
Allí crees que eres libre y puedes aprovechar tu tiempo.
Y lo malgastas. Pasan los días y te encierras en tu habitación o sales a hacer lo mismo de siempre una y otra vez.
Y al final del día nunca te preguntas: ¿qué estoy haciendo?
Sin embargo, aquí sí. Porque el silencio, la soledad y el vacío que sientes hace que te lo cuestiones.
¿A dónde va todo rato? ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué esperan de mí? Son algunas de las cuestiones que se te pasan por aquí dentro, ¿verdad?
—Sal de mi cabeza, Aetheriel —le ordenó Lucius.
De pronto, Aetheriel ya no estaba sentado delante de él. La fruta no seguía sobre la mesa, ni siquiera el plátano que se estaba comiendo. La sala cristalina se había convertido en un cuarto oscuro donde el miedo y la soledad volvían a acecharlo de cerca.
Discúlpanos, Lucius Bellavere. Debíamos ponerte a prueba…
Lucius se llevó las manos a la cabeza y se tapó los oídos como si así fuera a expulsarlos de su mente.
Al principio, dudábamos de ti. De que pudieras ser digno de pertenecer a la Sociedad. De que tus habilidades fueran a aportarnos algo de lo que carecemos aquí.
Al principio, pensamos que lo mejor era eliminarte.
Pero ahora lo sabemos todo de ti.
La voz que había vivido en su cabeza durante las últimas semanas se materializó delante de él.
Esta vez no tenía máscara que le ocultara el rostro.
Era un chico con el pelo recogido y platino, la piel pálida y unos ojos dorados que le resultaban tan familiares que casi creía haber pasado noches conversando con ellos.
—Puedes llamarme Cé. —Le tendió la mano—. Me alegra informarte de que estás a solo un paso de la sociedad de las artes de Westgard… Solo nos queda pedirte un último y pequeño favor.
Lucius asintió con la cabeza y tomó la mano de Cé.
—Estoy preparado.
Cé sonrió.
—Era lo que queríamos escuchar. —Extrajo un cuaderno de su túnica y se lo entregó—. Este libro te será de mucha utilidad. Dentro tienes la tarea que debes cumplir antes de unirte a nosotros.
La tapa negra del libro era inconfundible, se trataba del mismo que Aetheriel tenía a su lado mientras desayunaba.
En la cubierta, con letras doradas, se podía leer LA SOCIEDAD DE LAS ARTES DE WESTGARD .
De un momento a otro, las palabras se borraron hasta que solo quedó WESTGARD grabado en el centro del libro.
Lucius lo abrió y encontró una primera página en blanco. La segunda contenía varios tachones y una anotación al final:
RECUPERAR EL brAZALETE DE LOS IMPERIAL .
La familia Imperial era la de la directora Marinea. Habían permanecido al mando de la Academia de las Artes Oscuras desde su fundación. Era una de las familias más poderosas y longevas de Westgard.
A Lucius le temblaron las manos y miró de soslayo a Cé.
—¿Podrás hacerlo? —le preguntó con los brazos cruzados.
Tragó saliva antes de responder.
—He visto ese brazalete antes. La directora siempre lo lleva encima.
—Sin embargo, cada noche se lo quita para dormir y lo deja custodiado en su despacho —informó Cé, con el rostro ensombrecido y las manos cruzadas sobre el vientre.
—Lo haré.
Cé agitó el brazo hacia un lateral y una de las paredes se desplazó, dejando a la vista unas escaleras de caracol que conducían a una planta superior.
—Te llevará de vuelta a la Academia. Tráenos lo que necesitamos y volverás a reunirte con Aetheriel. Si no vuelves…
—Volveré —respondió con firmeza. Se aferró un poco más fuerte al cuaderno que le habían entregado—. Te prometo que volveré.
Cé asintió y lo dejó marchar. Cuando Lucius se aferró a la barandilla para subir las escaleras, vio que no había un final. Los peldaños ascendían hasta perderse en un vacío infinito. Miró atrás en busca de respuestas, aunque sabía que no las encontraría. Volvía a padecer un acto de fe.
—Lucius… —le llamó Cé—. Recuerda que la realidad es el imaginario más grande. No te cuestiones, no te plantees. El tiempo, el espacio… todo es parte de lo que queremos creer.
Lucius se despidió con un asentimiento y dejó atrás una cripta que le había hecho pasar los momentos más agónicos que recordaba.
Mientras ascendía por los peldaños se preguntaba si algún día volvería a estar bien, si su cabeza dejaría de sentir ese pitido intermitente que antes ocupaba el silencio, si la soledad se convertiría en su estado natural.
Fue consciente entonces de que nunca nada volvería a ser lo mismo. Ni él ni la escuela ni las relaciones que mantendría.
Lucius Bellavere había aprendido que la realidad dependía de lo que él creyera, y por desgracia, hacía mucho tiempo que había dejado de creer.