La sociedad de las almas malditas 21
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Evangelice Fray fue, durante sus años de vida, la alumna más prometedora

de la Academia de Las Artes Oscuras. Destacaba en la danza, la pintura,

la música y el teatro, aunque su mayor pasión era la literatura. Recibió

la Estrella de las Artes como congratulación por su trabajo de fin de curso,

concedido por el representante de la Sociedad de las Artes de Westgard.

E l huso de las horas había dejado de tener sentido hacía demasiado tiempo. ¿Cuánto llevaba sumido en esa oscuridad subterránea donde la luz del sol no llegaba y las esperanzas se desvanecían como las llamas de los candelabros?

Había dejado de escuchar las voces en su cabeza con tanta frecuencia como al principio, aunque, en ocasiones, aparecían para volver a molestarle y recordarle que nunca estaría solo .

¿Qué es lo que escuchas cuando solo existe el silencio, Lucius Bellavere?

No recordaba cuántas noches había tenido el mismo sueño.

Apenas dormía, pero cuando lo hacía, siempre se sucedían las mismas imágenes.

En muchas de ellas, moría de las formas más crueles posibles.

Un vacío enorme lo absorbía. Nunca lograba escapar de él, como si su destino estuviera atado inevitablemente a morir atrapado por ese agujero negro.

Otras veces, se sacrificaba delante de todos.

Con un cuchillo ya ensangrentado, se cortaba el cuello y dejaba que la sangre brotara para ponerle fin a su vida.

¿Un final o un principio? Nunca llegaba a saberlo del todo.

En muchos de esos sueños también aparecía su padre. Casi siempre inexpresivo, casi siempre en forma de destello que se detenía frente a él y parecía gritarle algo, pero no lo oía.

«¿Qué quieres, papá? Háblame más alto», pero nunca llegaba a escucharlo antes de que desvaneciera y el sueño terminara.

Desde que había pasado la primera prueba, había aprendido a convivir con el silencio y los miedos, de tal forma que cuando el vacío se apoderaba de la realidad, su mente ocupaba un espacio en blanco que no permitía perturbaciones.

Ya no existían los recuerdos dolorosos del pasado.

Ya no le visitaba la muerte de su padre, ni la infancia solitaria sintiéndose un intruso en una familia formada.

Nada de eso le importaba. Él era Lucius, y eso era todo cuanto valía.

¿Qué más daba que fuera un Bellavere o un Miggini, un niño huérfano o un adoptado?

¿Qué importaba la etiqueta que le dieran si de cualquier manera todo seguiría igual?

¿Qué importaba si moría absorbido por un agujero negro o se sacrificaba?

La muerte los alcanzaría tarde o temprano por igual.

—Tienes grandes dotes para el arte, ¿lo sabías? —El hombre enmascarado lo observaba desde una esquina del cuarto. A veces se materializaba y se quedaba ahí durante unos minutos; otras, durante horas.

Lucius pintaba un cuadro con acuarelas. Los colores eran apagados y los trazos descendentes, terminaban sin certeza, dejando el movimiento abierto en los márgenes.

La pintura representaba una escultura que le gustaba de pequeño y que se situaba en el centro de Salmarina: un pescador en un bote capturando un tiburón gigante.

—Sin embargo, tienes talento para albergar conocimiento.

Esta vez, el enmascarado se situó a su altura y analizó de cerca la pintura. Luego dirigió su mirada hacia una mesa donde había apilados libros. A cada rato, le traían uno diferente. Lucius apenas tardaba unas horas en leerlos y necesitaba más.

—Por lo general, las personas tienden a dividirse entre creativas o intelectuales.

Hay quienes no son capaces de dominar la técnica de un buen trazo, pero pueden entender los libros más complejos jamás escritos…

Y las hay que apenas pueden retener el conocimiento durante unos minutos, pero su arte expresa todo lo que ellas no son capaces… como si tuvieran un don natural.

Por primera vez, rompió la distancia física y colocó las manos sobre los hombros de Lucius.

En la Sociedad de las Artes de Westgard, trabajamos para despertar ese don de las personas y llevarlo… un paso más allá .

Extendió una de las manos hacia el dibujo y cerró el puño en torno a él.

Actuó como si lo arrancara y después volvió a abrir la mano.

De pronto, el ambiente había cambiado. Ya no se encontraban en la habitación de Lucius, sino en la plaza de Salmarina, con la estatua del pescador legendario frente a sus ojos.

Las nubes del cielo parecían moverse de la misma manera que las hojas volaban con el viento. Lucius palpó la tierra y su ropa, se pellizcó la cara para despertar.

—¿Esto es real? —preguntó, incapaz de creer que se hubieran teletransportado allí.

—La realidad es el imaginario más grande que existe, Lucius. ¿Para ti esto es real? —Extendió su brazo por el horizonte—. Si es así, ¿qué más da que no lo sea?

De un chasquido, regresaron al cubículo de la Academia. El caballete permanecía intacto, con la pintura de Lucius resplandeciente. Él aún podía sentirse dentro de ella, respirando la brisa del mar y dejando que los rayos que filtraban las nubes le impactasen sobre la piel.

—¿Cómo has hecho eso? Yo también quiero aprender.

—Será tan grande el sacrificio como el poder… —masculló—. Mas, si es lo que quieres, te aseguro que aprenderás.

Lucius pasaba tanto tiempo solo que había aprendido a entretenerse contando los adoquines del suelo y las telarañas de las paredes, los cuadros torcidos y los ladrillos rotos.

Algunos días, cuando terminaba de leer los nuevos libros que le habían dejado, salía del cubículo al que llamaba «cuarto» y caminaba por los pasillos sintiéndose un extraño.

Nunca se cruzaba con nadie. De hecho, nunca parecía haber nadie. Por más que caminara no encontraba otras puertas ni otras personas. ¿Dónde se metían? ¿Por qué si le parecía escuchar voces en la lejanía? ¿Acaso vivían en su cabeza?

La parte baja de la biblioteca antigua era una especie de laberinto estrecho con bajadas y subidas que siempre finalizaba en su habitación. Era como andar en círculos por las criptas de una mazmorra. Las antorchas lo saludaban al pasar, incandescentes. Pero él no perdía la cordura.

Una mañana —o tarde, o noche— se sentó en el suelo a escribir ideas sueltas en un folio en blanco. Utilizaba uno de los lapiceros de colores que le habían dejado para seguir practicando sus dibujos.

Soy un prisionero del silencio, un cautivo del dolor.

Verdugo de mis pasiones, de mi felicidad y del amor.

No sé si muero lento, o si vivo la ocasión.

Si cuanto más me pierdo, más me encuentro en mi yo.

No suplico piedad, porque mi tiempo ya pasó.

Ruego por encontrar calma donde solo hay destrucción.

Firmó el poema y lo guardó en un sobre. Luego, lo elevó sobre el fuego de una antorcha y lo mantuvo allí, hasta que solo quedaron cenizas…

Otra mañana pintó un cuadro protagonizado por sus hermanos. Amanda, Frederick y Lukas jugaban mientras él leía a la sombra de un árbol. El cielo se encapotaba por nubes de tormenta y de la tierra no crecían flores. Era una pintura desoladora.

A las pocas horas, la quemó con otra de las antorchas.

Aprendió a tocar una melodía usando la parte posterior de los lápices y el suelo como percusión. Cuando dejó de gustarle y se le hizo repetitiva, tiró los lápices al fuego y silbó para olvidar esos ritmos aburridos.

Al cabo de unos días, la misma melodía en los labios de otra persona le sacó del trance en el que se había sumido. Llevaba toda la mañana escribiendo ideas sin sentido cuando el silbido lo desconcentró. Sonaba cerca, demasiado cerca. Como si proviniera del pasillo.

Salió, expectante, y se asomó con cuidado de no asustarlo.

Al principio, creyó que un pájaro cantor había sido capaz de llegar al subterráneo y había aprendido a imitarlo.

Sin embargo, mucho más lejos de la realidad, no era un animal el que imitaba sus sonidos, sino un rostro que reconocía demasiado bien.

—¿Aetheriel?

El chico torció la esquina y se perdió con su silbido. Lucius dio un paso al frente para seguirlo, pero se detuvo. ¿Era buena idea seguirlo? Arrancó en un par de ocasiones más, aunque sus pies siempre volvían a detenerse. Tal vez no fuera buena idea. Había tantas cosas que podían salir mal.

Al final se mentalizó y siguió sus pasos, no sin apartar esos pensamientos de la mente.

¿Cuánto tiempo llevaba sin socializar con nadie más que con las voces que habitaban su cabeza?

¿Aetheriel era real o el tiempo solo empezaba a volverlo loco?

¿De dónde había salido si no existía ni una sola puerta en ese recinto?

Donde normalmente el pasillo se convertía en un circuito cerrado que lo llevaba de vuelta a su habitación, esta vez había una entrada que daba paso a un comedor gigantesco.

En el espacio, tan diáfano que las paredes, el techo y el suelo eran de un blanco cristalino que reflejaba las ideas, solo había una mesa y un par de bancos a su alrededor para sentarse.

Aetheriel esperaba allí. Tenía un bol de frutas entre las manos y un libro de tapa negra al lado.

Aunque el cuerpo le pedía echar a correr hacia Aetheriel, hizo un esfuerzo atroz por mantenerse en el sitio.

Primero, tomó aire y apretó los puños. Dio un primer paso al frente para luego dar dos hacia atrás.

Se dio la vuelta y pensó en volver por donde había venido, pero de nuevo volvió a girarse para enfrentar a Aetheriel.

Tenían tanto de qué hablar… había pensado durante tantas noches en todo lo que le diría al tenerlo delante, en las preguntas que necesitaba hacerle…

que ahora que estaba a escasos metros de distancia la capacidad de hablar parecía habérsele esfumado y las ideas se habían marchado con ella.

Retrocedió y avanzó, se paró. Avanzó y retrocedió de nuevo. Así hasta que, tras unos minutos combatiendo contra sí mismo, Aetheriel alzó la voz. Se encontraba de espaldas a él y, aun así, podía sentir cada uno de sus movimientos.