20 #2
—Tiempos oscuros se ciernen sobre nuestra familia.
Yo ya no soy lo que era. No puedo seguir huyendo con cuatro críos de un lugar a otro del país.
Necesito esconderme durante un tiempo, necesito resolver esto…
solo . —Las palabras de Rembrandt se distorsionaban, haciéndose más graves y perdiéndose en la inmensidad, como si fueras absorbidas por el propio espacio.
—¿Y qué nos pasará a nosotros? —preguntó Frederick. Sus palabras le sonaron vacías, como si las hubiera pronunciado en otra vida y hubieran carecido de sentido—. Seguimos sin tener nada.
—He hablado con una vieja amiga. Su nombre es Rowina Arch.
Os ha conseguido un lugar privilegiado en el que quedaros durante los próximos años, y estará pendiente de vosotros.
Te aseguro que nadie os molestará allí. Debes ser fuerte, Frederick.
Eres el mayor y tienes que proteger a tus hermanos.
Por mucho que nos alejemos, las sombras siempre nos siguen.
Ahora está en tu mano ponerle fin a la maldición.
Las sombras siempre nos siguen.
En ese momento, Frederick no sabía cuánta verdad escondían las palabras de su padre.
Habían huido toda la vida de un enemigo invisible, uno que se había materializado a través de los sueños, pero que nunca había llegado a tocarles.
Y sin embargo, desde que había puesto un pie en la Academia de las Artes Oscuras todo se había acrecentado.
Las pesadillas eran más violentas, las sombras, las voces, la presión en el pecho al respirar…
La Academia no había sido un refugio, sino una cárcel.
La oscuridad a su alrededor se disipó. Frederick gimoteaba en una esquina de la habitación. Se abrazaba las piernas y se balanceaba para intentar calmar la ansiedad. En el cuarto no había nada ni nadie. Solo una ventana abierta por la que la luz de la luna se colaba con timidez.
—¿Por qué nos abandonaste aquí? ¿Por qué nos abandonaste? —repetía Frederick, incapaz de comprenderlo—. Dijiste que estaríamos seguros… Dijiste…
Unas ramificaciones oscuras brotaron de la pared contigua y se extendieron por toda la habitación.
A medida que crecían, se estiraban como raíces de un árbol, consumiendo la luz, la esperanza y los sueños.
Pronto, la pared quedó ennegrecida y el cuarto rodeado de oscuridad.
Solo entonces, de las propias raíces surgió una figura a la que Frederick ya había tenido el placer de ver en más de una ocasión en sus sueños.
Su cuerpo se compuso de estas ramificaciones y fue cobrando color y forma a medida que avanzaba hacia Frederick. Pronto, el color de su piel, de sus labios y de sus ojos evidenció que se trataba de ella, aunque Frederick ya lo sabía con tan solo ver su silueta.
—Evangeline. —El aire se le acabó. Le dolían tanto los pulmones que pronunciar una sola palabra se le hacía como tener un puñal atravesado en el pecho.
Ella se agachó para quedar a la altura de sus ojos. De cerca, parecía más inmaterial, como si tuviera la piel translúcida y la mirada careciera de emoción. Alargó una mano hacia él y le rozó la mejilla con las yemas de los dedos. Su tacto era frío, como si estuviera muerta.
Al recordar ese detalle, Frederick sollozó. Las lágrimas cayeron de sus ojos sin ningún control y se perdieron entre las sombras. No quería que fuera real. No podía serlo. Evangeline estaba allí con él. La tenía enfrente, era de verdad. Le estaba acariciando la piel. No podía estar muerta.
—Llorar no va a cambiar nada —aseguró Evangeline. Su voz sonaba más lejana que nunca.
—Dime que eres real —suplicó, aferrándose a su brazo—. ¡Dime que estás aquí!
El silencio fue la única respuesta que obtuvo.
—No puedo cambiar las cosas… no puedo cambiar nada… —gimoteó de nuevo—. No sirvo para nada… No puedo proteger a la gente que quiero…
Evangeline le colocó la mano sobre las suyas para consolarlo. Las ramificaciones oscuras se extendieron por la piel de Frederick. Al percatarse, se alejó de nuevo para no contaminarlo más. Las marcas se quedaron allí, grabadas en la piel, latiendo como si tuvieran vida propia.
—¿Qué es esto? —preguntó, desesperado, mirándose las manos—. ¿Qué es todo esto?
Evangeline se sintió culpable por haberlo tocado en su estado. Retrocedió, asegurándose de que sus cuerpos no volvieran a entrar en contacto.
—Estoy… ¿contaminado?
Si aquellas sombras estaban arraigando en él como una planta voraz, ¿qué pasaría cuando llenasen todo su cuerpo? ¿Consumirían su luz y su vida como habían hecho con el resto del cuarto? ¿Acaso podría seguir viviendo, emponzoñado por esas marcas tenebrosas?
Pagaréis los pecados de vuestra sangre.
Antes de que Frederick pudiera expresar un «¿qué?
», unas enredaderas tenebrosas brotaron de la pared y lo agarraron de las muñecas.
Se le clavaron en la piel como si fueran espinas y tiraron de sus huesos hasta dejarlo con la espalda completamente pegada a la pared.
Aunque la fuerza cesó, las enredaderas seguían tirando, poco a poco, de sus brazos.
Frederick gritó y pidió auxilio, pero nadie parecía escucharle.
—¡Evangeline! ¡Evangeline, para! —suplicó—. ¿¡Por qué haces esto!?
El rostro de Evangeline fue consumido por las sombras.
De pronto, no había rastro de sus perfectos rasgos ni de su apariencia humana.
Ella en su totalidad era un amasijo de sombras y oscuridad, una criatura horripilante con dientes enormes que adornaban su boca y tentáculos sombríos que nacían de su espalda.
—¡Evangeline!
—¡Pagaréis los pecados de vuestra sangre!
Evangeline —o en lo que se había convertido— se lanzó sobre él.
Frederick cerró los ojos por miedo al impacto.
Sin embargo, el choque nunca llegó. Cuando volvió a abrirlos, no había ni rastro de Evangeline ni de las sombras, tampoco de las enredaderas que lo apresaban.
Frederick volvía a encontrarse solo en medio de una habitación vacía, con la única compañía del cofre que su padre había insistido tanto en buscar.
Frederick se arrastró hasta el cofre, aunque le dolía cada músculo de su cuerpo como si se lo hubieran desgarrado con cuchillas. El sudor le caía por la frente y, por más que avanzaba, el cofre cada vez parecía estar más lejos.
Un poco más, un poco más , se decía a sí mismo para motivarse. Vamos, Frederick, un poco más .
Cuando lo alcanzó, un tentáculo sombrío lo enganchó de la pierna. Tiró de él, pero pudo sujetarse a tiempo al baúl. Con cada acometida, Frederick perdía fuerza y sentía que su agarre carecía de estabilidad. Las sombras querían volver a llevárselo.
—¡Suéltame! —gritó.
Tan solo recibió otro tirón como respuesta.
Estuvo a punto de rendirse, cuando alguien lo agarró de las manos. Era Rembrandt Bellavere, su padre.
—Dar por perdido el legado familiar sería dar por perdida a nuestra familia… Esto es lo único que puede mantenerte con vida…
El tentáculo tiró otra vez de él.
Todo se volvió negro. Las palabras de Rembrandt fueron lo único que se mantuvo resonando en el ambiente.