La sociedad de las almas malditas 20
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Cinthya Bellavere fue conocida por su pintura «Al final de la estación»,

que, según los rumores, trataba sobre su relación a escondidas

con Thomas Imperial, director, en ese momento, de la Academia.

L a tos de su padre lo despertó.

En una esquina de la casa, donde la luz no iluminaba y la oscuridad crecía, Rembrandt Bellavere se hamacaba en su vieja mecedora mientras fumaba un puro.

Vestía su chaleco de la suerte, el que no faltaba a ninguna reunión de negocios, y el fedora que lo había acompañado en su juventud, cuando aún se dedicaba a cerrar tratos fraudulentos para que el arte de la región prosperase —y el contrabando también.

Frederick siempre había visto a su padre como un hombre enigmático. Escondía secretos incluso a sus más allegados y nunca había oído que considerase a nadie su amigo .

—Compañeros, camaradas, compinches, ayudantes…

pero nunca amigos —le dijo una vez, cuando acababa de volarle la cabeza de un disparo a uno de los hombres con los que había compartido media vida de negocios—.

Cuando alguien no te sirve, lo mejor es quitártelo de en medio antes de que te dé problemas.

Algunos lo llaman egoísmo, yo lo llamo supervivencia .

Si la vida hubiera sido un poco más justa con Rembrandt, tal vez se habría podido dedicar a algo importante como la política o los negocios.

Se le daba bien dirigir y tenía buena cabeza para gestionar la economía y a las personas.

Su fallo, al igual que el de toda su familia, había sido nacer con el apellido equivocado.

La tos de Rembrandt lo hizo retorcerse sobre la mecedora. Estuvo a punto de ahogarse en un par de ocasiones. El sonido de las flemas subiendo por la garganta antes de escupirlas en el cubo que usaba como cenicero fue lo que alertó a Frederick.

—Deberías dejar de fumar —le aconsejó. Frederick parecía más joven. Tenía un corte de pelo diferente, más infantil, y sus rasgos eran menos duros que los de ahora.

—Y tú deberías meterte en tus asuntos.

Las conversaciones siempre eran así con su padre. Daba igual la razón que pudiera tener. Siempre haría lo que le diera la gana.

Un cuadro familiar de la pared le recordó a Frederick que no estaba solo. Sus hermanos seguían con él, aunque no estuvieran en casa en ese momento, y su madre, desde mucho más lejos, siempre lo observaría con orgullo por el chico en el que se había convertido.

A pesar de sentirse satisfecho por haber sacado a la familia adelante después de la muerte de su madre, para Frederick era un calvario seguir llevando las riendas.

Su padre llevaba demasiado tiempo ausente y, por si fuera poco, la rebeldía de Lukas no le estaba ayudando a centrarse en las carencias que tenía la familia.

Cuando no era porque se metía en líos con otros muchachos, era porque había robado algo en algún comercio del pueblo.

A base de favores y disculpas nunca podrían prosperar.

—Nos mudaremos a finales de la semana que viene —avisó Rembrandt, dando otra calada al puro.

Corrió la cortina que tenía delante y permitió que por fin algo de luz se colara en la casa.

Al otro lado de la ventana, un campo con vacas y caballos le devolvía un paisaje repleto de la paz que tanto les faltaba.

—¿Otra vez? —Fue lo único que Frederick pudo decir.

—Y todas las que hagan falta, muchacho —replicó. Sus ojos miraban más allá del horizonte, donde las montañas del norte de Westgard amenazaban con rasgar las nubes—. ¿Acaso hay algún problema?

Frederick se mordió la lengua.

¿Qué problema iba a existir en realizar la cuarta mudanza en menos de dos años?

Cada vez que progresaban en un sitio, tenían que marcharse a otro.

¿Qué problema había con que Amanda no consiguiera establecer relaciones sociales reales?

¿O con que Lucius cada vez pasara más tiempo leyendo que en la calle?

¿O con que Lukas estuviera pagando sus frustraciones de adolescente con pillerías cada vez más grandes?

Claro que no pasaba nada. Para Rembrandt Bellavere nunca existía ningún problema porque era Frederick el encargado de lidiar con ellos.

—Con todo el respeto, creo que a tus hijos les vendría bien quedarse una larga temporada en una misma ciudad… Para ellos, está siendo duro lidiar con todos estos cambios.

Rembrandt se terminó el puro de una calada y lo tiró dentro del cubo. Movió el dedo índice y el corazón para indicarle a Frederick que se acercara. Aunque dudó, sus pasos acabaron por acercarlo a la mecedora cuando Rembrandt añadió un «Ven ya, coño».

Al detenerse delante de él, percibió su olor a whisky y tabaco, las arrugas que le cruzaban la frente y el ojo vago que, poco a poco, iba perdiendo fuerza para seguir al otro.

Su padre le abofeteó. Frederick, con la mejilla ardiendo, se prometió que no volvería a llorar por culpa de ese hombre.

—Todo lo que hago es por el bien de esta familia. Si a día de hoy seguís con vida, es por las decisiones que he tomado. Que no se te olvide nunca, ¿de acuerdo?

Frederick asintió, mordiéndose el labio.

—Ahora márchate a preparar el equipaje. Pronto partiremos a un nuevo destino.

La escena se diluyó como si estuviera pintada con acuarelas y se reconstruyó lejos de allí.

Esta vez, Frederick conducía el carro familiar.

Era la víspera de Año Nuevo, el frío congelaba el pasto y el cielo se había ennegrecido.

Su padre iba en el asiento de atrás, rodeado de heno y cajas.

Alternaba la tos y las caladas al puro con unas hojas de menta.

Frederick se observó las manos, tensas, alrededor de las cuerdas que tiraban de los caballos.

¿En qué momento se había puesto a conducir?

Ahora sí parecía el Frederick actual, con el pelo rapado en los lados y crecido por arriba, y la tez marcada por el frío y el hambre.

Echó la vista atrás para ver el rostro de su padre, cada vez más consumido por la muerte.

El carro rebotaba contra los baches del camino. Los zarzales, que crecían como garras en los laterales, arañaban las ruedas y las paredes. Antes de tomar el desvío, se cruzaron con un grupo de cazadores que merodeaba la zona con sus perros.

—Forasteros… —masculló Rembrandt con asco sin apartar la mirada de ellos—. Andate con ojo, Frederick. No son de fiar.

Se aferró a las cuerdas y pidió a los dioses que no tuviera que actuar. Llevaba demasiado tiempo sin meterse en líos y no le apetecía dejar a una familia de luto justo antes de Año Nuevo.

—Solo han venido a cazar… —Aseguró Frederick con el tono más bajo de voz que pudo para que su padre no le reprendiera por contradecirle.

—¿Has dicho algo, hijo?

—Nada, padre.

Continuó su camino hasta llegar a la verja negra de la casa de campo.

Le tendió la mano a Rembrandt para que depositara las llaves sobre su palma y bajó del carruaje.

Entró por la puerta que había en medio y, desde dentro, quitó el candado de la verja.

La empujó un par de veces, pero parecía encajada en los raíles.

Regresó al carro con desánimo y se acercó a su padre.

—Está atascada. Tendremos que dejar el carro fuera —informó.

Rembrandt frunció el ceño, a lo que disimuló una mueca de asco. Le dio la mano para ayudarle a bajar. El suelo estaba blando por las lluvias de los últimos días y era fácil resbalar.

—Agárrate bien a mi brazo —le pidió Frederick.

El bastón de Rembrandt se hundía con cada paso que daba. Amenazaba con partirse en cualquier momento. Frederick no quería ni imaginar lo que supondría ver a su padre hundido en el barro de pies a cabeza.

—Puedo solo, joder. Puedo solo —repetía Rembrandt entre quejidos—. No me trates como si no me valiera por mí mismo.

Aunque hacía tiempo que era así.

Una vez en el interior de la casa, Frederick tuvo que taparse la boca para no toser por culpa del polvo.

Todo permanecía sumido en la oscuridad, la única luz entraba a través de la puerta abierta.

No había rastro de velas por ninguna parte.

Las telarañas decoraban las esquinas y los trastos viejos se amontonaban en cada rincón.

Unas herramientas oxidadas se esparcían por el suelo mientras que los bichos se alimentaban de los restos que encontrasen por la casa.

—No sé para qué hemos venido. Dudo que aquí quede algo de valor.

Rembrandt no hizo caso a su hijo. Continuó buscando entre los desperdicios de una casa que amenazaba con venirse abajo después de una década sin que nadie la visitara.

Frederick agradecía que su padre se hubiera esforzado por visitar aquellos lugares en los que habían crecido, pero cuando le hablaba de remover el pasado, no se refería a hacerlo literalmente de esta forma.

—Juraría que lo dejé aquí… —maldijo Rembrandt. Sus manos apartaban la ropa vieja de una cómoda. Había vaciado ya cuatro cajones.

—Eso dijiste en las tres últimas casas que visitamos…

Y Rembrandt no mentía. Cuando decía que pensaba que lo había dejado allí, era porque firmemente lo creía.

—Padre, hemos recorrido Eileanor de costa a costa. Esta es la última casa que queda por mirar. ¿No podemos darlo por perdido?

Esta vez, Rembrandt se paró en seco y alzó el mentón. Enfrentó la mirada de su hijo y, poco a poco, redujo la distancia entre ellos.

—Dar por perdido el legado familiar sería dar por perdida a nuestra familia. —La saliva le salpicó en la cara—. Así que ayúdame a buscar ese cofre antes de que anochezca.

De nuevo, la escena se embarró de sombras y se difuminó. En la lejanía, se escuchaba la voz de Rembrandt pidiendo auxilio, luego recordando lo importante que era permanecer unidos y, por último, las palabras que le dedicó a Frederick antes de dejarlos a merced de la Academia de las Artes Oscuras.