La sociedad de las almas malditas 19 #2
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trescientos treinta a la derecha y cuarenta y dos más al frente.

Así sería.

Los caminos, construidos con piedras irregulares, le recordaban a los de Salmarina, aunque el olor a mar no era tan fuerte como en la costa sur de Eileanor.

En Westgard primaban otros olores, como el de los pinos del bosque o el barro.

Las frecuentes lluvias convertían a la humedad en un habitante más de la ciudad.

Mientras recorría el sendero marcado, Lukas pensó en qué pasaría si se cruzaba con algún vecino del pueblo.

Los pocos que quedaban allí habían permanecido a pesar de las leyendas y maldiciones.

Se imaginaba a viejos brujos o a locos desamparados que no le temían a la muerte.

Y esos, sin duda, eran los más peligrosos.

—Treinta y nueve, cuarenta, cuarenta y uno… cuarenta y dos —concluyó al detenerse frente a la puerta de una vieja casa que lucía tan abandonada como todas las demás. Esta vez, el vello de Lukas se erizó. Ya había estado en esa casa. Era la misma a la que le había llevado Evangeline en su sueño.

Estuvo a punto de llamar, cuando escuchó un ruido que provenía de su espalda. Se giró para enfrentarlo, estuviera quien estuviese. Las pisadas se detuvieron al momento.

—¿Quién anda ahí? —preguntó a voz alzada—. ¡Vamos! Te he escuchado, sé que te escondes de mí. ¡Da la cara si te atreves!

El silencio se convirtió en expectación y la expectación en miedo. ¿Quién había podido seguirle hasta un sitio así? Nadie estaría tan loco.

Nadie salvo alguien de su propia sangre.

—Soy yo, Lukas. —Amanda salió de detrás de una casa con las manos en alto—. Vi cómo te marchabas y me preocupé demasiado… Necesitaba saber que estabas bien.

Lukas reprimió un quejido. Que Amanda estuviera allí no iba a facilitarle las cosas. Ya había arrastrado a Frederick a una situación casi irreversible, donde su salud pendía de un hilo. Lo último que quería era seguir causándole problemas a la gente que le importaba.

—Ya has comprobado que estoy bien —aseguró—. Ahora deberías regresar a la Academia antes de que sea más tarde.

Amanda miró al cielo, él imitó el gesto. Apenas quedaba luminosidad en el ambiente y al sol le faltaban escasos minutos para ocultarse del todo.

—No creo que sea seguro regresar sola ahora mismo. Y tampoco creo que tú debas volver más tarde por estos caminos, desprotegido. Podemos volver juntos… ¿no?

A Lukas le habría gustado explicarle que permanecer allí no era la opción más segura, que aún no sabía a lo que se enfrentaba ni lo que Rowina Arch esperaba de él.

Si le había entregado esa dirección a él, era porque esperaba que fuera solo.

Si de repente aparecía acompañado por su hermana, ¿cuáles serían las consecuencias?

Pero Amanda tenía razón. Que regresara a la escuela sola tampoco era una opción válida. El bosque que rodeaba a la Academia era tan terrorífico que se le helaba la piel solo de imaginar la vuelta a casa.

Dadas las circunstancias, lo mejor sería que permaneciera a su lado, aunque eso supusiera enfrentar la furia del ama de llaves una vez más.

—He venido aquí por la señora Arch. Aún no sé muy bien lo que quiere… pero me dejó esta dirección para que acudiera.

Amanda lo miró durante un rato largo hasta que finalmente asintió.

—Frederick ha caído enfermo… muy enfermo. Las sombras nos lo están arrebatando y siento que esta es la única forma de sanarlo. Sea lo que fuere, creo que tiene que haber un método y la señora Arch quiere que lo conozca…

—¿Pero…?

—Pero no entiendo por qué tanto secretismo —sentenció, apretando el puño.

La rabia le crecía en el interior. Había visto cómo el rostro de Frederick palidecía con el paso de las horas.

Las sombras se estaban alimentando de él, de sus pesadillas y sus miedos.

¿Por qué se sentía tan culpable si él solo era una víctima más de su pasado?

Deseaba gritar y liberarse, huir del legado que les perseguía desde hacía tanto tiempo y que no habían podido evitar ni siquiera en un lugar como la Academia de las Artes Oscuras.

Su pena eran pétalos de flor marchitos a punto de romperse. Amanda se dio cuenta de ello, y lo abrazó para juntar sus pedazos antes de que se esparcieran. Lukas, que llevaba tiempo sin sentir el afecto de su hermana, se sorprendió al notar su tacto.

—Tranquilo… —le susurró al oído—. Estoy contigo. Frederick se pondrá bien.

Las palabras de aliento pocas veces servían de consuelo cuando los temas eran tan frágiles como la propia vida. Y sin embargo, Amanda consiguió transmitirle la paz que necesitaba.

Saldremos de esta juntos como hemos hecho tantas veces , pensó.

La puerta a sus espaldas se abrió de golpe. Los hermanos se giraron, pero allí no había nadie. Unas pisadas resonaron en la lejanía como si recorriesen la casa de punta a punta. El fulgor de un farol iluminó la entrada. Bajo el marco de la puerta, el rostro de la señora Arch apareció.

—Veo que ha traído compañía al final. —Lukas estuvo a punto de justificarse, pero no tuvo tiempo—. Está bien. Pasad si os creéis preparados. Tenemos mucho de lo que hablar y muy poco tiempo.

Tan pronto como terminó de hablar, Rowina Arch se perdió en el interior de la casa.

Lukas y Amanda se miraron confusos. Si habían llegado tan lejos, no podían quedarse en la puerta y regresar como si nada.

Fuera lo que fuere que estuviera pasando en la Academia, el ama de llaves parecía tener todas las claves.

Y ellos, todas las ganas de resolver los problemas que llevaban toda una vida arrastrando.