19
Alistair Blackwood creó un centro de interpretación basado en los traumas.
Fue cuestionado por multitud de expertos, pero la realidad es que se convirtió
en uno de los referentes del mundo teatral durante décadas.
A Lukas no le impresionó el discurso tan limitado de Marinea Imperial ni que Rowina Arch fuera la que tuviera que dar la cara delante del alumnado.
La escasez de información iba a propiciar que, antes o después, los alumnos acabaran por perder la cabeza —más aún si era posible—, y en la Academia se desatara una ola de odio y malestar con la que los profesores no podrían lidiar.
No había nada peor que un grupo de jóvenes enfadados, mucho menos si estos se dedicaban al arte.
La revolución que nacía en sus entrañas era su máxima expresión.
No dudarían en sacarla a relucir para mostrar su desacuerdo.
Por ese motivo, porque Lukas sabía que a la directora no le convenía el descontento de sus alumnos, se planteaba hasta qué punto debía ser grave lo que estaba sucediendo en la escuela para no querer darles ninguna pista.
¿Acaso se había cometido un asesinato? ¿Alguien había faltado al respeto a un profesor?
Miles de ideas bailaban al son de una música escalofriante en la mente de Lukas.
Incluso, llegó a pensar que podía tratarse de la pelea que había provocado Frederick con los estúpidos amigos de Saúl Sullivan.
Después de que Rowina dejara de dirigirse a los alumnos y la multitud se dispersara de vuelta a sus habitaciones o tareas artísticas del día, Lukas siguió al ama de llaves para hablar con ella.
El ambiente en la Academia era frío y la penumbra que se había instalado por culpa de la nubosidad del exterior conseguía que las personas se ocultaran entre las sombras. Encontró a Rowina unos pasillos más adelante, dirigiéndose hacia la biblioteca.
—Disculpe, señora Arch. —Lukas se colocó a su altura, aunque eso no fue suficiente para que ella detuviera su marcha—. Frederick, mi hermano, se encuentra en muy mal estado… ¿Podría…?
—Bellavere, ¿cree que tengo la cura para todos los males dentro de mi despacho? —El tono era tan duro como amenazante.
—No, señora… solo que…
—Entonces no intente pedirme imposibles. Hice todo lo que pude por su hermano. Les advertí de los peligros de la escuela, de las sombras y de lo que podían hacer para tratar de solucionarlo… Fueron ustedes los que se saltaron las normas y el toque de queda.
Rowina podía tener razón en todo lo que decía, pero Lukas no iba a consentir que le hablara así. Aceleró su ritmo y se colocó delante de ella para impedirle el paso.
—Escúcheme bien: puede que nosotros nos saltáramos el toque de queda y saliéramos de nuestra habitación cuando no debíamos, pero usted sabe perfectamente lo que está sucediendo en la Academia y nos lo está ocultando a todos. ¿No le importa poner en riesgo la salud de más personas?
—Todo lo que hago es por proteger a los alumnos de esta escuela.
—¿Entonces por qué no cuenta la verdad? ¿Por qué la directora y usted no son claras con lo que está sucediendo? ¿Tiene pensado contarles a todos lo que le está pasando a mi hermano? ¿Cuántos más están como él, tirados en una cama, consumidos por las sombras?
Rowina Arch suspiró. El cansancio no solo se notaba en la falta de aire que arrastraba a lo largo del día, sino en las ojeras que cada vez se le marcaban más profundas o en la lentitud con la que se movía de un lado a otro. ¿Cuántas noches llevaba sin dormir en condiciones?
Y lo más importante: ¿cuántas más aguantaría antes de desfallecer?
—Desde que me levanto hasta que me acuesto, incluso durante mis pocas horas de sueño, no hago otra cosa que trabajar en arreglar esta situación —dijo con firmeza.
Sus ojos se volvieron cristalinos, casi transparentes, podían reflejar las sombras—.
Lo que está sucediendo… no es algo nuevo, señor Bellavere.
Ya pasó una vez hace más de treinta años…
Treinta años. Otra vez esa maldita fecha que coincidía con la muerte de Evangeline. ¿Por qué parecía estar siempre en todos lados? ¿Qué tenía que ver ella con la amenaza que se cernía sobre la Academia de las Artes Oscuras?
—Señora Arch, creo firmemente que ambos podemos ayudarnos… Si lo que le sucede a mi hermano está relacionado con lo que está ocurriendo en la escuela… Si algo está relacionado con los incidentes de hace treinta años…
—No es seguro hablar de esto en mitad de los pasillos… —Le obligó a callar—. De hecho, no es seguro hablarlo en ninguna parte de esta escuela.
Rowina le tendió la mano cerrada. Lukas colocó la suya y le depositó un frasco con una etiqueta que quedaba anudada al tapón.
—Ayudará a su hermano a sobrellevarlo. Lea bien la etiqueta antes de dárselo.
Lukas asintió y se guardó el frasco en el bolsillo interior de su chaqueta.
—Gracias, señora Arch.
—Siento no poder ayudarle con nada más…
—Lo mismo digo.
Regresó a su habitación con la cabeza agachada y los remordimientos devorándole por dentro.
Cuanto más intentaba conocer, menos sentía que sabía.
Era un ingenuo por creer que Rowina compartiría con él la información privilegiada que se había callado delante del resto.
De verdad, una parte de él le decía que podía serle de utilidad.
Los misterios que rodeaban a la Academia cada vez eran más grandes y, por mucho que creía encajar las piezas, el puzle cada vez se hacía más complejo.
Las sombras, las pesadillas, el estado de salud de Frederick, las campanas… Lukas deseaba entender qué relación guardaba todo lo que estaba sucediendo a su alrededor y, sobre todo, quería saber qué papel jugaba Evangeline. ¿Por qué cada acontecimiento que sucedía parecía tener que ver con ella?
Abrió la puerta con cuidado de no despertar a Frederick.
A pesar del paso del tiempo, seguía tumbado en la cama en la misma postura, la respiración jadeante y la piel pálida cubierta por las venas moradas que se extendían como tinta negra derramada sobre un lienzo en blanco.
El cuarto permanecía en penumbra, la claridad del exterior apenas conseguía hacerse hueco en una habitación donde las pesadillas llevaban consumiéndolo todo demasiado tiempo.
—Espero que funcione… —musitó, llevándose la mano al bolsillo de la chaqueta y extrayendo el frasco.
Lukas leyó la etiqueta con atención, tal y como le había pedido Rowina Arch. Sin embargo, su sorpresa fue enorme cuando lo que encontró allí no fue el prospecto de un medicamento ni mucho menos unas instrucciones de uso, sino una nota escrita a mano por la propia Rowina:
Doscientos cincuenta y tres pasos a la izquierda del pozo,
luego trescientos treinta a la derecha
y cuarenta y dos más al frente.
WESTGARD .
¿Eran indicaciones para llegar a alguna parte? Si Rowina había querido dejarle un mensaje encriptado, ¿por qué no se lo había dicho directamente?
«No es seguro hablar de esto en mitad de los pasillos… De hecho, no es seguro hablarlo en ninguna parte de esta escuela».
Rowina no quería hablar con él dentro de la Academia. ¿Por eso lo estaba alejando de ella? Westgard estaba lo suficientemente alejado como para que nadie los siguiera, pero también tan cerca como para acudir a pie. Nadie tendría que darse cuenta de su desaparición.
—Está bien, Fred —dijo, descorchando el frasco—. Te vas a tomar esto y vas a esperar a que regrese. Creo que pronto podremos solucionar tu problema.
Abrió la boca de su hermano y dejó que el líquido cayera a través de su garganta. Rezó a los dioses que conocía para que su estado de salud mejorase.
—Volveré pronto… No te mueras. —Antes de cerrar la puerta, asomó media cabeza y añadió—: Sé que te cuesta hacerme caso, pero al menos, esta vez, inténtalo.
Westgard era una ciudad muerta, un poblado en ruinas que había crecido sobre el pasado y las leyendas de la región norte de Eileanor.
Eran pocos los que aún vivían allí. La mayoría se había marchado espantada por la escasez de recursos, la poca esperanza de vida y, sobre todo, las maldiciones que asolaban la zona.
En los libros de historia, Westgard se describía como una tierra maldita, llena de sombras y muerte.
Muchos historiadores hablaban de la región como la cuna de la magia negra.
Lukas había leído en decenas de ocasiones que los primeros rituales de sangre se realizaron dentro de las viviendas que en ese mismo momento le rodeaban.
Los embrujos y maldiciones ligados a Westgard eran tantos que tan solo se acercaban a la ciudad los curiosos que no tenían miedo de poner su vida en peligro.
Él ya había estado allí.
Paseando por esas calles desiertas y buscando respuestas a las preguntas que lo asolaban.
En aquella ocasión, lo había hecho en sueños, o eso creía él, porque seguía siendo tan real que el contacto de Evangeline seguía clavado en sus entrañas.
Sin embargo, esta vez era diferente. El corazón le bombeaba tan rápido el pecho que creía que iba a romperle por dentro.
Ni una sola luz evidenciaba que alguien permaneciera despierto —si es que alguien todavía vivía allí—.
Los ruidos del ambiente le ponían los pelos de punta.
El silbido del viento sonaba a hojalata al atravesar los canalones de las casas, mientras que las ramas de los árboles le invitaban a irse con cada movimiento.
Si Westgard quería decirle algo a Lukas, claramente era que se marchara de allí antes de que fuera demasiado tarde.
Llegó al pozo que había aparecido en sus sueños, el mismo en el que se había encontrado con Evangeline.
En aquella ocasión, estaba rodeado de libros.
Ahora, sin embargo, permanecía abandonado.
Un cubo de metal colgaba de lo alto y se mecía a merced del viento, El frío empezaba a calar en sus huesos, por lo que se apresuró para resolver el acertijo de Rowina Arch.
Extrajo la nota que le había dejado y siguió las indicaciones.
Doscientos cincuenta y tres pasos a la izquierda del pozo, luego