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Además, no podía sacarse de la cabeza las palabras del ama de llaves.
«Somos almas encerradas por el miedo que solo se liberan a través del arte».
Si Lucius hubiera estado allí, seguro que le habría dicho, sin ninguna dificultad, a qué autor pertenecía esa cita.
Sin embargo, ella se habría creído a la perfección que la cita era una invención de Rowina Arch.
No sabía hasta qué punto la señora Arch había sido literal.
¿El arte sería su liberación? Quería pensar que se trataba de una forma figurada de hablar, que en una academia de artes se instaba al alumnado a emplearse a fondo siempre.
Pero ¿y si no era así? ¿Y si realmente la señora Arch sabía que el arte era la única escapatoria posible para sus alumnos?
La brisa que se coló por la ventana movió las cortinas de la habitación haciendo que bailaran en el aire.
El cielo se estaba nublando y, aunque la claridad transmitía una calidez impropia de Westgard, el día parecía entristecerse al mismo tiempo que las hojas de los árboles se caían.
Algunas voces bajo la ventana le hacían saber que los alumnos aprovechaban las horas de sol que quedaban para pasear por los jardines exteriores de la escuela.
A Amanda le hubiera gustado salir, ¿acaso tenía a alguien con quién hacerlo?
Podía avisar de nuevo a Miry, pero no quería ser pesada.
Su hermano Lucius seguro que estaría ocupado leyendo algún libro.
Y Frederick y Lukas últimamente andaban tan desaparecidos que Amanda solo los veía durante las comidas.
Odiaba sentirse como el sol: presente pero oculta entre las nubes, invisible ante los ojos del resto por mucho que siempre estuviera ahí.
Cansada de suspirar delante del papel, soltó el lápiz y se levantó de la silla.
Agarró una chaqueta y salió de la habitación.
Se cruzó con un par de compañeros de clase a los que no saludó y con un grupo de chicas que se sentaban a la mesa de al lado en el comedor.
Sin embargo, no se habló con nadie. Todos continuaron su paso como si ella no estuviera allí.
Tampoco le importaba, estaba más que acostumbrada.
Al salir al exterior, una fuerte ráfaga de viento la empujó hacia el lado.
Tuvo que sujetarse a la puerta para no perder el equilibrio.
Se arregló el pelo y se puso la chaqueta sobre los hombros.
Pensó en caminar hacia la parte trasera de la escuela.
Lucius le había comentado que allí había un mirador desde el que se veía el bosque que rodeaba a la Academia y las montañas del sur.
Aunque sus pisadas la llevaron hasta allí, cuando llegó y vio que un grupo de chicos charlaba mientras fumaban unos cigarrillos, probablemente conseguidos en Westgard o en alguno de los poblados cercanos. Decidió darse la vuelta.
Caminó alrededor de la escuela observando cómo la luz iba perdiéndose poco a poco y las nubes absorbían los colores del atardecer.
Pensó en Miry y en qué estaría haciendo ella en ese momento.
Perdió la mirada en su ventana, como si ella fuera a aparecer de un momento a otro.
¿Estaría allí encerrada? ¿Tal vez lidiando con las penas que le había contado y que solía llorar a solas?
¿O estaría haciendo uso de su popularidad?
Se imaginaba a Miry rodeándose de los chicos más guapos de la escuela.
Tal vez Saúl Sullivan o Bernie Fraul fueran su tipo: altos, musculosos y con los rasgos propios de un artista hecho y derecho.
¿Cuántas citas habría tenido Miry desde que estaba en la Academia?
Siempre la veía rodeada de chicas y muy pocas veces de chicos.
Quizá prefería llevar su vida amorosa en privado… o tal vez…
La presencia de Lukas la sacó de sus pensamientos.
En la lejanía, distinguió la figura de su hermano moviéndose como si alguien lo vigilara.
A pesar de la túnica con la que trataba de camuflar su rostro, los mechones de pelo negro que se le escapaban junto con las miradas furtivas que lanzaba a su espalda eran inconfundibles.
Esos pasos y esa gracia para moverse solo podían pertenecerle a él.
Al principio, Amanda lo siguió de cerca para ver a dónde se dirigía. El chico, antes de que nadie lo parara, atravesó el arco de entrada que daba la bienvenida a la Academia. ¿Se marchaba?
Por un momento, pensó en gritarle que se detuviera y acompañarlo allá donde fuera. Pero luego pensó que, si su hermano se estaba escapando de esa forma de la Academia, era porque no quería que nadie supiera lo que se traía entre manos y, mucho menos, siguiera sus pasos.
Así que, como buena hermana metomentodo, Amanda guardó las distancias y, con la prudencia con la que un depredador acecharía a su presa, siguió los pasos de Lukas durante los siguientes minutos.
No le importó que el sol desapareciera por completo y la noche les cayera encima, tampoco que alguien se diera cuenta de su ausencia y fuera en su busca. ¿Qué tenían que perder?
Lo que sí impresionó a Amanda fue el descubrir que su hermano la había guiado mucho más lejos de lo que pensaba, ni más ni menos que a Westgard. Apenas había una sola luz prendida en el pueblo, que parecía una ciudad fantasma.
—¿Qué es lo que se te ha perdido aquí, Lukas…? —se preguntó a sí misma antes de entrar al pueblo.
Las nubes del cielo dejaron paso a la luna, como si quisieran que ella reinase en soledad. El frío era más helador que nunca. Los motivos de su viaje escondían tantos secretos como las sombras.