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La familia Arch ha custodiado las llaves de la Academia de las Artes Oscuras
Arch la responsabilidad hereditaria de proteger la escuela. Los rumores dicen
que ambas mantuvieron un romance secreto durante décadas.
E l tañido de las campanas puso en alerta a todos los alumnos de la Academia.
Ni Miry ni Amanda eran conscientes en ese momento, cuando despertaban la una apoyada sobre la otra, de que su realidad estaba a punto de cambiar drásticamente.
El tañido se prolongó durante al menos quince minutos en los que las paredes de la escuela amenazaron con caerse con cada sacudida.
Al igual que el resto del alumnado, las dos decidieron salir al pasillo para intentar averiguar qué sucedía.
La multitud se desplazaba de un lado a otro, todos con las mismas caras de confusión, mientras se preguntaban el motivo por el que las campanas sonaban después de tantos años.
—No tiene sentido —aseguró Miry, mientras ambas caminaban hacia el salón principal siguiendo al gentío.
A su alrededor, los alumnos se alborotaban sumidos en el nerviosismo.
Amanda estaba convencida de que en el manual del alumnado había un apartado especial dedicado a las campanas y sus implicaciones; sin embargo, lo había pasado por alto y no conseguía recordar los párrafos que había leído en diagonal el primer día de clases.
—¿Tan grave es lo que sucede? —preguntó Amanda desde la completa ignorancia. Caminaba dando pasos lentos para no chocar con los de delante.
—¿No has leído el manual de la Academia? —Miry estuvo a punto de soltar una carcajada pese al estado de nervios—. Pensaba que eras más precavida y curiosa…
—Justo el apartado Entiende a tu campana me lo salté, no creí que fuera a serme de utilidad…
Amanda esperó que Miry se tomara con humor su respuesta. La situación no invitaba a ello, pero ella solía enfrentar así sus miedos. De alguna manera, sus fantasmas se volvían un poco más pequeños y la realidad un poco más esperanzadora.
—Según los estatutos de la Academia, las dos campanas grandes solo sonarán en caso de emergencia grave para reunir a los alumnos y advertirles de un peligro mayor —explicó Miry, que miró hacia el techo como si pudiera imaginarse el campanario a punto de caerse por culpa del estruendo—.
Las campanas no sonaban desde hacía décadas… No sé qué ha podido pasar, pero…
Amanda tiró del brazo de Miry justo a tiempo para que no se chocara con la espalda de uno de los alumnos. Delante de ellas, se había formado un tapón. O al menos eso pensaron cuando vieron a tanta gente congregada a la entrada del salón principal, debatiendo entre murmullos lo que sucedía.
—Va a ser imposible que entremos todos —aseguró Amanda, que intentaba levantarse sobre los dedos de sus pies para ver más allá.
Tan solo distinguía cabezas y cabezas, túnicas de la Academia y, al fondo del todo, un escenario al que se había subido la directora Marinea Imperial—.
Creo que veo a la directora… ¿Va a dar un discurso?
—Tendrá que explicar lo que ha pasado… No creo que haya hecho sonar las campanas por nada.
—Dudo que podamos escuchar algo desde aquí. No vamos a enterarnos de nada.
Miry negó con la cabeza y, esta vez, fue ella la que tiró del brazo de Amanda.
—De eso nada. Vamos, sígueme. Sin vergüenza ninguna…
Con cuidado pero sin detenerse, Miry se abrió hueco entre los alumnos.
A algunos, más altos que ella, los sobrepasaba por debajo de los brazos si hacía falta.
Aprovechaba que ninguna de las dos era demasiado alta para colarse por los escasos rincones que los alumnos dejaban entre sí.
Aunque a veces, cuando se le dificultaba el seguir abriéndose hueco, recurría directamente a llamar la atención del que estaba delante y pedirle, por favor, que se apartara.
—Perdón… perdón, estamos pasando, perdón —decía mientras avanzaba entre la multitud.
Amanda, agarrada de su mano, se avergonzaba por incomodar a los allí presentes. Con la mano libre, se tapaba la cara como si así pudiera evitar que la gente le recriminara el estar colándose.
—Miry, yo creo que ya es suficiente… Desde aquí veremos bien —suplicó, a punto de darse por vencida y quedarse plantada en medio del salón.
—Venga, un poco más. Solo para que podamos escuchar bien lo que tiene que decir.
Amanda suspiró.
—Si no hay otra opción…
Avanzaron hasta situarse cerca de la cuarta o quinta fila.
El calor era asfixiante por culpa de toda la gente que se había congregado en ese mismo espacio.
Sentían los cuerpos de los de atrás echándoseles encima como si en cualquier momento la presión fuera a ceder sobre ellos y se produjera un derrumbamiento que terminara con todos aplastados.
Marinea Imperial miraba a sus alumnos con una expresión cargada de miedo. Los labios rectos, enmarcados por las arrugas, luchaban por no mostrar ni una sola mueca, aunque el tembleque de sus manos demostrara mucho más de lo que ella pretendía callar.
Dio un par de pasos al frente y barrió con la mirada toda la sala.
—Queridos alumnos, sé que muchos os estaréis preguntando qué es lo que ha pasado y por qué os hemos hecho llamar.
Para mí no ha sido fácil tomar la decisión de que hagan sonar las campanas después de tantos años.
Sin embargo, los profesores y yo hemos concluido que era la mejor y única opción que teníamos ante algo así…
Los murmullos comenzaron a extenderse por la sala.
Algunos reclamaban silencio, mientras otros no podían evitar elevar el tono en busca de explicaciones claras.
Había quienes se atrevían a conjeturar que una maldición había caído sobre la escuela y que iban a morir todos, mientras que otros se indignaban por haber visto interrumpido su estudio de las artes por culpa de una estúpida emergencia, la cual desconocían.
—Creo que todos sois conscientes de la preocupación del equipo directivo del centro para lidiar con los problemas que arrastra la escuela desde hace décadas.
Nos tomamos muy en serio el toque de queda, las vigilancias nocturnas y la protección del alumnado para que vosotros podáis centraros en desarrollar vuestra pasión por el arte en un entorno que os ayude a alcanzar vuestro máximo potencial…
—A Marinea se le secaba la garganta con tanta rapidez mientras hablaba que tuvo que hacer pequeñas pausas para beber de un vaso de agua que tenía justo al lado, sobre un atril—.
Sin embargo, nuestras medidas no han sido suficientes y, en los últimos días, han tenido lugar ciertos sucesos que han hecho que tengamos que alertaros…
De momento, las causas serán privadas. Mas os rogamos que tengáis cuidado.
Es importante respetar las normas de la Academia.
No caminéis solos por los pasillos, no salgáis después del toque de queda.
Y lo más importante: no dejéis que las sombras conozcan vuestros miedos, pues os aseguro que los usarán en vuestra contra para alimentarse de vosotros.
Por ahora, eso es todo por mi parte. A continuación, Rowina Arch, ama de llaves y principal responsable de la supervisión de los pasillos durante la noche, compartirá unas palabras.
Marinea Imperial se retiró al fondo del escenario.
Por primera vez, el silencio se adueñó del lugar.
Ni siquiera los más charlatanes se atrevían a protestar o a murmurar.
El discurso de la directora había dejado a todos lo suficientemente fríos y asustados como para que solo quisieran unas palabras de aliento con las que tranquilizarse.
Los pasos de Rowina resonaron en la sala.
Se encontraba en la primera fila, y tuvo que subir los escalones que la separaban de la tarima.
Miró a todos, casi uno a uno, centrándose en sus ojos cargados de miedo.
Sabía que las palabras de la directora no habían sido suficientes, que ella debía de darles una esperanza a la que agarrarse o, al menos, una explicación más detallada de la alerta.
Tomó aire antes de pronunciar la frase que le salía citar en ese momento:
— Somos tilmas encerradas por el miedo que solo se liberan a través del arte .
Aprovechad las oportunidades que os da la escuela para expresaros y potenciar vuestro talento, es lo mejor que tendréis cuando sintáis que el mundo se acaba —comenzó diciendo—.
Como ha dicho nuestra querida directora, no podemos daros mucha más información al respecto de lo que está sucediendo en la escuela.
Solo os podemos reiterar que tengáis cuidado y que no hay nada tan peligroso como lidiar con uno mismo.
No os permitáis perderos ni siquiera cuando la soledad os arrebate la felicidad.
Esa, probablemente, sea la lucha más difícil que afrontamos los seres humanos día a día.
Por mi parte, prometo que la vigilancia en los pasillos será efectiva, más que nunca.
Os protegeremos de cualquier amenaza que exista.
Unas horas más tarde, Amanda se encontraba trabajando en una composición musical para tocar con una flauta de pan.
Las primeras notas se le ocurrieron durante una clase de literatura en la que prefirió no prestar demasiada atención y, más tarde, había avanzado con ella en uno de sus sueños.
A veces, aprovechaba los ratos en los que dormía para seguir indagando en esas ideas que se quedaban suspendidas en su imaginario.
Para ella, era una especie de don. Su cerebro siempre quería seguir trabajando, incluso cuando descansaba, y eso le permitía despertarse con nuevas partituras en las que trabajar.