La sociedad de las almas malditas 17 #2
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Una excelente respuesta, aunque no supo si era adecuada para el momento.

Quería creer que la seguridad que denotaba era lo que Aetheriel esperaba de él.

Si no hubiera sido por la máscara que le cubría la cara, Lucius habría asegurado que al hombre se le había formado una sonrisa casi tan amplia como la pintada sobre esta.

—Estás aquí porque alguien creyó que tenías las cualidades necesarias para unirte a nosotros.

—¿Quiénes sois vosotros ?

Esta vez, el desconocido sí que profirió una carcajada.

—Primero debes demostrar que eres digno.

—Dime qué debo hacer y lo haré —respondió con seguridad. El corazón le palpitaba con fuerza. Aferrado a los reposabrazos de la silla, Lucius estaba deseoso por hacer sentir orgulloso a Aetheriel.

—Esto no consiste en cuanto puedas o no hacer, consiste en cuanto puedas aguantar. La mente es nuestra mayor aliada y nuestra peor enemiga. Controlarla es la diferencia entre ser fuerte o débil… entre ser válido o no.

Las velas de los candelabros se apagaron de golpe. Todo quedó sumido en la oscuridad. Lucius juraría que solo podía distinguir la sonrisa pintada de blanco entre las tinieblas.

De pronto, la voz del hombre dejó de sonar, o al menos dejó de sonar en ese espacio físico. Por un momento, parecía que se hubiera trasladado a su mente y le hablara desde sus adentros.

Cuando no hay nada, ¿qué es lo que ves? Ante la incertidumbre, nuestra cabeza aprovecha para jugarnos malas pasadas.

En el vacío, ¿qué es lo que crea tu mente?

El poder que tiene sobre nosotros es inimaginable.

Es parte de nosotros… y aun así, hace lo posible por destruirnos.

Tus miedos… ¿No es como si salieran todos de golpe antes de dormir?

Al cerrar los ojos y pensar; ¿vives a gusto contigo mismo?

Pocos son capaces de convivir con el silencio porque el pesar de su vida les grita demasiado fuerte.

El ruido… el ruido nos distrae, nos aísla.

Quienes huyen del silencio están condenados al dolor.

Quienes buscan ese ruido constante no son dignos de sobrevivir.

¿Qué es lo que escuchas tú, Lucius Bellavere?

Delante de él, la oscuridad cobró nuevas formas.

Aunque, si se paraba a pensarlo, ¿podía considerarlas «nuevas»?

Primero vio el mar y una costa blanca de piedras que se extendían desde un muelle hasta un faro que brillaba en una colina.

Olía a pescado, sal y el aire que se respiraba era puro. Era su casa: era Salmarina.

Una sombra cobraba la forma de un niño pequeño. Reconoció sus propios rasgos en él. Corría por la playa y esperaba a que un bote pesquero llegara a la orilla. Un hombre volvía cada mañana con el barco cargado de peces y materias primas del mar. Eran dos gotas de agua. Era su padre.

Las sombras se desvanecieron y volvieron a aparecer. No había rastro del buen clima ni de la tranquilidad de las anteriores escenas. Ahora, el mar estaba embravecido. Una tormenta eléctrica azotaba la zona y el pequeño Lucius lloraba desconsolado esperando el regreso de su padre.

Lo único que volvió fue una barca destrozada, pedazos de madera que habían pertenecido al navío y, muy a su pesar, el cuerpo sin vida de su padre que apareció al final de la costa.

La marea lo había arrastrado y había jugado con él. Tantas veces que se había enfrentado al mar, y esta vez no había salido airoso.

Las sombras se esfumaron de nuevo. Frente a sus ojos, solo quedaba oscuridad. En su interior, un pesar cada vez mayor le golpeaba el pecho con fuerza. El recuerdo de la muerte de su padre era una herida que nunca había sanado, aunque el cariño de los Bellavere hubiera intentado llenar ese vacío.

¿Qué es lo que escuchas, Lucius Bellavere?

De nuevo, la sombra que daba forma a Lucius apareció delante de él.

El paso del tiempo se reflejaba en sus rasgos cambiantes.

Su estatura crecía a ritmos agigantados.

Otras sombras se transformaban en personas que caminaban a su alrededor, ignorándole.

La vida de Lucius había sido complicada: siempre invisible ante los ojos del resto, con el único consuelo de la compañía que le otorgaban los libros.

Amanda, Frederick y Lukas también se materializaron en esas sombras.

Los tres jugaban juntos, charlaban y paseaban.

Todo en compañía los unos de los oíros, sin tener en cuenta la existencia de un Lucius que, pese a sentirse agradecido por haber encontrado una nueva familia, nunca se sentía partícipe de ese hogar.

No te quieren con ellos. No eres de su sangre. No eres su hermano.

Las voces en su cabeza no paraban de repetirse. Una y otra vez. Una y otra vez.

No te quieren con ellos. No eres de su sangre. No eres su hermano.

Una y otra vez.

No te quieren con ellos.

No eres de su sangre.

No eres su

hermano.

Quienes huyen del silencio están condenados al dolor. Quienes buscan ese ruido constante no son dignos de sobrevivir.

¿Qué es lo que escuchas tú, Lucius Bellavere?

—Lo que escucho no importa porque no me atormenta —dijo Lucius al tiempo que sus uñas arañaban la madera de la silla—.

El silencio no me incomoda y el ruido tampoco es nuevo.

Puedo vivir con mis errores y con mis miedos.

—Recordó entonces uno de sus pasajes favoritos de un libro que había leído hace tiempo—: He perdonado al pasado y aún no me he encontrado con mi futuro. En mi presente, solo mando yo .

He aprendido a perdonarme a mí mismo por lo que hago, por lo que siento, por lo que pienso y por lo que callo. ¿Me oyes tú también? ¿He aprendido a meterme en tu cabeza?

Las sombras se disiparon, absorbidas por una fuerza mayor que las borró de la visión de Lucius. De pronto, frente a él, solo quedaba el mismo hombre enmascarado del principio.

—Ha sido un buen trabajo… Quizá hayan tenido razón contigo. Aún queda mucho por demostrar.

Las sogas que apresaban a Lucius se soltaron. El desconocido desapareció de repente. Lucius se quedó a solas en aquel cuarto donde la locura lo había consumido todo, pero también donde había aprendido a perdonarse a sí mismo y a lidiar con lo que arrastraba desde su infancia.

—¿¡Y ahora qué!? —gritó. Su voz reverberó, creando un conjunto de voces que se respondieron al unísono hasta morir en el vacío.

Has aprendido a soportar el silencio. Ahora solo queda aprender a convivir con él.

Puede ser un proceso muy largo. No te desesperes. Respira hondo, siéntate. ¿Te gusta algún arte en particular? Tal vez sea el momento de practicarlo.

Lucius Bellavere, bienvenido a la Sociedad de las Artes de Westgard.