17
Jörsh Feauver es conocido como el poeta desdichado. Se enamoró dos veces a
lo largo de su vida. Su primer amor falleció por una enfermedad respiratoria
no tratada a tiempo. Su segundo amor se casó con otro hombre.
P ara Lucius el silencio se parecía a una cueva.
Lo envolvía todo y sumía el mundo en una profundidad que lo aterrorizaba.
En mitad de ninguna parte, solo, era cuando los ruidos de su cabeza gritaban más fuerte que nunca.
El eco los expandía. Los miedos se hacían más visibles, tanto que creía que se le podían ver a través de la propia piel, como si fueran tatuajes que contaban su historia.
Una historia marcada por la muerte de su padre.
Al que aún creía ver en sueños, apareciéndose ante él para aconsejarle.
Una figura que ya no estaba, pero que tampoco se marchaba.
A veces, Lucius sentía que permanecía dentro de él.
Percibía su calor en la piel, a la altura del pecho.
Una extraña fuerza que le repetía nunca estarás solo .
Sin embargo, ni siquiera en mitad de aquel vacío enorme escuchaba esa voz.
En mitad del silencio, tampoco había luz.
Todo permanecía oscuro. Las imágenes que Lucius recreaba en su cabeza imaginando los monstruos que habría más allá de sí mismo le hacían estremecerse.
Había leído lo suficiente acerca de criaturas con dos o más cabezas, extremidades que les nacían de las espaldas o garras que destrozaban cuerpos humanos.
¿Y si esos monstruos residían allí?
En parte, ¿qué más daba?
¿Acaso había algo que pudiera asegurarle que no estaba muerto?
Sentía frío, mucho frío. La garganta le dolía al respirar como si hubiera tragado cuchillas.
La piel, congelada, lucía un estado inexplicablemente inerte, porque a la vez que se creía apoyado en una superficie, tampoco llegaba a sentirla con su tacto.
Ni en sus brazos, ni en su espalda. Pero si no estaba en ninguna parte, ¿dónde estaba?
Porque la mera existencia requería estar, ¿dónde?
Quizás en un es pació destinado a los vivos que trascendían a la muerte, o a los muertos que luchaban por mantenerse vivos.
«Aetheriel…».
¿Lo había pronunciado en voz alta o solo había sido capaz de pensarlo? No sabía si las palabras le nacían o se le atascaban del mismo modo que los pensamientos.
«Aetheriel… ¿por qué?».
El recuerdo de él cerrando la puerta mientras lo veía caer al va cío lo desgarraba por dentro.
En la lejanía, un murmullo se expandía. ¿Eran voces?
¿Voces humanas? ¿O se trataba de otro producto de su imaginación?
Le pare cía distinguir varios tonos, al menos el de tres personas.
Una era joven, mucho más aguda y poco definida, le faltaba por crecer.
Otra se asemejaba más a la de un adulto, era tan profunda que bailaba con la aguda en los contrastes de sus tonos.
La última era sin duda la de una mujer, también adulta se hubiera atrevido a juzgar.
Poco a poco, los murmullos se volvieron más claros. Las voces se acercaban a él. ¿Era de verdad? ¡Era real! Lucius intentó gritar, pero no le quedaban fuerzas. Se removió en ese vacío del que se sentía preso.
«Que alguien me ayude… Estoy aquí».
—No, no sabe nada…
—Todavía, querrás decir.
—No debería saberlo.
—Opino igual.
—Da igual lo que opinéis, ya hemos llegado a este punto. Debe saberlo.
—Hay más opciones.
Silencio.
—No, no hay más opciones. No me miréis así. Lo hemos hablado mil veces. No hay más opciones.
—Bueno, Aetheriel, tú sabes que…
—No es una opción.
¿Aetheriel? ¿Lucius había escuchado bien el nombre del chico? ¿Se encontraba tan cerca o solo era la locura que le estaba arrebatando la poca cordura que le quedaba?
El chirrido de una puerta lo sacó del trance.
La luz cálida de una vela se coló en la estancia.
No se hallaba en el vacío, no había muerto.
Estaba en una habitación tan cerrada que no parecía ni tener ventanas.
La suciedad se acumulaba en cada esquina, donde las estanterías a medio desvalijar amontonaban telarañas y libros tan viejos como la propia escuela.
Él estaba tirado sobre el suelo, aunque ni siquiera podía sentirlo.
Las figuras de las tres personas que había escuchado hablar se asomaron al unísono con el farol en la mano.
—Tienes una oportunidad —dijo el más alto, el de la voz grave—. Volveremos en diez minutos.
Empujaron al de estatura más baja dentro y cerraron de un portazo que hizo temblar las paredes.
El polvo del techo le cayó a Lucius sobre la cara, y se esforzó para no estornudar.
A los pocos segundos, el que había quedado dentro encendió su propio farol.
Al principio, Lucius no logró distinguir su cara.
Solo veía una silueta borrosa que se aproximaba más y más a él, con el mismo cuidado con el que alguien se acercaría a una persona que cree estar muerta pero que sigue respirando.
—Lucius… soy yo —dijo, agachándose a su lado—. Soy Aetheriel.
Esta vez, la visión se le volvió borrosa porque las lágrimas inundaron sus ojos.
Intentó distinguir los rasgos de su amigo, pero no fue capaz.
Movió su mano, con más esperanza que fuerza, pues los músculos seguía sin sentirlos, y palpó sus mejillas.
La piel, esa piel era inconfundible. Era Aetheriel.
—Eres real —pronunció en un suspiro.
—No tenemos tiempo y tengo mucho que contarte —le interrumpió. Le agarró la cara entre las manos y le elevó la cabeza del suelo—. Me entiendes, ¿verdad? ¿Estás comprendiendo las palabras que te digo? Si no puedes contestar, no te fuerces. Solo asiente.
Y Lucius asintió, con las lágrimas cayéndole por las mejillas.
—No sé si he hecho bien en meterte aquí, pero creo que este es tu sitio —aseguró Aetheriel. La respiración se le entrecortaba y miraba una y otra vez a su espalda como si en cualquier momento alguien (o algo) les fuera a interrumpir.
Lucius intentó intervenir, aunque solo logró balbucear algo ininteligible.
—Estamos en el sótano de la biblioteca antigua, en un lugar cerrado desde hace décadas para todos y al que muy pocos tenemos acceso.
Me gustaría explicarte todo detalladamente, pero apenas tenemos tiempo.
—Aetheriel tomó aire antes de continuar—.
Te he traído hasta aquí porque creo que tú puedes ser parte de esto, de lo que somos, de lo que llevamos siendo desde hace generaciones. Pero tienes que confiar en mí.
Asintió de nuevo, dejando que Aetheriel continuara.
—Van a venir a por nosotros, Lucius. Bueno, más bien van a venir a por ti.
Te van a someter a unas pruebas. Serán duras, extrañas…
incluso, puede que no termines de comprender lo que sucede.
Jugarán con tu mente y te pondrán al límite, ¿de acuerdo?
Tienes que prometerme que vas a ser fuerte, que te vas a mantener fuerte, ¿sí?
Da igual lo que te hagan, lo que te digan o lo que quieran que creas.
No te puedes rendir, no puedes abandonar.
—El ruido de unos pasos alertó a Aetheriel—.
Pronto podré explicarte todo mejor, ¿vale? Solo te pido que confíes en mí.
Antes de que la puerta volviera a abrirse, Aetheriel se inclinó sobre Lucius y, con el mismo cuidado con el que agarraría una flor marchita a punto de romperse, le depositó un beso en la frente para sanar su dolor.
Lucius no supo si de verdad había algo mágico en aquel contacto físico, si Aetheriel era algún tipo de ángel que había llegado al mundo a curar a las personas, pero, de algún modo, ese beso le devolvió la fuerza suficiente para agarrar la mano del chico y volver a pronunciar su nombre:
—Aetheriel…
El estruendo de la puerta les interrumpió. En el umbral, las dos figuras de antes esperaban.
—Aetheriel, ya has tenido suficiente tiempo. Tenemos que llevárnoslo —aseguró la mujer.
—Por favor, Morgana… Sé que es digno de…
—Eso no lo decidiremos nosotros —sentenció Morgana, que hizo un gesto a su compañero para que procediera a levantar a Lucius del suelo.
—Cuidaremos de él todo lo que podamos —le dijo el chico a Aetheriel antes de despedirse—. Si sale tal y como dices, en un rato volveréis a estar juntos.
Llevaba una hora atado de pies y manos a una silla de madera que chirriaba cada vez que intentaba moverse.
Sobre la nuca, una molesta gotera lo bombardeaba a cada segundo, impidiendo que pudiera dormirse.
A pesar de ello, tuvo que agradecer que así pudo despertarse poco a poco.
Sus músculos, entumecidos, recuperaron las fuerzas y él pudo mantenerse despierto y volver a hablar.
Un par de candelabros situados a su espalda iluminaban lo suficiente la estancia como para que viera que se encontraba vacía.
Un desconocido ataviado con una túnica que le cubría el cuerpo entero y una máscara con una sonrisa dibujada entró a la sala.
Al principio, Lucius solo pudo fijarse en los dientes de sierra que, pintados deformes, le salían de la boca.
Luego, se percató de que la máscara, de un color tan negro como el carbón, tenía líneas blancas que se cerraban en torno al único agujero que dejaba pasar la visión, como si solo tuvieran un ojo.
La figura se acercó hasta él y tiró de los nudos que lo amarraban a la silla para comprobar que estuvieran bien atados.
—Lucius Bellavere, ¿verdad? —La profundidad de su voz le hizo pensar que se enfrentaba a un ente venido del averno.
Lucius asintió, demostrando confianza. Recordó las palabras de Aetheriel: tenía que ser valiente, tenía que ser fuerte, pasara lo que pasase.
—¿Sabes por qué estás aquí?
Negó con la cabeza.
—No lo sé, pero no me intimida. Si la vida me ha traído hasta aquí, es porque era mi destino.