La sociedad de las almas malditas 16 #2
51%

16 #2

Lukas se acercó a él para levantarlo del suelo.

Los ojos de Frederick, inyectados en sangre, le devolvieron una mirada triste y desconfiada.

Si no hubiera sido por el pésimo estado en el que se encontraba, se habría zafado de inmediato antes de que su hermano pudiera ponerle una sola mano encima.

No le quedó más remedio que rendirse y dejar que Lukas usara su fuerza para cargar parte de su peso y acompañarlo hasta la habitación.

Frederick temblaba de tal forma que Lukas creía que se vendría abajo en cualquier momento.

A lo ancho y alto, Frederick tenía dos cuerpos en comparación con Lukas.

Cargar un peso muerto así no era fácil para él.

Por lo que animaba a Frederick a caminar a la par, sin desistir, aunque le costara levantar los pies del suelo.

Lukas prefería no mirarlo, porque esos ojos inertes le devolvían una mirada desoladora. ¿Cómo había pasado algo así? No, no era posible…

—Señora Arch, ¿qué cree que…?

—Les advertimos que no frecuentaran los pasillos de noche —recordó, con un gesto airado—. La oscuridad esconde peligros inimaginables para nuestras mentes. ¿Cuántas horas ha pasado ahí tirado? Si las sombras lo han encontrado…

Lukas tragó saliva. Sintió cómo los nervios se le atragantaban en la garganta.

—Pensaba que este lugar era seguro…

Rowina Arch se detuvo en seco. Giró poco a poco y levantó el farol sobre su cabeza.

—¿Ha visto lo que nos rodea? —preguntó, haciendo énfasis con la mirada en las sombras que se apartaban del foco de luz—.

Son depredadores que están acechando, esperando a que nuestra luz se esfume.

—La llama de la vela se desvaneció unos segundos antes de prenderse con más fuerza.

Las sombras parecían haberse acercado aún más—.

Esta Academia es un caramelo para los ambiciosos, pero también es una trampa para ratones, el principio del fin, un agujero podrido donde la lógica perdió sentido hace décadas y la educación se convirtió en supervivencia… no lo olvidéis.

Cuando llegaron a la habitación, Lukas dejó que Frederick cayera sobre la cama.

Él se sentó enfrente, con los brazos apoyados sobre las rodillas y el rostro hundido entre las manos.

Por la cabeza le pasaban mil ideas que le hacían perder la poca cordura que le quedaba.

Evangeline, su muerte, las sombras que acechaban la escuela…

Durante toda su vida, había tenido pesadillas con esas mismas sombras: seres enormes que lo perseguían hasta acabar con su vida pero que siempre lo dejaban al borde de la muerte, como si se burlasen de él.

Ahora entendía que esos monstruos que se camuflaban en la noche no solo eran producto de su imaginación, sino que también habitaban en su día a día, o, mejor dicho, en su noche a noche.

Cada vez que frecuentaba los pasillos, allí estaban ellas: escondidas a la espera de lanzarse sobre él.

Nunca antes se había fijado, pero gracias al ama de llaves había podido reconocerlas.

Más cerca, más reales… como si entre la oscuridad pudiera distinguir sus rostros sin ojos y con una boca enorme, impaciente por devorarlo.

Si las sombras eran reales, Evangeline también podía serlo.

Pero ¿cómo explicaba esa fina línea que separaba el mundo onírico del real? ¿Por qué habían conseguido traspasarlo? ¿Y que les impedía hacerse más fuertes y dar el golpe definitivo?

De pronto, sintió una necesidad angustiosa de saber más.

Quería conocer por qué las sombras aún no lo habían devorado, si había avanzado tantas noches en la oscuridad.

Quería conocer por qué la Academia de las Artes Oscuras las encerraba allí y, sobre todo, por qué todavía permitía que hubiera alumnos que ingresaran en la escuela si se sabía lo que se escondía entre sus paredes.

Todo era tan raro como la repentina enfermedad de Frederick. ¿Acaso las sombras eran las culpables de lo que le había sucedido?

—Fred —susurró Lukas, alzando la cabeza durante unos segundos—. Fred, venga, respóndeme.

Frederick permanecía inmóvil, sudoroso y sofocado. Lukas se levantó de la cama y le colocó la mano delante de la boca. Aún respiraba. Se había quedado profundamente dormido. Debía estar agotado después de… todo .

La puerta de la habitación se abrió. Rowina Arch entró con el farol aún prendido y una cesta repleta de tarros de madera.

—Perdón si os he asustado —se disculpó, cerrando tras de sí—. ¿Cómo se encuentra?

Un aspaviento le hizo retorcerse de dolor sobre la cama.

La respiración se le aceleró casi tanto como los latidos, que Lukas creía oír incluso en la distancia.

Se le echó encima y lo sujetó por los hombros para que dejara de tener espasmos.

Sin embargo, sus temblores no cesaron. El calor corporal era tal que Lukas tuvo que quitarle las manos de encima porque, incluso a través de la ropa, sintió que le ardían.

—¿Qué le está pasando?

Rowina torció el gesto. Negó con la cabeza antes de rebuscar en la cesta algo que fuera de utilidad.

—Las sombras no lo soltarán en toda la noche —aseguró—. Puede que sus pesadillas sean más fuertes que nunca.

Las pesadillas de los Bellavere ya eran lo suficientemente fuertes como para suponer un riesgo para sus vidas.

Su padre las había sufrido durante toda una vida.

Se habían mudado de ciudad en ciudad de Eileanor escapando de ellas, creyendo que así podrían dejarlas atrás.

Tanto Frederick como Lukas las heredaron y habían sufrido los tormentos de su padre.

En el aire, siempre había un «por qué».

¿Por qué nos sucede esto, papá…?

¿Por qué no podemos huir de ellas…?

¿Por qué te persiguen con tanto ímpetu…?

¿Por qué…?

¿Por qué…?

¿Por

qué?

—Desde que ingresamos en la Academia, ya eran más fuertes que nunca… —masculló Lukas, que miró de nuevo a su hermano—. ¿Cree que su vida corre peligro?

El ama de llaves se encogió de hombros.

—¿Qué vida no corre peligro? —Rowina se acercó a él y le tendió varios botes—.

No hay nada que podamos hacer por él hasta que despierte.

Si las sombras lo han agarrado ahí fuera, no lo soltarán hasta que salga el sol.

Mantén el cuarto iluminado con estas velas, que la oscuridad no se asiente por completo.

Usa este incienso para que los olores de la naturaleza ahuyenten a las sombras.

Y, cuando despierte por la mañana, si es que lo hace, hazle tomar este brebaje.

Buscadme antes de que vuelva a caer el sol.

Con un asentimiento de cabeza, Rowina y Lukas se despidieron.

El ama de llaves salió con el farol en la mano, la cesta vacía de frascos y llena de dudas.

¿Volvería a ver con vida a Frederick Bellavere?

Su mal estado le hacía indicar que no, aunque los Bellavere siempre habían sido una familia fuerte contra las sombras.

Solo el tiempo, la negrura y las pesadillas dirían si Frederick merecía morir esa misma noche o si le darían una segunda oportunidad.

Antes de tumbarse en la cama, Lukas escuchó a su hermano hablar en sueños:

—Evangeline… Evangeline… Estás más guapa que nunca…

Una lágrima cayó por la mejilla de Lukas.

No te acerques a ella, hermano. No te acerques… O estarás tocando a la mismísima muerte.

Aunque una parte de él no supo si el miedo a que se acercaran provenía de la idea de que Frederick estuviera en contacto con el mundo de los muertos o del hecho de que nunca supiera soportar que Evangeline y él compartieran una noche de ensueño como la suya.

Aléjate de ella, Frederick. ¡Aléjate!

Lukas corría por los pasillos de la Academia.

Las sombras cada vez estaban más cerca,

más cerca,

más cerca.

Sentía su aliento en la nuca, la calma intranquila con la que corrían rebotando de pared en pared, deslizándose sobre cuatro patas a través del techo como si fueran sabuesos, o buceando entre la oscuridad para aparecer en cualquier punto por delante de él.

Apenas le quedaba aire en los pulmones, las piernas le fallaban por culpa del cansancio. Sentía cómo el oxígeno le quemaba dentro del cuerpo y el sudor se le metía en los ojos.

—¡Dejadme en paz! —gritaba al mismo tiempo que se alejaba de ellas. Faltaba poco para llegar a su habitación, pero nunca conseguía entrar. Más cerca…—. ¡Dejadme, joder!

Una sombra le tiró del brazo, pero se zafó. La marca de los arañazos quedó grabada sobre su piel como si se la hubieran carbonizado. Ni siquiera sintió dolor, el temor era mucho mayor que el sufrimiento.

Y entonces, aquel repentino eco que a veces resonaba en su cabeza como una maldición:

Bellavere, Bellavere, Bellavere.

Unas manos lo agarraron de los tobillos, la zona le ardió.

Cayó al suelo de bruces y no tuvo tiempo de frenar la caída con las manos.

La mandíbula le dolía tanto que creyó habérsela roto por el impacto.

Intentó arrastrarse hacia la puerta. Ya casi podía ver el número del cuarto sobre el marco.

Sin embargo, cuanto más luchaba por llegar, más fuerza ejercían las sombras sobre sus piernas.

El crujido de sus huesos indicó que se las partirían allí mismo. Era como si quisieran divertirse con él antes de matarlo. Los tendones se le desgarraban al mismo tiempo que los huesos se desencajaban. Sus extremidades se desprendían de él. Ni siquiera el dolor conseguía despertarlo.

Estuvo a punto de rendirse. Entonces, vio la figura de Frederick asomada a la puerta. Al principio, le tendía una mano. Lukas luchó por tomarla, pero cada vez estaba más lejos.

—¡Fred, ayúdame! —gritó, desesperado. Ni siquiera le quedaban fuerzas para alzar la voz.

Frederick no se movía. Permanecía impasible con la mano extendida junto a la puerta. Lukas no entendía nada. ¿Por qué no se movía? ¿Por qué no acudía en su ayuda? ¿Por qué no huía?

Nada tenía sentido hasta que la figura de Evangeline emergió de entre las sombras.

Una parte de ella continuaba siendo presa de la noche, de la oscuridad que arrastraba y que se desvanecía en sus piernas mientras el resto de ella se volvía corpóreo.

Evangeline tomaba la mano de Frederick. Antes de desaparecer, ambos miraban a Lukas.

Una sonrisa se dibujaba en sus facciones y se besaban.

Lukas quiso gritar, pero las sombras lo arrastraron.

Despertó en su cama con el rostro dolorido y las piernas dormidas.

Se palpó las mejillas y comprobó que aún tenía la mandíbula en su sitio.

Movió los dedos de los pies y se estiró en la cama para comprobar que los músculos y los huesos estuvieran en el lugar que les correspondía.

Todo había sido una horrible pesadilla. Las sombras, Evangeline, Frederick…

Frederick.

Se giró en la cama tan rápido que se quitó las sábanas de encima con el mismo movimiento.

No todo había sido una pesadilla, una parte se había quedado anclada a la realidad.

Sobre la cama, Frederick respiraba con dificultad.

Las sábanas estaban empapadas por el sudor, y el cuello del pijama parecía una fregona que hubiera absorbido todo lo que había soltado durante la noche.

Sin embargo, no fue eso lo que más le inquietó, sino las ramificaciones moradas que se estaban apoderando de la piel de su hermano, como si las arterias estuvieran amenazando con salir de sus adentros.

El blanco de su tez contrastaba con estas ramas que, como si fueran las raíces de una planta, se extendían desde sus ojos y su boca por todo el cuerpo.

—Le están arrebatando la vida —susurró Lukas, que no pudo contener el llanto—. Las sombras lo están consumiendo.

Con la misma rapidez con la que se había levantado de la cama, Lukas le prometió a su hermano que volvería a por él con una cura y se marchó de la habitación en busca de Rowina Arch.

Salió al pasillo sin haberse peinado ni arreglado, eso no le importaba en un momento así.

Llevaba, por suerte, el uniforme de la Academia porque había dormido con él.

Ni siquiera le molestaban las arrugas que pudiera tener la camisa o que su olor corporal esa mañana no fuera el adecuado.

Tenía otras prioridades, unas que consistían en salvar la vida de su hermano antes de que las sombras acabaran por consumirlo.

Antes de llegar a la entrada, donde el ama de llaves tenía su pequeño cubículo para pasar el día entre llaves y papeles, el sonido de las campanas lo hizo retumbar todo.

Lukas nunca había escuchado nada parecido.

Cada tañido provocaba una reverberación en las paredes y el suelo que hacía parecer que el techo se iba a venir abajo.

Antes de llegar a la oficina de Rowina, ella ya estaba encaminándose por el pasillo entre el jaleo de los alumnos que danzaban de un lado a otro, inquietos por el ruido.

—Señor Arch, disculpe, señora Arch —trató de frenarla Lukas—. Tengo que hablar con usted, es importante.

Ignoró su petición y continuó su camino. Llevaba la misma cesta de la noche anterior entre sus manos, aunque esta vez iba cargada de libros.

—Señora Arch —Lukas se interpuso en su camino—, le estoy diciendo que es importante.

Rowina lo examinó de arriba abajo. No le dedicó un mal gesto, aunque sí se notó que no tenía ganas de detenerse en ese momento.

—No lo entiende, no puedo pararme ahora —aseguró ella, que intentó reanudar la marcha sin éxito.

—Pero Frederick está…

Esta vez, Rowina se detuvo en seco y miró al cielo. De nuevo, el retumbar de las campanas lo eclipsó todo.

—Las campanas llevan sin sonar treinta años. No puedo ayudarles ahora, por urgente que sea. Esto es una prioridad —insistió, y esta vez sí, logró zafarse de Lukas y continuar su camino.

Lukas permaneció en el sitio, observando cómo el ama de llaves escapaba cada vez más deprisa, como si algo demasiado urgente estuviera sucediendo.

Las campanas.

Pero ¿por qué era tan importante que sonaran? Aunque tal vez la pregunta fuera: ¿por qué estaban sonando después de treinta años?

O, quizá, lo que más inquietó a Lukas fue la última pregunta que pasó por su cabeza.

¿Por qué las campanas llevaban sin sonar el mismo tiempo que Evangeline llevaba muerta? ¿Por qué todas las fechas coincidían en el mismo punto?