La sociedad de las almas malditas 16
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Las campanas de la Academia de las Artes Oscuras solo tañen cuando

por la inauguración de la escuela. Con cada cambio de director,

vuelven a tañer. Y con cualquier desgracia, también.

E vangeline llevaba tres décadas muerta.

Según el fichero de la escuela, su edad, de seguir viva, debía rondar los cincuenta años. Y sin embargo, Lukas recordaba la suavidad de su piel y los rasgos de su cara como los de una chica de su edad.

Los recuerdos de la noche que compartieron bombardeaban su cabeza sin cesar.

El sabor de sus labios, los suspiros que se escapaban de su boca mientras él la tocaba.

Ambos habían conectado en mente y cuerpo de una forma casi mágica, irrepetible.

No podía creer que aquello no fuera real. Pero ¿cómo explicarlo entonces?

Después de dejar los ficheros guardados en el lugar donde los encontraron, Lukas intentó buscar a Frederick.

Su hermano se había marchado con el gesto contrariado, probablemente destruido por la información que contenían los documentos.

Aunque a veces Lukas sintiera que no conocía lo suficiente a su hermano mayor, había algo que siempre sabía reconocer: cuándo estaba obsesionado.

Los sentimientos que habían nacido de Frederick eran propios de un romance más adolescente que adulto.

A veces, moría por agarrarlo y preguntarle qué era lo que le llevaba a actuar con esa impulsividad.

¿Sería verdad que el amor vuelve idiotas a las personas?

A Lukas le gustaba pensar que, más bien, sacaban la versión más instintiva y animal de cada uno, esa parte que no deja pensar con claridad y que provoca que las reacciones sean absurdas y fuera de la lógica.

Frederick había mostrado sus celos en decenas de ocasiones durante los últimos días. Se había enamorado de una ilusión, de una imagen que él mismo había creado de una persona que llevaba décadas muerta.

¿O acaso era de verdad?

A Lukas le dolía la cabeza al pensar en ello. En la verdad sobre Evangeline Fray. ¿Había muerto hacía treinta años, como decían los archivos, o era todo una mentira que se había sostenido hasta ese momento?

¿Por qué hace treinta años…? ¿Por qué las fechas coincidían con…?

Las posibilidades se dibujaban en su cabeza al mismo tiempo que avanzaba por los pasillos de la Academia buscando a Frederick.

Si Evangeline está muerta, Frederick y yo nos hemos encontrado con un fantasma . Borraba esa posibilidad tan pronto de su cabeza como aparecía. No era posible, por mucho que la magia estuviera ligada a Westgard del mismo modo que las estrellas al cielo.

Si Evangeline está muerta y los fantasmas no existen, hay alguien que se hace pasar por ella . Esa opción era viable, aunque perturbadora. La simple idea de pensar en que una persona real estuviera robándole la identidad a un muerto le estremecía. ¿Con qué clase de psicópata se había acostado?

Si los fantasmas no existen y nadie se está haciendo pasar por ella, Evangeline sigue viva… Aunque su juventud sea más propia de una criatura de fábula que no puede envejecer que de una persona humana.

Lukas se chocó con alguien a quien estuvo a punto de tirar al suelo.

El impacto lo sacó de su ensimismamiento y, por suerte, reaccionó a tiempo para agarrar a la persona y evitar que se cayera.

El farol que llevaba en la mano iluminaba lo suficiente como para reconocer su rostro, y Lukas se sonrojó al comprobar que se trataba del ama de llaves.

—Discúlpeme, señora Arch —dijo, incorporándola. Hasta ese momento, no se había dado cuenta de que la oscuridad se había extendido tanto y el silencio se había vuelto ensordecedor.

—Bellavere, sabe que no puede andar por los pasillos de noche. Es peligroso. —Iras fruncir el ceño y examinar al chico, añadió—: Además, ¿usted no debería estar descansando en la enfermería?

Pensó que Rowina Arch le obligaría a darle explicaciones a la directora.

Si tan solo hubiera llevado algún libro encima, podría haber fingido que se había escapado a la biblioteca para buscar unos apuntes.

Pero no. No tenía ninguna excusa lo suficientemente creíble como para librarse de la reprimenda.

—Llevo varias noches sin pegar ojo. De hecho, creo que todo lo que me sucedió está relacionado, de algún modo, con la falta de sueño —aseguró, frotándose las ojeras—. La enfermera me dijo que podía marcharme a mi cuarto cuando cayera la noche para ver si lograba dormir.

Rowina negó con la cabeza.

—La enfermera tiene el mismo horario que el resto de trabajadores de la escuela.

Dudo mucho que, a estas horas, estuviera con usted en la enfermería.

—Un silencio tenso ocupó la conversación entre ambos—.

¿Sabe que tengo un don para detectar las mentiras?

Son demasiados años deambulando por estos pasillos.

—Me he dado cuenta —aseguró, sintiéndose culpable. Seguro que, después de eso, el castigo que le impondrían sería, como mínimo, trabajar en el servicio de aseos durante varias semanas o recoger la basura de los jardines de la Academia—. Regreso a mi habitación sin falta, perdón.

Rowina lo interceptó. Hizo un movimiento con la cabeza que Lukas interpretó como que no le daba importancia a lo sucedido.

No supo si respirar tranquilo. El corazón ya se le había acelerado lo suficiente con lo que había descubierto en los archivos como para, además, tener que lidiar con una visita al despacho de la directora.

Además, seguía faltando Frederick.

¿Dónde se había metido?

—Vamos, le acompañaré. No es seguro caminar por aquí sin luz.

Lukas soltó el aire por fin.

Durante unos minutos, recorrieron los pasillos en silencio.

La respiración jadeante del ama de llaves era lo único que acompañaba al mido de sus pisadas.

Lukas nunca se había fijado en lo perturbador que podía ser el silencio.

Un vacío demasiado grande que nunca se llenaba.

¿Cuánto mido existía en el silencio? De algún modo, todo sonaba más fuerte…

más terrorífico, como si los susurros y las pisadas ganasen fuerza.

La reverberación de sus pasos provocaba que la oscuridad creciera y se tragara todo aquello que les rodeaba.

El nombre de Evangeline seguía apareciendo en su cabeza junto a frases sueltas para intentar calmar los ánimos de su hermano.

¿Qué le diría cuando se reencontrasen? ¿Cómo conseguiría explicarle que no estaban perdiendo la cabeza y que, tal vez, había una explicación más que razonable para todo lo que les sucedía?

Sin embargo, él mismo era consciente de que no sería fácil.

En primer lugar, porque Frederick no era como él: no le bastaba con la sencillez de lo inmediato.

Del mismo modo que a Lukas le gustaba refugiarse en lo seguro para no tener que pensar en los hechos, Frederick necesitaba llegar hasta el final.

«Cabezota, obcecado, terco, testarudo…», eran solo algunas de las palabras que Rembrandt Bellavere le había dedicado a Frederick a lo largo de su vida.

Lukas siempre había observado cómo su padre las empleaba para regañarle cuando no daba su brazo a torcer, cuando necesitaba más, cuando no sabía poner fin a una batalla perdida.

«No pierdas la guerra por una batalla», le había aconsejado Rembrandt, casi siempre sentado en su mecedora con un puro en la mano. «Uno tiene que saber dónde coloca su esfuerzo para ganar. A veces la retirada es la mayor victoria».

En segundo lugar, porque el propio Lukas sabía que los principios sobre los que sujetaba su hipótesis eran tan frágiles que incluso a él mismo le costaba creerlos.

Por mucho que la razón le empujara a buscar una solución real, lógica y concreta, su propio instinto le gritaba que algo irracional tomaba su mundo.

Un mundo que se había visto absorbido por la presencia de Evangeline Fray.

Y, por mucho que él asegurase que los encuentros con ella tan solo eran un pasatiempo, quizás estuviera empezando a considerar que deseaba conocer los misterios de esa chica mucho más de lo que le gustaría reconocer.

¿De dónde había salido? ¿Por qué había ingresado en la escuela?

¿Cómo conseguía perderse por los pasillos como si atravesara las paredes?

¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Cuándo había nacido?

¿Seguía viva de verdad? Y, aunque no quisiera vincularlo, para él era imposible sacarse esa pregunta de la cabeza…

¿Estás relacionada con los hechos que sucedieron hace treinta años en esta misma Academia?

Rowina Arch detuvo su paso; Lukas, junto a ella.

—Vaya… —suspiró el ama de llaves, extendiendo el farol hacia delante—. ¿A quién tenemos aquí? —Lukas se percató de la sombra que, sentada a un lado del pasillo, se mecía agarrándose las piernas como si fuera un niño asustado—. Si es el otro Bellavere.

Frederick tenía los ojos rojizos e hinchados, con las cuencas tan marcadas de morado que parecía que hubiera sufrido un envenenamiento.

El sudor le perlaba la frente y tiritaba por el frío.

Aun así, se había deshecho de su túnica.

Se había arremangado la camisa hasta los codos y, pese a ello, el sudor impregnaba la tela, provocándole manchas que eran visibles incluso en aquella oscuridad atenuada por el brillo del farol.

El amor lo ha envenenado , pensó Lukas, aunque él mismo se reprendió por ese pensamiento tan romántico. No, el amor no. La obsesión .

—No me diga que usted también viene de hablar con la enfermera.

—¿No ha visto su estado? —Añadió Lukas, intentando justificarlo—. Debe de tener fiebre.

Rowina Arch se agachó a su lado y le colocó la mano en la frente. Ardía como un horno lleno de carbón.

—Si la cosa sigue así, voy a tener que poner a toda vuestra familia en cuarentena —aseguró la mujer—. Vamos, ayúdeme a llevarlo hasta vuestra habitación. Me encargaré de conseguir algún medicamento para la fiebre.