La sociedad de las almas malditas 15
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Se dice que Morgana Imperial trasladó la sede de la Sociedad de las Artes

el grupo se reunía en diferentes puntos de la escuela sin concretar uno solo,

aunque les gustaba visitar un café de Westgard (declarado en bancarrota)

y los jardines de la propia institución.

S i Miry Amber era una llama en la oscuridad, Amanda debía de ser lo más parecido a un pequeño destello que se apaga antes de ser visto.

Siempre se había sentido así: fugaz, efímera, pasajera en la vida de las personas.

Cuando creía que podía brillar, su luz se desvanecía del mismo modo que los pétalos marchitos de una flor.

Sin embargo, en ese cuarto donde la luz de una vela era lo único que iluminaba, sentía que había más luminosidad que nunca.

¿Se debía acaso a la presencia de Miry? ¿Por qué irradiaba tanta felicidad?

No era capaz de comprender si se trataba de la sonrisa que se le dibujaba en la cara mientras la observaba como si no acabara de secarse los ojos y aún los tuviera enrojecidos, o si su postura despreocupada le transmitía la paz que aún no había sido capaz de encontrar entre los muros de la Academia.

Sea como fuere, Miry estaba allí, pese a no conocerse más que de encontronazos en los pasillos, en las aulas, en el comedor, en las duchas…

Hasta ese momento, Amanda no había sido consciente de que no eran tan desconocidas la una para la otra.

De alguna forma, habían estado presentes, muy presentes.

Aunque Amanda se hubiera esforzado por agachar la cabeza cuando Miry se acercaba a ella.

Se sentía ingenua por haber dejado pasar tantas oportunidades para entablar una conversación.

—¿Es la primera noche que lloras? —preguntó Miry, que se esforzaba por no romper la distancia física entre ambas para no incomodarla.

Amanda negó.

¿Cuántas noches llevaba en la Academia? Ni lo recordaba.

El tiempo había perdido el sentido desde que entró.

Para ella, cada día era igual que el anterior.

Una rutina de la que no lograba escapar por mucho que corriera, que la mantenía atrapada entre falsas distracciones.

Clases y estudios, comidas y cenas, cafés y libros…

Todo en un bucle que no cesaba y con el que intentaba disimular que una parte de ella se estaba apagando poco a poco.

Aun así, tenía claro que no había pasado ni una sola noche sin derramar lágrimas sobre la almohada mientras añoraba una vida que nunca había tenido.

—Alguna más —reconoció, avergonzada. Permanecía cruzada de brazos y movía el pie de un lado a otro para no aparentar tanta rigidez—. ¿A ti también te pasa a menudo?

Amanda creyó que Miry no le confesaría la verdad y que negaría rotundamente haber llorado alguna vez.

Ella era popular, tenía una imagen; incluso, se atrevería a decir que la gente la admiraba por su singularidad.

Miry derrochaba ese magnetismo que vuelve irresistibles a las personas.

Se le notaba al caminar, al sonreír y al hablar, en los silencios y las miradas.

En la forma en la que sus ojos siempre buscaban una distracción antes de responder a una pregunta comprometida.

Por eso, su respuesta le sorprendió tanto:

—Más de las que me gustaría reconocer —se rio—. Este sitio absorbe la alegría y la transforma en miedos, por eso es tan peligroso no desahogarse.

Miry atravesó el cuarto hasta llegar a la ventana y la abrió de par en par. Amanda permaneció inmóvil sin saber cómo reaccionar.

—Solemos creer que llorar nos hace débiles cuando en realidad es el momento en el que somos más fuertes.

Lo que guardamos dentro nos mata poco a poco.

La única forma de librarnos de ello es a través de las lágrimas.

—Se apoyó en la ventana y suspiró. Una lágrima le cayó por la mejilla.

Amanda hizo el amago de acercarse, pero se frenó en seco cuando Miry se giró sobre sí misma y se apoyó con los codos en el marco—.

Cada vez que lloro, intento pensar que estoy luchando contra aquello que me daña y que, después de eso, me volveré más fuerte.

El viento que se colaba a través de la ventana mecía el pelo de Miry haciendo que se pareciera a las llamas de un incendio.

Al contraluz, su figura era la de un ángel que traía un mensaje de paz al mundo.

Amanda deseaba preguntarle tantas cosas sobre su vida que las palabras se le atropellaban en la garganta y, al final, ninguna terminaba por salir.

—Te agradezco todo lo que me has dicho —dijo con un tono de voz tan bajo que pensó que tendría que repetírselo para que la entendiera—. No estoy acostumbrada a que nadie se preocupe por mí.

—Si te soy sincera —esta vez fue ella la que redujo la distancia entre ambas—, yo tampoco.

Amanda rehuyó su mirada, aunque no fue capaz de clavar la vista en un punto concreto. Sus pupilas corrieron de un lado a otro, buscando algo sobre lo que detenerse, hasta que volvió a Miry.

—Pero tú… siempre estás rodeada de gente.

—Y no te imaginas el vacío que me supone saber que ninguna de esas personas se preocuparía por mí si algo grave me ocurriera. Cuanto más ruido hay a nuestro alrededor, más nos damos cuenta del silencio.

Amanda entrelazó los dedos y volvió a alejarse un par de pasos de Miry. Odiaba que la respiración se le descontrolara al estar cerca de ella. ¿Por qué no conseguía calmarse ni siquiera en mitad de una conversación? Se maldecía a sí misma por notar el sudor en las manos y calambres en las piernas.

—No te voy a mentir. Cuando llegué a la Academia, apreciaba que la gente me tuviera tan en cuenta para sus planes.

Nunca tuve problemas para encontrar a alguien con quien hacer un trabajo en grupo o sentarme en el comedor.

Sin embargo, esas relaciones pocas veces profundizaban en lo que yo era.

Durante toda mi vida he recibido comentarios del tipo: Miry, ¿puedes hacer esto?

, Miry, ¿me harías el favor de…?, Miry, te necesito para…

Nunca nadie me ha preguntado cómo me encuentro o si tengo un mal día, porque eso ¿verdaderamente le importa a alguien?

Cuando era pequeña, Amanda había escuchado una frase de su hermano que se le quedó grabada en la memoria. Decía que, cuando alguien preguntaba algo, había que tener cuidado con la respuesta que esperaba, pues luego tendría que hacerse cargo de ella.

—Cuando le preguntas a alguien qué tal está, ¿qué esperas que te responda? —le había dicho Frederick una mañana después de que ella saludara a la panadera del pueblo.

—¿Acaso se espera algo? Pensaba que tan solo era una forma de saludar… —respondió ella en esa ocasión.

—Y si esa mujer a la que tú le has dicho un simple «hola, ¿qué tal?» te hubiera respondido que está fatal, ¿cómo habrías continuado esa conversación?

Amanda aquel día se encogió de hombros, pero ahora era cuando comprendía el peso de lo que su hermano intentaba explicarle.

Si eso hubiera sucedido, Amanda probablemente nunca le habría dado importancia.

Con casi total seguridad, le habría regalado una cálida sonrisa que significara espero que todo mejore y se habría marchado con la barra de pan a casa, sin que nada de lo que le sucediera a aquella persona le afectara.

Qué solitario era pensar la poca atención que las personas prestan a quienes las rodean.

Durante el resto de la noche, compartieron anécdotas de su pasado.

A Amanda le sorprendió cómo Miry parecía no haber salido de la burbuja que era su casa hasta que pisó la Academia.

Siempre hablaba de su pasado con cariño, como si ninguna tormenta se hubiera atrevido a nublar su cielo.

Así se enteró de que Miry no tenía hermanos, pero que su primo pequeño había supuesto su mayor fuente de inspiración; también que tenía dos gatos negros a los que llamaba Piss y Pass porque era el único sonido con el que acudía cada uno; había crecido sin madre, pero su padre siempre le había dado todo con tal de verla bien y había hecho sacrificios inhumanos para que salieran adelante.

Amanda, por su parte, había preferido ignorar, de momento, los temas familiares.

Le habló de su amor por la música, que prefería lo instrumental a lo cantado, o mejor dicho: le gustaba refugiarse en los sonidos de los instrumentos mucho antes que tener que armonizar con la voz de una persona que desconocía.

Le contó su preferencia por los instrumentos de viento, por mucho que los de cuerda siempre le supusieran un mundo fascinante.

Odiaba la percusión, aunque se culpaba más a sí misma por no entenderla que a los propios instrumentos.

No ignoró que tenía tres hermanos más y que todos estudiaban en la Academia, entre otras cosas porque Miry ya debía saberlo.

En aquel sitio, los rumores volaban casi tan rápido como las golondrinas.

Sin embargo, no le había contado lo diferente que se sentía respecto a Frederick o Lukas, y que su único afín ni siquiera era su hermano de sangre.

Lucius.

Volvió a pensar en él y en cómo estaría.

¿Habría logrado hablar de nuevo con ese chico?

¿Conseguiría vencer a sus miedos con la misma decisión con la que unas horas antes se había marchado del cuarto?

En ocasiones, Amanda deseaba que el camino de Lucius no se torciera tanto como el del resto.

Él aún tenía esperanza de salvarse. Era un pequeño destello entre tanta oscuridad.

Y en cierta parte, era también lo que le brindaba fuerzas para continuar.

Sin saber muy bien cómo, Amanda y Miry se quedaron dormidas la una junto a la otra, sentadas en el frío suelo con la espalda apoyada en la pared que compartían sus habitaciones.

Los primeros rayos del sol se colaron por la ventana e impactaron en la cara de Amanda.

Arrugó la nariz un par de veces antes de abrir los ojos, molesta por haber interrumpido su sueño.

Juraría que era una de las pocas noches que había dormido casi del tirón.

Ni el dolor de su espalda ni el de su trasero le habían impedido disfrutar de un sueño tan familiar.

De lo que sí se percató fue del extraño peso sobre su hombro, uno que no estaba acostumbrada a sentir. Con cautela, giró la cabeza para confirmar que la cabeza de Miry reposaba allí. Un matojo de pelo rojo le caía desordenado y su profunda respiración indicaba que aún estaba viva.

A Amanda le causó gracia la situación. ¿Quién le iba a decir que acabaría así con Miry Amber?

La chica seguro se moriría de vergüenza al despertarse, así que, para no incomodarla, Amanda volvió a cerrar los ojos.

Dejaría que ella se despertara primero por si deseaba apartarse y hacer como que no había pasado media noche durmiendo encima de ella.

Grábate este recuerdo por si no vuelve a suceder , le dijo una voz interna.

Amanda prefirió ignorarla. A lo largo de su vida, los recuerdos solo le habían producido dolor. Si nunca volvía a sentir tan cerca a Miry, prefería no lastimarse con la única noche que la vida les permitió compartir sueños.

De pronto, un estruendo ensordecedor provocó que las dos se sobresaltaran al mismo tiempo. Las paredes vibraron y, por un momento, creyeron que un terremoto sacudía la tierra.

—¿Qué es eso? —preguntó Amanda, que se llevó la mano al pecho para controlar el latir de su corazón.

—Las campanas de la escuela —respondió Miry, mirando hacia arriba como si estuvieran sobre sus cabezas—. Están tañendo.

Al llegar a la Academia, Amanda se había fijado en las siete grandes torres que se elevaban hasta el cielo.

En el interior de la más alta, dos campanas colosales y manchadas, coloreadas de un verde apagado por el paso del tiempo, parecían llevar adormecidas varias décadas.

¿Por qué volvían a hacerlas sonar justo entonces?

—¿Y eso qué significa?

Miry tragó saliva. El ruido apenas permitía que se escucharan entre ellas.

—Problemas —se limitó a decir.