La sociedad de las almas malditas 14 #2
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La propia palabra casi carecía de sentido en el imaginario de Lucius más allá de las novelas de fantasía que había leído durante su infancia.

La magia era algo intrínseco a Westgard, casi todos los novelistas la atribuían a las regiones del norte que habían guardado en sus entrañas siglos y siglos de rituales y tradiciones que habían hecho creer que los lugareños realmente poseían este poder.

—¿Y tú crees que esa gente que estaba aquí encerrada realmente tenía… magia ?

Aetheriel suspiró. Con un par de pasos, redujo la distancia que los separaba y agarró a Lucius de las manos. Sus pieles parecían transmitirse un magnetismo diferente, como si intercambiaran información a través de ellas. Se miraron a los ojos y un brillo ardió en las pupilas de Aetheriel.

—La pregunta es si tú crees que existe la magia.

Al principio, Lucius se rio como si Aetheriel le estuviera gastando algún tipo de broma pesada. ¿Magia? Pff, qué tontería . Debía estar bromeando, ¿verdad? ¿O acaso hablaba en serio?

Lucius creía en las sombras y en las pesadillas que habían atormentado a sus hermanos.

Creía en el poder de las personas para cambiar el mundo.

Creía en la fuerza de un buen libro para erradicar un pensamiento.

Pero ¿en la magia? Por muchas leyendas que hubiera escuchado a lo largo de su vida, siempre le parecerían eso: leyendas .

—Aetheriel, no seas ridículo, la magia solo es parte de la ficción.

Lucius pensó que en ese momento él le soltaría y se marcharía. Sin embargo, apretó con más fuerza sus manos.

—Si es así, ¿cómo explicas lo que se mueve dentro de ti cuando tocas a la persona adecuada; cuando vuestros ojos coinciden y sois incapaces de apartar la mirada; cuando vuestras almas conectan hasta tal punto que sin necesidad de hablar sabéis que estáis pensando lo mismo?

El amor es una parte de esa magia, solo que lo hemos normalizado tanto en la sociedad que le hemos dado otro nombre.

Hay muchos tipos de magia, aunque no podamos verla en cosas tan comunes.

—¿De verdad lo crees?

—De verdad lo sé. ¿Cómo llamarías entonces al grabar con tinta sobre el papel tantas emociones?

¿O al pintar con trazos aquello que solo nuestra mente puede crear?

¿Qué dirías que es una escultura tan detallada que los músculos tallados en piedra parecen reales o una composición musical que no quiere escapar de tu cabeza?

El arte, al igual que el amor, también es parte de esa magia que tenemos tan normalizada.

El discurso de Aetheriel le parecía tan conmovedor como el pasaje de un libro leído en voz alta, capaz de evocar sentimientos más propios del cajón de los secretos que cada persona llevaba dentro que de la parte racional que los seres humanos tendían a compartir con el mundo.

Porque en algo sí tenía razón: eran pocos los que se atrevían a expresar con palabras aquello que les quemaba la piel, que apretaba su pecho y les quitaba la respiración por la noche.

Muy pocos se atrevían a darle un nombre al magnetismo, a la sensación de querer y a todo lo que uno guarda dentro cuando no se atreve a pronunciar el nombre de la persona que ha robado todos sus pensamientos.

Y quizás eso era lo que más admiraba de Aetheriel y lo que reafirmaba que lo que decía era verdad: porque tal vez la magia existiera, aunque Lucius no tuviera pruebas de ello.

Porque tal vez la magia fuera parte del propio Aetheriel, de su forma de mirar y de sentir, de la emoción que arrastraban sus palabras al hablar de algo en lo que creía o del brillo que iluminaba su mirada cuando se encontraban.

Lucius no se atrevía a decir si la magia existía de verdad en Westgard, pero, si existía, Aetheriel debía estar lleno de ella.

—Te creo —aseguró Lucius, movido por el impulso más que por la convicción—.

Creo en la magia, en que existe y en lo que me estás contando.

—A Aetheriel se le dibujó una sonrisa que Lucius tardaría al menos cien noches en olvidar—.

Pero ¿qué pasó con esas personas con capacidades especiales ? ¿Nunca escaparon de aquí?

Aetheriel no respondió con palabras, sino con actos.

Se dio la vuelta y caminó por uno de los pasillos diagonales.

Lucius no dudó en seguir sus pasos al interior de la biblioteca.

A su alrededor, miles de libros de fantasía y aventuras los miraban con expectación, como si los lomos tuvieran ojos y estuvieran atentos a cada uno de sus movimientos.

Las pisadas sobre las baldosas, el caminar entre ejemplares exclusivos que permanecían allí encerrados como prisioneros… Todo evocaba un aura que le llenaba el pecho y lo envolvía en un manto de energía incapaz de ser expresada.

Al llegar al final del pasillo, una estantería les cortó el paso. Aetheriel se detuvo frente a ella y Lucius, unos pasos más atrás.

—No puedo seguir hablándote de esto si no decides dar el paso —le confesó Aetheriel. Su voz transmitía pena y dolor, aunque no pareciera tan afligido como sus palabras lo demostraban.

Lucius se colocó a su altura.

—¿Qué paso es el que tengo que dar? Lo haré sin dudarlo. —La emoción que demostró solo era una pequeña parte de la que le hacía latir el corazón al sentir que estaba tan cerca de algo más grande.

Si las sombras se hubieran expandido en ese momento, habrían atrapado los cuerpos de ambos muchachos para dejarlos en un eterno limbo.

Sin embargo, esta vez permanecieron inmóviles, esperando el siguiente movimiento en esa pista de baile que habían creado entre cientos de estanterías y miles de libros.

Aetheriel agarró un cuaderno de la estantería. Tenía una tapa de cuero desgastada con un símbolo en el medio que representaba una estrella de cinco puntas encerrada en un círculo dorado. Pasó unas cuantas páginas que ya estaban escritas y, al llegar a una vacía, escribió:

Una puerta de madera con picaporte dorado ante nosotros,

en mitad de las estanterías. Tiene la Estrella de las Artes.

Tiene la estrella dibujada en el centro y conecta con…

Aetheriel cerró el cuaderno antes de que Lucius pudiera seguir leyendo.

—¿Por qué has escrito eso?

—Espera y lo verás.

—¿Qué has hecho?

Aetheriel sonrió.

—Tranquilo, Lucius. La magia requiere paciencia para funcionar.

Lucius bufó como si volviera a tomarle el pelo.

¿Cuánto tiempo más iba a estar haciéndose el misterioso?

Sin embargo, cuando ante sus ojos la estantería comenzó a abrirse en dos y los libros se colocaron solos unos encima de otros hasta crear la forma de una puerta, se dio cuenta de que tal vez Aetheriel nunca había bromeado.

Cuando todos los libros estuvieron en la posición correcta, sus lomos se fundieron en uno y, tras un par de pestañeos, una puerta de madera de picaporte dorado como la que Aetheriel había descrito surgió ante ellos.

Lucius lo miró, incrédulo.

—¿Cómo…?

—No puedo seguir hablándote si no das el paso, ¿recuerdas? —Aetheriel se adelantó y le invitó con la mano a que abriera la puerta—. Si quieres saberlo todo, solo tienes que entrar.

Aquello comenzaba a parecer más una de las pesadillas de sus hermanos que una parte de la realidad.

¿Cómo si no podía explicarse lo que acababa de suceder ante sus ojos?

Las estanterías abriéndose, los libros moviéndose por su cuenta, la puerta materializada con el mismo símbolo que el del cuaderno de Aetheriel…

Incluso el rostro de su amigo parecía haberse vuelto más oscuro, como si las sombras hubieran tomado el control de su cuerpo y fueran las que, desde su subconsciente, lo invitaran a traspasar los límites de la realidad.

Había leído una vez que los sueños eran tan peligrosos como divertidos porque, al cruzar la línea que separaba la realidad de lo onírico, uno podía sentirse atrapado por el sueño hasta tal punto de nunca volver.

¿Y si se trataba de eso? ¿Y si al cruzar aquella puerta le estaban invitando a un viaje de no retorno?

¿Viviría durante el resto de la eternidad en un sueño?

¿Y acaso podía confirmar que se encontraba dentro de uno?

Se pellizcaba a sí mismo de manera inconsciente para intentar despertarse, aunque el dolor que sentía solo le recordaba que permanecía despierto, que todo lo que estaba viviendo era tan real como el aire que respiraba o el suelo que pisaba.

Tomó aire antes de reducir la distancia que existía entre la puerta y él.

Uno, dos, tres pasos. Paró, volvió a respirar hondo.

Miró a Aetheriel que, sin evidenciar una sola mueca que demostrara que lo que hacía tenía sentido, esperaba impaciente a que Lucius se atreviera a dar el paso.

Otros dos pasos más antes de agarrar el pomo, tan frío que le ardía la palma de la mano al entrar en contacto con él. Lo giró y abrió la puerta.

Al otro lado no había nada.

No es que hubiera una habitación vacía o una continuación de la estantería, ni siquiera una pared de ladrillos.

No había nada.

Solo un vacío negro. La oscuridad parecía vivir en las entrañas de aquella puerta de la misma forma que las sombras se refugiaban en las pesadillas.

No podía ver más allá de él, hasta tal punto que la propia oscuridad actuaba como reflejo de sus miedos y le devolvía una visión de sí mismo que desconocía.

Se veía desfigurado, cambiado, con la cara hecha pedazos como si se mirase en un espejo resquebrajado.

Entonces, acercó una mano. Conforme sus dedos traspasaban el umbral de la puerta, fueron desapareciendo consumidos por la oscuridad.

Lucius miró a Aetheriel una última vez.

—¿Qué es esto? —preguntó con la voz rota por el miedo.

Aetheriel disimuló una sonrisa.

—El paso necesario que faltaba por dar.

Algo tiró del brazo de Lucius. No pudo ni siquiera luchar contra esa fuerza.

Su cuerpo traspasó la puerta. Tentáculos negros empezaron a rodear sus extremidades y a alejarlo de la única fuente de luz que suponía esa entrada.

Lo último que vio antes de que las sombras lo consumieran por completo fue a Aetheriel despidiéndose desde el umbral.

Cuando cerró la puerta, todo se volvió oscuro.