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La Sociedad de las Artes impulsó tanto la competitividad entre sus
miembros que algunos comenzaron a sentir que su necesidad artística nacía
de la ambición y no de la devoción por expresar lo que guardaban dentro.
H abía oído hablar de la antigua biblioteca en contadas ocasiones desde que ingresó en la Academia.
Una de ellas fue en clase, cuando uno de los profesores mencionó lo pequeña que era la biblioteca actual y los pocos ejemplares con los que contaba en comparación con la anterior.
La siguiente vez fue gracias a Aetheriel, que le mencionó lo mucho que le obsesionaba la distribución de las librerías y el olor a libro viejo que había quedado allí encerrado.
—Suelo colarme alguna noche, cuando el ama de llaves está demasiado ocupada vigilando los pasillos de la otra ala y no se percata de lo que sucede en esta.
Cuando aprendes sus movimientos, esquivarla es tan fácil como seguir un mismo patrón —le había explicado una tarde en la que compartían lecturas en el mirador de la escuela.
Ahora Lucius se encontraba caminando con el corazón encogido y los nervios a flor de piel.
Se había enfundado una capa por encima del uniforme para cubrirse por si alguien lo veía.
Avanzaba con prisa, con el puño cerrado sobre el cuello de la capa y la respiración acelerada.
La oscuridad lo consumía todo y el silencio era tan grande que escuchar sus pisadas era lo único que le reconfortaba.
No se cruzaría con Aetheriel hasta llegar a la biblioteca para que, en caso de que alguien los escuchara, fuera más fácil esconderse y huir.
Sin embargo, algo dentro de Lucius le decía que todavía no había conocido los peores peligros que habitaban la Academia —y que por suerte o por desgracia no vagaban por los pasillos durante la noche.
En momentos así, con el corazón bombeándole en el pecho a un ritmo atronador, se preguntaba si de verdad habría algo que lo acechara en la noche.
En mitad de aquel silencio perturbador, los pequeños ruidos se volvían escandalosos.
En la oscuridad, cualquier movimiento parecía esconder a un monstruo atroz.
Y sin embargo, Lucius seguía caminando solo.
La sugestión de la mente era el único monstruo al que debía temer.
Cuando llegó a la entrada de la antigua biblioteca (una puerta cubierta de tablones de madera y con tanto polvo alrededor que Lucius tosió un par de veces), Aetheriel ya se encontraba allí, apoyado sobre la pared colindante con una túnica negra que le cubría de pies a cabeza.
Lucius pudo distinguir la seriedad de su rostro incluso en la oscuridad.
Por suerte, en cuanto lo reconoció, las comisuras de sus labios se alzaron y la sonrisa que se le dibujó le llenó de satisfacción, como si alguien se encargara de coser sobre su corazón una manta de tela que lo abrigara.
Ambos se fundieron en un abrazo de reencuentro, aunque apenas habían pasado una tarde sin verse.
Se palparon, reconociéndose en el tacto: cálido, cercano, amigable…
y, aunque no se dijeron nada, el brillo de sus miradas expresó todo lo que ellos decidieron callar en ese momento.
Lucius sabía que al lado de Aetheriel se sentía cómodo, reconfortado y dispuesto a cualquier plan por absurdo que fuera.
Aetheriel, en cambio, siempre encerraba sus emociones bajo llave y convertía en un misterio todo lo que lo rodeaba.
Aun así, incluso con la coraza que guardaba sus secretos, Lucius percibió que él también estaba feliz de verlo.
—¿Te ha visto alguien? —preguntó Aetheriel, su voz reverberaba en las paredes y se alejaba por los pasillos. Daba la sensación de que en cualquier momento una criatura de dimensiones colosales podría aparecer entre las tinieblas del pasillo para devorarlos.
Lucius negó con la cabeza.
—No me he cruzado con nadie en todo el camino.
—Perfecto, sígueme.
Aetheriel no utilizó la puerta. En la oscuridad apenas se podían distinguir sus movimientos, pero se agachó junto a la pared y, cuando Lucius quiso darse cuenta, Aetheriel había dejado al descubierto un agujero por el que acceder. Tenía la medida exacta para que entrasen a gatas.
—¿De dónde ha salido esto? —Lucius parecía tan confundido como asombrado.
—¿Quieres hacer los honores? —preguntó Aetheriel, ignorando por completo su pregunta.
Un mechón de pelo rizado se le escabullía por la frente y Lucius tuvo ganas de recolocárselo antes de pasar al interior.
Las rodillas de Lucius se lastimaron al rozar con el suelo, pero apenas se quejó cuando sintió el aire cargado de la biblioteca.
El olor a libro antiguo era inconfundible.
Se incorporó y esperó a que Aetheriel pasara al otro lado.
La estancia estaba tan oscura que solo pudo ver cuando Aetheriel sacó una vela de uno de los bolsillos y la encendió.
Estaban en un recibidor con un mostrador de madera de pino y un espejo roto cubierto de polvo que reflejaba el resplandor de la vela y sus siluetas.
Debía de ser la recepción de la biblioteca.
Aetheriel rebuscó en los cajones del escritorio hasta que encontró un doble fondo en el que había una llave de plata con tantos dientes como una sierra y finalizada en una estrella de cinco puntas.
—¿Sabías que eso estaba ahí? —preguntó Lucius. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y empezó a sentirse como un criminal dentro de esa biblioteca. ¿Qué pasaría si los atrapaban allí pasado el toque de queda?
Aetheriel se llevó el dedo índice a los labios para pedirle silencio.
Con un movimiento de su mano, le indicó que siguiera sus pasos al interior de la sala.
Lucius calló y obedeció. Para él, volver no era una opción.
Hubiera seguido a Aetheriel a cualquier parte del mundo, por mucho que eso lo metiera en problemas.
Dos escalones los separaban de la estancia principal, una sala que se estructuraba a partir de estanterías colocadas de tal manera que formaban una plaza circular.
Los pasillos partían diagonales a ella y parecían no tener fin.
A Lucius le sorprendía cómo la distribución resultaba casi mágica, como si fuera obra de un encantamiento y no del diseño que una persona hubiera decidido muchos años atrás.
—Es impresionante —aseguró Lucius, incapaz de apartar su vista del techo decorado con pinturas y de las estanterías que se elevaban hasta casi tocarlo.
—¿Te gusta? —Aetheriel apoyó su mano en el hombro de Lucius, que estuvo a punto de soltar un chillido. El calor de su tacto le reconfortó, aunque también tensó sus músculos—. Es uno de mis lugares favoritos.
Lucius no comprendía por qué un lugar como ese había sido relegado por otro.
Había frecuentado pocas veces la nueva biblioteca, pero con solo estar allí era suficiente como para saber que ese espacio no tenía reemplazo posible.
Las letras respiraban el mismo aire que ellos, el olor del arte inundaba sus fosas nasales de la misma forma que la oscuridad.
Y aun así, en un mundo tan lleno de sombras y desolación, Lucius sentía que en aquel espacio oscuro ya tenía todo cuanto necesitaba para pasar el resto de su vida.
—¿Por qué abandonaron este lugar?
Aetheriel guardó silencio. No porque no tuviera respuesta, sino porque no estaba preparado para contarle la verdad. Lucius se percató de la incomodidad del chico en cómo se alejó unos pasos y perdió el contacto físico. De repente, se sintió desprotegido sin su mano en el hombro.
—¿Tú lo sabes? —insistió, reduciendo la distancia que había entre ambos.
Aetheriel se alejó inconscientemente. Lucius amagó con seguirlo, pero esta vez mantuvo los pies firmes en el suelo. Frunció el ceño a la espera de que su amigo se percatara de que quería conocer la verdad.
—Decían que estaba maldito —suspiró, dándole la espalda. El silencio lo llenó todo durante unos segundos eternos—. Hace treinta años se produjeron sucesos muy extraños en esta escuela, Lucius.
De pronto, su tono se había vuelto sombrío, como si arrastrara la pena de un pasado que se había clavado en sus carnes pese a no haberlo vivido.
Cualquiera que tuviera memoria en Eileanor había escuchado hablar de los sucesos de la Academia.
Sin embargo, con el tiempo se habían revestido con tantas leyendas que los hechos habían pasado a ser mentiras maquilladas con tintes históricos.
¿Cómo de crudos llegaron a ser esos acontecimientos para que el propio Aetheriel pareciera tan aterrado?
—¿Cómo de extraños?
—Alumnos que desaparecían y se les daba por muertos, putrefacción en distintas estancias de la Academia, sensación de malestar, sombras, ruidos, pesadillas… Esto parecía un manicomio. Nadie quería permanecer aquí en esa época y, sin embargo, les obligaban.
—¿Por qué? —preguntó Lucius—. ¿Por qué alguien iba a hacer algo así?
—Porque había que preservar el estatus de la Academia a toda costa. No podían permitirse quedarse sin alumnos y se les ofrecían condiciones irrechazables a cambio de permanecer aquí. Todo por no haber sido capaces de asumir que lo que un día hicieron les conllevaría problemas.
—¿Qué tipo de… problemas ?
Aetheriel calló. ¿Hasta qué punto era buena idea sincerarse con Lucius al respecto? Sabía que debía permanecer callado, no revelar toda la información antes de tiempo, pero suponía que también necesitaba ganarse su confianza si quería meterlo en aquello.
—Cuando todo cambió hace treinta años, algunos de los alumnos comenzaron a experimentar circunstancias especiales .
Digamos que raras ante los ojos del resto…
El espacio y el tiempo no lo medían igual, parecía que su mente trascendía más allá de lo que cualquier mente corriente podía hacerlo…
Eran verdaderos prodigios y hubo quien intentó aprovecharse de ellos para llevar sus capacidades al límite.
—Otra pausa para tomar aire, para asimilar, para obligar a Lucius a creer—.
Era como si el arte de repente fuera magia para ellos.
Magia.