13 #3
Frederick no se lo pensó dos veces antes de seguir los pasos de su hermano.
Lukas arrastraba los pies sobre el suelo debido a la fatiga, apenas podía levantarlos un solo palmo.
Con una mano se apoyaba en la pared contigua y, como si empujara con el resto del cuerpo haciendo uso de todas sus fuerzas, continuaba hacia delante sin cesar.
Si hubiera querido, lo podría haber detenido en aquel mismo instante, en ese pasillo de la Academia donde nadie paseaba porque estaba destinado exclusivamente a la enfermería.
Para Frederick, habría supuesto un alivio.
Conocer la verdad a veces significaba perder lo que uno tenía y, por mucho daño que le hiciera, él no quería desprenderse de Evangeline.
Aunque la obsesión lo arrastrara y el dolor lo consumiera cada noche que no pasaba a su lado, sentir eso era mucho más gratificante que no sentir nada.
Temía que Lukas tuviera razón, que Evangeline solo fuera producto de su imaginación y de sus sombras y que, después de todo, tuviera que obligarse a olvidarla.
Aun así no lo detuvo. Sabía que era real, que alguien así no podía ser producto de sus pesadillas. Lukas tendría que rectificar sus palabras y reconocer que se había equivocado.
Y pese a la seguridad que tenía, no pudo evitar estremecerse cuando se detuvieron delante de los registros de la Academia.
Una puerta decorada con estatuillas de pequeño tamaño que sobresalían de la propia pared los separaba de la verdad que tanto querían conocer.
A su derecha, en un mostrador que tan solo se iluminaba gracias a una vela, un hombre los ignoraba mientras leía un libro.
—¿Podemos pasar? —preguntó Lukas, que pensó que acceder al registro les supondría un quebradero de cabeza.
Al señor que montaba la guardia no pareció importarle mucho, porque tan solo respondió con un alzamiento de hombros tras dar vuelta la página de la novela que tenía entre sus manos.
Lukas buscó una confirmación en los ojos de Frederick, que este le devolvió asintiendo.
Abrieron la puerta como si allí se guardara el mismísimo infierno y accedieron a una habitación repleta de estanterías y cajones que recopilaban las fichas de todos los alumnos que habían pasado por la Academia de las Artes Oscuras.
—Incluso la temperatura parece que ha descendido aquí dentro —comentó Lukas, que caminaba observando con atención las iniciales escritas sobre los cajones—. ¿Buscamos por la «E» o por la «F»?
—El apellido siempre primero —recordó Frederick—. Es la muestra de lo que somos, de dónde venimos…
—El legado familiar —concluyó Lukas. Había escuchado esa frase en la boca de su padre al menos un millón de veces. Sin duda, Frederick era un digno heredero al puesto de tutor familiar.
Lukas abrió el cajón marcado con la letra «F».
Los ficheros casi parecían interminables, colocados en una doble fila que dificultaba pasar de unos a otros con comodidad.
Dio una primera vuelta rápida en la que le pareció dejarse un par de nombres atrás.
Siempre repetía el apellido de la chica en la cabeza: «Fray, Fray, Fray, Fray…
». Frederick se impacientaba. Golpeaba el suelo sin cesar. «Fray, Fray, Fray…».
—¿Lo encuentras o qué?
Lukas le pidió silencio y, justo entonces, extrajo el fichero que buscaba.
—Evangeline Fray —pronunció enaltecido por haberlo encontrado—. Aquí tenemos todo lo que necesitamos saber.
—¿A qué esperas? —Frederick se lo arrebató de las manos.
Abrió la carpeta y se tomó unos segundos para interpretar lo que vio.
El pulso se le cortó, la piel se le heló.
Pestañeó varias veces para intentar enfocar la foto en blanco y negro de Evangeline en una de las esquinas.
Aunque le costaba creerlo, no cabía duda de que se trataba de ella.
Sus rasgos eran inconfundibles incluso en aquella foto deteriorada por el paso del tiempo.
Continuó leyendo la hoja en busca del dato que tanto deseaba hallar.
—¿Lo encuentras? —preguntó Lukas, pero no recibió respuesta—. Déjame a mí, Fred. Puede que yo sepa dónde está la fecha de…
Aunque Frederick no abrió la boca, el pánico que se apoderó de sus ojos fue suficiente para que Lukas se callara.
—¿Qué has visto?
Frederick cerró la carpeta y la tiró al suelo. Se marchó del registro sin despedirse y dio un portazo. Lukas se quedó allí pasmado. Nunca había sentido tanto frío como entonces, ni siquiera en sus pesadillas.
Agarró la carpeta y la abrió por la primera página. Debajo del nombre de Evangeline estaba registrada la fecha de su nacimiento y de su ingreso en la Academia.
—Evangeline Fray, nacida el ocho de febrero de 1718 de la Era Lunar, ingresó en la Academia de las Artes Oscuras el once de octubre de 1735 —susurró mientras leía los datos.
Evangeline había ingresado en la Academia hacía treinta años. Si la ficha no tenía ningún error, la chica de sus pesadillas tenía casi cincuenta años.
Sin embargo, el corazón se le aceleró cuando pasó la página y leyó el último dato que le faltaba por conocer sobre ella.
«Evangeline Fray falleció el 3 de enero de 1738 por causas desconocidas. Su cuerpo nunca se encontró».
Esta vez, a Lukas también se le cayó el archivo al suelo.
Los ojos se le llenaron de lágrimas y cada parte de sí temblaba incapaz de controlar las emociones que sentía.
¿Cómo era posible que Evangeline pareciera tan real si llevaba casi treinta años muerta?
¿Por qué coincidían sus fechas con los tenebrosos hechos sucedidos en la Academia?
¿Quién era la persona que había visto en sus sueños y pesadillas?
¿Quién era la que se aparecía en los diferentes rincones de la escuela?
¿Quién le había arrebatado el aire por las noches y le había hecho sentir cosas que creía imposibles?
¿Quién se estaba haciendo pasar por Evangeline Fray?
Porque esa era la única explicación para lo que estaba sucediendo.
O, en el peor de los casos, ¿por qué él y Frederick se habían encontrado con una persona que llevaba tres décadas muerta?