La sociedad de las almas malditas 13 #2
43%

13 #2

Volvió a abrirse paso entre la multitud, aunque esta vez el colega de Saúl Sullivan sí que le estaba esperando. No recordaba si su nombre era Peter, Pete, Percival o Penter, pero tampoco le importó.

—¿A dónde crees que vas? —Le agarró por el cuello de la camisa y lo intentó alzar en el aire—. ¿Acaso pensabas que te ibas a ir de rositas después de…?

Antes de que pudiera acabar la frase, Frederick le propinó un puñetazo que lo tumbó en el suelo. Los alumnos de alrededor ahogaron un grito. Sus amigos ni siquiera trataron de interponerse. Desde el suelo, el chico gimoteó y lanzó varios improperios al aire deseándole la muerte.

Lo que no sabía era que Frederick llevaba tiempo esperándola.

La enfermería de la Academia era un cuarto gris que absorbía la felicidad de quien lo pisaba.

La ventana de la pared daba a un patio interior que apenas filtraba la luz.

Sobre una cama de sábanas amarillentas, Lukas recuperaba poco a poco la conciencia.

Frederick lo observaba, sentado en una camilla próxima.

Balanceaba las piernas con un ritmo agresivo, incapaz de contenerse.

La enfermera se paseaba de un lado a otro del cubículo, con un batín blanco repleto de manchas de diferentes tonalidades, y un cuaderno del que iba tachando medicamentos al mismo tiempo que los recogía.

—Asegúrese de que tome esta medicación durante los próximos cinco días.

En el comedor, por las mañanas, le proporcionarán, además, un zumo natural que aliviará el dolor —explicó la enfermera antes de dejarle una bolsa con pastillas de color rosa a Frederick—.

Cualquier cosa que necesite, puede volver por aquí en horario de mañana o dejar un aviso en conserjería y acudiremos a su habitación para procurarle la atención necesaria.

—Gracias —respondió Frederick, tomando la bolsa—. Me encargaré de cuidar de él.

Esperó hasta que la mujer se marchó de la sala y los dejó a solas.

Frederick buscó los ojos de su hermano, pero chocó con sus párpados inamovibles y una respiración agitada que no parecía mejorar.

Frederick no se sacaba de la cabeza el momento exacto en el que había visto el cuerpo de su hermano tendido sobre la hierba.

Cuando salió a buscarlo, el frío le heló la piel.

Le sorprendía que no le hubiera provocado hipotermia.

¿Cuánto tiempo había pasado allí tirado? ¿Toda la noche? ¿Por eso no había regresado? ¿Ese era el tipo de cosas que sucedían si uno se saltaba el toque de queda? ¿O acaso no había sido una consecuencia directa? Tal vez… tal vez no había pasado la noche solo.

Un carraspeo ajeno interrumpió sus pensamientos.

Se levantó de la camilla y se irguió para recibir a Marinea Imperial.

La directora esperaba bajo el marco de la puerta, con las manos cruzadas a la altura del estómago y el semblante inexpresivo.

Sus ojos no tenían color ni emoción, no transmitían nada que no fuera una excelsa apatía.

Vestía una túnica negra perfectamente medida, con unos guantes a juego que cubrían sus brazos hasta los codos, donde comenzaban las mangas de su indumentaria.

—Directora Imperial. —Frederick hizo una reverencia.

Marinea pasó al interior, acompañada únicamente por la gelidez del ambiente. Cerró la puerta tras de sí y contempló a los hermanos. Lukas continuaba sumido en una ensoñación profunda. Frederick, aunque nervioso, se apoyó en la camilla contigua para aparentar una calma que no transmitía.

—Señor Bellavere… Lamento profundamente lo sucedido con su hermano. —Una cadencia pausada y carente de emoción en sus palabras, pese al mensaje—. Espero que se recupere pronto. Sabe que cuenta con los medios de nuestro centro para lo que necesite.

Frederick asintió, mudo.

—Por otra parte, no crea que he acudido aquí solo por su hermano —añadió, encarándolo—. La agresión sucedida en los pasillos de la escuela contra Peter Karagansky es inadmisible. En esta escuela, sancionamos con dureza cualquier acto de violencia física o verbal.

—Directora Imperial, yo… —Frederick buscó las palabras adecuadas para justificarse, pero casi agradeció que Marinea lo interrumpiera, porque de haberlo dejado hablar, tan solo habría servido para que se diera cuenta de que no sabía cómo justificar sus actos.

—El acto que ha cometido conllevaría la expulsión inmediata del centro en cualquier circunstancia —sentenció, aunque algo en la claridad de sus ojos le evidenció que las consecuencias no caerían a plomo sobre él—.

Por esta vez haremos una excepción, señor Bellavere.

Tómelo como una muestra de generosidad por el afecto que, aun a pesar de todo, guardo a su padre.

Frederick dejó escapar todo el aire que sus pulmones habían retenido por la tensión del momento. A lo largo de su vida se había enfrentado a tantos problemas por culpa de su padre, que jamás creyó que encontraría algo positivo gracias a él.

—Gracias, directora. Muchas gracias por esto. —Tuvo el impulso de apretarle las manos, arrodillarse ante ella y demostrarle lo que significaba ese gesto para él. Sin embargo, lo consideró inapropiado.

Marinea le restó importancia con un gesto de la mano, como si estuviera espantando moscas. Se dirigió a la salida, pero antes de desaparecer tras la puerta, añadió:

—Eso sí, necesito que se disculpe ante Peter Karagansky y que haga una serie de trabajos comunitarios para la Academia…

—Marinea se percató de cómo le cambiaba la expresión—.

No me mire así, Bellavere. Como entenderá, tampoco puede quedar impune la agresión, o el señor Sullivan sería el primero en alzar la voz y quejarse. Mi trabajo aquí es… mantener el orden.

Y se marchó antes de que Frederick pudiera replicar.

Al fin y al cabo, los trabajos comunitarios eran un castigo mucho más asequible que la expulsión de la Academia. Pero a partir de entonces debía andarse con ojo. Ningún miembro de la cuadrilla de Karagansky se lo quitaría a él.

Después de varias horas dormido, Lukas por fin pestañeó intentando recuperar la claridad de su visión. Se retorció sobre la camilla con dolor.

—Buenos días, príncipe —se burló, llevándose una mano al cuello para masajeárselo. Desde el agarrón con el amigo de Saúl, no había parado de cuidar la zona.

Lukas se incorporó sobre sus codos y se esforzó por enfocar la figura de su hermano. Le dolía todo el cuerpo, tanto los músculos como los pulmones. Al respirar, una quemazón le provocaba una tos irritante y seca.

—¿Fred? —No parecía haberse recuperado de sus pesadillas. Aún dudaba de que la realidad que tenía delante no le estuviera jugando una mala pasada.

Él asintió y rodeó la camilla para acercarse. Le apartó el pelo que le caía sucio y sudoroso sobre la cara y dejó a la vista la tez tan pálida y frágil que parecía la seda de un gusano a punto de romperse.

—Te estuve esperando —le recordó.

Las pupilas de Lukas se dilataron; apartó la mirada como si sintiera vergüenza. Los iris le viajaban de un punto a otro con una fugacidad digna de pájaro.

—Las pesadillas me atraparon —musitó. Agarró las sábanas y se palpó las piernas. ¿Estaba allí de verdad? Él mismo lo dudaba.

Frederick alzó una ceja y se cruzó de brazos.

—¿Fueron las pesadillas…?

—¿Qué quieres decir?

Una media sonrisa se dibujó en su cara.

—Tal vez, fue otra persona la que te atrapó durante toda la noche.

Los flashbacks se sucedieron en la cabeza de Lukas: el pueblo, el pozo rodeado de libros, Evangeline, la casa…

los gemidos, el ardor, el placer, el estallido de euforia que sintió al tenerla entre sus brazos y suspirar su nombre.

Todo se juntaba en su memoria. El sabor de su piel y el olor que desprendía su pelo, el filo de las uñas clavándose en su espalda o la presión que ejercía con los muslos sobre él.

Todo parecía tan real y lo llevaba tan clavado dentro que se negaba a creer que había sido un sueño.

—No sé quién crees que podría hacerme desaparecer toda una noche y provocarme esto.

—Se recorrió a sí mismo con los ojos y se abrió de brazos, recordándole a Frederick que ni siquiera sabía cómo había llegado a la enfermería y que su último recuerdo era el frío contacto de la hierba sobre la que lo habían encontrado inconsciente.

El rostro de Frederick, ensombrecido. El labio le tembló antes de pronunciar ese dichoso nombre.

—Evangeline… —Un anhelo que lo destruía por dentro.

—Evangeline no existe, Fred —sentenció Lukas antes de que pudiera añadir nada más.

El pulso de Frederick se desbocó.

—Eso es imposible. Tanto tú como yo la hemos visto.

—Es parte de nuestras pesadillas, de lo que nos persigue.

—No puede ser —replicó Frederick, incapaz de aferrarse a la verdad.

—Sabes que sí. ¿Qué otra explicación habría?

¿Qué otra explicación habría para que existiera un ser tan perfecto y destructor como ella? , se murió por decir.

—Si no me crees, te lo demostraré —aseguró Lukas, poniéndose en pie.

Aunque Frederick hizo el amago de volver a tumbarlo para que no forzara su estado de salud, el chico lo rebasó y se puso los zapatos—.

¿Quieres detenerme o conocer la verdad? Si estás preparado, sígueme.

Sé dónde podemos encontrar lo que buscamos.