La sociedad de las almas malditas 13
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Idris y Dandrew Bellavere fueron los mellizos más prósperos de la

Academia. Tras triunfar en el teatro y la música, fundaron su propio

Teatro Musical en Aberos que combinaba ambas ramas. Tras expandir su

Monte Alto a causa de sus pesadillas.

P asó la noche en vela esperando el regreso de Lukas.

Las horas se convirtieron en una condena. Por más que mirase el reloj de la pared, las manecillas no avanzaban. ¿Cuánto tardaba la manecilla corta en marcar la siguiente hora? ¿Por qué el sol parecía no querer salir?

Tic, tac.

Tic, tac.

Tic,

tac.

Tic.

Tac.

Tic.

Tac.

Aunque quería saltarse las normas del toque de queda, permaneció en la habitación hasta que la niebla al otro lado se disipó lo suficiente como para ver a más de dos palmos de distancia.

La claridad comenzó a dibujar el firmamento, azules diluidos entre el gris plomizo de las nubes, como si quisiera hacerse hueco en una oscuridad que lo llenaba todo.

Solo entonces, se levantó y se vistió con el uniforme de la Academia.

Puso un pie en el pasillo. Miró a ambos lados, desconcertado. No había rastro de Lukas por ninguna parte. Los alumnos caminaban dispersos, envueltos en conversaciones banales con sus compañeros.

Cerró la puerta tras de sí, y al momento encontró a Saúl Sullivan saliendo de la habitación de al lado.

El chico de metro noventa, piel de cuarzo revestida por pecas y un pelo dorado que siempre llevaba repeinado a la perfección hacia el lado izquierdo de la cara, donde la amplitud de su boca crecía, le dedicó una de sus sonrisas cargadas de alegría.

Hasta el momento habían coincidido en algunas asignaturas como compañeros de pupitre, aunque no habían intercambiado palabra más allá de pedirse prestado algún material de clase.

Saúl se sentaba en primera fila y siempre tenía la respuesta correcta, incluso cuando el profesor parecía querer corregirlo.

Era el hombre perfecto, el alumno perfecto; todo en él así lo parecía.

Destacaba en la oratoria y la literatura, aunque su fuerte era el teatro.

En las clases de interpretación, Frederick admiraba la facilidad que tenía para aprenderse los textos y anunciarlos a viva voz, como si el personaje naciera de sus entrañas.

Su personalidad era camaleónica, un maestro del disfraz en vivo, capaz de hacer real cualquier papel que interpretaba.

Frederick había intentado buscar grietas en esa dichosa perfección.

Cuando en un trabajo de literatura los sentaron juntos, hizo todo lo posible para encontrarle las cosquillas.

Había recurrido a su amplio conocimiento sobre autores de Eileanor y Westgard para poner en un compromiso al chico, que, sin ninguna dificultad, había salido del aprieto.

—¿Crees que podríamos hacer el trabajo sobre Elya Wholfgampton?

Elya era una autora que a lo largo de su vida había pasado por cuatro seudónimos diferentes para ocultar su género femenino en un mundo donde solo prosperaban los textos escritos por hombres.

Tras permanecer en el anonimato e, incluso, replantearse abandonar su mayor pasión, se marchó de Eileanor para probar suerte en otras regiones donde, a juzgar por los textos que han llegado sobre ella, no le fue del todo mal, aunque tampoco tan bien como se esperaba.

—Me parece perfecto. Tengo toda una enciclopedia dedicada a los autores de Eileanor que se marcharon del país para buscar suerte.

Creo que había un capítulo entero dedicado a ella por ser la primera artista en arriesgarse más allá de estas tierras —había añadido Saúl con el tono tan condescendiente que le caracterizaba.

Desde entonces, Frederick y Saúl se habían cruzado las veces necesarias para que ambos se saludaran categóricamente, aunque el primero siempre torciera el gesto justo después y el segundo continuara con una sonrisa burlona su propio camino.

—Buenos días —saludó Saúl, cerrando la puerta a sus espaldas.

—Buenos días —respondió Frederick sin ánimo.

Aunque nadie le invitó, Saúl echó a andar a la altura de Frederick.

—¿Todo bien? —preguntó antes de que el mayor de los Bellavere fuera consciente de que caminaría a su lado hasta llegar a la primera clase de esa mañana, ya que ninguno rompería el cordial y fortuito paseo—.

¿Preparado para continuar nuestro trabajo de literatura?

He encontrado un par de libros en la biblioteca que podrían servirnos para explicar el contexto artístico y social en el que Wholfgampton se marchó de Eileanor.

La realidad es que casi todos los artistas de su generación tuvieron que irse por unos motivos u otros.

Algunos en busca de fama; otros, para escapar de la censura que se había instaurado en estas tierras tras las guerras civiles de la misma década. ¿Sabes qué es lo mejor de todo?

No, Frederick no lo sabía. Tampoco quería saberlo, mucho menos si era él quien se lo explicaba.

Caminaba escuchando de fondo el murmullo de su voz, que sonaba como agua estancada intentando salir a presión por el primer resquicio que encontrara.

A cada paso que daba, estaba más pendiente del ruido que provocaban sus zapatos al golpear el suelo que de lo que Saúl estuviera contándole.

—Al parecer, Elya Wholfgampton se casó con un militar del bando sublevado.

En su círculo, se la criticó muchísimo y la marginaron.

Sin embargo, hay quienes comentan que ella solo se casó con él para asegurarse una vida digna en las cenizas que quedarían después de la guerra.

Te preguntarás: ¿por qué se marchó entonces?

Y ahí está el quid de la cuestión, querido Frederick.

Nuestra tesis puede girar en torno a los motivos del exilio.

¿Se marchó porque se sentía sola en una sociedad que la apartaba por haberse casado con un sublevado?

¿O se marchó por la culpa de dormir cada noche al lado de un asesino?

Frederick se pasó la lengua por los labios, un intento de humedecerse la boca después de la verborrea innecesaria de Saúl.

—Puede ser interesante. —Le sonrió con la misma falsedad con la que cada mañana se miraba al espejo prometiendo sentirse a gusto—. Podemos comentarlo en clase para ver qué opina el profesor Redcoon.

Le dio una palmadita en la espalda, animándolo a caminar por delante de él.

No sabía cómo desprenderse de su presencia.

Le irritaba que estuviera a su lado. ¿Por las comparaciones que él mismo hacía entre ambos?

¿Por la envidia que le daba la postura erguida y decidida con la que caminaba?

¿Por las miradas del resto de los alumnos que se clavaban en ellos a su paso?

Saúl Sullivan era un imán de atención y Frederick un chico que solo quería desaparecer ante los ojos ajenos.

Al llegar al aula, Saúl se detuvo a charlar con unos compañeros en la puerta. Aunque Frederick no le dijo nada, él añadió un sonoro:

—Bellavere, ahora nos vemos dentro. Puedes ir consiguiendo sitio cerca de la primera fila.

Por supuesto, incluyendo un guiño de ojo digno de un seductor de novela.

El profesor Trevor Redcoon llegó al umbral de la puerta casi al mismo tiempo que Frederick.

Vestía un abrigo largo de un marrón tan oscuro que se confundía con el negro.

Casi todos los docentes del centro llegaban a las aulas cabizbajos y sin motivación.

El trabajo parecía quitarles más de lo que les daba.

A Frederick tampoco le sorprendía. Aunque la Academia hubiera sido un lugar de culto en el pasado, y cualquier docente hubiera deseado trabajar en ella, los tiempos habían cambiado.

Sobre todo desde los sucesos de treinta años atrás.

Había quienes no tenían otra opción y preferían eso antes que nada.

Había quienes seguían creyendo que la ambición por el arte era suficiente como para perdonar todos los males de la Academia.

Frederick se detuvo para dejarlo pasar y el profesor aprovechó para comentar:

—He visto que sacas muchos libros de la biblioteca, Bellavere. —El tono era bueno, pero Frederick temió estar saltándose alguna norma sin saberlo—. Si quieres una buena recomendación, deberías leer Un cuento de lágrimas y sangre .

El profesor siguió su camino y dejó el maletín que transportaba sobre la mesa.

—Le haré caso, señor. En cuanto termine mi lectura actual…

Trevor asintió al mismo tiempo que limpiaba la tiza de la pizarra.

Cuando Frederick iba a pasar al aula, escuchó un comentario de Saúl Sullivan que, por una vez, sí le importó:

—Ey, Bellavere. ¿Ese de ahí no es tu hermano?

Aunque se le heló la sangre, no quiso darle importancia.

Llevaba toda la noche esperando el regreso de Lukas.

Si se había entretenido, seguro que había sido por un buen motivo.

Aun así, se giró con prudencia sobre sus talones y buscó con la mirada el punto exacto al que señalaba Saúl.

Para su sorpresa, no era en el pasillo abarrotado de estudiantes ni en las sinuosas escaleras, tampoco en los baños ni en un aula cercana.

Saúl y su grupo miraban más allá de las ventanas.

Muchos apuntaban hacia el suelo y se burlaban con carcajadas.

El bullicio fue llamando la atención de más alumnos, que se acercaron hasta generar un alboroto.

Frederick entonces sí avanzó entre la gente.

Al principio, los esquivó, chocando sus hombros contra los de ellos.

Se ponía de puntillas para mirar por encima de las cabezas que se aglomeraban frente a la vidriera.

Cuando empezaron a impedirle el paso, forcejeó, hasta casi tirar a uno de los amigos de Saúl Sullivan al suelo.

«¡Qué cojones haces, pardillo!», escuchó a su espalda, pero apenas le importó.

Posó la mano en el cristal, tan frío como los recuerdos de sus pesadillas. El vaho empañó la superficie delante de sus ojos. En el exterior, sobre el pasto húmedo de la mañana, Lukas yacía inconsciente.

—Joder —masculló.