La sociedad de las almas malditas 12
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Terendriel Imperial intentó clausurar la Sociedad de las Artes de Westgard

Un año más tarde, falleció por circunstancias desconocidas.

A manda volvió a quedarse a solas con sus pensamientos.

Cuando Lucius cerró la puerta, una parte de ella se culpabilizó por permitir que se marchara en mitad de la noche, con el toque de queda vigente.

Sin embargo, tampoco podía retenerlo. Un alma inquieta como la suya no se frenaba ante los obstáculos, seguía y seguía, aunque tuviera que arrasar con todo.

A ella le había costado entender que Lucius había crecido y era independiente.

Ya no quedaba rastro de ese niño de siete años que había llegado a la familia perdido y desamparado, necesitando la protección de tres desconocidos que decían ser sus nuevos hermanos y un padre ausente que guardaba una estrecha relación con su difunto padre.

Cuando Lucius ingresó en el seno del hogar, Amanda ejerció de madre.

Lukas y Frederick ya habían ejercido de hermanos mayores demasiado tiempo y no pretendían volver a preocuparse por nadie que no fueran ellos mismos.

No podía culparlos, los dos se encontraban en una etapa vital que les pedía autonomía y vivir , si es que esa palabra tenía algún tipo de sentido en su familia.

Le aliviaba saber que, a diferencia de sus otros hermanos, Lucius se mantenía en el buen camino.

¿Cuántas veces había odiado a Lukas o a Frederick por comportarse como críos?

¿Cuántas veces había admirado a Lucius por hacerlo como un adulto?

Comenzaba a pensar que el ser humano era una caja llena de sorpresas, una contraposición de todas sus partes que lo hacía volverse más infantil cuanto más crecía.

¿Acaso eso conseguían los daños que nos infligía la vida?

¿Destruir todo desarrollo para dar paso a una versión cargada de complejos que uno intentaba ocultar detrás de actitudes banales y despreocupadas?

Amanda se tiró sobre la cama y estuvo tres cuartos de la noche pataleando, dando vueltas y pensando. Había memorizado las muescas de la madera en el techo y, por si fuera poco, había repasado los últimos años de su vida al menos unas cien veces. ¿Cómo había llegado hasta allí?

Nunca sabía si preocuparse por la infancia que Rembrandt les había robado, obligándolos a viajar de ciudad en ciudad de Eileanor, escapando de un mal que ellos no habían elegido; o centrarse en las pesadillas que habían visitado noche tras noches a Frederick y a Lukas y les habían enseñado a todos a estar preparados para combatir sus peores miedos.

—Han crecido, te aseguro que desde que estamos aquí las pesadillas son mucho más recurrentes —le había asegurado Lukas durante una de las comidas después de clase. El chico tenía unas ojeras que le cubrían la mitad de la cara y el rostro tan pálido que parecía enfermo.

Amanda nunca había tenido que lidiar con las pesadillas, más allá de lo que lo haría cualquier persona normal, y eso para ella era un alivio y una condena. ¿Por qué sus hermanos estaban tan castigados por el mismo mal que aquejaba a su padre mientras ella y Lucius escapaban de esas sombras?

Prefería no pensarlo porque cuanto más pensaba más se le oprimía el pecho, y cuanto más se le oprimía el pecho menos podía dormir. Todo era una espiral, un bucle; una sucesión de problemas que cargaba a la espalda y que le provocaba una fatiga que arrastraba durante el resto del día.

Intentó cerrar los ojos para dormir. Miles de imágenes bombardearon su cabeza: su adolescencia en una ciudad donde nunca encontró su sitio, su infancia huyendo de un lugar a otro, su juventud encerrada en una Academia que poco a poco acabaría por consumirla al igual que a sus hermanos.

Abrió los ojos y los clavó en la pared contigua. Los llantos de Miry Amber no se escuchaban desde hacía horas. Sin embargo, Amanda estaba convencida de que ella tampoco podría conciliar el sueño en una noche como esa.

Se incorporó de la cama como si sus huesos fueran mariposas que echarían a volar desprendiéndose de su piel al pisar el suelo.

La fragilidad de las pisadas era digna de un ballet .

Nunca se había sentido tan inestable. Se apoyó en la pared que conectaba con el cuarto de Miry y se dejó caer, con la espalda pegada al ladrillo.

Una vez que estuvo sentada, se mantuvo unos minutos callada para comprobar si así percibía la respiración de Miry.

Nada.

No se escuchaba nada al otro lado.

Entonces, no supo si el silencio la alivió o la condenó. ¿Y si lo que deseaba era escuchar los sollozos de Miry? Comprobar, de alguna manera, que ella no era la única rota en una Academia a la que cualquiera desearía pertenecer.

Estás en uno de los centros más prestigiosos de todo Eileanor , se repetía día tras día, cuando sentía que su lugar no se encontraba allí, cuando se preguntaba por qué no se había negado a acudir a un centro maldito, cuando se daba cuenta de que los males de su padre solo eran una pequeña porción de lo que tendrían que soportar en ese centro.

Por mucho que adorase el arte y todo lo que tenía que ver con las leyendas de Westgard, ¿le satisfacía continuar encerrada en un lugar así?

Temía haber tomado la decisión equivocada, aunque nunca le habían dado opción.

Temía encerrarse entre paredes que un día ocultaron desapariciones y asesinatos, y ahora cargaban con el peso de las sombras que parecían revolverse en la noche.

Temía que nunca la aceptaran por su apellido.

Bellavere, Bellavere, Bellavere.

Y si temía tantas cosas, ¿por qué entonces sentía que estaba desaprovechando la mejor oportunidad de su vida?

Nunca había tenido un hogar y, sin embargo, ahora que podía establecerse en un sitio donde prosperar, casi parecía que no quisiera hacerlo.

Era ilógico pero razonable. A su alcance, hallaba todo cuanto siempre había deseado que le concedieran las estrellas: alejada de Rembrandt, en un lugar donde la música era importante, rodeada por sus hermanos… no podía pedir nada más.

¿Por qué entonces no era feliz?

¿Por qué la pena inundaba sus ojos?

¿Por qué el pecho se le encogía?

¿Por qué el estómago se le retorcía?

¿Por qué?

¿Por qué?

¿Por qué?

Bellavere.

Bellavere.

Bellavere.

El llanto volvió a vencerla. Las lágrimas escaparon descontroladas e intentó recogerlas con sus propias manos. Hundió la cara en ellas y se esforzó por respirar. Los mocos le taponaban las fosas nasales y cada vez perdía más el control de la tristeza.

¿Cómo era posible que sintiera el pecho tan vacío y al mismo tiempo le doliera tanto?

Entonces, escuchó un par de golpes en la puerta.

Alzó la cabeza, los ojos aún empapados en lágrimas.

¿Podía ser posible? No, no lo era. La luna iluminaba el cielo, la medianoche reinaba; el toque de queda impedía que cualquiera pudiera estar allí, parado al otro lado de la puerta esperando a que ella abriera.

Sin embargo, los golpes volvieron a sonar.

Durante unos segundos, Amanda dudó si levantarse a comprobar quién llamaba.

¿Y si se trataba de las sombras que habían perseguido a Frederick y a Lukas en sueños?

Las leyendas sobre los monstruos que rondaban la Academia durante las noches eran tantas que no quería ser ella la que descubriera a un espectro al otro lado de la pared.

Aun así, más movida por la curiosidad que por el miedo, se incorporó y caminó con la mano extendida hacia el pomo. El corazón le latía con prisa. Aunque los mocos le taponaban las fosas nasales, respiraba mejor que antes.

—¿Sí? —preguntó al agarrar la manilla. El pulso le temblaba aun aferrada al metal.

—No me he equivocado de habitación… eres Amanda, ¿verdad? —Reconoció la voz al otro lado, aunque no podía creérselo. Los hipidos le impedían pronunciar más de dos palabras seguidas—. Soy Miry, tu compañera de al lado. Te he escuchado llorar y… quería asegurarme de que todo estuviera en orden.

El silencio se adueñó del espacio que habían creado, de los centímetros de separación entre ambas, de las respiraciones y los pensamientos.

Amanda sintió que el corazón se le paraba, que el llanto le aumentaba, que necesitaba dar una respuesta pero las palabras se le quedaban atravesadas en la garganta.

—No quiero incomodarte —continuó al otro lado de la puerta—. Ni siquiera tienes que responder si no te sientes cómoda. Solo… solo quería decirte que sé cómo te sientes… y que puedes contar conmigo para lo que necesites.

Aunque Amanda hubiera deseado abrir esa puerta, algo se lo impedía.

No se trataba de que no confiara en Miry o de que quisiera que se marchara de allí.

No, no era eso. De hecho, deseaba lo contrario.

Sin embargo, la vulnerabilidad con la que sus miedos revestían sus inseguridades la hacía sentir más frágil que nunca.

Del mismo modo que le había pasado todas las veces que Amanda le había tendido la mano y se había acercado a ella en la Academia, el miedo volvía a tirar de ella para vencer en esa lucha contra sus deseos.

Quiero dejarte pasar y tener a alguien que me escuche , pensó.

No quiero seguir estando sola.

Necesito a alguien que me entienda. ¿Tú serías capaz de hacerlo?

Y pese a saber que cada uno de sus problemas podría resolverse abriendo aquella puerta, seguía sujetando la manilla firmemente, consciente de que cualquiera que entrara a su interior acabaría conociendo la inestabilidad de su mundo, el poder de sus miedos, la gravedad de lo insignificante que se sentía cuando alguien conocía aquello que la atormentaba.

¿Por qué si sus miedos eran tan reales tenía que sentirlos tan nimios en comparación con los de los demás?

Había crecido entre broncas y charlas que le recordaban lo afortunada que era por tener una casa, una familia, ropa y comida; había visto cómo otros morían en las calles o tenían que luchar por ganarse su pan.

Y si ella no había atravesado nada de eso, si su mayor dificultad había sido encajar en un mundo donde el resto de personas eran tan distintas, ¿por qué iba a llorar?

Le habían enseñado a reprimir sus emociones y contar hasta diez antes de decir lo que se le pasaba por la cabeza; a reservarse cada duda para no quedar como una ignorante; a guardar en un frasco cada miedo para no parecer cobarde.

«Apariencias, querida; apariencias. Este mundo se rige por ellas y cuanto antes aprendas a crear la tuya propia, antes podrás escalar en la sociedad», le había dicho su padre cuando era pequeña.

Pero ella no quería encajar ni ascender ni progresar ni nada por el estilo.

Solo quería ser ella, tal vez porque nunca la habían dejado ser.

—Estaré en la habitación de al lado por si necesitas algo… Ya es tarde y la señora Arch me echará la bronca si me encuentra aquí.

La puerta se abrió de golpe. Miry apenas había tenido tiempo de girarse.

—Espera. —Amanda le agarró la muñeca, la piel le ardió ante su tacto—. ¿Puedes quedarte un rato más?

Miry asintió y se giró hacia ella.

Por primera vez, dos miradas que nunca tendrían que haberse alejado coincidían en el mismo espacio. Esta vez, Amanda no huiría. En pijama, delante de su puerta, Miry parecía mucho más accesible que cuando se la cruzaba con el resto de su grupo.

—Todos los que necesites.