La sociedad de las almas malditas 11 #2
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Lucius desvió la mirada hacia la ventana y buscó refugio en el exterior.

¿Cómo enfrentarse a una pregunta que ni él mismo tenía claro por dónde empezar a responder?

¿Debía hablarle de Aetheriel y lo bien que había conectado con su compañero de pupitre?

¿O sería mejor obviarlo y dejar pasar aquellas dudas que le rondaban la cabeza?

Si no las manifestaba, no se harían reales.

Seguirían allí: escondidas en ese lugar al que nadie más que él podía acceder.

Seguirían allí esperando un momento para salir a flote y atormentarlo.

Pero no serían reales. No mientras él no quisiera que lo fueran.

—No hay nada que te pueda interesar. Las clases han ocupado mis días al completo. Estoy centrado en las materias, en sacar la mejor nota posible y aprovechar el conocimiento que me brinda la Academia para mejorar.

La mentira se detectaba en la solidez con la que pronunciaba las palabras.

Demasiado rígidas, demasiado artificiales…

como si se tratara de un discurso aprendido que trataba de repetir para evadir lo que de verdad sentía.

Los ojos se le envolvieron en una manta cristalina, amenazando con llorar en cualquier momento.

Lucius no se derrumbaría delante de Amanda, por eso seguía con la vista fija en un punto externo, luchando contra su propio cuerpo para retener aquello que lo atormentaba.

—No sé quién piensas que soy, pero no va a ser a mí a quien engañes. —Amanda se levantó de la cama y se acercó para abrazarlo—. Soy tu hermana, Lucius. Te conozco tan bien como a mí misma. De hecho, me atrevería a decir que, incluso, te conozco mejor que a mí. ¿Qué es lo que te preocupa?

A Lucius las palabras se le atravesaban en la garganta y le quemaban la piel. Deseaba soltarlo, quitarse la carga que llevaba arrastrando desde los primeros días que conoció a Aetheriel. Tragó saliva antes de devolverle una mirada repleta de pena, miedo y emoción.

—¿Alguna vez has tenido miedo de sentir?

Amanda lo miró con más atención, giró la cabeza y esperó a que continuara.

—¿Alguna vez has tenido miedo de empezar a sentir algo por una persona y que eso no fuera correspondido?

A ella le habría encantado decirle que nunca se había permitido el lujo de sentir nada por nadie porque para ella eso significaba debilidad, dolor y sufrimiento a la larga.

Le costaba confiar en las personas, en su entorno y generar vínculos con cualquiera que pudiera lastimarla.

No quería ser cruel y no sabía si sería de ayuda para Lucius, pero, sin duda, ella no era la persona adecuada para hablar sobre sentimientos y decepciones.

Su corazón estaba blindado, intacto y lleno de tristeza. Pero al menos permanecía intacto.

—Creo que es normal sentirse así —respondió de todos modos, sabiendo que no le sería de demasiada ayuda—. El miedo es intrínseco a las personas. Crece dentro de nosotros durante toda nuestra vida, nos acompaña y nos acecha cuando estamos a punto de tomar una decisión importante.

—¿Y cómo puedo desprenderme de él?

—No puedes. Tan solo aprendes a convivir con él: a tomarle la mano cuando quieres saltar para que te acompañe y no te retenga, a abrazarlo por las noches y dormir sabiendo que lo que llegará al día siguiente podrá salir mal pero lo harás igual.

El miedo es un compañero. No siempre agradable, mas igual de necesario.

Todo el mundo lo sufre. Al final, lo que marca la diferencia es cómo convives con él.

Lucius aceptó de buen agrado el consejo de Amanda. Se secó las lágrimas y se colocó bien la chaqueta del uniforme. Cuando echó a andar hacia la puerta, Amanda no intentó detenerlo, pese a saber que salir al pasillo con el toque de queda era algo prohibido en la Academia.

—¿A dónde vas? —le preguntó para asegurarse de que no cometiera una estupidez.

—A dar un paseo con mis miedos.

Lucius llegó a su cuarto antes de que el ama de llaves se lo encontrara deambulando. Apenas unos metros separaban la habitación de Amanda de la suya y, aun así, el miedo que había pasado recorriendo la perturbadora tranquilidad del pasillo no era comparable con nada que hubiera vivido antes.

Al cerrar la puerta, dejó caer el peso de su cuerpo sobre ella y suspiró, liberándose de la carga que lo angustiaba.

Ni siquiera se molestó en ponerse el pijama antes de tirarse sobre la cama. Pasó unos minutos mirando al techo, con las manos entrelazadas a la altura del pecho. Las ideas se le sucedían por la mente: la conversación con Amanda, los miedos que lo atormentaban, su relación con Aetheriel…

Se levantó de la cama y agitó la cabeza como si quisiera desprenderse de todos esos pensamientos.

Miró por la ventana y vio lo que llevaba toda la noche buscando: había luz en el cuarto de Aetheriel.

El cristal, abierto de par en par, dejaba ver una habitación repleta de libros.

Desde su posición, Lucius solo podía ver las piernas del chico estiradas sobre la cama.

¿Se habría quedado dormido sin apagar la vela? ¿O acaso estaría leyendo?

Miró un folio que tenía sobre la mesa y pensó en lanzar un pájaro de papel con un mensaje escrito.

Alejó ese pensamiento tan pronto como se dio cuenta de que jamás conseguiría colar el maldito avión por la ventana de Aetheriel.

¿Qué pasaría si fallaba y entraba por la ventana equivocada?

¿Y si acababa en las manos de un profesor?

¿¡De la propia directora!? Las consecuencias podrían ser terribles.

Sin embargo, recordó las palabras que un día le había dedicado Aetheriel: «Solo tienes que creer muy fuerte en algo para que sea posible».

¿Y si esa era la clave?

Creer.

Confiar.

Palabras tan simples y tan fuertes. Si aún quedaba algo de magia en Westgard, probablemente residiría en esos dos conceptos.

Vamos, Lucius. Confía en ti , se dijo a sí mismo.

Agarró la hoja y escribió un mensaje:

El día se me ha hecho tan largo que la noche parece

intransigente. ¿Mañana crees que podremos vernos? - L.

Dobló el papel con precisión milimétrica hasta formar un pájaro. No aparentaba mucha estabilidad, pero tan solo tenía que volar en línea recta hasta atravesar la ventana. Podía hacerlo.

Flexionó el brazo hasta en seis ocasiones antes de soltarlo.

Lo hizo con la certeza de que llegaría y los miedos de que caería.

Lo más importante es que lo hizo. El pájaro surcó los cielos con irregularidades, pero acabó entrando en la habitación.

Aetheriel se incorporó de la cama para recogerlo y, al leer el mensaje, miró al exterior.

Lucius lo saludó desde su cuarto. Estaban lo suficientemente cerca para reconocerse, lo suficientemente lejos para que la distancia les doliera.

Aetheriel no tardó en agarrar un lápiz y escribir sobre él. Unos segundos más tarde, el pajarito de papel realizó el trayecto contrario y aterrizó con éxito en las manos de Lucius.

¿Tú también estás cansado de las normas? Por las noches sería más

fácil encontrarnos. Además, tengo algo que mostrarte. ¿Te ves

capaz de escabullirte hasta la antigua biblioteca? Está en la

planta baja de esta ala - A.

Lucius asintió y le hizo un gesto afirmativo con el pulgar hacia arriba. Ambos cerraron sus respectivas ventanas.

Sus vidas estaban a punto de cambiar.