La sociedad de las almas malditas 11
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Krystan Coolman se suicidó dos años después de graduarse en la Academia

de las Artes Oscuras. Aunque todos alegaban que era feliz, encontraron

decenas de escritos en los que reflejaba la soledad que sentía.

L ucius miraba a través de la ventana intentando discernir algo en la oscuridad.

A veces, no solo descubría formas curiosas en las sombras, sino que también le devolvía la esperanza ver cómo la luz de la luna brillaba pese a que las tinieblas lo consumieran todo.

A veces, él se sentía así también: un halo de esperanza en mitad de un gran desierto oscuro donde las ilusiones quedaban enterradas y solo permanecían los sueños.

Ay, los malditos sueños… , pensó. ¿Cuántas veces le habrían arruinado la vida a los de su familia?

Amanda lo observaba desde la cama con las piernas cruzadas y las manos apoyadas sobre ellas. El toque de queda no les permitiría abandonar el cuarto hasta que los primeros rayos del sol volvieran a salir. Y hasta ese momento, Lucius se había ganado toda su atención.

—Bueno, ¿y sobre qué querías que habláramos? —preguntó Amanda, que cambió varias veces la postura de sus piernas hasta encontrarse cómoda sobre la cama.

Lucius apartó la mirada de la ventana y le dedicó su atención.

Hacía tanto tiempo que no se enfrentaba a una conversación de aquel tipo que ya se le había olvidado cómo debía continuarla.

No quería hablar de sí mismo, se negaba a tener que mostrarle al mundo —aunque el mundo en ese instante solo fuera ella— las preocupaciones que le asolaban sobre Aetheriel y el vínculo que estaban tejiendo entre los dos.

Era la primera vez que Lucius sentía algo así, la primera vez que se exponía a un bombardeo constante en el pecho que arrojaba dudas sobre su corazón y le alteraba los pensamientos.

Porque Lucius no había tenido demasiadas amistades a lo largo de su corta vida, pero las que había tenido no se habían parecido a esa.

No sabía explicarlo… pero era como si existiera algo más, un vínculo invisible que los unía desde el momento en el que se habían presentado. Un magnetismo irremediable que amenazaba con destruirlos cada vez que se separaban.

Lucius siempre quería volver a Aetheriel.

Hablar con él, estar con él, verlo a él, olerlo a él… hasta la mayor nimiedad le resultaba un mundo con él.

—¿No quieres empezar contándome qué hacías dormida en el pasillo? —Alzó una ceja, provocativo. Por más que le diera vueltas, no se le ocurría nada que la hubiera llevado a aquel punto.

—Es una tontería… De verdad, no merece la pena.

—Si vamos a hacer una noche de pijamas, lo mejor será que ambos tengamos cosas que contar. No es justo que solo yo traiga… información .

Ella sonrió con ternura. Lucius imaginó que lo hacía al recordar las noches que habían pasado de pequeños jugando a hacer acampadas dentro de casa.

En lugar de dormir en las habitaciones, Lucius y ella aprovechaban el profundo sueño de su padre para escabullirse al salón con un par de mantas y refugiarse debajo de ellas como si fueran un fuerte.

La madrugada se les pasaba entre risas y cuchicheos, secretos compartidos que nunca salían a la luz y, de vez en cuando, alguna regañina del resto de su familia por armar tanto escándalo.

Hacía tiempo que Amanda y Lucius habían perdido esa complicidad inocente que los unía.

Lucius no culpaba a su hermana porque sabía a la perfección que ella solía ser lo suficientemente consecuente como para culparse a sí misma por los dos.

No es que hubiera perdido la confianza en su hermano, tan solo no sentía que estuvieran atravesando lo mismo.

Quizás ese fuera el mayor mal de Amanda: estar en un rango de edad perdido entre todos sus hermanos.

Frederick y Lukas parecían demasiado preocupados por asuntos de mayores y se habían vuelto unos cretinos, mientras que Lucius aún era un adolescente que no tenía por qué madurar antes de tiempo, aunque en gran parte ya lo hubiera hecho.

—Se trataba de Miry Amber —explicó Amanda. Al percatarse de cómo su hermano fruncía el ceño al escuchar el nombre, negó con la cabeza—. No importa que no la conozcas. Simplemente es una chica… una chica que vive en la habitación de al lado.

—Deberíamos bajar la voz entonces —apuntó Lucius, que se separó de la pared y se acercó más a Amanda para poder escucharse entre susurros.

Las mejillas de Amanda se colorearon al darse cuenta de que la privacidad que existía entre aquellas paredes se había vuelto relativa y que ella podía escucharlo todo.

—Sí, deberíamos —suspiró antes de retomar la explicación—. La oí llorando. Era un llanto profundo, roto.

—¿Como cuando la pena te invade tanto que ocupa el lugar de la felicidad y los sueños?

A Amanda nunca dejaba de sorprenderle el mundo interior de su hermano pequeño. Si tan solo Lukas o Frederick tuvieran la mitad de sensibilidad que él…

—Exacto. Me produjo una tristeza inmensa que no soy capaz de entender… pero, de alguna manera, quería permanecer junto a ella. Me apoyé en la pared y, poco a poco, caí. Me quedé dormida escuchando sus lamentos como si fueran los míos y ahora… ahora no sé qué debería hacer.

—¿Sois amigas?

—Coincidimos de vez en cuando, pero solo hemos hablado una vez… —Prefirió omitir el detalle de que había sido en las duchas. El recuerdo le enrojecía las mejillas—. No es que ella no lo haya intentado, es que a mí me ha dado pánico.

Lucius negó con la cabeza. Amanda nunca cambiaría esa forma de ser tan particular que la llevaba a aislarse incluso cuando todos pretendían acercarse a ella.

—¿Sabes algo de ella? —insistió Lucius—. ¿Qué le gusta hacer? ¿Dónde pasa el tiempo? ¿Su grupo de amigas?

Amanda encogió los hombros.

—Es muy inteligente y guapa. Bastante popular —reconoció—.

Siempre la veo bien rodeada por los pasillos, con esa Luz Vionni que parece haber heredado el mundo desde su nacimiento.

En las clases que coincidimos, suele sentarse sola.

Sus amigas hablan demasiado y no atienden…

Ella, en cambio, parece que siempre quisiera superarse.

Es atenta, participativa… Tiene una respuesta para cada pregunta del profesor.

Si como artista es tan buena como lo es como alumna, tiene un brillante futuro por delante.

Lucius se tomó unos segundos para reflexionar.

—Quizá necesite un poco de contacto real… Ya sabes: alguien que de verdad quiera acercarse a ella y se interese por sus motivaciones reales, no por la imagen que desprende.

Amanda dibujó pequeños surcos sobre las sábanas de la cama. Repitió el movimiento circular con el dedo hasta que formó un círculo perfecto.

—No entiendo lo que quieres decir. ¿Crees que sus amigas no son reales?

Amanda recordó uno de los días en los que, al salir de la clase de música, Miry parecía discutir con Luz Vionni y el resto de su grupo.

No llegó a escuchar mucho, pero le dio la sensación de que Luz recriminaba que Miry siempre fuera tan aplicada en las clases porque les hacía quedar mal a las demás.

—Krystan Coolman, uno de los autores más conocidos del siglo pasado…

—Sé quién es Krystan Coolman, enano —interrumpió Amanda la explicación de su hermano.

—Krystan Coolman —repitió— escribió justo en su momento de mayor éxito: «No hay nada tan solitario como sentirse rodeado cuando lo tienes todo, porque nunca sabes si el interés es genuino o viene acompañado de intenciones». Quizás a Miry le pase lo mismo.

El éxito era una escalera en la que cada peldaño te acercaba más a los logros de una vida pero también a la soledad. ¿Los que sujetaban la parte baja podían considerarse amigos o solo eran depredadores que deseaban verte caer para ocupar tu lugar?

—¿Y cuál es tu consejo?

—Habla con ella. Apórtale algo de realidad. Creo que es lo mejor que podemos hacer por la gente: tratarlos como humanos.

Era algo tan simple que casi parecía imposible.

El principio más básico se desdibujaba entre el interés y el beneficio propio, entre la súplica y los ruegos de quienes deseaban más de lo que tenían y utilizaban a otros para obtener sus fines.

En un mundo cargado de avaricia, ¿qué les quedaba a los corazones puros?

Solo la desconfianza, la superficialidad y el anhelo de algún día ser correspondidos con una dosis de verdad.

Lucius conocía bien a su hermana. Sabía que nunca se le había dado bien entablar vínculos con las personas.

Sin embargo, veía en sus ojos la necesidad de ayudar a Miry.

¿Tal vez porque ella había sido la primera en darle un empujón anímico a su llegada a la Academia?

¿A lo mejor porque por primera vez en su vida alguien se le había acercado y no la había mirado por encima del hombro ni la había tratado como un bicho raro?

Estaba acostumbrada a las miradas ajenas, a las risas a la espalda, a los comentarios sobre su aspecto y sus gustos.

Todo lo relativo a ella siempre estaba rodeado de crítica, sarcasmo y bromas pesadas.

No ha hecho nada por ti , se repetía a sí misma. Y aun así, ya es más de lo que nadie ha hecho nunca por ti .

—Bueno, ¿y qué hay de ti? Has estado desaparecido esta última semana.

—Intentó desviar el tema a otra parte. Ya habían hablado suficiente sobre ella y sus preocupaciones, también deseaba saber qué había sido de la vida de Lucius y por qué parecía haberse convertido en otra persona desde que habían llegado a la Academia de las Artes Oscuras.

¿Acaso él sí había encontrado su lugar allí?

Uno en el que pudiera brillar con la luz propia que lo caracterizaba y no tuviera que esconderla entre las sombras de una familia que se fragmentaba cada día más por culpa de un pasado revuelto que algún día acabaría por estallar.