La sociedad de las almas malditas 10 #3
36%

10 #3

Cuando el pitido cesó, se encontraba solo en un lugar que no reconocía.

Ni el ángel ni el libro ni la Academia permanecían allí.

Se incorporó y se llevó una mano a la frente para paliar el dolor de cabeza que le había producido el estruendo.

Bajo sus pies, un camino de tierra lo guiaba hasta la entrada de un poblado humilde.

A simple vista, las casas eran bajas, en su totalidad hechas con materiales pobres y ordinarios, colocados con poco cuidado y atención.

Las grietas eran visibles en las paredes y la falta de pintura era más notoria por culpa de la humedad que levantaba la poca que quedaba.

Lukas echó a caminar por una calle principal que era algo más ancha que las callejuelas que crecían irregulares a partir de esta.

En el centro de la aldea, había un pozo rodeado de libros viejos.

Algunos podía reconocerlos por haberlos visto en la biblioteca de la Academia, otros no eran ni siquiera conocidos de oídas.

Se acercó al pozo con cuidado. A su alrededor había tantos libros lirados que temió pisar algún ejemplar y dañarlo. No sabía si era buena idea asomarse, pero aun así hizo el amago de mirar en el interior. Solo había oscuridad y vacío, y no sabía cuál de los dos llenaba más aquel lugar.

—Veo que por fin has venido. —La voz a sus espaldas le asustó lo suficiente como para dar un pequeño brinco y girarse. Se agarró con las dos manos al borde del pozo para mantener el equilibrio. Sin embargo, un par de libros, depositados allí, cayeron al interior.

—Evangeline.

Pronunciar su nombre fue asumir un pecado en voz alta.

La alumna estaba delante de él. No vestía el uniforme de la Academia, sino una camisa vieja que le quedaba grande y un pantalón manchado por el barro. Con esa apariencia, se asemejaba más a una granjera que a una estudiante de la escuela más longeva de Eileanor.

En la lejanía, Lukas distinguió la majestuosidad de la Academia de las Artes Oscuras.

Se encontraba lo suficientemente lejos de la montaña como para que pareciera que había un mundo de por medio, pero lo bastante cerca como para contemplar la belleza de sus siete torres incluso desde allí.

Se revistió de tormentas y lluvias, de nubes que la atravesaban gracias a sus dimensiones hasta quedar envuelta en ese paisaje mágico.

Lukas hubiera deseado tener su pincel y una hoja a mano para recrear la terrorífica belleza con la que la Academia devoraba los males y los volvía suyos.

Esa inusual y terrible forma de destacar en un conjunto oscuro, convirtiendo el miedo en algo hermoso.

—Pensaba que nunca vendrías a verme. —Evangeline caminó hasta acercarse a él.

No le importó pisar los libros que había en el suelo.

Hizo el amago de tocarle, aunque tan solo se quedó en eso.

Le rodeó con la mano extendida hacia él, a escasos centímetros de su cuerpo.

Era como si quisiera analizarlo, pese a que era él quien no lograba creer que ella fuera real.

—Te he buscado —aseguró Lukas, incapaz de moverse—. En la Academia, en cada pasillo y en cada sueño… ¿Dónde estabas?

Evangeline sonrió y se paró delante de él.

Siempre he estado aquí. —Acercó la mano hasta colocársela delante de la cara—. Justo aquí.

Cuando apoyó el dedo en la frente de Lukas, todo se desvaneció.

Lukas abrió los ojos y apareció en el interior de una casa.

Las paredes eran blancas y el frío le congelaba el cuerpo.

Al respirar, el vaho que expulsaba por la boca le hacía creer que estaba ardiendo por dentro y se trataba del humo de un incendio mucho mayor.

La sala solo la decoraban un sofá y una mesa. Como el resto del pueblo, las paredes tenían la pintura agrietada y no parecían haber vivido su mejor época.

—Bienvenido a mi casa, Lukas Bellavere —dijo Evangeline, que apareció detrás de él y le rodeó el torso con los brazos. Podía sentir su aliento en la nuca, justo detrás de la oreja, lo que le provocaba escalofríos que era incapaz de contener.

—¿Tu… tu casa? —Lukas tembló bajo su tacto.

—Yo nací aquí. Siempre he querido morir aquí.

¿No te parece hermoso regresar al lugar al que perteneciste?

De las entrañas de la tierra que te vio crecer, crearé huesos, carne y vida que algún día volverán a esparcirse para crear un nuevo ser .

—Ante la perplejidad de Lukas, Evangeline añadió—: No me hagas caso, es un pasaje de un libro antiguo que leí una vez.

Lukas agarró las manos de Evangeline. Si su tacto era tan frío, no entendía por qué le quemaba tanto.

—¿Por qué me has traído aquí? —Aunque la pregunta que se le pasaba por la cabeza se asemejaba más a «¿por qué has huido de mí?».

—Porque teníamos un asunto que zanjar.

Lukas pensó en Frederick, en todo cuanto su hermano le había contado acerca de Evangeline y los sentimientos —dudas o como quisiera llamarlo— que le despertaba.

Pensó en la cantidad de veces que se había materializado en sueños y se había vuelto a marchar con las pesadillas.

Creyó estar volviéndose loco cuando Evangeline le agarró la cara entre las manos y lo giró hacia ella.

También cuando se fijó en cómo los labios de ella se abrían poco a poco para recibirlo mientras los iris le cambiaban de color entre el negro más puro y el verde más hipnótico.

Solo entonces, al sentir las uñas de ella rasgando sus mejillas, se permitió deshacerse de las ataduras que cargaba. ¿Qué importaban las pesadillas? ¿Qué importaban las preocupaciones? ¿Qué importaba Frederick?

Solo podía pensar en ella.

Solo quería sentirla cerca.

Solo quería que sus sueños fueran más reales.

Solo quería evitar esa sensación de sentirse solo . Como se había sentido durante toda su vida.

Y entonces la recibió como a la caricia de una brisa que desliza el pelo y se convierte en huracán.

El incendio en él se hizo más grande, más fuerte, más voraz.

Le enterró los dedos en el pelo y ella se le colocó encima, dejándose llevar por la intensidad del momento.

Los labios le sabían a dolor, y la piel, a penas y sombras.

Arrancó de su boca varios gemidos con los que creyó que nunca volvería a soñar.

Ella se aseguró de que bajo la presión de su cuerpo nunca más volvieran a separarse, por difícil que fuera.

—Evangeline… —suspiró Lukas contra su hombro.

Ella lo miró mientras se deshacía dentro de su cuerpo.

—No vuelvas a marcharte nunca.

Una promesa que jamás podría cumplir.

Y tan pronto como el placer terminó y los aullidos ahogados de ambos resonaron en la estancia, Evangeline desapareció.

Lukas volvió a sentir la humedad de la hierba mojada sobre su piel.

Se revolvió en el suelo, y esta vez no encontró ni el poblado ni la casa ni a Evangeline.

Volvía a estar a los pies de la estatua del ángel ciego, junto a la Academia de las Artes Oscuras, rodeado por la niebla y los recuerdos de una noche que jamás podría olvidar, pese a no saber si había vuelto a ser una mala pesadilla o el mejor sueño de todos.