La sociedad de las almas malditas 10 #2
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Sin embargo, después de su última relación frustrada, antes de entrar en la Academia de las Artes Oscuras, creía que jamás sería capaz de entregarle su corazón a nadie.

¿Y si ella tan solo es un recuerdo de lo que un día perdió? , pensó en plantearle, pero no quería reabrir una herida por mucho que supiera que nunca llegaría a sanar del todo.

—Me he vuelto loco buscándola —confesó Frederick—. La he visto en tantas partes y en ninguna que ya no sé si es real… Que tú me digas esto supone mucho para mí. No puede ser que los dos soñemos con la misma persona si no existe. Es real, ¿verdad?

Lukas asintió.

Así debía ser al menos si quedaba algo de sentido en sus vidas. Aunque desde que habían llegado a Westgard, Lukas era consciente de que la lógica no era algo en lo que pudiera confiar.

—Es tan real que puedo asegurarte que es lo que me mantiene cuerdo en este mundo de pesadillas. —Ante la mirada de Frederick, Lukas buscó rebajar la carga de lo que acababa de decir—: Me habló tanto de ti que temía contártelo… No sabía si estarías dispuesto a conocer a alguien después de… eso .

Dudó si había hecho bien en referenciar el pasado, aunque fuera de una manera tan nimia. Durante los segundos que Frederick no respondió, tuvo miedo de haber sobrepasado los límites. Sin embargo, él negó varias veces antes de responderle:

—Amas la pintura, ¿verdad?

—Claro.

—Si pintara encima de una de tus obras, ¿qué pasaría?

Lukas tragó saliva. No sabía a dónde pretendía llegar.

—Yo te lo diré: la ocultaría. Taparía lo que hay debajo, mas eso nunca desaparecería.

Por más que no pudiera verlo, por más que hubiera otra por encima, siempre seguiría ahí.

Quien viera la obra a partir de ese momento jamás se daría cuenta de que debajo hay otra.

Pero tú, que creaste esa pintura y la viste durante años, siempre vivirías sabiendo que está ahí, oculta debajo de un nuevo color, de un nuevo significado…

—Entiendo lo que quieres decir, Fred… Aun así, yo…

—Nunca pienses que olvidaré el pasado. Vivirá en mi piel grabado hasta el día en que muera y me lo lleve conmigo.

Sin decir nada, porque poco podían hacer las palabras en un momento así, Lukas se levantó de la cama y abrazó a su hermano.

Él no respondió al instante, sobre todo porque no se esperaba esa muestra de afecto.

Desde que eran pequeños, se habían abrazado en contadas ocasiones.

¿Un par en más de veinte años? Sería mucho decir.

Por eso, al sentir la calidez de Lukas alrededor de su cuerpo se tomó unos segundos para saborearla.

Aunque hubiera tantas cosas que los separasen e hicieran distintos, seguirían siendo hermanos. Y eso nada ni nadie podría cambiarlo.

Lo arropó con sus brazos de la misma forma, hasta que el frío desapareció de sus corazones y la habitación recobró el color que había perdido en los últimos días.

—Tenemos que encontrarla sea como fuere —dijo Lukas con la convicción iluminándole la mirada—.

Voy a ir al registro de la Academia. Su nombre tiene que aparecer por algún lado.

Preguntaré por su habitación e iremos a visitarla.

—Tuvo que hacer una pausa para escoger bien las palabras—: Te lo mereces.

Antes de que Frederick pudiera detenerlo, Lukas se marchó de la habitación.

Estaba decidido a encontrarla. Una parte de sí mismo se obligaba a pensar que lo hacía por el amor hacia su hermano.

Es por Frederick. Todo esto es por él . Sin embargo, otra parte de él sabía a la perfección que lo hacía por la sola idea de volver a verla, de saber que existía, que esa chica poblaba algo más que sus sueños e ilusiones.

Mientras ella exista, todo irá bien. Mientras pueda volver a verla, todo irá bien , se repetía.

Recorrió el pasillo con un par de zancadas y bajó las escaleras hasta la planta de la administración.

Tenía la piel congelada y se lamentó por no haberse puesto un abrigo.

Las paredes de la Academia lo seguían como si tuvieran ojos.

Notaba miradas clavadas en su nuca, aunque estuviera solo.

A veces, parece como si este sitio tuviera vida propia .

La lluvia le acompañó en el camino. La veía a través de los ventanales, cayendo sobre los patios interiores, decorando con un plomizo gris el cielo. Nadie transitaba los pasillos. En días así, casi todos se quedaban en sus habitaciones.

El sonido de la lluvia le relajaba. Como una melodía regular que no cesaba, llenaba el silencio y acompasaba sus latidos.

El olor húmedo que se impregnaba en las paredes y los charcos que quedaban en el barro, las hojas revestidas por gotas de agua, los pajarillos que volvían a volar después de la tormenta…

Lukas apreciaba en esas pequeñas cosas una gran belleza.

La naturaleza contaba con una destreza artística única, era como si cada elemento que la conformaba intentara recrear una emoción irrepetible dentro de un cuadro llamado «vida».

Antes de que pusiera el pie sobre el último escalón, una risa lejana llamó su atención. Reverberó por los pasillos, en la planta de arriba y en la de abajo. Parecía provenir de todos los lugares y de ninguno al mismo tiempo.

—¿Evangeline?

Volvió a escuchar la risa.

—¿Evangeline? ¿Eres tú? —repitió, girando sobre sí mismo en busca de la chica.

Una sombra se cruzó por delante de sus narices a una velocidad tan espeluznante que, cuando quiso asomarse al pasillo, ya no había rastro de ella.

—¿Se supone que esto es un juego?

De ser así, no le hacía gracia. Estaba cansado de jugar al ratón y al gato, de perseguir ideas que no se materializaban más allá de su cabeza.

Había empezado a temer el no discernir los sueños de la realidad.

Hasta ese momento, siempre había vivido con la presencia de las pesadillas.

Sin embargo, las había reconocido en cada rincón.

Ahora, ¿cómo debía afrontar esa situación?

Si no soy capaz de diferenciar lo que es real de lo que es un sueño…

¿cómo me defenderé de ellas? , ese pensamiento surcaba la mente de Lukas a todas horas.

Parecía gritarle «peligro». Pues desde que había llegado a la Academia cada vez notaba más distorsionada la propia realidad, como si a medida que pasaran los días todo se volviera más confuso, más sensible a los cambios.

Su mundo sólido se estaba derritiendo y se mezclaba con las sombras, cada vez más fuertes, más materiales, más tangibles.

Persiguió la voz de Evangeline como si estuviera en una de sus pesadillas.

Las paredes se doblaban sobre sí mismas a la vez que él pisaba el suelo, que parecía partirse bajo sus pies.

Todo daba vueltas y nada se detenía. Cuando estaba a punto de alcanzar el origen del sonido, la voz volvía a desplazarse.

Se alejaba, se alejaba, se alejaba cada vez más, como si persiguiera al eco en una cueva.

No te vayas , pensó. Esto es importante .

Aunque quiso frenarse a sí mismo, la incertidumbre lo empujó de nuevo a seguir.

Había llegado lejos como para detenerse.

¿Y si le estaba guiando? ¿Acaso quería que recorriera toda la Academia por ella?

¿Y si no era ella? ¿Si se trataba de otro de los múltiples engaños de los sueños que lo atormentaban cada noche?

Pese a que el miedo le encogiera el estómago y amenazara con doblar sus rodillas, él continuó.

Hasta que se detuvo delante de una cripta a las afueras de la Academia.

La lluvia le empapaba el pelo, los zapatos, y le pegaba la ropa al cuerpo.

La tela de la camisa, translúcida por el agua, dejaba entrever las inseguridades de Lukas.

Se arropó con los brazos, para intentar volverse más invisible.

Miró en derredor, en busca de una respuesta a su gran pregunta:

¿Cómo había llegado hasta allí? Ni siquiera él sabía en qué momento había atravesado las puertas de la escuela para recorrer los inmensos campos verdes que la rodeaban.

Frente a él, adornada con enredaderas de espino y flores marchitas a los pies, la estatua de un ángel con los ojos vendados y un libro entre las manos parecía esperarlo.

La escultura era perfecta, con tantos detalles que hasta los pliegues de la túnica que la recubría tenían la textura de una tela.

Aun así, los desperfectos del tiempo le habían arrebatado un dedo y habían decorado con grietas sus mejillas, otorgándole la impresión de que llorase ruinas.

Un el libro había tallada una frase que decía: « LA SOCIEDAD DE LAS ARTES DE WESTGARD ».

Y Lukas tuvo el impulso de tocarlo, de agarrarlo, de acercarse cada vez más hasta sentir el tacto de la fría piedra en su mano.

No podía comprender por qué el corazón le palpitaba más fuerte, como si le gritara «tócalo».

Extendió la mano y, al mismo tiempo que se aproximaba, el libro se volvía más real.

Perdía la cobertura de piedra y se transformaba en un lomo de cuero.

Las páginas se movían con el viento y pasaban de un lado a otro.

El propio libro le llamaba por su nombre.

Bellavere, Bellavere, Bellavere.

Entonces la voz volvió a su cabeza. Resonó en él, al principio como un susurro, y se fue convirtiendo en un pitido tan agudo que tuvo que llevarse las manos a las orejas para no escucharlo más.

Aun así, el chillido seguía, permanecía dentro de él.

Le iba a explotar la cabeza si no cesaba.

Cayó al suelo de rodillas y se revolvió de dolor.

Aulló al cielo con la esperanza de que alguien lo escuchara, pero allí al sonido lo consumía el aire.

Se dobló sobre sí mismo y cerró los ojos. No pudo ver cómo una capa de niebla se formaba a su alrededor ni cómo la cripta del ángel ciego se desvanecía delante de él como un espíritu.