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Lysandra Lynna formó parte de la Sociedad de las Artes de Westgard
durante cinco años en los que coincidió con autores como Kandance
Bellavere y Petrok Verislak, con los que se dice que mantuvo un triángulo
amoroso que terminó con la muerte de los tres.
L as sombras le perseguían por los pasillos.
Uno, dos. Uno, dos. Uno, dos.
El ritmo de sus pasos para escapar de ellas. No cesaba. No podía detenerse.
Uno, dos. Uno, dos. Uno, dos.
Sin embargo, no las perdía de vista. Sentía el aliento de las pesadillas en la nuca. Le quemaban, le gritaban que volviera para despedirse.
Bellavere, Bellavere, Bellavere.
«Lukas… Lukas, no te marches todavía», decía una, con la voz tan tenebrosa que parecía haber salido de las entrañas de la tierra.
«Dejadme en paz», repetía Lukas, con el corazón en un puño, ahogado por el miedo y la fatiga, al mismo tiempo que giraba esquinas y trataba de despistarlas.
Bellavere, Bellavere, Bellavere.
De pequeño había aprendido que uno no puede esconderse de sus pesadillas, solo puede correr.
Si frenas, te atrapan. De nada le servía meterse en un armario o debajo de una cama, refugiarse en el cuarto de baño o dejarlas atrás.
«Las pesadillas siempre vuelven, te encuentran antes o después.
Porque, aunque te hagan pensar lo contrario, ellas son las que dominan el sueño.
Saben en todo momento dónde estás. Saben en todo momento cómo atraparte.
Si te dan libertad, es porque así se divierten con su presa», le había explicado su padre un día, cuando Lukas estaba tan asustado que acudió a él en mitad de la noche.
Desde entonces, no había vuelto a tener miedo mientras soñaba. Sabía que si las sombras lo querían, podían acabar con él en cualquier momento. Era duro saber que lo único que lo mantenía con vida era lo mismo que podía arrebatársela.
Ella no quiere hacerme daño. Quiere entretenerse a mi costa , pensó una noche, cuando se dejó atrapar por una de las sombras para ver qué sucedía.
Y tal y como pensaba, la sombra lo envolvió y, cuando estaba a punto de devorarlo con esa boca repleta de colmillos que invitaban al vacío, Lukas despertó.
El patrón se había repetido en los siguientes sueños.
«Me atrapa, intenta devorarme y me despierto».
Pronto empezó a pensar que, tal vez, había algo que se lo impedía.
Como si las sombras tuvieran limitaciones dentro del mundo de los vivos.
Como si el daño físico no pudiera llegar a ser real porque una barrera lo evitaba.
Una barrera que sentía que cada vez se volvía más frágil para ellas…
«Lukas…», repitió la sombra.
Pero la ignoró.
«Lukas…», la voz reverberaba en su cabeza.
—Lukas.
Esa vez, no fue una sombra la que habló.
Esa vez, lo escuchó tan cerca que casi creyó que provenía de la realidad.
Sin embargo, no podía estar más equivocado.
Su nombre provenía de unos labios con los que había soñado desde la última vez que se encontraron, que había buscado en sueños y pesadillas, en cada rincón de la Academia.
Evangeline estaba escondida en un agujero en la pared, junto a la puerta de la biblioteca.
La piel pálida de la muchacha parecía brillar en la noche.
Ella le tendió la mano y, aunque no lo dijera, a Lukas le pareció entender un ligero «ven» escapando de sus labios.
—Evangeline…
Antes de que pudiera alcanzar su mano, las sombras se le tiraron encima.
Al abrir los ojos, el sudor le empapaba la cara. Las grietas del techo parecían caudales de un río seco decorado por telarañas. Se incorporó en la cama, sintiendo la espalda tan húmeda que se dio asco a sí mismo. A su lado, sentado con los brazos cruzados, estaba Frederick.
Lo observaba con la mirada perdida, como si quisiera ver más allá de él. Tenía la boca torcida en una expresión que denotaba enfado. Lukas no sabía qué le sucedía, pero juraría que no estaba pasando por su mejor momento.
—Buenos días, Fred.
Se limitó a asentir: un gesto de cabeza como respuesta no solía ser una señal de agrado. Sin duda, no se encontraba en su mejor día.
—¿Pesadillas? —se limitó a preguntarle sin variar el gesto.
—Otra más —respondió Lukas, que se quitó de encima las mantas para airearse el cuerpo.
El silencio que se instaló entre los dos fue tan incómodo como las esperas en el aula antes de que llegara el profesor: esos tediosos momentos en los que Lukas nunca sabía con quién hablar y acababa forzando conversaciones vacías con cualquiera que tuviera al lado con tal de no parecer un marginado ante los ojos del resto.
—Últimamente, también he tenido sueños extraños —confesó Frederick en un susurro que llenó el silencio.
Se pasó la mano por el pelo para recolocárselo hacia atrás.
Sus ojos marrones resplandecieron al entrar en contacto con la luz solar que se colaba por la ventana.
Se palpó la sien, recorrió la cicatriz que decoraba parte de su cara y chasqueó la lengua.
Lukas lo miró de reojo. No sabía por qué, pero algo le decía que no iba a hablarle sobre las mismas ruinas y sombras que atormentaban los suyos.
—Hay una chica… Una de pelo negro y ojos oscuros, con la piel pálida tan frágil que parece un papel y el alma tan fría como un témpano de hielo. —Esta vez, alzó la mirada y buscó los ojos de su hermano—. ¿Sabes de quién te hablo? Dímelo, Lukas. ¿Conoces a esta chica?
Evangeline Fray.
Lukas sabía que no podía tratarse de otra persona.
«El alma fría pero el tacto de fuego. Un infierno en mitad de un paisaje helado», así la habría descrito él si hubiera tenido la ocasión.
Evangeline había habitado su mente durante los últimos días como un pájaro que decide anidar en un árbol.
Se marchaba y volaba lejos para regresar cada anochecer.
La había buscado tanto que la melancolía lo invadía al escucharla en los labios de su hermano.
Si a mí no ha acudido, ¿por qué a ti sí?
—Sueño con muchas chicas cada noche —respondió en tono de burla. Refugiarse en el humor era un don con el que convivía—. Deberías ser más concreto.
—Ella sabe quién eres, Lukas. Me lo dijo.
Lukas cerró el puño y apretó las sábanas. ¿Te ha hablado de mí? La sola idea de que Evangeline hubiera pronunciado su nombre después del encuentro que mantuvieron le erizaba la piel.
—Era un sueño, Fred —le respondió antes de apartar la mirada.
Y si solo era eso, ¿por qué le dolía tanto?
Frederick negó con la cabeza y se maldijo para sus adentros. Él mejor que nadie sabía lo real que era Evangeline Fray. Los dos coincidían en un mismo pensamiento que no se atrevían a compartir.
Al menos, hasta que Frederick dio el paso:
—Sabes que no es solo un sueño. Alguien así…
—No podría ser cosa de nuestra imaginación… —concluyó Lukas.
Frederick se puso en pie. En parte, estaba enfadado porque no le hubiera hablado antes de ella. ¿Cuánto tiempo se habían visto en sueños? ¿Acaso Evangeline también le había hablado a Lukas de él y había permanecido callado?
—¿Qué sabes de ella? —preguntó, la mirada le ardía en fuego, el rostro parecía piedra.
Lukas imaginaba las atrocidades que debían pasar por la mente de su hermano mientras reducía la distancia entre ambos.
Frederick siempre había desconfiado de él, sobre todo en temas relacionados con el corazón.
Entre otros motivos, porque Lukas era el que solo apostaba por la pasión y metía sus deseos de por medio, mientras que Frederick lo involucraba absolutamente todo.
—Nada, no sé nada. —Lukas tembló al responderle.
Intentaba defenderse de un posible ataque porque notaba cómo su hermano estaba a punto de romper la distancia que los separaba.
De la misma forma que había pasado cuando eran pequeños y se habían interesado en la misma chica del pueblo.
Igual que siempre: Frederick no podía soportar la idea de que Lukas llamara la atención de las mismas personas.
«Yo soy el mayor, debería tener prioridad», le había dicho en alguna ocasión.
«Creo que eso no funciona así. Si yo le gusto más, no hay nada que puedas hacer», le había replicado Lukas en cuanto había tenido la ocasión.
Conocía lo suficientemente bien la mirada de Frederick en momentos así como para saber que estaba a punto de arruinar sus sueños con Evangeline.
—No quiero que me mientas.
—¿Acaso tú sabes algo de ella? —replicó esta vez.
Se enderezó para ganar autoridad y no palidecer.
Frederick presumía de una fuerza y un porte de los que Lukas, por definición corporal, carecía—.
No conozco nada que no sea su nombre y su apellido.
No ha vuelto a aparecer en mis sueños ni en mis pesadillas.
Creía que era real, que seguiría viniendo a mí.
Me habló de ti, de que os habíais conocido…
—¿Y qué más te dijo?
—Me desperté del sueño antes de que pudiera decirme nada más.
—¿Te besó? —Dio un paso al frente. Lukas pensó que ahí llegaría el primer golpe, pero por suerte lo contuvo a tiempo. Lo último que quería era pelear con su hermano por ella.
—¿¡Qué!? No, claro que no —mintió, una costumbre extendida entre los Bellavere como recurso de supervivencia—. Ya te he dicho que solo me habló de ti.
En ese instante, Frederick suspiró. Retrocedió un par de pasos y volvió a sentarse sobre la cama.
Destensó los músculos y, de nuevo, se relajó.
Lukas intentó discernir qué pasaba por su cabeza.
Sabía que Frederick era casi tan enamoradizo como él, capaz de vivir los sentimientos con una intensidad propia de un personaje de libro dramático.
Actor tenía que ser , pensaba cada vez que montaba una escenita.
Lo afligido que se había visto a lo largo de su vida por motivos del corazón le había preocupado tanto que Lukas pensaba que Frederick nunca se conformaría con un amor que no fuera el adecuado.