La sociedad de las almas malditas 9 #3
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—¿Este libro es tuyo? Perdóname. —Se lo tendió, un gesto suave y decidido—. Lo encontré aquí y pensé que alguien se lo habría dejado… Empecé a leerlo y…

—Es adictivo, ¿verdad? —Evangeline lo agarró, sus manos se rozaron un instante que ella se encargó de alargar, y pasó las páginas hasta llegar a la mitad del libro.

Frederick contempló la lentitud con la que lo hacía, acariciando las hojas como si fueran a romperse.

Dobló una esquina para marcar por dónde iba.

Él asintió, con toda su atención aún sobre ella, incapaz de recuperarse del contacto físico que acababan de tener. Era real .

—No me ha dado tiempo a leer mucho, pero la autora ha conseguido con muy pocas palabras que quiera saber más sobre esta pareja.

—Es un inicio muy dinámico y repentino. Apenas te ha presentado a nadie y ya tienes a dos personajes viéndose a escondidas de los demás.

Luego, mejora. Va profundizando en las relaciones de los dos con el resto del servicio y te cuenta su historia hasta apoderarse de la mansión Holgate. Cuando lo termine, podría dejártelo.

Si eso supone una excusa para vernos, estaré encantado , pensó en responder. Pero se calló.

—No te preocupes. Estoy entretenido con la asignatura de teatro. De hecho, me vendría bien centrarme en las obras que estamos preparando durante las próximas semanas o acabarán colocándome como parte del decorado.

Evangeline se quedó callada. Incluso el silencio a su lado parecía llenar vacíos inexorables. Tan solo miraba a Frederick como una niña pequeña miraría un globo que se aleja volando, con el brillo en los ojos de una noche de verano salpicada por estrellas.

—¿Qué te pasa? —preguntó, confuso por su actitud.

Él redujo la distancia con ella.

—Nada… Solo pensaba.

Ella no se alejó.

—¿En qué pensabas?

Inspiró antes de darle una respuesta.

—¿De verdad estás aquí por tu carrera artística? —Apenas cambió el gesto. Seguía siendo una dulce niña que pataleaba con la cabeza apoyada sobre las manos.

—Estudiar, practicar, esforzarme y salir de aquí siendo uno de los mejores artistas de Eileanor… —Se recolocó sobre el asiento para enderezar la espalda. El flequillo, que normalmente llevaba bien ajustado con la gomina, le cayó sobre la frente—. ¿No es eso a lo que venimos todos?

Frederick hubiera deseado saber qué se le pasaba por la cabeza mientras se mordía el labio escuchándole hablar. Quería conocerlo todo de ella, alargar los segundos a su lado, reducir la distancia que los separaba.

—La gente corriente, sí. ¿Tú eres uno de esos? Creí que eras un Bellavere de verdad.

Al escuchar su apellido en los labios de Evangeline, no pudo evitar tensarse.

¿Qué sabía aquella chica sobre su familia?

Bellavere, Bellavere, Bellavere . ¿Cuánto conocía de ellos como para afirmar algo así?

Bellavere, Bellavere, Bellavere . Frederick sabía que nunca estaría a salvo en ningún rincón de Eileanor, no mientras siguiera portando ese apellido.

Pero sabía a la perfección que era algo que lo acompañaría de por vida. Nunca podría escaparse.

Sin embargo, le sorprendía que Evangeline Fray fuera capaz de afirmar con tanta rotundidad lo que era un Bellavere de verdad . Westgard guardaba un oscuro secreto familiar. Uno que Frederick aún no conocía y que no imaginaba hasta qué punto le estallaría en la cara.

—La Academia de las Artes Oscuras posee muchos atractivos…

—dijo Frederick, echándose hacia adelante y apoyándose sobre la mesa.

Repasó el rostro de Evangeline al pronunciar aquellas palabras: unas facciones tan perfectas que parecían esculpidas por el mejor escultor—.

Estudiar me llama la atención. Cultivar el conocimiento ayuda a mejorar en muchas facetas personales…

Dicen que la perfección en el arte es imposible de conseguir.

Y sin embargo, a mí me encantaría alcanzarla algún día.

—Pero… —susurró ella, imitando el movimiento de Frederick hasta casi encontrarse en el centro de la mesa. No lograba apartar los ojos de los suyos, como si algo magnético lo impulsara a permanecer allí, a acercarse cada vez más.

—Pero no voy a negar que hay muchos misterios que esconde la Academia que despiertan mi interés.

—¿Como por ejemplo? —Se mordió el labio y Frederick murió por saborearlos también.

Ambos hablaban en susurros, como si no quisieran que las paredes escucharan esa conversación.

Apenas estaban separados por unos centímetros.

Tan solo una mesa entre ellos, la misma sobre la que se apoyaban, la misma que mantenía Frederick mientras el pulso le traicionaba.

Y mientras tanto, Evangeline parecía tan tranquila que ni un vendaval la podría haber arrastrado.

—Como por ejemplo tú —aseguró—. Apareces y desapareces, en mis sueños y en la realidad.

A veces, pareces un espectro que vaga por los pasillos.

Otras, tan solo siento que eres una niña que intenta jugar al escondite.

Te busco y no te encuentro, te persigo y no te alcanzo.

Y sin embargo, siempre vuelves. Nos encontramos, hablamos y te marchas.

La comisura izquierda de Evangeline se alzó, satisfactoria.

—¿Tú también me has visto en tus sueños? —susurró, acercando su mano a la de él.

Sintió el anhelo de tocarla, de agarrarla y tirarla contra sí.

—Te veo a todas horas, Evangeline. Por una vez puedo asegurarte que no eres como el resto de mis pesadillas, aunque sí la que más sufro.

Ambos permanecieron en silencio durante unos segundos, aguantándose las miradas.

Sus manos a escasos centímetros, casi podían sentirse la una a la otra.

El olor a libro les recordaba que estaban en la biblioteca de la Academia, que cualquiera podría entrar de un momento a otro.

Pero no les importaba. Ambos disfrutaban de ese vacío que habían creado: un espacio destinado a reencontrarse lejos de los malos sueños y los secretos de la Academia.

Allí todo parecía más seguro, más real, más cercano.

Incluso esa meta que Frederick había vislumbrado en la lejanía se sentía a solo unos pasos de distancia.

—Necesito que me respondas a una pregunta. —A él le temblaba la voz casi tanto como el alma.

—¿Qué es lo que quieres saber? —A ella apenas parecía impresionarla.

Frederick tragó saliva antes de volver a perderse en los ojos oscuros que lo analizaban.

—¿Eres real ?

Podía parecer una pregunta estúpida. ¿Acaso no estaba allí, delante de él? ¿Acaso no le había recomendado libros? ¿Acaso no la había visto desaparecer al cruzar las esquinas de los pasillos y había soñado con ella cada noche?

Y, sin embargo, por mucho que apareciera en cada sueño, seguiría creyendo que Evangeline no era real. Que no podía existir una persona así en el mundo: tan penetrante, enigmática y atractiva.

La mano de Frederick tembló al lado de la de Evangeline.

¿Tocarla era una opción? Tal vez si sus pieles entraban en contacto, se demostraría a sí mismo que aquella chica era algo más que un producto de su imaginación.

Tal vez así podría volver a dormir tranquilo, sabiendo que esta vez la persona de sus sueños no era un simple invento de la mente que tantos años lo había traicionado.

—¿Por qué no lo compruebas? —Si las miradas mataran, a Frederick no le habría importado que lo enterraran en aquellos ojos durante el resto de su vida y la eternidad de su muerte.

Antes de que volviera a desaparecer, Frederick se aseguró de que el sabor de sus labios quedaba impregnado en los de ella.

La pasión los devoró como lenguas de fuego.

Bailaban en las llamas de un torbellino: primero, con el miedo de salir ardiendo; después, con la seguridad de que serían inmortales.

Quería impregnarse de su olor a bosque y de aquella sensación que le quemaba el pecho.

Deseaba arder en ese instante, y no le habría importado hacerlo si era bajo su tacto.

Frederick no supo cuánto duró ese momento.

El beso se le hizo tan tórrido que apenas tuvo tiempo de disfrutarlo.

Se sentía en una nube, con la cabeza lejos de la realidad.

¿Era real el tacto de las manos de Evangeline acariciando su cara?

¿Sus labios eran tan suaves o solo era el ideal que él tenía?

Antes de que se diera cuenta, estaba solo.

Cuando volvió a abrir los ojos, ya no quedaba nadie en la biblioteca. Tan solo él, tirado sobre la misma mesa donde se habían besado apasionadamente. La canción de los amantes nocturnos estaba abierto de par en par en el suelo. La noche casi había caído.

«Apareces y desapareces, en mis sueños y en la realidad. Te busco y no te encuentro, te persigo y no te alcanzo. Y sin embargo, siempre vuelves».

Frederick recordó sus propias palabras de vuelta a su cuarto. Esa noche le pidió al cielo que, por favor, ella regresara.