La sociedad de las almas malditas 9 #2
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«No me juzgues, Bellavere. Es la única forma de que me visiten las musas», le dijo Bernie Fraul, su compañero de pupitre durante las clases de Literatura.

Poco después, se había enterado de que Bernie se había visto a escondidas con Luz Vionni, lo que le había hecho lo suficientemente popular como para cambiarse de asiento y no volver a dirigirle la palabra.

En su lugar, se había sentado Saúl Sullivan, un chulito egocéntrico que presumía de riquezas y talento cuando tan solo era otro pobre perdido que había conseguido todo gracias a la influencia de su familia en los negocios.

Este no sabía si consumía tanto como Bernie, pero se convencía a sí mismo de que media Academia recurría a las sustancias exóticas para alcanzar a sus musas.

Frederick dudaba que un colocón pudiera inspirar algo que no fuera una muerte más temprana, la pérdida del conocimiento o la aparición de alucinaciones que acabarían por encerrarlo en un manicomio junto a otros artistas como él.

Nunca había juzgado a los que usaban sustancias para motivarse antes de crear.

La creación no tenía límites, igual que el cerebro humano.

Pero ¿hasta qué punto convenía jugar con su vida?

«La tristeza también es un buen potenciador del arte», había dicho el propio Frederick alguna vez mientras conversaba con el resto de sus hermanos sobre qué les inspiraba a ellos.

«¡El alcohol! ¡Qué maravilloso es el alcohol!

No sabes los cuadros que pinto después de una buena fiesta», añadió Lukas; «La soledad…

la soledad es ideal para hacer música», soltó Amanda; «La muerte…

La muerte lo potencia todo», intervino Lucius.

Al final, cada uno tenía sus propias motivaciones: trucos para llamar a la inspiración cuando esta no quería presentarse en casa.

—He venido a devolver este libro —dijo en voz alta al llegar al mostrador por si alguien lo estuviera escuchando—. ¿Hay alguien?

Frederick miró a su alrededor. Seguía sin haber rastro de la señora Wess.

No se escuchaban pasos ni quejidos, tampoco ningún carrito que arrastrara libros.

Por muy sorda que llegara a ser la encargada, si estuviera trabajando por allí, lo notaría.

En cambio, el único ruido que escuchaba era el de su propia respiración acelerada.

—Está bien. Lo dejaré aquí con una nota —advirtió. ¿Por qué seguía hablando solo?

Dejó apuntado en un cuaderno junto al libro su nombre y apellidos, con la fecha y la hora de la devolución.

Aunque el libro le hubiera resultado interesante, lo había leído tantas veces que necesitaba sacárselo de la cabeza.

No sabía cuánto conocía sobre las sombras y las leyendas que rondaban sobre ellas en Westgard, pero casi creía haberse convertido en todo un erudito.

De entre todas, la leyenda de los amantes del acantilado fue la más llamativa, por su forma de tratar las relaciones de amor como una unión del destino fatal, en el que los dos enamorados tienden a vivir la misma vida y sufrir los mismos daños, a estar condenados a morir al mismo tiempo, pues, de forma metafórica, el alma deja de sentir a la vez que pierde lo que más anhela.

La leyenda del fin tampoco estaba mal. Hablaba de cómo el mundo acabaría con la llegada de cuatro criaturas colosales que lo destruirían.

De las cenizas nacería una nueva vida, un nuevo mundo, un nuevo ciclo.

Aunque, sin duda, el escrito que había ocupado su atención y lo había mantenido en vilo durante varias noches había sido el destinado a las sombras.

Más que una leyenda parecía un pasaje sagrado, como si quien lo escribiera hubiera dedicado toda una vida a estudiar ese campo y hubiera acabado plasmándolo en esas páginas como una verdadera creencia.

El pasaje dedicado a La leyenda de las almas malditas hablaba de dos mundos en vez de uno: el habitado por los humanos durante su vida física y el habitado por las almas.

Entre estos dos mundos existía un espacio vacío, un espacio en blanco que se llenaba con sombras: aquellas almas que nunca llegaban a pasar del todo al otro lado.

Se decía que las sombras podían vagar por ambos mundos, pero no terminaban de tener efecto en ninguno.

No podían materializarse, no podían interactuar, no podían existir allí…

Frederick no pudo evitar preguntarse si estas sombras de las que el libro hablaba tendrían que ver con las que perseguían a su familia de algún modo.

Si tan solo existía una posibilidad de que fuera real…

si tan solo una de esas sombras hubiera logrado materializarse y estuviera persiguiendo a su familia…

Pero ¿por qué? A Frederick le faltaban piezas en su puzle, y cuanto más trataba de saber, menos conseguía entender.

Devolver el libro era la única forma de distraer su mente. Si no lo entrego, volveré a empezarlo. Y así una y otra vez , había pensado esa mañana mientras desayunaba. Necesitaba devorar nuevas lecturas. Algo que le hiciera dejar de tener las mismas pesadillas que a su hermano.

Algo que le hiciera olvidar a Evangeline Fray.

También necesitaba volver a centrarse. Retomar el objetivo familiar con el que había acudido a la Academia.

No solo quería protegerse de su pasado, sino también averiguar qué se escondía en el fondo de todo ese asunto.

¿Por qué los Bellavere arrastraban esta maldición?

¿Qué había sucedido en la Academia para que las sombras parecieran haber trascendido a su mundo?

¿Por qué las pesadillas se habían vuelto más fuertes y reales que nunca?

Frederick se convencía cada día de que todo estaba vinculado a aquel lugar.

Aunque sus hermanos no eran conscientes, su padre se lo había explicado antes de ir.

«La Academia de las Artes siempre estará ligada a nuestra familia y a lo que arrastramos.

Quizá sea un buen momento para que descubras lo que pasó en realidad».

Frederick había acudido allí con ese objetivo, aunque sus hermanos se mantuvieran al margen. Si su padre los había abandonado en ese sitio a su suerte, no solo había sido por asegurarse de que seguirían con vida. Él sabía que había algo más.

Bajó los tres escalones que separaban el mostrador de la sala principal de la biblioteca.

A Frederick le seguía sorprendiendo cómo el olor a libro le inundaba las fosas nasales de la misma forma que el café recién hecho.

Hasta que no rodeó la alargada mesa central, no se percató de que alguien se había dejado un libro allí.

Se acercó a curiosear. ¿Acaso había alguien más en la biblioteca? ¿Se habría marchado al baño y volvería a retomar su lectura? ¿O le había gustado tan poco que había decidido abandonarla de sopetón, dejando allí plantado el libro como quien se marcha de una cita catastrófica?

Deslizó las yemas de sus dedos sobre la cubierta. Tenía un relieve dorado que dibujaba la fachada de una casa. La canción de los amantes nocturnos , decía el título. Estaba escrito por una tal Lysandra Lynna de la que nunca había oído hablar.

Lo abrió y leyó la primera página:

Nunca día, solo noche.

Los reencuentros de los amantes se producían a la luz de la luna y se extendían hasta el alba bajo el mirador de la mansión Holgate, donde se conocieron. Fueron criados en una vida pasada y, sin embargo, habían heredado toda una fortuna a base de esfuerzo, poder y sacrificios.

Uno de ellos había heredado el puesto de mayordomo de su padre, que anteriormente lo había heredado de su abuelo. El otro entró a trabajar en las cocinas una mañana de invierno en la que escaseaba la comida y, aun así, había conseguido sacar adelante un banquete para toda la familia Holgate.

Coincidían en los descansos porque ambos fumaban y salían a la puerta trasera para que nadie los viera.

Así empezaron a hablar: primero sobre cómo iba el trabajo, luego sobre cómo les trataba la vida.

Hasta que una noche se descubrieron a sí mismos lanzándose miraditas en una de las fiestas privadas de la mansión.

Abandonaron el salón cuando dieron las doce con la excusa de echarse un cigarro.

Sin embargo, esa noche probaron algo más que el sabor del humo.

Las noches se repitieron. Siempre a la misma hora: cuando las doce campanadas anunciaban el final del día.

El mayordomo y el cocinero lo ocultaron durante semanas ante los ojos de los demás.

Sin embargo, cuando tienes un secreto, antes o después se descubre.

¿Y qué pensaría la familia Holgate si descubriera ese romance? ¿Acaso estarían a salvo en una ciudad como aquella, llena de gente que miraba por encima del hombro y que deseaba las desgracias ajenas más que su propio bienestar?

Los amantes nocturnos…

—¿Te está gustando mi última lectura? —Frederick se sobresaltó al escuchar esa voz. La reconocería, la reconocería en cualquier parte como si fuera el inicio de su canción favorita. La reconocería aun sabiendo que podía no ser real. La reconocería hasta sumido en su peor pesadilla.

Sobresaltado, se giró para comprobar que la persona a la que llevaba días persiguiendo se encontraba sentada delante de él. Sus ojos se habían revestido de nubes de tormenta y su piel parecía fundirse con el polvo que revoloteaba en la estancia.

—Evangeline… —Pronunció como si hubiera visto una estrella fugaz.

La chica le dedicó una cálida sonrisa, a él se le detuvo el corazón un instante. ¿Estoy muerto? ¿Alucinando, tal vez? Estaba apoyada sobre la palma de sus manos y pataleaba por debajo de la mesa como si estuviera sucediendo algo divertido.

—Pensaba que no volvería a verte —aseguró Frederick, incrédulo. Las ganas de lanzarse sobre ella para que esta vez no volviera a escapar aumentaron.

—Te dije que nos reencontraríamos. Además, me has quitado el libro —respondió, señalando con los ojos oscuros, repletos de intriga, el ejemplar que sujetaba entre las manos.

Frederick miró de nuevo la cubierta.