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Dolores Bellavere inauguró la escuela de teatro de la Academia de las Artes
se incluyera entre los que se enseñaban. Como resultado, el centro se
convirtió en uno de los más prestigiosos del país a la hora de estudiar
interpretación.
E l comedor quedó casi vacío una hora antes del toque de queda.
El frío se pegaba a la piel de la misma forma que los miedos se quedaban en la mente.
El personal de limpieza se encargó de apagar una por una las velas que iluminaban la estancia, hasta que solo quedó un pequeño candelabro que acercaron a la mesa de Frederick.
—Apágalo cuando te marches, por favor —le indicó el hombre que, vestido con una camisa de manga corta deshilachada y los pantalones de la Academia, se encargó de depositarlo con cuidado a su lado.
Frederick asintió por toda respuesta.
Desde que Lukas se había marchado, él había aprovechado para prepararse un café largo y avanzar con la lectura del libro que le había recomendado Evangeline.
Lo había leído durante los últimos días cada vez que había tenido ocasión.
Su obsesión había llegado al punto de habérselo terminado un par de veces y haberlo vuelto a empezar para intentar descubrir ese algo que estaba seguro que escondía.
Pero Frederick sabía que no era lo único que le obsesionaba, por mucho que tratara de ocultárselo al resto.
Llevaba días actuando extraño, cambiando su rutina e, incluso, su forma de actuar.
Por las mañanas, se marchaba de la habitación sin esperar a Lukas y, durante las clases, releía los fragmentos del libro.
Subrayaba las partes que creía que podían tener relación con lo que le sucedía .
A la hora de comer, se juntaba con sus hermanos, pero apenas hablaba.
Él, que siempre había sido la voz cantante de la familia y el que había dictado cómo debían actuar, permanecía callado mientras escuchaba cómo le había ido el día a Lukas o cómo Amanda repasaba los apuntes de Historia del Arte antes de la siguiente clase.
Por si fuera poco, también había empezado a actuar extraño.
Primero, al perder los papeles con Lucius.
¿Por qué le había recriminado su independencia si era, precisamente, lo que les había pedido que hicieran?
Pagaba con él los platos rotos de un pensamiento que le devoraba la cabeza y no le dejaba abandonar ese bucle.
¿Por qué no le ponía remedio?
Ni él mismo lo sabía. Aunque estaba convencido de que el miedo a que descubrieran lo que se traía entre manos tenía algo que ver.
No, no había ido solo a la Academia para limpiar la imagen de su familia y enaltecer su legado familiar.
Quería descubrir qué pasaba entre los muros de la escuela.
Sobre todo, quería conocer la verdad sobre los sucesos que habían acontecido treinta años antes, cuando su padre aún estudiaba allí, cuando todo se torció, cuando los rumores anunciaron una cadena de asesinatos vinculados a una sociedad secreta de artistas.
Frederick quería conocer si esos rumores eran verdad.
Si su padre estaba vinculado de algún modo a ellos.
Y, sobre todo, quería descubrir si la maldición que arrastraban desde hacía años era una consecuencia directa de estos hechos.
Perdido entre los posos del café y las letras del libro que sujetaba, Frederick recreó en su mente escenas de días atrás.
Paseaba por los pasillos del instituto, sumido en sus cavilaciones.
Entonces, entre el gentío, ella aparecía y desaparecía.
Siempre como una sombra: la veía correr de un lado a otro, perderse entre la multitud, cruzar las esquinas como si no fuera corpórea.
Pero aparecía. Y parecía real. Ella estaba allí.
Cuando se sentaba en el aula y perdía interés en la clase, miraba por la ventana y la veía sentada en el patio interior, con un libro entre las manos y leyendo como si el tiempo no importara.
A veces, ella misma irrumpía en el aula y caminaba hasta sentarse en un sitio vacío.
Frederick la miraba durante horas, pero ¿por qué parecía que nadie más lo hacía?
Del mismo modo que llegaba, se levantaba y se iba.
Y aunque Frederick iba detrás de ella, cuando conseguía alcanzarla volvía a desaparecer.
Como una estrella que lleva años muerta… Como una luz que no se vuelve a encender.
Y entonces leía.
Y leía y leía.
Leía hasta que los ojos se le cansaban y se quedaba dormido sobre las páginas. Leía porque era su única vía de escape. Leía porque tenía la certeza de que entre los capítulos de ese libro encontraría algo que le fuera de utilidad. Algo que Evangeline hubiera dejado para él.
El Frederick de antaño habría aprovechado para buscar un lugar en medio de la naturaleza, rodeado por la vegetación, el viento y el sonido de los pájaros.
Se habría pasado allí leyendo alguno de sus libros hasta que el sol desapareciera y la noche se alzara, predominante, en el horizonte.
A lo mejor, en alguno de los días que hubiera necesitado despejarse, habría hecho ejercicio para descargar la adrenalina.
Y sin embargo, el Frederick de ahora tan solo podía acudir a la biblioteca y esperar.
Muchas veces él mismo se sorprendía preguntándose: ¿Qué hago aquí? ¿Por qué espero? O mejor dicho: ¿Por quién?
Evangeline Fray era la causa de sus insomnios y pesadillas, de los males que lo atormentaban y el eco que se repetía en su cabeza sin dejar que olvidara su rostro.
«¿Quieres conocer los secretos de la noche?», le había preguntado ella la última vez que habían hablado. «La noche está hecha para los valientes, los que buscan conocimiento. Tú eres esa persona, ¿verdad, Frederick Bellavere?».
Días enteros había pasado repitiéndose aquellas palabras en un bucle del que era incapaz de salir. ¿Quién era Evangeline Fray? ¿Qué podía querer una chica como ella de él? Y, lo más importante, ¿qué relación tenía con Lukas y por qué parecía conocerlo?
Aún recordaba cuando Lukas apareció en mitad del pasillo después de que ella lo nombrara.
Le aseguró que se conocían y que, de hecho, estaba con ellos.
Pero ¿quiénes eran ellos ? En parte, Frederick había pasado la última semana ignorando a su hermano porque necesitaba tomar distancia y recapacitar.
¿Sería Lukas capaz de ocultarle algo así?
Quería pensar que no. Sabía que, en ocasiones, actuaba como un cabeza hueca, que le costaba diferenciar lo que era gracioso de lo que no debía hacerse, pero ¿ocultarle información tan importante? Lo veía demasiado.
¿Y qué «información» tan importante se supone que te está ocultando?
, se preguntó a sí mismo. Su propia voz sonaba acusatoria.
¿Qué te has obsesionado de una chica que aparece y desaparece y que ni siquiera sabes si es real?
¿O acaso te asusta que sí sea real pero prefiera pasar el tiempo con Lukas antes que con nosotros?
Frederick agitó la cabeza para dejar morir esas ideas lo antes posible. Su otro yo se desvaneció tan rápido que ni siquiera le otorgó opción a réplica.
—Esa chica es real… —masculló golpeando la mesa—. Es imposible que una ilusión provoque cosas como lo hace ella… Debo encontrarla.
Durante el resto del día, estuvo buscándola por toda la escuela con la firme esperanza de que antes o después se cruzaría en su camino.
Recorrió de arriba abajo el ala dedicada al cobijo de los estudiantes y, cuando se hubo cansado de subir y bajar escaleras, volvió a hacerlo por si acaso ella aparecía cuando él se diera por vencido.
Buscó en las aulas vacías y en las del turno de tarde, en el recibidor y en el patio interior rodeado por columnas; paseó por el gimnasio y las salas de ocio, por los almacenes donde se guardaban los libros de texto y por el pequeño museo con antiguallas de otra época.
Fuera donde fuere, el silencio lo acompañaba. Las miradas del resto de los alumnos eran la única respuesta a tantas preguntas. En la sala de recreativos, donde los de último año solían aprovechar para jugar al billar y los dados, le habían mirado incluso mal al abrir la puerta.
—Eh, cierra eso —le había dicho uno con un cigarro encendido en la boca. Apestaba a alcohol. Llevaba la camisa medio desabrochada y la corbata mal anudada.
—Tú no deberías estar aquí —había añadido otro, que rodeaba con el brazo a una alumna.
Antes de que pudieran decirle nada más, se había marchado.
Se detuvo en el lugar donde todo empezó, donde todo acababa siempre: en la biblioteca.
Sentía que la puerta era más grande que otras veces.
Que las estanterías eran más grandes que otras veces.
Que el miedo era más grande que otras veces.
Y entonces era cuando se armaba con el poco valor que podía quedarle, tomaba aire y seguía.
Así había sido siempre y no dejaría de serlo en aquel momento.
Porque si había podido avanzar cuando su padre los había dejado de lado, si había podido continuar cuando había aceptado las responsabilidades de un adulto en plena adolescencia, ¿qué había que no pudiera hacer?
Frederick podía considerarse un egocéntrico, un cabezota y un perdedor.
Pero, por mucho que el miedo le invadiera el cuerpo, nunca se daría por vencido.
«Caeré cuantas veces haga falta, pero me levantaré en cada una de ellas. Asumiré mi derrota mucho antes que mi rendición. Aceptaré la muerte antes que la vergüenza», había clamado en una obra de teatro en la que interpretó a uno de sus personajes favoritos de cuando era pequeño.
El frío le invadió al poner el primer pie dentro de la biblioteca.
Ya no le sorprendía no encontrar a nadie allí.
Ni siquiera la encargada vigilaba los ejemplares.
¿Para qué? Nadie entraría a robarlos. Con el paso de los días, había comprendido que en la Academia de las Artes Oscuras los alumnos preferían gastar el tiempo libre inspirándose en el exterior o colocándose en las salas de ocio para alcanzar la creatividad .