La sociedad de las almas malditas 8 #3
27%

8 #3

Si Frederick tenía un mal día, no sería con él con quien lo pagara.

—¿Qué haces? —preguntó Frederick, pero no obtuvo respuesta—. ¿A dónde crees que vas?

El pequeño ni siquiera le dedicó una mirada.

—A un lugar donde me den mi espacio.

Frederick estuvo a punto de levantarse para ir tras él. Sin embargo, la mano de Lukas se lo impidió.

—Déjalo —dijo, tomándole la muñeca—. Está en la edad… Ya sabes.

—Pues odio esa edad. —Apoyó los codos en la mesa y hundió la cara entre sus manos—. Bastante tuve con aguantarte a ti.

Su hermano rio tan alto que llamó la atención de las mesas cercanas.

—Por favor, no me compares. Mi adolescencia fue el mayor caos familiar de la historia. No se recuerda a un personaje sin pies ni cabeza en todo nuestro árbol genealógico. Lo de Lucius será una etapa tonta, como la tuya. Se le pasará.

—Eso espero. Tu adolescencia aún la seguimos sufriendo.

Lukas se quitó el polvo de los hombros.

—Me halagas, Fred. Ya sabes que uno como yo no volverá a nacer.

—Por el bien de todos los Bellavere…

El resto de la tarde pasó tan despacio como la caída de una hoja en otoño. Lucius contempló el atardecer desde uno de los ventanales de la escuela. Allí, el horizonte se extendía por encima de los árboles y las montañas. Las nubes, en ocasiones, parecían fundirse con el edificio.

No había intentado buscar a Aetheriel ni tampoco volver con sus hermanos.

Necesitaba aislarse, estar consigo mismo durante el tiempo suficiente como para que los demás lo extrañaran.

¿Tenía sentido? ¿Acaso no se había alejado bastante de sus hermanos los últimos días?

Quizá debería empezar a plantearse que su opinión no le importaba tanto y que a quien quería ponérselo difícil era a Aetheriel.

«¿Dónde has estado toda la tarde?», imaginaba que le diría cuando se reencontraran.

«Esperando por ti», desearía contestarle. Aunque lo disimularía con un «Estaba en ninguna parte haciendo nada importante».

Se había llevado uno de los libros de poemas de Jörsh Feauver.

El título, Ocaso en primavera , contraponía la idea del final del día con el inicio de algo nuevo.

Era un libro mucho más reflexivo y alejado del amor, más centrado en la incertidumbre del ser y en la evolución de su persona hacia alcanzar la cúspide de su desarrollo, algo que el propio autor creía muy lejano desde la pérdida del amor.

Cortinas de humo, farolas y olor a café.

Entre lluvia, deshoras y barro en la piel.

¿Qué más necesito para ser?

Ruido, colores grises y un porqué.

Ha caducado hasta la miel.

¿Qué más necesito para ser?

Si no veo lo que fui,

y no sé ni qué seré.

Si no sé por qué perdí

y tampoco sé lo que gané.

En las malas, ¿dónde estoy?

En las buenas, ¿quién me ve?

El ayer se come al hoy

y mañana no estaré.

Cuando cerró el libro, el sol ya se había escondido.

La noche era reina del cielo, la luz era presa de las sombras.

Se rascó la cabeza antes de decidir qué hacer.

Había pasado toda la tarde sentado en un banco en mitad de un pasillo que no había transitado nadie.

¿Así se sentía la felicidad? Silenciosa, apacible, llena de letras y atardeceres.

Antes de regresar a su habitación, pasó por el comedor para recoger algo de comer.

Cuando sobraba comida, el personal del centro se encargaba de disponerla en pequeños recipientes de madera para que los que lo desearan pudieran llevarse un tentempié a sus habitaciones.

Era tan tarde que casi todos los alumnos se habían marchado ya.

Tan solo un grupo de cuatro charlaba en una mesa del fondo con un par de cafés.

No van a llevar muy bien lo de conciliar el sueño hoy , pensó Lucius antes de agarrar una bandeja con las sobras de la cena y llevársela a la habitación.

Lo que odiaba de la Academia era lo mismo que amaba: la sensación de perderse por los pasillos y caminar ajeno al resto del mundo. A veces le daba miedo cómo la soledad podía sentirse tan peligrosa y, al mismo tiempo, tan reconfortante.

Los números de las habitaciones se sucedían uno tras otro.

Pronto sobrepasó la número ciento cincuenta y tres, donde dormían Frederick y Lukas.

Al otro lado, no se escuchaba nada. Así que supuso que ya estarían durmiendo.

Un poco más tarde, llegó a la doscientos.

Estaba decidido a llegar a su cuarto lo antes posible.

Solo podía pensar en su cama —dura y rígida como una piedra, pero acogedora, al fin y al cabo, después de un día duro—.

Sin embargo, una silueta extraña en el pasillo lo confundió.

Junto a la puerta de Amanda, distinguió un bulto en la penumbra.

—¿Amanda? —Ni en sus mejores sueños creyó que encontraría allí a su hermana. Más bien le recordaba a la típica historia de terror en la que, en ese momento, un monstruo aterrador le saltaría encima.

Lejos de esa realidad, fue Amanda quien levantó la cabeza del suelo. Tenía el pelo alborotado y los ojos rojos. Parecía que había llorado. No, no lo parecía: había llorado. Las ojeras se le marcaban tanto que hubiera colado la mentira de que un mosquito le había picado sobre los párpados.

—Amanda, ¿estás bien? —Dejó su bandeja de comida a un lado y se agazapó para comprobar el estado de su hermana.

—¿Dónde estoy? —preguntó ella, frotándose la cara—. ¿Es otra pesadilla?

Lucius negó con la cabeza.

—No, no. Soy yo: Lucius. Soy real. —Le colocó la mano sobre el pecho para que así pudiera sentir su corazón latir.

No sabía en qué libro había leído que en las pesadillas nunca se podía distinguir el latido humano.

Era una buena forma de comprobar que se estaba despierto.

Él solía aplicarla en sus sueños más lúcidos para escapar de nuevo a la realidad.

—Lucius… —susurró—. Qué vergüenza… He debido quedarme dormida en el pasillo.

Amanda parecía nerviosa. Miró un par de veces hacia atrás y pegó la oreja a la puerta colindante.

—¿Por qué aquí? —preguntó él.

—Es una larga historia.

Ya no se escuchan sollozos , pensó ella. Se ha quedado dormida mientras lloraba… Exactamente igual que yo .

Los pasos resonaron en el pasillo. Una campanilla alertaba de la situación al mismo tiempo que el ama de llaves repetía:

—¡Va a empezar el toque de queda! ¡Todos a vuestras habitaciones!

Lucius y Amanda se miraron sin saber muy bien qué hacer. Ninguno quería marcharse, pero tampoco parecían dispuestos a pedirle al otro que se quedara. Él le tendió la mano para que se levantara del suelo y ella se la tomó.

—Gracias por haberme despertado. No quiero ni imaginar lo que habría pensado la señora Arch de haberme encontrado así en mitad del pasillo.

—No hay de qué.

—¿Has estado bien estos días? Sé que no hemos hablado mucho… Quiero decir… ¿Estás siendo feliz?

Una chispa se prendió en el interior de Lucius.

De todo lo que le preocupaba, nunca se hubiera parado a pensar que su hermana iba a preguntarle por su felicidad.

Era la primera vez en años que alguien no le decía lo que debía hacer o le juzgaba por si lo que hacía estaba bien o mal.

Solo eso: ¿él era feliz con cómo estaba viviendo?

—Sí, mucho.

—Entonces, es suficiente.

Agradeció el gesto de comprensión. Cuando empezó a vislumbrar el candil de la señora Arch en la profundidad del pasillo, se tensó.

—Bueno… Debería irme a mi cuarto antes de que nos encuentre aquí. —Lucius se rascó la cabeza—. Mañana os veo, ¿vale?

Antes de que pudiera girarse, Amanda lo agarró de la muñeca.

—¿Quieres pasar la noche aquí? Creo que tenemos mucho que contarnos.