La sociedad de las almas malditas 8 #2
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La confesión de Aetheriel despertaba nuevas dudas en Lucius.

Si tan complicado era acceder a la Academia de Westgard, ¿cómo era posible que los Bellavere hubieran inscrito a cuatro hijos?

Rembrandt era un hombre de negocios, pero no de los que dan dinero, sino de los que atraen problemas.

A lo largo de Eileanor, tema más enemigos que amigos, debía más favores de los que había cumplido.

Entonces, ¿qué clase de pacto había hecho para que todos ellos acabaran en un lugar así?

Lucius le había hablado sobre los Bellavere y sus problemas con las pesadillas. Siempre le agradecería a Rembrandt Bellavere haberlo acogido como a uno más, pero el infierno que había vivido en esa casa no era comparable a nada.

«Frederick y Lukas comparten las pesadillas de su padre», le explicó una noche en el cuarto de Aetheriel, del cual ya había memorizado hasta los olores y la colocación de los lapiceros sobre el escritorio.

«Es como si arrastraran la misma maldición…

Algo los persigue y acecha, y aquí solo ha conseguido potenciarse».

Después de todo lo que habían compartido, sus mayores miedos y secretos, Aetheriel se atrevía a referirse a él como desconocido . El simple recuerdo de sus palabras se le atravesaba en el pecho y se retorcía, ocasionándole una gran agonía.

Lucius tuvo ganas de reprocharle que no le hubiera presentado aún a su hermano. Tal vez, si le hubiera introducido poco a poco a sus amistades, Caelus, Aetheriel y él podrían ir a comer juntos. Y así no tendríamos que separarnos , pensó.

No soy ningún desconocido , se repetía. A un desconocido jamás le contaría la verdad sobre mi familia ni los miedos que pasé de pequeño; no le abriría mi imaginario ni me atrevería a compartir con él mis autores favoritos .

Y, en cierta parte, sabía que Aetheriel pensaba igual. Porque si tan desconocidos fueran, jamás le habría contado todo lo que pasaron su hermano y él para mudarse desde el norte de Balzania hasta llegar a la Academia de las Artes Oscuras.

Su cabeza se convirtió en un pozo de caos e inseguridades, donde los miedos rebosaban hasta ahogar a la certeza. Preguntas, preguntas y ninguna respuesta.

De pronto, Lucius recobró las ganas de comer con sus hermanos, aunque solo fuera para despejar su mente y hallar respuestas.

—No te preocupes —le dijo dándole un golpecito en la espalda—. Habrá tiempo de conocernos. Comeré con mis hermanos. Luego, si quieres, nos vemos.

Una sonrisa se dibujó en el gesto de Aetheriel.

—Prometo que hoy le hablaré de ti. —Probablemente mentía, pero nada sentaba tan bien como una mentira que alguien necesitaba escuchar.

De camino al comedor, Lucius repasó mentalmente lo que les diría a sus hermanos. Lo primero, sería saludar como si nada hubiera pasado. Un «buenos días, ¿cómo ha ido la mañana?», seguido de un «he estado demasiado ocupado esta semana» para exculpar su ausencia durante las últimas comidas.

Aun así, se esperaba lo peor. Conocía lo suficiente a sus hermanos —no porque lo hubieran pagado con él en el pasado, sino porque había visto demasiadas veces cómo se enfrentaban los unos a los otros— como para saber que su reacción sería desproporcionada.

Se imaginaba a Frederick recriminándole no ser una familia unida ante los ojos de los demás —por mucho que él hubiera sido el que insistía en que se relacionaran con otra gente— o a Lukas remarcando que, si él podía permanecer en los desayunos, comidas y cenas con el resto, cualquiera podía.

Sin duda, quien más miedo le daba era Amanda.

Lucius la conocía lo suficiente para saber que era uno de sus pocos apoyos.

Su relación con Lukas y Frederick no era la mejor del mundo.

Se extendía esa cordialidad entre hermanos que no pueden dejar de hablarse pese a no tener nada en común.

No se tenían odio, tan solo no encajaban.

Amanda los consideraba demasiado idiotas como para mantener una conversación seria con ellos.

Tal vez más a Lukas que a Frederick. Sin embargo, este último solía pecar de demasiada arrogancia.

«Ha crecido siendo el mayor de todos y ha tenido que actuar como un padre en decenas de ocasiones.

No le culpo, pero claramente no puedo tratarlo como a un hermano», le había confesado Amanda alguna vez, cuando se había negado a hablar con Frederick después de un mal día.

Por eso, Amanda solía refugiarse en Lucius como vía de escape.

Decía que él era «un niño adelantado a su tiempo.

Lo suficientemente inteligente a nivel emocional como para tratar cualquier asunto; lo suficientemente pequeño como para no haberse convertido en un hombre estúpido».

Nunca terminaba de comprender muy bien a qué se refería con eso.

Aunque siempre añadía un «Ya te llegará. A todos os pasa».

Cuando entró en el comedor, le alivió ver que Frederick y Lukas estaban comiendo solos. No había ni rastro del plato de Amanda, así que supuso que llegaría tarde a comer. La excusa perfecta para no tener que dar explicaciones .

Sin embargo, su cuerpo se tensó cuando vio cómo Lukas le daba un par de toques a Frederick en el brazo y señalaba con la mirada en su dirección.

Frederick se giró y frunció el ceño al ver llegar al pequeño de los Bellavere tan solo.

Parecía una oveja negra que se hubiera separado de su rebaño y ahora quisiera volver al hogar.

¿Se arrepentía?

En parte, al pensar en la reprimenda que le caería, sí. Quizás podría haberse gestionado para repartir su tiempo entre Aetheriel y su familia. Así no habría ningún problema.

Por otra parte, creía que todo había merecido la pena.

No se imaginaba sin compartir tiempo con Aetheriel.

Las conversaciones con él eran tan dinámicas que las horas pasaban volando.

Había leído al menos cinco libros en la última semana gracias a la motivación que le otorgaba poder comentarlos luego con él.

Y, por si fuera poco, la colección que poseía en su habitación era envidiable al lado de cualquier otra que hubiera visto.

Autores nacionales, extranjeros, del siglo actual y del pasado…

Muchas veces bromeaban con la idea de adquirir otra habitación solo para guardar los libros.

«Biblioteca, querido. Se llama biblioteca», le había dicho bromeando en alguna ocasión.

Se sentó en la silla libre al lado de Frederick.

La algarabía llenaba el ambiente de comentarios, risas y voces de otros alumnos.

Unos hablaban de asignaturas; otros, de cotilleos.

Aun así, la burbuja que se había creado en torno a los hermanos parecía aislar el ruido exterior.

Ninguno se atrevió a romper el silencio al instante.

Ambos se miraron, a la espera de que Lucius dijera algo.

—Bueno, ¿qué tal el día?

Si se hubiera quedado con Aetheriel, ya estarían charlando sobre las lecturas favoritas del chico. Le estaría recomendando al menos una docena de libros que leyó durante el año anterior y le diría que se pasara por su habitación a recogerlos para leerlos cuanto antes.

—¿Qué tal… el día? —Frederick parecía confundido. Comía una sopa aguada, y dejó la cuchara a la altura de su barbilla, incapaz de llevársela a la boca.

—Querrás decir «¿qué tal la semana?», ¿no? —Añadió Lukas, que al menos disimuló una risa.

A Lucius le pareció exagerado. Sí, había estado ausente durante las comidas de los últimos días.

Sí, a los desayunos había llegado tarde porque se quedaba dormido por quedarse hasta las tantas charlando con Aetheriel.

Sí, en las cenas imperaba tanto el cansancio que las conversaciones apenas existían.

Pero ¿era su culpa?

Tampoco pensaba que fuera para tanto. Quizá se podría haber esforzado un poco más.

—¿Tanto tiempo ha pasado? —preguntó en un intento de restarle importancia.

Ambos asintieron.

—Se me ha pasado volando, perdón. —Miró hacia el comedor para ver qué servían ese día. Quizás excusarse por un plato de comida le sirviera para provocar una huida rápida.

—Bah, no pasa nada. Si todos hemos tenido…

—Lukas trató de apoyar a Lucius. Él había sido el primer caótico que había desaparecido de casa durante días por haberse marchado a los poblados vecinos a celebrar fiestas.

A veces, aparecía con una pareja diferente en su ciudad, o sus hermanos se lo encontraban en los caminos, tan perdido como un caballo en mitad de una ventisca.

—Lo que has hecho es inapropiado —sentenció Frederick, cruzándose de brazos—. Somos una familia. Aquí solo nos tenemos a nosotros y debemos permanecer unidos.

«Fuiste tú el que quería que explorásemos nuestra libertad», tuvo ganas de decirle.

—Bueno, yo… —Lucius se encogió en el asiento.

—¿Qué se suponía que andabas haciendo por ahí? ¿No te das cuenta de que eres nuestra responsabilidad? —Frederick parecía más nervioso que de costumbre. La voz le temblaba al hablar y la vena del cuello se le hinchaba.

—He estado con Aetheriel, el chico de mi clase… Tan solo intentaba hacer amigos.

Lukas le dio un par de palmadas en la espalda a Frederick para rebajar los ánimos.

—Venga, Fred… Tampoco ha hecho nada malo —intervino, la mirada centrada en la mano inquieta de Frederick agarrando el tenedor.

—No trates de justificarlo. —Frederick le apuntó con el cubierto—. Esto es peligroso. Tal vez no lo sepas porque nunca has tenido que preocuparte por nada más que por ti mismo. Pero yo prometí que os cuidaría, que me haría cargo de todos vosotros y que…

—¿Convertirías esta experiencia en un muermo? —Añadió Lukas, que se llevó el tenedor a la boca con desgana—. El chico no ha matado a nadie. ¿Ya has olvidado lo bonito que es conectar con una persona desconocida?

Frederick lo fulminó con una mirada que despertó a todos los demonios internos de Lukas. Hubiera deseado hacerse lo más pequeño posible en el asiento hasta desaparecer por completo de su rango de visión.

Entonces, Lucius se levantó del asiento.