La sociedad de las almas malditas 8
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Jörsh Feauver alcanzó el éxito cuarenta y siete años después de haber

muerto. Sus incontables poemas nunca le dieron de comer, pero llenaron su

alma en los momentos de mayor tristeza tras la muerte de su esposa.

El tiempo carece de sentido,

La noche ha reemplazado al sol.

Te estuve imaginando conmigo

y siento que he perdido la razón.

Cuando estoy en algún sitio,

pienso que aún somos los dos.

Recordarte es mi gran oficio.

Olvidarte, mi mayor temor.

— E ste poema creo que es el mejor que he leído del autor —reconoció Lucius mirando por encima de las páginas.

Estaba sentado en el suelo de la habitación de Aetheriel, apoyado con la espalda en la pared y las piernas extendidas.

A diferencia de su cuarto, él tenía estanterías por doquier repletas de ejemplares voluminosos que había traído desde su casa.

El chico de cabello dorado se encontraba tirado sobre la cama mientras revisaba otro poemario del mismo autor.

Durante los últimos días en la Academia, Aetheriel y Lucius habían compartido más momentos juntos que con sus hermanos.

Después de las clases, acudían a la biblioteca para buscar libros que comentar o paseaban por los exteriores de la escuela.

Lucius amaba sentarse en los bancos del mirador; el ambiente nublado y las estatuas de ángeles revestidas de musgo pintaban la escena de un color especial.

Había empezado a saltarse las comidas con sus hermanos de la última semana para estar con Aetheriel.

A veces, también llegaba tarde al desayuno o la cena, y cuando se sentaba a la mesa, el resto ya tenía que irse.

—Jörsh Feauver es uno de los grandes poetas del milenio pasado —aseguró, pasando las páginas con una cadencia exquisita para degustar sus versos—.

Su habilidad para expresar el amor que sentía por la pérdida irreparable de la mujer que amaba fue, sin duda, lo que lo catapultó al éxito.

Aun así, ¿sabías que no fue reconocido hasta varias décadas después de su muerte?

Lucius abrió los ojos, perplejo.

—¿A qué se debió? No imagino lo horrible que tiene que ser alcanzar el éxito una vez que no puedes saborearlo.

Aetheriel se incorporó en la cama.

—Tampoco creo que Feauver fuera un autor que disfrutara del éxito.

Tan solo le llegó. Casi mejor así. Él escribía en diarios, agendas y servilletas, pero nunca intentó publicar nada.

Daba clases de literatura en la universidad de su ciudad y fueron unos lingüistas los que encontraron sus escritos mucho tiempo después.

Con el permiso de su familia, fueron recopilando los poemas para publicarlos.

—En cierta parte, me alegra saber que hay quienes arropan la escritura por el simple hecho del desahogo. Nuestra generación de escritores es mucho más corrupta. Siento que a veces solo escriben por alcanzar algo.

Aetheriel frunció el ceño y Lucius se percató del gesto.

—No digo que esté mal. Solo digo que echo de menos la devoción por el arte.

El simple hecho de crear sin mirar más allá que el placer de una satisfacción interna.

—Un silencio se extendió entre los dos, pero por la forma de asentir de Aetheriel, Lucius supo que estaba de acuerdo con lo que decía.

A menudo solían tener conversaciones así, centradas en el arte y en lo que significaba para ellos.

La literatura, la música, la pintura… Aetheriel había demostrado ser el mejor compañero para Lucius gracias a que ambos compartían la misma pasión por lo artístico—.

¿Crees que a Feauver le hubiera gustado ver su obra publicada? ¿Qué crees que opinaría de esto?

Aetheriel se limitó a tenderle el libro que estaba leyendo.

—Creo que este poema te dará una respuesta.

Si algún día vuelves,

no quiero que mi pena te hable.

Si algún día vuelves,

no quiero ser quien te espere.

Si algún día vuelves,

no te diré que es muy tarde.

Si algún día vuelves,

no seré quien te frene.

Solo espero que si eso pasa,

nadie de esto se entere.

Porque mi pena es privada

y al que toca lo hiere.

Solo espero que si eso pasa,

sepas que siempre me duele.

Que escribirte me sana,

pero pensarte me muere.

—¿Cómo murió Jörsh Feauver? —preguntó Lucius temiéndose lo peor.

—Se quitó la vida a los cuarenta y tres años después de saltar de un tren en marcha. Hay fuentes que recogen que se lanzó tras enterarse por el periódico que leía esa mañana de camino al trabajo de que la chica a la que había amado luego de haber enviudado se había casado con otro.

Lucius suspiró. Contempló con tristeza el poemario que tenía entre las manos.

—Un autor atormentado repleto de grandes ideas.

—Los mejores, normalmente, lo están. Un filólogo de mi país solía decir que «la tristeza y la melancolía son los combustibles de los que se alimenta el arte».

—¿Crees que son más potentes que el amor? —preguntó Lucius hojeando otro libro de Feauver—. Los poemas que escribía cuando era correspondido también tienen una gran calidad literaria.

—Y, sin embargo, nadie se acuerda de ellos. A los lectores les encanta el amor, pero uno necesita apoyo cuando está mal. Es un hecho. Uno tenderá a sentirse marcado por aquello que lo reconforta en sus peores momentos.

Las campanas de la escuela tañeron, irrumpiendo así en la conversación. Lucius miró el reloj que colgaba de una de las paredes: marcaba las dos en punto.

—Deberíamos ir a comer —sugirió.

Aetheriel estaba recogiendo los libros que había desperdigado por toda la habitación cuando se quedó quieto.

Algo lo había inmovilizado y, a juzgar por la forma en que sus ojos se movían con rapidez, como si buscara una vía de escape mental, y las manos se le entumecieron sobre los libros, Lucius entendió que la parálisis debía ser culpa de algo que había dicho.

—¿Te encuentras bien? —Amagó con acercarse para comprobar su estado.

Recobró la vida cuando soltó el aire que retenía dentro. El gesto del muchacho había cambiado por completo. Incluso, Lucius pudo entrever cierta culpabilidad en su rostro.

—Se me había olvidado decírtelo. Hoy voy a comer con mi hermano. No te importa, ¿no?

Lucius se sintió estúpido por sentir celos de algo así.

No es que no quisiera que Aetheriel quedara con su hermano, más bien era el miedo que le suponía tener que volver a comer con los suyos después de varios días ignorándolos.

Aunque Frederick había matizado su interés en que todos prosperasen y aprovechasen aquella oportunidad que les brindaba la Academia para conocer gente y ser libres, Lucius sentía cierto retintín en sus palabras cada vez que faltaba a una comida o hablaba de Aetheriel.

«No es mi culpa que vosotros sigáis encerrados en vosotros mismos», se había muerto por decir en ocasiones así.

Ya no solo era la escasa elegancia en sus formas, sino que transmitían una apatía desmedida.

Lucius parecía ser el único de los cuatro que disfrutaba de permanecer allí, de las clases, de la oportunidad que le supondría a su carrera artística su paso por la Academia.

Quería conocer a otros artistas, intercambiar opiniones con ellos, trabajar en su obra, sembrar una semilla y que germinara gracias a regalarla con esfuerzo y dedicación.

—Claro, no pasa nada. Aprovecharé para comer con mis hermanos —respondió, en un intento de ahuyentar el miedo—. Porque… la opción de que coma contigo y con tu hermano es inviable, ¿verdad?

Aetheriel se mordió el labio. La comodidad carecía de hueco tal y como se había tornado la conversación. Lucius odiaba advertir la molestia en esos ojos apagados que durante tantas noches le habían alumbrado mientras intercambiaban opiniones de libros.

—Caelus es peculiar… —susurró—. No es demasiado sociable con los desconocidos.

Desconocido.

El primer día que se vieron después de clase, Lucius le relató con detalle cómo había sido ser un niño huérfano, crecer en una familia que no era la suya y adaptarse al cambio hasta poder fingir que se sentía parte de ellos.

La primera noche, Aetheriel le había confesado que su hermano escapó de su país por culpa de una guerra que los asolaba y que acabaría llegando a su tierra.

Aetheriel siguió sus pasos pese al descontento de sus padres.

«Mi hermano escapó de casa tres años antes», le había confesado una noche que se quedaron en su cuarto charlando hasta altas horas de la madrugada.

«La situación en Balzania era terrible. La guerra con los países del este había explotado y el conflicto estaba tomando cada vez más ciudades.

Él me prometió que volvería a por mí en cuanto tuviera los recursos, y así lo hizo».

Lucius se sentía ingenuo por creer que la familia de Aetheriel era una privilegiada y que, al igual que la mayoría de los alumnos, habían entrado en la Academia gracias a su buen posicionamiento social.

La segunda vez que se vieron, Lucius le llevó un ejemplar de su libro favorito y Aetheriel le aseguró que ya lo había leído. Pasaron horas comentándolo en el mirador de la escuela. Esa noche no pudieron verse, pero Lucius aprovechó para escribirle una poesía que nunca le enseñaría.

El tercer día, Aetheriel le confesó que sus padres estaban involucrados en el conflicto bélico que amenazaba a su país, que nunca se entendió con ellos lo suficiente y que Caelus se marchó de casa demasiado joven porque las discusiones con su familia se habían vuelto violentas e intransigentes.

«Caelus siempre ha sido un revolucionario con grandes ideas, yo tan solo un niño que acataba órdenes para seguir adelante».

«Mi hermano trabajó muy duro en Eileanor para conseguir una fortuna y poder pagar su matrícula y la mía. Aunque no lo creas, estudiar aquí es un privilegio para cualquiera».