7 #2
Amanda frunció el ceño ante ese razonamiento.
No le gustaba escuchar a su hermano decir cosas sensatas, menos cuando se trataba de Lukas.
Frederick era el que seguía la lógica, la ética, la moral y todas esas virtudes que se enfocaba en potenciar día tras día, demostrando ser el claro ejemplo de hijo perfecto.
Lukas, no. Él era caótico, perverso y despistado.
¿Cómo podía dilucidar esos razonamientos antes que ella?
¿Acaso decía alguna locura por no fiarse de personas que aprovechan su escala social para someter a otras?
—A veces me sorprende que seamos hijos del mismo padre.
—No sé si eso es un halago, pero me lo tomaré como tal —respondió él. Miró el reloj que colgaba de la pared y se dio cuenta de lo tarde que era—. Bueno, me marcho a mi primera clase de la mañana. ¿Hoy tú qué tienes?
—Ahora nada. Luego, una clase de algo que me importa lo más mínimo.
—Uf. Suerte con tu desgracia académica. Deberías intentar aprobar si no quieres que te echen de este sitio a final de curso. Ya sabes: no lo hagas por el aprobado, hazlo por tu prestigio como artista. Sería un infortunio que todos tuviéramos que volver a buscarnos la vida ahí afuera.
No sé yo si sería peor que estar aquí adentro , pensó en responderle.
—Nos vemos en la comida, desgracia académica —respondió Amanda. ¿En qué momento había empezado a consentir que Lukas la llamara así?
El resto de la mañana, hasta que llegó la hora de su clase, no consiguió concentrarse.
Perdió el tiempo deambulando por los pasillos de una Academia en la que cada vez se sentía más sola.
Cuando pasaba al lado de un grupo de alumnos, se encogía como si así se volviera un poco más invisible.
Los cuchicheos son siempre sobre mí , pensaba cuando el tono de voz de cualquier persona bajaba justo al cruzarse con ella.
Incluso al caminar en soledad, creía escuchar los lamentos de las paredes de la escuela.
Bellavere, Bellavere, Bellavere.
Todos me critican. Todos me odian.
Se planteaba qué hacía allí. ¿Por qué perdía su tiempo en un lugar donde no terminaba de encajar? Si tan grande era el mundo, habría al menos un rincón que estuviera hecho para ella.
Durante la clase de ese día, apenas pudo prestar atención a las palabras del profesor Trevor Redcoon. A veces, escuchaba de fondo frases que no tenían sentido para ella por haberse perdido el resto de la explicación:
—El autor habla de que el mar se encuentra embravecido para reflejar la intranquilidad de su alma. Es un recurso que veremos a menudo en su obra y…
Si su estado anímico se reflejara en el clima, los rayos caerían sobre la tierra y las nubes lo opacarían todo. ¿Qué más daba si el mar estaba en calma o lleno de furia si las olas morirían igualmente al llegar a la orilla?
Lo único que la sacó esa vez de sus divagaciones fueron las palmadas que dio el profesor para llamar la atención de la clase.
—Bueno, procedo a repartir vuestros últimos trabajos sobre la literatura del primer siglo en Westgard, ¿de acuerdo? Si tenéis alguna duda, podemos hablarlo durante la clase de la semana que viene, ya que hoy se nos acaba el tiempo.
Los folios fueron cayendo sobre las mesas de los alumnos.
Algunos sonreían excitados al ver el diez marcado sobre la esquina superior.
Otros, no tan afortunados, se hundían sobre el papel al comprobar que no habían alcanzado los objetivos.
Amanda tenía el corazón en un puño conforme veía al profesor Redcoon avanzar hacia su pupitre.
Nunca comprendería por qué la nota de un trabajo debía suponer un mal tan grande en la vida de nadie.
Era eso: un trabajo; palabras escritas sobre un papel que se olvidarían al cabo de unos días.
Y sin embargo, era incapaz de apartar la idea de que su prestigio como artista dependería de que la valoración de una persona fuera lo suficientemente correcta como para que, al finalizar el curso, no la expulsaran de la escuela.
No es que sea por mi futuro académico , pensó cuando el profesor la miró desde lo alto y agarró su trabajo. Es mi supervivencia. Fuera de la Academia, no tengo nada .
El papel se hundió como plomo sobre el pupitre. En la esquina superior derecha, un dos marcado en rojo determinaba que Amanda no había cumplido con lo que la entrega requería. No solo eso: había estado muy lejos de lo que se consideraba aceptable.
—Señorita Bellavere, ¿se encuentra bien? —preguntó el profesor.
De entre todo el alumnado, la eligió a ella para hacerle esa pregunta.
¿Acaso había sido la peor nota de la clase?
Se fijó en el resto de sus compañeros: sonrientes y altivos.
Por supuesto que era la peor. Ellos no tenían sus dificultades ni su ansiedad, su falta de sueño ni las pesadillas que la azotaban cada noche.
Habían dedicado toda su vida a estudiar y a labrar su conocimiento.
Sus cabezas eran campos de cultivo perfectos para acoger el saber con los brazos abiertos, mientras que ella era un huerto arrasado por las lluvias que nunca volvería a dar frutos.
—Da igual… —respondió, cabizbaja. ¿De qué serviría que le explicara nada? Jamás entendería lo que era estar en su piel.
—Te veo despistada en clase, con la cabeza en otro sitio constantemente. Me gustaría que te quedaras al finalizar la hora para hablar de tu desarrollo académico.
A Amanda la absorbió una profunda pena que se reflejó en la humedad de sus ojos.
Una vez más, tragó toda la frustración que arrastraba y se limitó a asentir.
Durante el poco tiempo que quedaba de la clase, el tictac del reloj le pesó cada vez más.
Cada segundo se clavaba en sus entrañas como si el tiempo no quisiera transcurrir.
La aguja parecía derretirse sobre la hora en punto que marcaba el final.
Entonces, cuando los alumnos se levantaron para marcharse, el profesor se quedó esperándola, apoyado en su escritorio. Amanda se acercó hasta él con la mirada gacha y las manos entrelazadas a la altura de la cintura.
—¿Qué es lo que sucede, Amanda? —preguntó Redcoon, cruzándose de brazos—. ¿Estás durmiendo bien? Te noto cansada y ausente.
No sabía qué le extrañaba tanto. Desde el primer día, había sido así.
—No duermo demasiado por las noches. —En parte, no mentía. Aunque no consideraba que ese fuera el motivo de su desempeño en el aula.
—Deberías descansar. Un buen sueño favorece el rendimiento y la productividad. Estoy convencido de que tus compañeros duermen al menos ocho horas diarias.
Estoy convencida de que ninguno de mis compañeros tiene problemas.
—Intentaré descansar… —susurró.
—Llévate esto. —Le tendió un folio con títulos de libros—.
Son un par de manuales sobre la asignatura que te pueden ayudar en las áreas en las que vas más atrasada.
Está claro que tus compañeros tienen una base más sólida que tú y eso también te está lastrando.
Además, he añadido un libro sobre meditación que ayuda a conciliar el sueño.
Amanda se quedó perpleja con el papel en la mano. Observó los títulos escritos con una caligrafía pésima:
LITERATURA WESTGARDIANA DE PRINCIPIOS DE SIGLO .
LA GENERACIÓN DORADA DE LAS LETRAS .
MANUAL DE LITERATURA PARA PRINCIPIANTES .
CONCILIA EL SUEÑO .
Una mueca de asco se dibujó en su cara. Parecían las recomendaciones que haría alguien que no tiene muchas ganas de ayudar a otra persona. «¿No duermes por la noche y quieres ayuda? Oh, por supuesto: léete estos manuales. Seguro que te ayudarán a hacer algo que no puedes».
—Gracias, profesor Redcoon —se limitó a contestar. Arrugó el papel y se lo guardó en el bolsillo de su chaqueta—. Seguro que me serán de gran utilidad.
Al marcharse del aula, pensó en correr a su habitación para refugiarse.
Sin embargo, una oleada de alumnos congregados en los pasillos la obligó a detenerse.
Aunque ninguno de ellos se girara para verla pasar, Amanda sintió las miradas clavándose en su nuca.
Avanzó entre la multitud evitando chocar con cualquiera de ellos.
Todos tenían la mirada tan altiva que se veía a sí misma como una hormiga que caminaba entre gigantes.
«Del mismo modo que yo no me pararía a observar a un insecto, ellos jamás se detendrían a mirarme. Soy insignificante a su lado».
Ese día, Amanda no acudió a comer ni a cenar.
Consiguió un café para llevar en la puerta del comedor y salió a los jardines de la Academia.
Entre vegetación recubierta por la escarcha, recorrió los caminos de piedras agrietadas hasta hallar un banco tan congelado como el resto del paisaje.
Junto a él, había un árbol sin hojas y ramas caídas; en el horizonte, el humo de las chimeneas de Westgard atravesaba las copas del bosque.
El frío la invadió, pero apenas le importó.
Se refugió en su chaqueta, intentando hacerse más pequeña para guardar mejor el calor.
Durante toda la tarde, contempló el sol caer al otro lado de las montañas, arropado por las nubes.
Se fijó en cómo los rayos del sol bañaban de dorado la fachada de la escuela.
Era un edificio tan imponente como antiguo: rebosaba tanta magia que, si en algún momento hubiera existido de verdad, Amanda estaba convencida de que la Academia de las Artes Oscuras habría sido su hogar.
Un día nuevo acababa. Y ella aprovechó para marcharse a su habitación en silencio, cuando nadie más caminaba por los pasillos.
Mañana será otro día , pensaba mientras se concentraba en la reverberación de sus pisadas.
Al menos mis hermanos están adaptándose mejor que yo , creía erróneamente.
Supongo que nunca habrá un sitio para mí.
¿Por qué a veces parece que pertenezco a otro mundo?
Cuando se disponía a abrir la puerta de su habitación, un sollozo llamó su atención.
El llanto apenas era notable en el resto del pasillo, pero sí que se intensificaba al llegar a ese punto.
El primer pensamiento de Amanda fue ignorarlo.
¿Por qué iba a preocuparse por el quejido de otra persona?
Bastante tenía con sus problemas. Sin embargo, cambió pronto de parecer.
La persona que lloraba no estaba lejos. De hecho, a juzgar por la procedencia del ruido, quien lloraba era su vecina de habitación.
«Miry Amber», el nombre se tambaleó en sus labios como una súplica.
Amanda estuvo a punto de entrar en su habitación e ignorar aquel quejido.
Sin embargo, sentía que la estaba traicionando.
Sentía que le estaba haciendo exactamente lo mismo que hacían con ella.
A diferencia del resto, Miry sí que la vio desde el primer día.
No la ignoró. La había visto siempre. No hizo como si no existiera.
La abrazó y le tendió una mano cuando no había nadie.
Cuando ni siquiera Amanda sentía la desazón que le provocaba la soledad en ese momento.
Se había esforzado por entablar conversaciones con ella, por apoyarla y permanecer cercana, pese a que Amanda nunca había sabido responder en condiciones.
Pero ¿por qué lloraba una chica como Miry Amber?
¿Qué motivos podía tener? Amanda la había visto por los pasillos: siempre tan elegante y con el gesto tan alegre, caminaba de un lado a otro arrancando miradas de sus compañeros y compañeras de clase.
Era una de esas personas que tenían luz propia, que podrían ser los protagonistas de una novela por su forma de controlar lo que sucede a su alrededor.
Todo le sale bien, todo le va bien , había pensado en alguna ocasión al cruzársela, acompañada por las chicas más populares de la Academia.
No solo eso. Miry Amber era, con casi total probabilidad, la chica más inteligente y atractiva de Eileanor.
Su pelo de fuego carbonizaría corazones con la misma intensidad con la que sus ojos brillarían en mitad de la noche.
La había escuchado responder a preguntas del profesor que le parecían imposibles, cuestionar con métodos lógicos las explicaciones que creía equivocadas. Sabía hablar, estar y permanecer.
Entonces, si Miry Amber era todo cuanto ella aspiraba a ser, ¿por qué lloraba a solas en su habitación?
Amanda se replanteó si llamar a la puerta. Detuvo su puño a escasos centímetros de ella, con los nudillos a punto de rozar la madera. ¿Para qué iba a molestarla? ¿Qué podía aportar a su sufrimiento?
Hola, soy Amanda. Te he escuchado llorar y he pensado que tal vez necesitaras un hombro desconocido sobre el que apoyarte.
Se sentía tan ridícula pensando en sus palabras que se sonrojó por la vergüenza.
Apoyó la cara en la pared y se dejó caer hasta que sus piernas tocaron el suelo.
Sentía el frío a través de sus medias. El llanto de Miry Amber no cesaba.
¿Era cruel sentir que la pena ajena la reconfortaba?
Ahora sabía que no era la única que lloraba a solas.
Recordaba un pasaje de uno de sus libros favoritos que decía: «Si incluso los dioses sangran, ¿qué podemos esperar de los humanos? ».
No supo en qué momento el cansancio empezó a reinar en ella ni tampoco cuándo dejó de escuchar los sollozos. Solo que en aquel lugar, por primera vez, había hallado consuelo.