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convirtiéndose en su obra más afamada y la que la catapultó
como la escritora de novela romántica más exitosa de su generación.
C onforme los días pasaban en la Academia de las Artes Oscuras, Amanda sentía que su mundo cobraba menos sentido.
El tiempo no transcurría lo suficientemente deprisa y, sin embargo, cuando quería darse cuenta, la noche sumía todo en la más profunda oscuridad.
«Parece como si el sol no existiera», le había dicho a Frederick durante uno de sus desayunos.
«En Westgard casi siempre está nublado. Da la sensación de que nunca fuera de día», le había respondido él, antes de comerse su tostada y marcharse a clase.
No obstante, eso no era lo que más perturbaba a Amanda.
La noche podía ser eterna y las nubes colmar el cielo, la luz escaseaba y el frío llegaba antes que a cualquier otro punto de Eileanor.
No pasaba nada: la mayoría de las regiones del norte eran así en esta estación del año.
Lo que le preocupaba de verdad era la fatiga generalizada que había empezado a sentir desde el momento que cruzó la puerta de la Academia y que no paraba de extenderse día a día.
No dormía bien por las noches y, cuando las pesadillas cesaban, ya era momento de volver a levantarse.
Caminaba por los pasillos como un alma en pena vagando en busca de otro ser del que alimentarse.
En su caso, lo único que la mantenía cuerda era el café, y no sabía hasta qué punto el exceso de este le sentaba bien.
Las clases no la motivaban lo suficiente como para mantenerse vivida. Los compañeros a los que había intentado acercarse, tampoco. Cada vez que se acercaba a un grupo, todos se giraban o la ignoraban deliberadamente hasta que se iba.
La socialización se le hacía cuesta arriba. No podía soportar la idea de intentar entablar una amistad artificial con gente que no le interesaba lo más mínimo.
Y luego estaba ella, Miry Amber.
Se la había cruzado por los pasillos en más de una ocasión, casi siempre acompañada por otras alumnas.
Alguna vez, Miry se había intentado acercar a ella, al iniciar una clase o al cruzarse en el comedor.
Sin embargo, Amanda había salido huyendo o no había sido capaz de dirigirle la palabra por miedo a ridiculizarse.
—¿Puedo sentarme aquí? —le había preguntado un día durante una clase de música en la que Amanda se sentaba sola.
Después de que le temblara el ojo y el corazón se le acelerase, le había respondido con brusquedad un simple:
—No, lo siento. Es que hay alguien.
Aunque nunca hubiera aparecido nadie para sentarse.
Amanda se odiaba a sí misma por ser así, por ese pánico desmedido que le impedía entablar una conversación con alguien que no fueran sus hermanos. Empezaba a cansarse de sí misma.
Bellavere, Bellavere, Bellavere.
Tal vez el apellido nunca hubiera sido el problema.
Esa mañana, al llegar al comedor, los alumnos se distribuían en grupos.
Durante los primeros días, cada uno había elegido su mesa y pocos eran los que se atrevían a sentarse ante la de otros.
Amanda se acercó a la encimera principal, donde agarró una bandeja y una taza para servirse café.
Se planteó qué desayunar esa mañana en la que su estómago cerrado le impedía probar ni un solo bocado, pero sabía que necesitaba alimentarse.
—¿Todo bien? —La voz de Miry fue la que la sacó de su ensimismamiento.
Amanda se sobresaltó al escucharla y tuvo que inspirar un par de veces profundamente para volver en sí—.
Perdón, no quería asustarte. Suelo verte con tus hermanos muy bien acompañada, pero me preguntaba si en algún momento te gustaría hacer algo con nosotras.
Amanda sintió que palidecía. ¿Nosotras? Cuando miró por encima de su hombro, se percató de que el grupo de Miry la observaba desde la mesa.
Eran cuatro, de las cuales Amanda solo recordaba el nombre de Luz Vionni.
Se movían siempre juntas: a las duchas, al comedor, a las clases…
y por supuesto, lo comentaban todo juntas.
Bellavere, Bellavere, Bellavere…
—Creo que es mejor que no —rechazó Amanda, acompañando sus palabras con una negativa de cabeza—. Gracias, y lo siento…
Se alejó en busca de la mesa apartada en la que solía sentarse con sus hermanos.
Allí podría hacerse pequeña, alejada de todo y de todos.
Allí no tendría que soportar el peso de las miradas del resto.
Allí no tendría que sentirse ridícula por haber rechazado una propuesta de la única persona que parecía interesarse por ella en esa escuela.
Se perdió durante los siguientes diez minutos en su café aguado y su manzana fresca.
—¿Cómo has dormido hoy? —Para su sorpresa, Lukas fue el primero en llegar esa mañana al desayuno. Tenía las ojeras marcadas y el pelo alborotado.
Amanda dio un trago a su café.
—He soñado que una bestia de ojos rojos me perseguía por toda la Academia. ¿Contesta eso a tu pregunta?
No era verdad. Amanda había soñado con un grupo de chicas ridiculizándola en los baños, pero eso no se lo contaría jamás a su hermano.
En cambio, Lukas asintió y mordió su cruasán.
—Yo he vuelto a soñar con las sombras. Empiezan a aburrirme un poco.
—¿Las pesadillas te pueden aburrir?
—No sé. A veces me planteo que, si van a ser tan pesadas, al menos podrían ser un poco cordiales. Un «hola, ¿qué tal? De nuevo por aquí, ¿eh?», u «oye, ya que llevamos tanto tiempo quedando en tus sueños, ¿qué te parece si te invitamos a tomar algo?».
Ella se rio ante la ocurrencia de su hermano. De los cuatro, había heredado el don de la comedia más que ninguno. Incluso en las situaciones más inapropiadas, era capaz de soltar un comentario jocoso que sacara una carcajada al resto.
—¿Has visto a Frederick o a Lucius?
La verdad era que Lukas tampoco tenía ni idea de dónde se metían sus otros hermanos.
A Frederick solo lo veía cuando se iba a dormir y durante las comidas, las cuales a veces se saltaba «por estar en la biblioteca».
A Lucius, en cambio, le había perdido la pista el segundo día de clases.
El menor de los Bellavere, sin duda, aprovechaba la estancia para socializar más que ningún otro.
—Creo que Fred está obsesionado con la biblioteca de esta escuela. Pasa tardes enteras allí ojeando libros. He visto cuatro diferentes sobre su cama. Lucius sigue con ese chico de su clase, ¿no?
Amanda recordó que, pocos días atrás, mientras Lukas, Frederick y ella cenaban, Lucius había ido a sentarse con un joven de su edad de cabello dorado y apariencia de ángel.
A ella no le hacía excesiva gracia, aunque tal vez su desconfianza hacia los demás jugara un papel importante en su percepción de las amistades.
Se alegraba de que su hermano pequeño hubiera encontrado un amigo en un sitio así, tal vez fuera el único que podía decir algo parecido.
Lukas, Frederick y ella seguían tan solos como el primer día.
Y eso empezaba a causarle un poco de ansiedad.
Sobre todo cuando acudía a sus clases y todos se juntaban en grupos y ella se relegaba a la última fila del aula.
Frederick, al menos, había intentado congeniar con Luz Vionni, la famosa descendiente de la estirpe más alabada dentro de la música de Eileanor, y por supuesto, amiga de Miry.
Sin embargo, había resultado ser tan borde como, según los rumores, el resto de su familia.
—¿Crees que es bueno dejarlo tan solo? —preguntó Amanda—. A Lucius, quiero decir.
Lukas hizo un gesto con la mano para restarle importancia.
—Claro, ¿por qué no iba a serlo?
Amanda miró en derredor para asegurarse de que Lucius no anduviera por allí. Aun así, se echó hacia delante y bajó al mínimo su tono de voz:
—Sigue siendo solo un niño…
Lukas no pudo evitar reírse en voz alta.
—Amanda, por mucho que te duela, Lucius está en la edad de conocer gente y hacer travesuras. Ya no es un niño pequeño. Tiene que aprender a cuidarse por sí mismo.
El olor a café recién hecho inundó las fosas nasales de Amanda, distrayéndola por un segundo. Pensó en levantarse y acudir a por una nueva taza en cuanto terminara la que estaba tomando.
—Bueno, no es solo eso… Me da miedo que se rodee de este tipo de gente… Son tan…
—¿Guapos? ¿Inteligentes? ¿ Robahermanos ? —bromeó Lukas.
—No. Quiero decir… ricos .
Lukas torció la cabeza casi tanto como un búho. También comprobó que nadie hubiera escuchado ese comentario.
—La gracia de llevar uniforme, muy a mi pesar, es que todos nos asemejemos. ¿Comprendes? Así nadie puede lucir rico o pobre.
—Pueden cambiar nuestras ropas, pero eso no se borra tan fácil de la piel de uno.
¿Te has fijado en los alumnos de este sitio?
Todos tienen la piel lisa, sin arrugas ni defectos; ni una sola cicatriz ni tampoco ojeras.
Nosotros estamos marcados por el sol y el cansancio, por el trabajo, las pocas horas de sueño y una vida en los caminos.
Por mucho que no lo creas, para ellos somos tan diferentes como un ciervo de una ardilla.
Su hermano asintió al mismo tiempo que tomaba un trago de su café. Apoyó la taza sobre la mesa y la rodeó con ambas manos. Esta vez, fue él quien se inclinó sobre la mesa para responderle:
—Entiendo tu pensamiento, pero siento decirte que incluso un ciervo y una ardilla tienen características que los asemejan.
—Venga ya, Lukas…
—Los dos son mamíferos, viven en el bosque, se alimentan de plantas y, por desgracia, tienen depredadores. Si dos seres tan distintos pueden coincidir en rasgos tan importantes para su supervivencia, estoy convencido de que dos personas, por diferente que sea su clase, pueden ser amigas.