La sociedad de las almas malditas 6 #2
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—Le tengo miedo a casi todo lo que conlleva vivir.

La espalda de Lukas se estrelló contra el suelo. La sombra aulló al cielo.

Se despertó sobresaltado en la cama. Seguía siendo de noche.

Frederick dormía en el lecho de al lado, abrazado al libro de terror que había sacado de la biblioteca.

Lukas tenía la camiseta empapada por el sudor y los escalofríos aún le recorrían el cuerpo.

Se incorporó para mirar por la ventana: en el exterior, la niebla se extendía como en su pesadilla.

Sin embargo, no había rastro de ninguna sombra.

—Todo ha sido un sueño… —se dijo a sí mismo—. Otro maldito y asqueroso sueño…

Se cambió la camiseta del pijama y tiró la sudada a un cesto de mimbre.

«¿No me tienes miedo?», la voz de la sombra se repetía en su cabeza y lo desgarraba por dentro.

Aullaba en sus tímpanos como si se los quisiera arrancar.

Esos dientes, ese rostro vacío… Llevaba soñando con ella desde que tenía uso de razón, pero en los últimos días se había intensificado.

Había escuchado hablar del magnetismo que guardaban Westgard y las pesadillas, como si en cierta parte esa tierra las alimentara y las volviera atroces.

Pero eso no podía pasar.

Las sombras no eran reales, o al menos no más reales de lo que su propia mente quisiera creer. Por mucho que en la Academia quisieran temerlas, por mucho que su padre, Frederick y él llevaran toda una vida huyendo de ellas.

«Nosotros creamos a nuestros propios monstruos», le había dicho una vez Frederick, cuando Lukas aún era tan pequeño que dormía con una vela prendida junto a la cama y necesitaba que alguien lo acompañara hasta que cayera rendido.

«Nuestro miedo los alimenta. La mente es la magia más poderosa.

Tan solo déjalos de lado. No podrán hacerte más daño del que tú les permitas».

Siempre había querido creer en sus palabras.

Sin embargo, le era difícil cuando cada noche la misma pesadilla volvía a castigarlo.

Demasiado recurrente, demasiado duro como para ser solo una creación de su mente.

En todas las ocasiones, se había despertado antes de que la sombra llegara a herirlo de gravedad.

Todavía mantenía la curiosidad de qué habría pasado si en uno de esos sueños no se hubiera despertado…

Si tan solo no hubiera sucedido algo que lo sacara por completo y la sombra hubiera terminado su misión.

Debería buscar un libro sobre sueños lúcidos en la biblioteca , pensó.

Lukas no volvió a pegar ojo en lo que quedaba de madrugada hasta que salió el sol.

Solo entonces, se permitió salir de su habitación para ducharse y desayunar.

Caminaba todo el tiempo mirando a su alrededor, como si la sombra aún se escondiera en los rincones más inoportunos.

Se fijaba en los rostros de los alumnos con los que se cruzaba para asegurarse de que no estaba soñando.

Muchas veces, mientras dormía, veía los gestos desconfigurados o borrosos, una prueba más de que su mente aprovechaba toda su creatividad para elaborar riesgos y no relleno innecesario.

Cuando se sentó en el comedor era tan temprano que sus hermanos no le acompañaron.

Probablemente, llegarían quince minutos antes de la primera clase, excepto Amanda, ella siempre mantenía una puntualidad impoluta.

Esa mañana, ni siquiera los cereales y las tostadas le sentaron bien.

Tenía el estómago cerrado y con cada bocado que daba sentía que una pronunciada arcada amenazaba con echar todo lo que había tragado.

Sintió el tacto de una mano sobre su hombro. Temió que las sombras volvieran a por él. Por suerte, quien apareció a su lado fue Amanda. Vestía una versión del uniforme escolar con falda larga y camisa, llevaba la chaqueta sobre los hombros y se había recogido el pelo en dos trenzas.

—Buenos días, cabezón. ¿Has dormido bien? —Tomó asiento a su lado, con una tostada y un zumo de manzana en su bandeja.

Lukas se calló el «preferiría estar muerto», que estuvo a punto de soltar porque lo consideró poco apropiado y le mostró una sonrisa tan falsa como creíble.

—Los ronquidos de Frederick son peor que un martillazo en el oído —se limitó a responder—. ¿Tú has conseguido hablar con la chica que conociste en las duchas?

Aunque a veces no lo pareciera, Lukas prestaba atención.

Amanda negó con un movimiento gacho de cabeza. La compostura se le vino abajo, inspiró profundamente y suspiró.

—Me la he cruzado un par de veces por los pasillos, pero siempre la veo acompañada de otras alumnas…

—¿Y…? —la alentó su hermano.

Frunció el ceño antes de enfrentarlo.

—Sabes tan bien como yo que hablan de mí. Los rumores se extienden, Lukas. No somos bien recibidos aquí. Nuestro padre…

—Lo que hiciera nuestro padre no tiene nada que ver con nosotros. Si hablan de ti a tus espaldas, cállales la boca o acabarás dándoles más motivos para que hablen.

Cuando Frederick y Lucius entraron al comedor, Lukas aprovechó para marcharse. Le dio una palmada de ánimo a Amanda y se despidió de sus hermanos con un tímido «¿Qué hay? Nos vemos luego, que tengo que hacer unas cosas de clase».

Aprovechó el resto de la mañana antes de su clase para visitar la biblioteca.

Aunque no le pareció el lugar más desolador, tampoco creía que fuera un sitio especialmente cálido para los amantes de la lectura.

Frederick y Lucius siempre le habían dicho que las bibliotecas y librerías eran espacios que albergaban magia propia gracias a sus historias.

«Los libros… no sabes lo que es entrar en ese espacio y que su olor te impregne.

A veces, sientes que te transporta directamente dentro de sus historias».

Allí no podía percibirse.

La biblioteca de la Academia olía al paso del tiempo y a decadencia, tal vez por el exceso de humedad.

La muerte parecía abrirse paso ante la vida en cada grieta que adornaba las paredes y las telarañas que decoraban las esquinas.

Lukas entendía que el personal de la escuela había decrecido a la par que los alumnos y los profesores.

Sin embargo, no cabía en su raciocinio cómo un lugar podía estar tan abandonado.

De un momento a otro, Lukas sintió que la temperatura descendía varios grados.

Se odiaba a sí mismo por haber salido del cuarto con solo la camisa y haber dejado la chaqueta en el armario.

Instintivamente, se llevó las manos a los hombros y se frotó para entrar en calor.

Buscó a alguien con la mirada. Ni siquiera necesitaba a una encargada que le indicara dónde podía encontrar el libro que deseaba.

Tan solo quería a alguien que hiciera que aquel espacio no se sintiera tan solitario y desprotegido.

—¿Otro de los hermanos Bellavere? —preguntó una voz a sus espaldas.

Lukas se giró con tanto apremio que estuvo a punto de tropezar con sus propios pies.

Sentada sobre una mesa, una chica con el pelo tan oscuro que parecía haber absorbido la noche balanceaba los pies con alegría.

Llevaba el uniforme de la Academia, pero parecía mucho más antiguo que el suyo.

Los zapatos, de hebillas plateadas desgastadas, pertenecían a otra época.

—¿Quién eres? —Lukas miró alrededor en busca de alguna entrada de la que no se hubiera percatado—. ¿Y de dónde has salido?

La chica se rio antes de dar un saltito para incorporarse.

—¿Mi nombre? La gente normalmente me pregunta primero por qué conozco el suyo.

Con cada paso que la alumna daba para acercarse a él, los músculos de Lukas se tensaban. Sentía cómo filamentos de hielo se introducían a través de sus arterias y lo destrozaban por dentro. Quería retroceder, alejarse de aquella persona que había aparecido de la nada.

Pero algo se lo impedía.

Se sentía de nuevo en una de sus pesadillas en las que, por más que lo intentara, sus pies no se movían del sitio. «Corred, idiotas. ¡Corred!», gritaba él, en un intento desesperado de mandar una orden desde su cerebro. Nada parecía funcionar.

—¿Y por qué conoces mi nombre? —dijo para intentar ganar algo de tiempo.

—Conocí a tu hermano ayer. Frederick es muy interesante, ¿sabes? Aunque creo que fuiste tú quien claramente heredó la belleza de la familia.

Cada vez se aproximaba más. La gelidez de su piel podía sentirla a kilómetros, aunque lamentablemente solo los separaban centímetros.

Se detuvo cuando sus pies chocaron. Le sacaba al menos una cabeza y media, pero eso no pareció intimidarla.

Lo miró con una dulzura casi maligna, impregnada en sus ojos corrosivos.

—¿Qué vas a hacer?

—Nada que tú no quieras —le aseguró.

Y si no quería, ¿por qué su cuerpo le gritaba que sí?

El corazón le latía con más fuerza. La boca le salivaba y casi no podía tragar.

¿Quién era esa chica? ¿Por qué formaba parte de sus pesadillas?

Y, lo más importante, ¿por qué sentía que tenía las mismas ganas de devorarla como las sombras que lo perseguían en sus sueños?

Él asintió con la cabeza.

Ella le agarró del cuello y se colocó de puntillas antes de besarlo.

A Lukas no le sorprendió la sensación de calidez que derritió el hielo de la biblioteca.

Su primer beso robado se lo habían dado muchos años atrás, cuando aún era menor de edad y tonteaba con una de las chicas más hermosas de un pueblo de paso.

Después llegaron a Salmarina, donde conoció a un chico que trabajaba en la panadería y que le hizo descubrir un nuevo mundo.

Con él entendió que la fricción entre dos personas podía llegar mucho más lejos que el jugar con las lenguas.

El resto de su vida se lo había pasado buscando sensaciones que le hicieran sentir lo mismo, aunque ninguna tan satisfactoria.

Hasta que había probado los labios de ella.

Besarla era como saborear el infierno sin quemarse. Sentía el ardor en su boca pero lo resistía casi como si hiciera todo lo posible por no dañarlo. ¿Qué me está haciendo?

Cuando se separaron, Lukas quería más de ella. Deseaba atarse a sus labios como un ancla a tierra. Sin embargo, seguía sin poder mover ni un solo ápice de su cuerpo.

—Evangeline Fray —susurró ella—. Ese es mi nombre.

Despertó de nuevo en su cama, sobresaltado y sudado.

Esta vez, la claridad sí permitía ver y Frederick no dormía ya.

Lukas levantó el edredón: la hinchazón de su entrepierna sin duda era culpa de su sueño y tardaría un rato en aliviarla.

Sobre todo, si su hermano continuaba mirándole desde el armario con la camisa en la mano y la sorpresa dibujada en el rostro.

—¿Otra pesadilla? —preguntó.

—Parecido.

Una pesadilla demasiado satisfactoria.

—Deberías ducharte y vestirte. Llegarás tarde a clase. —Terminó de abrocharse la camisa y se colocó la chaqueta por encima—. Yo me voy ya. ¿Nos vemos luego?

—S-Sí… Luego te busco.

Cuando Frederick se fue, Lukas lamentó volver a quedarse a solas con sus pensamientos. ¿Cuántas pesadillas había tenido en una misma noche? ¿Acaso todo había sido un sueño? El último parecía muy real. Tan real que casi podía sentir el calor de Evangeline aún acariciándole los labios.

Era ridículo que una chica así fuera cosa de su imaginación. No había conocido nunca a un ser tan perfecto como para crearlo. Además, sus sueños nunca eran buenos. O al menos, no así.

El nombre de Evangeline Fray le estuvo dando vueltas todo el día en la cabeza.

Durante el desayuno.

Evangeline. Evangeline. Evangeline.

Durante las tres clases que tuvo esa mañana.

Evangeline. Evangeline. Evangeline.

Durante la comida en la que no escuchó a sus hermanos.

Evangeline. Evangeline. Evangeline…

Hasta pensó en volver a dormir con su nombre en la cabeza para ver si así soñaba con ella otra vez.

Pero Evangeline Fray esa noche no acudió a su sueño, aunque sí regresaron las sombras.

Quería saber más de ella. ¿Y cómo conocer algo de alguien que solo existía en tus pesadillas?

Pensó en todo lo que sabía de Evangeline: era una alumna de la Academia, a juzgar por su uniforme; le gustaban los libros, porque estaba en la biblioteca; y, por algún motivo, también se había encontrado con su hermano.

Frederick debía guardar la clave de todo ese asunto y se la estaba callando. Él siempre había sido así: desconfiado con las relaciones porque estaba acostumbrado a que, cuando uno de sus ligues conocía a Lukas, siempre le dieran de lado.

¿Acaso Frederick también se había obsesionado con un espejismo y prefería ocultárselo?

El mero hecho de pensarlo le causaba cierta gracia, aunque no tardaría en indagar acerca del asunto para descubrir si Evangeline era una parte real de su mundo o solo una ensoñación más que le perseguiría en sus pesadillas.