6
Henkel Joër tuvo varios seudónimos a lo largo de su carrera debido
a que sus obras, cargadas de fuerte crítica hacia la política y la sociedad,
fueron censuradas en cientos de ocasiones.
F rederick aún dormía cuando el cielo clareaba y el negro de la noche se empezaba a diluir entre acuarelas de azules. Como cada mañana, Lukas se sentía muy cansado, con una molesta fatiga sobre los hombros y las ganas de volverse a dormir.
Al menos, por primera vez en mucho tiempo, no había tenido pesadillas.
El primer día de clases lo había agotado tanto que ni siquiera se había preocupado por los ruidos que pudiera escuchar en los pasillos o por cómo el árbol bajo su ventana rasgaba la noche con sus ramas.
Las clases no habían sido de su agrado, al menos en cuanto al aprendizaje práctico.
¿Qué le importa a él la teoría si lo que quería era lanzarse a pintar?
Odiaba que le repitieran una y otra vez los procedimientos que debía seguir.
«Esto es arte, señor. No se estudia, se vive», le habría gustado decir a Lukas en mitad de su primera clase.
Por la escasa luz que se colaba a través de la ventana, todavía era demasiado temprano como para despertar a su hermano, pero con el primer rayo del sol se terminaba el toque de queda, así que agarró su ropa con el mayor cuidado posible y se marchó a dar un paseo matutino.
Pensó en pasar por delante de las habitaciones de Amanda y Lucius, por si alguno de ellos se había despertado y quería compartir con él cómo habían ido las primeras clases de la Academia.
El día anterior se habían visto durante la comida y la cena, y aunque había mucho que contarse, ninguno parecía lo suficientemente motivado para dar el primer paso.
Lucius les habló de Aetheriel, un chico que había conocido en su primera clase y con el que creía que podía congeniar por su forma de ver la vida.
Lukas se burló de él por pasarse de intenso, y Frederick le regañó por «cortar las alas de Lucius ahora que está empezando a actuar por cuenta propia».
Amanda confesó sentirse fuera de lugar, sobre todo porque las otras chicas de la escuela no dejaban de cuchichear cuando pasaba de un lado a otro.
La única que había sido cordial era su vecina de habitación, de la cual Lukas no recordaba ni el nombre.
Y luego estaba Frederick.
Se presentó en la cena con un libro entre las manos que fue incapaz de soltar. Lukas intentó meterse con él un par de veces, pero no le hizo ni caso. Así que desistió. Le cansaba repetirle a Frederick que leer ese tipo de novelas tan solo aumentaría sus pesadillas. Cómo le dolía tener razón…
Al salir de la habitación, lo primero que hizo fue aprovechar el madrugón para ducharse sin esperar por la cola. El agua salía tan caliente que el vapor no le dejaba ver nada. Se frotó con fuerza la piel como si deseara eliminar incluso las marcas que nadie podía ver.
La biblioteca no abriría tan temprano, así que se dedicó a recorrer los pasillos de la escuela.
Sumido en el silencio, apreciaba el paso del tiempo en las paredes del edificio.
Todo allí parecía tan longevo que casi daba la apariencia de estar edificado antes que el propio mundo.
«Estaba cuando no había nadie y estaré cuando ya no quede gente», gritaban los cimientos de la Academia.
Por las noches, el lugar era frío, húmedo y solitario. Al amanecer, no cambiaba demasiado, pero al menos la sensación que producían los rayos de sol que se filtraban desde el exterior y la claridad del ambiente conseguía otorgar un aire mágico a la escuela.
Se cruzó a un par de alumnos que le apartaron la mirada al verlo. Bellavere, Bellavere, Bellavere . ¿Acaso creían que le importaba su atención? Lukas tenía preocupaciones mayores que los tuercebotas que merodeaban por allí creyéndose superiores por contar con un apellido común.
A diferencia de Frederick, Lukas cargaba su apellido con orgullo. Le gustaba pronunciarlo en voz alta y que el resto del mundo se escandalizara, como si portara en la sangre la desgracia de mil maldiciones.
La entrada de la escuela permanecía desierta, intransitable.
Tan apartada que los alumnos nunca la visitaban a no ser que se les hubiera perdido algo en el exterior, y eso no solía suceder.
Encontró al ama de llaves sentada en un cubículo junto a la entrada.
Unas cortinas granates, abiertas de par en par, le servían de escudo cuando no le apetecía soportar a la gente.
Lukas apenas recordaba su nombre. ¿Rowena? ¿Rowana? ¿Roxana?
—Buenos días. —Se paró delante de ella sin saber muy bien si serviría de algo—. ¿Podría salir un rato?
Rowina Arch, sentada a su escritorio mientras rellenaba papeles, no respondió al instante. Al girar el cuello para contemplarlo, este emitió un quejido, como si se le hubiera desplazado una vértebra a un lugar incorrecto. Alzó una ceja y analizó al muchacho.
—No se le ha perdido nada ahí fuera. —Los ojos se le afinaron como a un felino.
—Me gustaría pasear por el campo. No creo que haga mal a nadie.
El ama de llaves suspiró. Agarró el manojo de llaves que llevaba atado a la cintura y se levantó de su asiento. Cada vez que se movía, sus huesos resonaban como si alguien los estuviera doblando. Salió de la cabina y se puso a su altura. Parecía más corpulenta que la última vez.
Una corriente de aire atravesó el pasillo. Lukas juraría que Rowina sonrió con malicia.
—No traspase los límites de la escuela. Y vuelva antes de que empiecen las clases.
—Por supuesto.
Lukas se fijó en que Rowina tenía tantas llaves que el manojo debía pesar una barbaridad. Durante al menos un minuto, estuvo pasando una a una hasta que dio con la correcta.
—Ayúdame a empujar esta puerta —le dijo la señora.
—Es muy pesada —aseguró Lukas, usando todas sus fuerzas para moverla. Cuando terminaron, se sentía exhausto. Le dolían los brazos y casi no le quedaba aliento. No recordaba que la señora Arch hubiera necesitado ayuda para abrirla el día de su llegada.
—Quienquiera que diseñara esta Academia, se encargó de que nadie del exterior entrara con facilidad.
O que nadie del interior saliera , pensó él.
—Gracias. Le prometo que volveré en menos de una hora.
—Más le vale. —Se evaporó delante de sus ojos, fundiéndose con la oscuridad que había quedado encerrada dentro de la Academia. La puerta se cerró de golpe y Lukas se quedó ahí fuera, solo, desprotegido, con la certeza de que algo no marchaba bien.
Una capa de niebla le recibió en cuanto puso un pie sobre la tierra húmeda.
El rocío de la mañana impregnaba el campo de una capa brillante y fría, como si alguien con una brocha se hubiera encargado de colorear cada verde que brotaba del suelo.
Lukas caminó sin saber a dónde lo llevaban sus pasos.
Pisaba con miedo de no ver lo que tendría delante de sí, más de uno se había precipitado por un barranco por culpa de las neblinas que cubrían las mañanas en Westgard.
No supo si su paseo duró cinco, diez o cuarenta minutos.
Durante ese rato, permaneció al margen del mundo, envuelto en una burbuja donde el silencio solo era acallado por el ruido de sus pensamientos.
Agarró una flor a mitad de camino para deshojarla.
Conforme perdía pétalos, perdía vida y belleza, pero seguía siendo la misma flor.
¿Acaso no era la belleza algo superficial como esos pétalos?
¿Cambiaba en algo la estructura de la planta?
Creía que no, y sin embargo se veía tan diferente que le asustaba pensar en cómo el paso del tiempo y los cambios alteraban la percepción sobre las cosas.
Recordaba también tiempos de crío en los que no tenía mayor preocupación que jugar con sus hermanos, siempre que las circunstancias lo permitieran.
Esos momentos nunca los valoró lo suficiente y, ahora, cuando los años empezaban a pesar y a pasar con prisa, a llenarse de responsabilidades del mundo adulto con el que soñaba, le servía para darse cuenta de que añoraba esa infancia donde su mayor tormento era tener un juguete u otro.
¿Por qué el tiempo nos vuelve tan débiles? , pensó al terminar de deshojar la flor. Solo quiero ser de nuevo ese niño inquieto que tenía esperanza por un futuro mejor. Ahora sé que nunca lo encontraré .
Se detuvo en seco frente a un acantilado.
Sus pies sobresalían por el borde, casi podía sentir el vacío debajo de él.
La niebla se disipaba un poco en aquella zona, dejando ver la profundidad del barranco.
Los árboles crecían en las paredes laterales, como las flores u otras plantas.
Era curioso cómo la vida siempre conseguía abrirse paso incluso en los lugares más austeros.
Lukas deseó tener a mano un lienzo y un pincel para recrear esa escena.
¿Cuántas veces a lo largo de su vida había necesitado inmortalizar un paisaje que sabía que no volvería a ver, o una persona que deseaba no tener que olvidar?
Cada segundo en el mundo era único. Nunca volvería a ver nada igual.
«El tiempo es lo único que no muere», le había dicho su padre de pequeño.
Cuando empezó a dibujar, entendió por qué la pintura era un arte tan indispensable: porque volvía eterno lo que recreaba.
Una voz ronca gimoteó a su espalda, irrumpiendo en su momento de desasosiego.
No le importó. Ya la había escuchado más veces. Sabía lo que le esperaba.
—Lukas… —La voz se extendía entre la niebla con una reverberación que le dañaba los oídos—. Has vuelto, Lukas… Otro Bellavere del que alimentarme…
Se abalanzó sobre él y Lukas no opuso resistencia.
Ambos cayeron al vacío del abismo. Él sentía cómo esa cosa volvía a enrollarse en su cuerpo hasta mirarlo a la cara.
Pero no tenía cara. Era una sombra, la misma que le visitaba en sus pesadillas.
Dientes afilados le salían de una boca que no tenía y se aproximaban a su rostro para devorarlo.
—¿No me tienes miedo? —preguntó la sombra.